Capítulo 15. Dejarse cuidar #2
Dividimos una página en tres columnas: SÍ , PREGUNTAR y NO .
En la primera puse llamar al equipo si yo no podía, traer agua cuando tomaba la medicación y avisar a Daniel si habíamos acordado que viniera. Elena añadió alimentar a las gatas. Lo acepté después de precisar que Menta comía separada.
En la columna de preguntar escribimos acompañarme a la ducha, ayudarme a vestirme, contar a mi padre cómo estaba, preparar comida y quedarse a dormir. Elena frunció el ceño.
—¿Tengo que preguntarte cada vez si puedes comer?
—No. Tienes que preguntarme qué me apetece, no enumerar quince alimentos hasta que ceda.
—Si te digo “lo que quieras”, contestas “nada”.
—Ofréceme dos cosas.
—¿Sopa o tortilla?
—Ahora ninguna.
—Es un ejemplo.
—En el ejemplo tampoco.
En NO puse buscar tratamientos, llamar a Laura Ferrer sin mi permiso, comentar mi estado con Fina y decir «tienes que comer».
—A veces tienes que comer —dijo Elena.
—A veces puedo comer poco. Y si un día no puedo, obligarme no hará que el estómago negocie.
Teresa ya nos había explicado que el apetito podía cambiar y que el objetivo era ofrecer pequeñas cantidades que tolerara, sin convertir cada plato en una prueba. Elena lo sabía. Lo difícil era aceptar que alimentar no siempre equivalía a resolver.
—¿Puedo decir “prueba un poco”? —preguntó.
—Una vez.
—¿Y poner cara?
—Tu cara no está regulada.
—Menos mal.
Añadimos una cuarta categoría: DEPENDE . Terminó ocupando la mitad de la página. Dependía de cómo me encontrara, de si había pedido ayuda, de si se trataba de un mareo leve o de un cambio que requería llamar. La lista no eliminaba las dudas. Solo impedía que cada duda empezara desde cero.
La pegamos dentro de un armario de la cocina, lejos de la vista de las visitas. A la mañana siguiente, Elena me ofreció yogur o media tostada. Elegí la tostada. Comí tres bocados y la dejé.
Ella miró el plato, respiró y recogió sin insistir.
—Esa cara cuenta como comentario —dije.
—No está regulada.
—Habrá que revisar el acuerdo.
Era un sistema imperfecto. Precisamente por eso se parecía a nosotras.
No todo fue armonioso. Discutimos por una sopa que ella insistió en que probara y que yo no soportaba oler. Discutimos por la ventana abierta. Discutimos porque llamó a nuestro padre para decirle que estaba mejor y yo consideré que mejor era una palabra demasiado grande.
—He dicho mejor que ayer —aclaró.
—Eso son datos médicos.
—He dicho que has desayunado media tostada y le has ganado al dolor el tiempo suficiente para insultar mi sopa.
—Eso sí puedes decirlo.
Aprendíamos sin dejar de equivocarnos.
Daniel venía a media mañana y al final de la tarde. No apareció con una maleta ni trasladó su vida a la casa. El lunes se quedó en el taller hasta las siete porque tenía que terminar una cuaderna. El martes comió con nosotras y se marchó antes de que yo durmiera la siesta.
—No tienes que pedir permiso para estar —le dije.
—Tampoco necesito estar a todas horas.
—¿Y si pasa algo?
—Tienes el teléfono del equipo, a Elena y mi número. Y yo tengo un taller a dos calles.
—Eso suena razonable.
—Puedo poner cara de preocupación para que te resulte más familiar.
Su manera de no ocuparlo todo me permitió echarlo de menos. También me permitió descubrir que Elena podía acompañarme sin sustituirlo y que cada persona no tenía que desempeñar todos los papeles.
El martes, antes de marcharse a Madrid, mi hermana dejó la mochila junto a la puerta. Yo saqué del cajón la copia de la llave que Fina me había dado al llegar. Era antigua, larga, con un trozo de cinta azul en la cabeza.
—Toma.
Elena la sostuvo sin cerrar la mano.
—¿Para qué?
—Para entrar si hemos acordado que vengas. No para hacer inspecciones sorpresa.
—No haré inspecciones sorpresa.
—Has tardado medio segundo.
—Estaba pensando si una entrega de croquetas cuenta como inspección.
—Llama antes.
Cerró los dedos alrededor de la llave. Tenía los ojos brillantes, pero no me abrazó hasta que fui yo quien dio el paso.
—Gracias —dijo junto a mi oído.
—Es solo una llave.
—Precisamente.
La semana siguiente fue irregular. Un día caminé hasta El Faro y regresé sola.
Otro no salí de casa. Comía cantidades pequeñas varias veces, lo que convirtió la nevera en una colección de platos a medio terminar.
La medicación ayudaba, pero también daba sueño.
Dejé de evaluar cada siesta como una pérdida y empecé a considerarla parte del día.
El día que llegué a El Faro había calculado el paseo como si preparara una expedición.
Esperé a que cediera la náusea, guardé agua y la medicación de rescate en el bolso y elegí una hora en la que el sol ya no daba de frente.
Solo necesitaba pan y arena para las gatas.
La bolsa de arena pesaba varios kilos, dato que mi plan había decidido ignorar.
Los seis escalones de la tienda me parecieron más altos que en agosto.
Bajé cuatro seguidos y descansé en el quinto, fingiendo interés por un cartel de helados que llevaba allí desde mi infancia.
Una pareja pasó a mi lado discutiendo sobre una llave perdida.
No me miraron. Terminé de bajar cuando las piernas dejaron de temblar.
Fina estaba colocando precios en unas latas. Levantó la cabeza, vio mi respiración y señaló una silla detrás del mostrador.
—Estoy bien —dije.
—La silla no te ha preguntado.
Me senté. Ella continuó trabajando. No me ofreció agua porque yo llevaba la botella en la mano; no llamó a Daniel; no anunció a los presentes que necesitaba descansar. Me pasó una tira de etiquetas y un bolígrafo.
—Pon uno con ochenta y cinco.
—¿A qué?
—A las latas que tienes delante.
—Podrían ser veneno.
—A ese precio, no.
Escribí seis etiquetas mientras recuperaba el aliento. Mi letra salió torcida en las dos primeras y mejoró en las siguientes. Fina las pegó sin corregirlas.
—¿Cómo va la sopera? —pregunté.
—Nati quiere llevarla a todas las reuniones. Vamos a tener que inventar comidas líquidas.
—¿Y Roque?
—Habló con el hermano el domingo. Duraron nueve minutos y discutieron siete.
—Es un comienzo.
—Él dice que es una recaída.
Tomé un sorbo. Al levantarme, el cuerpo seguía pesado, pero estable. Cogí pan, dos yogures y una bolsa pequeña de arena.
—Esa dura dos días —dijo Fina.
—Volveré en dos días.
—O te llevo una grande.
—Hoy me llevo esta.
Fina abrió la boca, calculó algo y la cerró. Me cobró. Guardó el pan arriba para que no quedara aplastado y sacó uno de los yogures cuando vio que la bolsa pesaba demasiado.
—Ese va de regalo y se queda aquí hasta mañana —dijo.
—Esa política comercial no tiene sentido.
—A mí me salen las cuentas.
Subí los escalones más despacio que al bajar. En el tercero tuve que apoyar la bolsa. Nadie acudió a quitármela. Fina me vigilaba desde dentro con los brazos cruzados, pero respetó el acuerdo que no habíamos pronunciado. Volví a cogerla y llegué a la calle.
El regreso ocupó casi veinte minutos. Me detuve junto a una fachada en sombra y después en la silla que el vecino dejaba siempre en la acera.
Cuando alcancé la puerta de casa tenía la camiseta pegada a la espalda y las manos marcadas por las asas.
Dejé la arena en el recibidor. Permaneció allí hasta la tarde.
El esfuerzo me pasó factura sin teatralidad.
Dormí dos horas, me desperté con la boca seca y tardé un rato en recordar si había comido.
Encontré medio yogur del día anterior y tres cucharadas de arroz en recipientes distintos.
Comí el yogur sentada en la cama. El pan nuevo seguía en la bolsa de la compra; lo dejé para después.
Daniel llamó a la puerta al anochecer. Le conté que había ido a El Faro y omití cuánto había tardado. Él miró la bolsa de arena en el recibidor.
—¿Quieres que la lleve al patio?
—Sí.
La cogió sin comentario. Yo llevé el pan hasta la cocina, que era lo que podía cargar entonces. Preparamos dos tostadas; terminé media. Daniel comió la otra y guardó la segunda sin preguntarme cuándo pensaba tomarla.
Al día siguiente no salí. Abrí las persianas, me duché sentada y volví a ponerme el camisón.
Desde el patio oí a Tomás practicar una canción en una casa cercana y a Fina gritar que estaba entrando demasiado alto.
Pasé una hora corrigiendo el cuaderno, otra mirando una película que no terminé y buena parte de la tarde dormida con Menta junto a la almohada.
Cuando desperté ya había oscurecido. No sentí que el pueblo hubiera continuado sin mí; podía oírlo todavía en los pasos de la calle y en una persiana que bajaba al otro lado. Me preparé una tostada con el pan del día anterior y conseguí comerla entera.
Una mañana desperté tarde. Recordé vagamente haber abierto a Daniel al primer golpe y haber regresado a la cama. Oí su voz en la cocina y el sonido de los cuencos de las gatas contra el suelo. Me levanté con cuidado y llegué hasta la puerta.
Daniel estaba agachado junto a Menta. Había puesto en su cuenco la cantidad exacta y apartaba a Pimienta, que intentaba comer de ambos platos. Sobre la encimera estaba la caja de medicación, intacta; no había reorganizado nada ni preparado un desayuno que yo no había pedido.
—Menta come primero —le dije.
—Lo he descubierto.
—Y Pimienta finge que no le gusta lo suyo hasta que termina el de Menta.
—También.
Me apoyé en el marco. Durante años había pensado que necesitar a alguien significaba cederle terreno, reducirme para hacerle sitio. Miré a Daniel llenar el recipiente de agua y a las gatas aceptar sus manos con absoluta falta de ceremonia.
La mañana seguía siendo mía aunque no hubiera sido yo quien llenara los cuencos.