Capítulo 14. Una fiesta sin motivo #2
—Dije “celebrar porque sí”, pero me pareció poco. Añadí que era importante que no pareciera una despedida.
—Y ellos han eliminado toda ambigüedad.
Mi padre leyó la frase de nuevo.
—La palabra despedida está un poco torcida.
—Gracias, papá. Ese es el problema principal.
Fina resolvió la situación clavando dos velas sobre las palabras una despedida . Solo quedó visible NO ES , que resultaba aún más inquietante.
—Le ponemos nata encima —decidió.
La fiesta empezó con demasiada educación.
La gente me preguntaba si podía besarme, si el ruido me molestaba, si prefería sentarme dentro, fuera, a la sombra o en una silla con cojín.
Algunos me observaban terminar cada bocado.
Otros evitaban mencionar cualquier plan posterior a Navidad, como si mi presencia hubiera vuelto ofensivo el futuro.
Al principio intenté responder a cada atención con amabilidad.
Era agotador. Un invitado me acercaba una silla y yo debía agradecerla, explicar que aún no quería sentarme y tranquilizarlo por haberla ofrecido.
Otra persona me servía una porción diminuta y se quedaba mirando para comprobar si la comía.
No había mala intención. Precisamente por eso resultaba difícil defenderse: el cariño podía formar una jaula con barrotes muy suaves.
Dejé el plato sobre una mesa y me situé junto a la puerta del patio, donde corría aire.
Quería que la gente olvidara mi cuerpo el tiempo suficiente para habitar el suyo: comer demasiado, cantar mal, hablar del invierno y quejarse de los impuestos.
La fiesta solo tendría sentido si yo podía ser una invitada más, aunque fuese la única con acceso directo al dormitorio.
—Como alguien vuelva a preguntarme si estoy cansada, lo echo —anuncié.
—¿Estás…? —empezó Leandro.
Fina le dio un codazo.
—Estoy en una fiesta. Preguntadme si quiero beber, bailar o criticar a los ausentes.
—¿A quién criticamos? —preguntó Nati.
—Ahora sí hablamos el mismo idioma.
La tensión bajó. Las copas desparejadas se mezclaron con vasos de plástico.
Mi padre comió gazpacho en una taza de flores azules porque no quedaban cuencos y Nati tuvo que sentarse de la emoción.
Bea puso música de los años noventa. Sara contó la crisis provocada por cerrar el bar y Chelo insistió en que, si el negocio quebraba por una tarde, ya estaba quebrado antes.
Cuando comenzó el karaoke, Tomás interpretó su bolero con más volumen que en la fiesta.
No cantaba mejor, pero ya no necesitaba ocultarse detrás de la freidora.
Leandro y Fina destrozaron una canción melódica.
Bea eligió un éxito de nuestra época de agencia y cambió partes de la letra para incluir nombres de antiguos clientes, lo que convirtió el resultado en una posible demanda.
Elena permanecía cerca sin colocarse encima. Me trajo agua una vez. En otra ocasión me preguntó si quería el cojín y aceptó un no sin repetir la oferta. La vi hablar con Daniel junto a la puerta. No sabía qué se decían. Me obligué a no intervenir.
No lo conseguí mucho tiempo. Fui a buscar una servilleta que no necesitaba y pasé lo bastante cerca para oír a Elena.
—No te conozco —decía—. No sé qué has entendido de todo esto.
Daniel sostuvo dos platos vacíos. No adoptó la expresión paciente que algunos hombres usaban cuando consideraban irracional a una mujer.
—He entendido lo que Marina ha querido contarme.
—Ella cuenta muy bien. Esconde todavía mejor.
—Eso también lo he entendido.
—No intento meterme en vuestra relación.
—Sí lo intentas.
Elena abrió la boca, ofendida. Daniel le entregó uno de los platos.
—Y yo intento arreglar cosas que no me corresponden —añadió—. Si vamos a estar cerca de ella, tendremos que admitir que a veces lo haremos mal.
—¿Y cuando empeore?
La pregunta salió más baja. Me quedé inmóvil al otro lado del marco.
—Haremos lo que ella quiera y lo que el equipo indique —respondió Daniel—. Y si no sabemos, preguntaremos.
—Lo dices como si fuera fácil.
—No lo es.
—¿Tú no quieres convencerla de que pruebe otra cosa?
—Quiero muchas cosas que no van a ocurrir porque yo las quiera.
Elena miró hacia el patio. Yo tuve tiempo de apartarme antes de que me viera escuchando.
Regresé a mi silla con la servilleta inútil. Una parte de mí esperaba que Daniel defendiera mi decisión con un discurso brillante. En lugar de eso había reconocido sus límites, los de Elena y los míos: un lugar donde quizá los tres pudiéramos dejar de competir por quién sabía quererme mejor.
Alrededor de las nueve, la náusea aumentó. Había comido poco y hablado demasiado. La música pareció adquirir bordes afilados. Me levanté para ir al baño y el patio se inclinó un instante.
Daniel apareció a mi lado.
—Voy contigo.
—No.
La respuesta salió demasiado brusca. Él se detuvo.
—Elena —llamé.
Mi hermana me acompañó al interior. No me sujetó hasta que yo le tendí la mano. En el baño, me senté en la tapa cerrada del inodoro y apoyé la frente contra la pared fresca.
—¿La medicación? —preguntó.
—En el cajón de la cocina. La caja pequeña. Está indicado qué puedo tomar.
Elena fue, volvió y me dio lo que yo confirmé. No llamó a nadie, no buscó síntomas en el teléfono. Se sentó en el borde de la bañera mientras yo respiraba.
—Qué fiesta tan estupenda —dije.
—La tarta es memorable.
—Quiero volver fuera.
—Espera un poco.
—No me des órdenes.
—Entonces: ¿quieres esperar un poco?
—Sí.
Al otro lado de la puerta la música se detuvo. Oí a Daniel pedir que recogieran las copas y a Fina anunciar que aún quedaba media sopera. Me levanté demasiado deprisa.
—¿Qué hacen?
—Supongo que terminan.
—Yo no he dicho que termine.
Salí al comedor. Daniel estaba apagando las luces del patio. Tomás enrollaba un cable y los demás recogían platos en silencio.
—¿Quién ha decidido cancelar la fiesta? —pregunté.
—Necesitas descansar —dijo Daniel.
—Necesito menos ruido y sentarme. No necesito que desaparezca todo el mundo.
—Marina, estabas a punto de caerte.
—Y por eso he entrado. Adaptar no es cancelar.
Daniel apretó la mandíbula. Su impulso de arreglar había encontrado una solución clara: eliminar la fiesta. Mi impulso de control quería demostrar que podía continuar igual. Los dos estábamos equivocados de maneras compatibles.
Elena miró el comedor, luego el patio.
—Podemos traer las sillas dentro —dijo—. Quitamos el karaoke. Quien quiera quedarse, se queda sentado y hablando bajo. Quien quiera irse, se lleva comida.
Fina dejó el plato que sostenía.
—Eso llevo diciendo media hora.
—Llevas diciendo que no se puede tirar el gazpacho —replicó Daniel.
—Es el mismo principio.
Trasladaron las sillas. Apagamos la mitad de las luces y abrimos un poco la ventana.
Yo me instalé en el sofá con una manta sobre las piernas, no porque tuviera frío, sino porque Menta había decidido tumbarse encima y no quise discutir.
Daniel se sentó al otro extremo. Su mano quedó sobre el cojín, cerca de la mía, sin reclamarla.
La fiesta continuó más pequeña.
Roque leyó la carta de su hermano. Nati confesó que había roto otra taza y que empezaba a sospechar que no era casualidad.
Chelo relató su flotación con una épica que incluyó corrientes inexistentes y una medusa que nadie más había visto.
Tomás cantó una canción sin micrófono. Mi padre contó por primera vez cómo había conocido a mi madre en una cola para comprar entradas de cine y Elena corrigió tres detalles; él protestó en los tres y acabó admitiendo dos.
Yo hablé menos. A ratos cerraba los ojos. Nadie interpretó cada silencio como una emergencia. Cuando los abría, la conversación seguía sin haberme convertido en su tema.
Daniel se inclinó hacia mí.
—Lo siento —dijo.
—Querías ayudar.
—Quería terminar algo que no podía controlar.
—Yo quería seguir como si nada hubiera cambiado.
—Ha cambiado.
—Pero no ha terminado.
Él asintió y tomó mi mano.
Al final sacamos la tarta. Fina había cubierto el mensaje con nata, almendras y tres mandarinas colocadas enteras encima.
Parecía una obra de pastelería realizada durante un apagón, pero estaba buena.
Nadie pronunció un brindis. Bea repartió porciones desiguales y mi padre pidió que le guardaran una para el desayuno.
Cuando la última visita se marchó, Elena y yo nos quedamos en la cocina delante de una montaña de platos. Daniel había ido a acompañar a mi padre al hostal; Bea dormía en casa de Fina porque mi cuarto de invitados solo tenía una cama.
—Déjalo —dije cuando Elena abrió el grifo.
—Solo voy a ponerlos en remojo.
—Eso dicen las personas antes de limpiar una cocina entera.
Lo cerró.
—He visto que podías estar mal y seguir estando en la fiesta —dijo.
—No suena muy festivo.
—Ya me entiendes. Siempre pensé que había dos opciones: estar bien o parar. Tratamiento o nada. Fiesta o cama. Hoy…
—Hoy he estado en la cama durante una fiesta.
—En el sofá.
—No arruinemos una imagen potente con precisión.
Elena sonrió. Luego miró la mochila que había dejado junto a la puerta.
—¿Quieres que me quede esta noche?
La vieja respuesta subió hasta mi boca: No hace falta. Teresa me había enseñado a desconfiar de aquella frase. No decía lo que yo quería; decía lo que creía que me mantenía a salvo de deber algo.
—Sí —respondí—. Pero duerme en el cuarto de invitados y no friegues.
—Puedo aceptar una de las dos condiciones.
—Elena.
—Buenas noches, Marina.
Me dio un beso en la cabeza y salió de la cocina. Esperé a oír cómo cerraba la puerta del dormitorio.
Luego abrí el grifo y dejé los platos en remojo. No porque necesitara demostrar que podía hacerlo sola, sino porque aquella parte sí quería hacerla yo.