Capítulo 16. La fotografía que no quería
La primera vez que Bea propuso contratar a una fotógrafa, fingí que se había cortado la comunicación.
—No te oigo —dije, alejando el teléfono.
—Estamos hablando por videollamada y veo que has bajado el volumen con el dedo.
—Problemas de cobertura. El pueblo está rodeado de accidentes geográficos.
—Estás en el patio.
—Las paredes son muy gruesas.
Bea suspiró desde la pantalla. Detrás de ella se veía su oficina en Madrid, una pared blanca con muestras de colores y una mujer cruzando con una carpeta. Yo estaba sentada bajo la buganvilla, con una manta sobre las piernas a pesar del sol de finales de octubre.
—No estoy hablando de una sesión triste —dijo—. Nada de blanco y negro, ni manos junto a una ventana, ni miradas al horizonte. Fotos bonitas y actuales. Tú, la casa, las gatas. Puede venir alguien discreto.
—No quiero una desconocida diciéndome que gire la barbilla para que mi familia tenga una versión bien iluminada de mí cuando haya muerto.
Bea se quedó callada.
La crueldad había vuelto a salir deprisa, antes de que el miedo pudiera explicarse. Me froté la frente.
—Lo siento.
—No. Lo he planteado mal.
—Lo has planteado como planteas todo: con presupuesto, referencias visuales y una carpeta compartida.
—Es mi lenguaje del amor.
—Es un lenguaje agotador.
—Lo sé.
El club también quería una fotografía. Fina había decidido que necesitábamos un tablón en la trastienda con los retos cumplidos y alguien señaló que no existía ni una imagen de la primera reunión.
Yo me negué. No quería sentarme en el centro de un grupo de personas que sonrieran con ese cuidado especial de las fotos importantes.
No quería imaginar la fecha debajo. No quería que cada fotografía se transformara en candidata a ser la última.
Desde que había empeorado, los teléfonos me inquietaban. Si alguien levantaba uno mientras yo reía, pensaba que estaba intentando conservar la risa. Si Daniel fotografiaba a Pimienta dormida sobre mi regazo, yo veía un futuro en el que recortaría a la gata para mirar mi mano.
Era una forma eficaz de ausentarme de todas las imágenes antes de tiempo.
—Podemos dejarlo —dijo Bea—. En serio.
—Gracias.
—Pero al menos mándame una foto de la silla de ducha. Quiero comprobar si es tan fea como dices.
—No pienso darle visibilidad.
Daniel llegó esa tarde con un listón de madera bajo el brazo y me encontró todavía enfadada.
—Bea quiere fotografiarme —dije.
—Suele ocurrir. Tienes una cara.
—Una sesión. Para conservarme.
Dejó el listón apoyado en la pared.
—¿Y tú quieres?
—No.
—Entonces ya está.
Su facilidad me irritó. Llevaba media hora preparando argumentos contra una oposición que él no había presentado.
—¿No te gustaría tener fotos?
Daniel tardó un instante. Quise creer que no buscaba la respuesta correcta, sino espacio para una respuesta que no cabía en una palabra.
—Tengo fotos tuyas —dijo.
—¿Cuáles?
—Fina mandó una de la fiesta. Bea envió otra del vestido amarillo. En la primera tienes los ojos cerrados y en la segunda estás regañando a alguien.
—Retratos fieles.
—Y podría hacer más si un día te apetece. No necesito convertirlo en una operación.
—Pero después quizá pienses que debiste hacerlas.
—Después pensaré muchas cosas. No puedes prevenirlas todas.
La frase volvió a rozar nuestro acuerdo: yo no administraba su duelo. Aun así, me levanté y crucé con él hasta el taller. Necesitaba salir de una casa que, en los días de menos energía, podía convertirse demasiado deprisa en el escenario de todos mis pensamientos.
En una pared del despacho de Daniel había cuatro fotografías. Alba, con unos doce años, levantando un pez diminuto. Alba graduándose. Daniel junto a un hombre mayor que debía de ser su padre. Y Lucía en la cubierta de una barca, de perfil, con el cabello recogido.
Yo había visto aquella última muchas veces sin mirarla de verdad. Lucía llevaba gafas oscuras y una camiseta roja. No posaba. Parecía estar diciéndole algo a alguien fuera del encuadre.
—¿La hiciste tú? —pregunté.
—Alba. Tendría quince años.
—Es bonita.
—Lucía la odiaba. Decía que se le veía el brazo gordo.
Me acerqué. La imagen tenía el horizonte ligeramente torcido.
—¿Te ayuda tenerla?
Daniel se sentó frente a su mesa. Sobre ella había tornillos alineados y una taza con serrín en el fondo.
—A veces. Otras me enfada que una foto parezca tan completa cuando no lo es. No se oye cómo hablaba. No sabes que, un minuto después, discutimos porque yo había olvidado el agua. Tampoco se ve que aquel fue un buen día.
—¿Tienes muchas?
—Cientos. Durante el primer año las miraba continuamente. Luego hubo una temporada en que no podía. Ahora algunas están por casa y otras siguen en una caja. No miden cuánto la recuerdo.
—Mi padre casi no tiene vídeos de mi madre.
—Eso es distinto de obligarte a posar.
—Lo sé.
Daniel giró la fotografía unos milímetros; estaba un poco inclinada.
—Hay una que no encuentro —dijo—. Lucía estaba pintando una pared y se había manchado toda la cara. Cada vez que abro una caja creo que aparecerá. Me preocupa menos que antes.
—¿Porque la recuerdas?
—Porque también he olvidado cosas y sigo queriéndola. Al principio creía que olvidar un detalle era perderla otra vez. Después entendí que la memoria no es un archivo bien gestionado.
—Bea estaría en desacuerdo.
—Bea pondría etiquetas a las cajas.
—Con una tipografía excelente.
Daniel me tendió la mano y me acercó hasta quedar de pie entre sus rodillas.
—No quiero que hagas nada para facilitarme el después —dijo—. Si un día quieres una foto conmigo, la hacemos. Si no, tendré las que haya.
—¿Y si son malas?
—Entonces se parecerán bastante a la vida.
Apoyé las manos sobre sus hombros. En el taller se oía el golpeteo de una driza contra un mástil exterior. Pensé en pedirle una fotografía en ese mismo momento. No lo hice. Habría sido otra forma de responder al miedo antes que al deseo.
—Bésame —dije.
—Eso no deja archivo.
—Precisamente.
Al volver a casa encontré doce mensajes del club. Fina había preguntado quién podía acudir el domingo para una foto de grupo. Nati proponía vestir todos de blanco. Tomás quería llevar una pajarita. Chelo había enviado un audio de dos minutos explicando que el blanco ensanchaba.
Contesté que no habría uniforme, pose ni fotografía oficial. Fina respondió con un pulgar, una cámara y una berenjena cuyo significado nadie consiguió aclarar.
Dos días después, mi padre apareció con un escáner portátil.
—¿Qué es eso? —pregunté.
—Lo he comprado por internet. Escanea fotos sin ordenador.
—¿Por qué?
—Tengo cajas enteras en casa. Se van a estropear.
Ernesto colocó el aparato sobre la mesa y sacó un sobre lleno de fotografías.
Mi madre con un vestido de flores. Elena en la comunión, mirando un trozo de tarta.
Yo en una piscina, a los dieciséis, intentando ocultar el cuerpo detrás de los brazos.
Había fotos desenfocadas, cabezas cortadas y paisajes donde nadie recordaba ya qué estábamos mirando.
—Esta eres tú —dijo mi padre.
—No. Esa es Elena.
Acercó la fotografía a la ventana.
—Es verdad. Tú llevabas el pelo más largo.
No era la primera vez que confundía un detalle. Tenía setenta y nueve años y llevaba décadas acumulando imágenes. Sin embargo, el error le entristeció más de lo que esperaba.
—De tu madre me acuerdo perfectamente —dijo.
—Ya lo sé.
—Pero a veces no sé cómo era su voz.
Se sentó. Menta saltó a la mesa y olfateó una foto de nuestra madre en la playa. Mi padre la retiró antes de que se tumbara encima.
—Sé las cosas que decía —continuó—. Sé que se enfadaba cuando yo dejaba las llaves en cualquier sitio y que cantaba mientras limpiaba. Pero intento oírla y me sale una voz que no sé si es la suya o la que he fabricado de tanto recordarla.
No mencionó mi muerte. No hacía falta. La había colocado sobre la mesa junto a las fotografías.
—Papá, no quiero posar como si estuviera preparando el recordatorio de una misa.
—Yo no te he pedido que poses.
—Has venido con un escáner.
—Porque el otro día no sabíamos en qué año fuimos a Benidorm.
—Fue en 1994.
—Entonces no estabas casada todavía.
—Me casé muchos años después.
—Por eso. Quiero poner las fechas.
Su lógica se deslizaba por carriles que solo él veía, pero su miedo era claro.
—¿Tienes alguna grabación de mamá? —pregunté.
—Un vídeo de una boda. Apenas habla. Y se oye a tu tío Luis gritando todo el rato.
Tomé el teléfono y abrí la grabadora.
—Di algo.
—¿Qué?
—Lo que sea.
—He comprado naranjas. Las he dejado en la cocina. No las guardes todas en la nevera porque pierden sabor.
Detuve la grabación.
—Ya está.
—Eso no merece guardarse.
—Precisamente por eso.
Reproduje su voz. Mi padre se oyó a sí mismo aconsejarme sobre fruta y frunció el ceño, como si el aparato hubiese exagerado su acento.
—Parezco mayor.
—Eres mayor.
—No tanto.
—La cámara añade diez años.
—Esto es sonido.
—La tecnología es terrible.
Se rio. Guardé también esa risa.
La solución llegó el domingo, durante la siguiente reunión del club.
No contratamos a una profesional y no nos sentamos en círculo para inmortalizar nada.
Fina, que llevaba quince años documentando género estropeado para reclamar a proveedores, se ofreció a hacer fotografías corrientes con mi teléfono.
—Sé enfocar —aseguró.
—La mitad de tus fotos del grupo tienen un dedo delante.
—Ese era mi difunto marido. Ponía la mano.
—Fina, él murió hace ocho años.
—Y sigo acostumbrándome a que no lo haga.
Estábamos en mi cocina para cumplir una de las cosas aplazadas de Sara: aprender a preparar las tortas de pimiento que hacía su abuela.
Había harina en la mesa, pimientos asados, aceite, demasiadas personas y tres versiones incompatibles de la receta.
Yo había decidido ponerme el vestido amarillo.
No para la foto, me dije, sino porque era domingo y ya no necesitaba reservarlo para una ocasión especial.
—No avisarás —le ordené a Fina—. Nada de “mirad aquí”. Nada de repetir escenas.
—Como en un documental.
—Como una cocina.
—Si sales con la boca abierta, no protestes.
—Protestaré, pero no repetiremos.