Los días que todavía son míos Capítulo 15. Dejarse cuidar
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Capítulo 15. Dejarse cuidar

A la mañana siguiente no pude levantarme para impedir que Elena fregara.

Había pasado mala noche. Las náuseas disminuyeron, pero el dolor regresó antes del amanecer y tuve que usar la medicación prevista. Después me quedé tumbada, esperando a que hiciera efecto, con el cuerpo rígido por el temor de que cada movimiento lo empeorara.

Menta se instaló junto a mi cadera sin tocarla. Pimienta entró tres veces con objetos diferentes: una cinta de la fiesta, el envoltorio de un terrón y una cucharilla. Era su manera de contribuir a la atención domiciliaria.

Elena apareció en la puerta con una taza.

—Café —dijo—. Poco y con leche.

—¿Qué hora es?

—Las diez y cuarto.

—Has fregado.

—No. Los platos han experimentado una limpieza espontánea.

Me incorporé despacio. Ella dejó la taza en la mesilla y esperó sin extender las manos. Se notaba que estaba aprendiendo a no ayudar antes de tiempo; mantenía los brazos pegados al cuerpo con una disciplina casi militar.

—Puedes darme el brazo —dije.

Elena se acercó. Me apoyé en ella hasta quedar sentada.

El gesto fue sencillo y, sin embargo, sentí una punzada de vergüenza más viva que el dolor.

Habíamos aprendido a caminar juntas: ella tres años menor, siguiéndome por el pasillo de casa, agarrada a mi camiseta mientras yo le ordenaba soltarme.

Casi medio siglo después, yo volvía a depender de su equilibrio.

—No pongas esa cara —dijo.

—¿Qué cara?

—La de estar escribiendo un discurso interior sobre la dignidad.

—Era excelente.

—La dignidad admite un brazo. Incluso admite que te haya lavado las copas.

—Lo último está por demostrar.

Tomé dos sorbos de café. El estómago protestó. Dejé la taza.

—Llamemos a Teresa —dije.

Elena no celebró que hubiera tomado una decisión sensata. Solo acercó el teléfono y me preguntó si quería marcar yo. Lo hice.

Teresa vino antes del mediodía. Me preguntó por la noche, revisó las pautas, me exploró y tomó nota de lo que había comido, bebido y eliminado durante los últimos días.

Yo habría preferido una pregunta menos concreta; el cuerpo, cuando enferma, pierde buena parte de su misterio y adquiere un departamento de contabilidad.

—La fiesta fue demasiado —dije.

—La fiesta fue una actividad —respondió Teresa—. Hoy vemos qué necesita tu cuerpo después. No conviertas todo empeoramiento en una culpa.

—Hubo karaoke.

—Entonces alguna culpa existe, pero no es médica.

Habló con el médico del equipo y acordaron nuevos ajustes para el dolor y las náuseas, además de mantener medidas para prevenir el estreñimiento.

Me explicó los posibles efectos, qué cambios debían preocuparme y a qué número llamar.

No prometió eliminar cada molestia. El objetivo era que los síntomas ocupasen menos vida, no que yo demostrara resistencia.

Elena escuchaba desde una silla con un cuaderno sobre las rodillas.

—No apuntes todo —le dije.

—Estoy apuntando los teléfonos.

—Ya están en la caja.

—Quiero tenerlos.

Teresa me miró.

—Eso lo decides tú.

Mi primera reacción fue negarme. La segunda consistió en preguntarme por qué. Autorizar a Elena a llamar no la convertía en dueña de mi atención. Podía limitar qué información recibía y en qué situaciones quería que actuara.

—Puedes guardar el número —dije—. Pero el equipo no te dará información sin mi permiso. Si llamas porque estás conmigo y yo no puedo hacerlo, quiero que sepan quién eres.

—De acuerdo.

—Y no llamarás para comprobar si he contado toda la verdad.

—De acuerdo.

—Ni para pedir revisiones por tu cuenta.

Elena apretó los labios.

—De acuerdo.

—Esa última te ha costado.

—Estoy respetando tus límites. El párpado me tiembla por otra cosa.

Teresa sonrió y anotó el nombre de Elena en mi ficha como persona de contacto autorizada, después de confirmar conmigo qué podía comunicarse.

Aquel gesto administrativo me produjo más inquietud que algunas palabras grandes.

Había escrito el nombre de mi hermana junto a la posibilidad de que yo no pudiera hablar.

Pero también había escrito una elección.

—Otra cosa —dijo Teresa—. ¿Cómo te estás duchando?

—Con agua.

—Marina.

—De pie. Como siempre.

—¿Te mareas?

—A veces.

—¿Te cansas?

—Ducharse es sorprendentemente ambicioso.

—Una silla puede ayudarte a gastar esa energía en otra cosa.

La silla de ducha apareció dos horas después, prestada por el centro de salud.

Era blanca, de plástico, con patas de goma y una estética diseñada para recordar a cualquiera su vulnerabilidad.

La dejaron en mitad del baño y yo la contemplé como si fuese un animal que Elena hubiera adoptado sin consultarme.

—Es horrible —dije.

—No tiene que salir en el salón —respondió ella.

—Parece mobiliario de una residencia.

—Parece una silla impermeable.

—Tú no la necesitas.

—Hoy no.

La precisión de su respuesta me desarmó. No dijo nunca . No se defendió con la salud como si fuera un mérito.

Esperé hasta la tarde para probarla. Elena dejó toallas limpias y ropa sobre una banqueta.

Cerré la puerta, abrí el grifo y me desvestí sola.

Sentarme bajo el agua me pareció, al principio, una derrota absurda.

La ducha había sido siempre uno de los últimos lugares de intimidad completa: el ruido del agua impedía oír el teléfono, nadie entraba, nadie evaluaba.

Ahora tenía que calcular cómo levantar un brazo sin perder el equilibrio.

El agua caliente alivió parte de la tensión. Apoyé la espalda en el respaldo y descubrí algo irritante: Teresa tenía razón. Podía lavarme el pelo sin que las piernas empezaran a temblar. Podía quedarme bajo el agua no por incapacidad para terminar, sino porque era agradable.

Cuando intenté ponerme de pie, el mareo llegó de golpe. Cerré el grifo y esperé. No pasó enseguida.

—Elena.

Lo dije bajo. Ella llamó desde el pasillo.

—¿Sí?

—Necesito que entres. Trae la toalla grande.

Hubo una pausa mínima, el tiempo de no hacerme sentir que llevaba media hora esperando aquella petición.

Entró sin mirar mi cuerpo más de lo necesario. Me cubrió los hombros con la toalla y se agachó frente a mí.

—¿Quieres levantarte o esperar?

—Esperar.

—Bien.

Se sentó sobre la tapa del inodoro. Yo estaba desnuda bajo la toalla, con el pelo goteando y las cicatrices a la vista.

Pensé en todas las formas en que había protegido mi cuerpo de su mirada: cambiándonos de ropa de espaldas cuando éramos adolescentes, cerrando el baño, quitándole importancia a cada operación.

Elena no parecía asustada. Miraba mis ojos para comprobar cómo estaba, no mis marcas.

—¿Te acuerdas de cuando me teñiste el pelo de rojo? —preguntó.

—Era caoba.

—Era naranja.

—La caja mentía.

—Papá no nos habló durante una cena entera.

—Fue una cena maravillosa.

El mareo cedió mientras recordábamos aquella tarde, el tinte sobre las toallas de nuestra madre y las dos semanas que Elena había llevado gorra en pleno mayo. Cuando estuvimos listas, me ayudó a levantarme. Una mano bajo mi codo, otra en la espalda. Ningún gesto apresurado.

En el dormitorio me puse el camisón. No tenía fuerzas para secarme el pelo. Elena acercó una silla al espejo y tomó el secador.

—Puedo hacerlo mañana —dije.

—Mañana tendrás el pelo con forma de nido.

—Es una estética.

—Siéntate.

Esta vez obedecí.

Elena me secó y peinó el cabello. Seguía teniendo mucho, aunque había cambiado después de tratamientos anteriores: más corto, más áspero en algunas zonas.

La última quimioterapia que me habían ofrecido podía haber hecho que volviera a perderlo, pero no pensé en el cabello que había conservado como una victoria.

Pensé en los dedos de mi hermana separando un nudo con paciencia, en el aire tibio sobre la nuca y en la extraña intimidad de no tener que hacer nada.

—Mamá tiraba mucho —dijo Elena.

—Porque tú no te estabas quieta.

—Porque usaba el peine como una herramienta agrícola.

—También nos hacía la raya torcida.

—Tú la tenías torcida de nacimiento.

Nos miramos en el espejo y nos reímos. En el reflejo no vi a una enferma y a su cuidadora. Vi dos hermanas envejecidas de forma distinta, discutiendo todavía sobre quién había tenido peor peinado en 1987.

Cuando terminó, Elena dejó el peine sobre la cómoda y no dijo que al día siguiente sería más fácil.

Yo tampoco prometí acostumbrarme. Aceptar una ayuda no me obligaba a celebrar que la necesitara.

Podía agradecer sus manos y detestar el mareo; sentir alivio por la silla y seguir pensando que era espantosa.

Aquella distinción me pareció importante.

Durante años había confundido la gratitud con la obligación de estar contenta.

Si alguien me cuidaba, yo debía sonreír para que supiera que lo hacía bien.

Esa tarde me permití estar triste mientras Elena doblaba la toalla.

Ella no intentó animarme. Se limitó a preguntar si quería descansar sola.

Le dije que sí. Cerró la puerta sin ofenderse, y aquella fue otra forma de cuidado.

Me dormí con el pelo todavía tibio y el rumor de Elena moviéndose al otro lado de la pared. No me sentí invadida. Tampoco sola.

Elena se quedó tres días. Trabajaba por las mañanas con el ordenador en el comedor y atendía llamadas en voz baja.

Yo escribía en el cuarto de Aurora. A veces pasaban dos horas sin que nos habláramos.

Aquella distancia compartida era nueva: su presencia no exigía que yo estuviera en crisis, y mi silencio no significaba que la rechazara.

La primera noche sacó una libreta después de cenar.

—No es una carpeta médica —dijo antes de que yo protestara—. Quiero saber las reglas de esta casa.

—Fina llama y entra antes de que dé tiempo a contestar cuando sabe que la espero, Pimienta roba objetos brillantes y la persiana del salón se atasca si tiras demasiado deprisa.

—Las reglas para ayudarte.

Me dispuse a responder que no necesitaba reglas, pero la silla de ducha se veía desde el pasillo. Estaba cansada de que la ayuda llegara siempre disfrazada de improvisación o de emergencia. Tal vez decidirla antes podía hacerla menos invasiva.