Los días que todavía son míos Capítulo 14. Una fiesta sin motivo
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Capítulo 14. Una fiesta sin motivo

La fiesta nació porque Fina quería estrenar una guirnalda, Nati necesitaba una ocasión para sacar la sopera y yo cometí la imprudencia de decir que no debíamos esperar a tener un motivo.

—Eso es un motivo —señaló Daniel.

—No estropees el concepto.

El diez de octubre amaneció con sol y un viento que hacía volar las servilletas del patio.

Yo le había pedido ayuda y dejado la puerta abierta; a las nueve, Fina ya la había cruzado tres veces: primero con una caja de bombillas, después con dos barras de pan y, por último, para preguntar dónde se podía dejar una escalera que ella misma había apoyado contra la pared.

—La gente llega a las seis —le recordé.

—Por eso vamos tarde.

—No hay programa.

—Habrá que hacer uno.

—No hay brindis, ni discursos, ni presentación del club, ni un momento en el que todos me miren.

Fina dejó de desenredar la guirnalda.

—¿Y karaoke?

—Por desgracia, sí.

—Entonces ya hay programa.

Había dormido bien, pero el cuerpo me pesaba desde que me levanté.

Teresa había ajustado el tratamiento después del episodio de dolor y los síntomas estaban mejor atendidos, aunque el precio de algunos días era una somnolencia nueva y un apetito caprichoso.

No era una condena ni una señal oculta. Era información.

Aprendía a pensar en mi energía como un presupuesto: podía gastarla, pero no fingir que era infinita.

Por eso había aceptado que otros organizaran. Mi única tarea era elegir la vajilla de Aurora.

Estaba guardada en el aparador del comedor: platos blancos con un borde verde, copas desparejadas y una sopera con forma de col que parecía obra de alguien enemistado con las verduras. Mi tía había pegado una nota en el estante:

La vajilla buena es la que no obliga a fregar dos veces.

Saqué todo.

—Son veinticuatro personas —dijo Daniel al contar los platos.

—Invité a doce.

—Fina invitó a otras doce.

—Voy a matarla.

—Tendrás que comprar más sillas.

Daniel hablaba desde lo alto de la escalera.

Colgaba luces en el patio con la concentración de quien restaura un techo de catedral.

Había llegado a las diez y tenía previsto marcharse al taller después de comer para regresar a las cinco.

Respetaba nuestros espacios con una exactitud que a veces me daban ganas de sabotear.

—¿No puedes dejar La Aurora una tarde? —pregunté.

—Prometí botarla antes de final de mes.

—Nadie esperaba que cumplieras.

—Ese es el tipo de apoyo que hace avanzar un proyecto.

Llamaron a la puerta. Mi padre apareció con una caja de naranjas, una bolsa de granadas y dos recipientes de albóndigas. Detrás venía Elena con una mochila pequeña.

No nos habíamos visto desde la discusión. Nos abrazamos con la precaución de dos países que acaban de firmar un alto el fuego y todavía no han retirado las tropas.

—Hola —dijo.

—Hola.

—He traído hielo.

—Yo he traído fruta —anunció mi padre—. Las naranjas están saliendo muy buenas este año.

Ernesto llevaba toda la vida entrando en las conversaciones difíciles por la puerta de la agricultura. Dejó la caja en la cocina, examinó el grifo, preguntó si la persiana seguía bajando bien y entregó a Daniel un destornillador que, según él, era mejor que el que Daniel sostenía.

—Es mío —le aclaró—. Te lo dejo.

—Gracias, Ernesto.

—Luego me lo devuelves.

Elena y yo nos quedamos solas junto a la mesa. Ella vio el cuaderno sobre el escritorio nuevo, pero no preguntó. Yo vi que había venido sin carpeta.

—Lo siento —dije.

—Yo también.

—No he terminado.

—Perdona.

—Lo siento por lo que dije sobre que necesitabas limpiar tu conciencia. Fue cruel y no es verdad. O no es toda la verdad.

Elena apoyó las manos en el respaldo de una silla.

—Yo sí convierto cosas en tareas. Es lo que sé hacer.

—A veces ayuda.

—A veces no.

—No quiero que dejes de preocuparte. Quiero poder decidir qué hacemos con tu preocupación.

—Y yo necesito que no me digas siempre que estás bien.

—No siempre estoy bien.

Pronunciarlo sin añadir una broma hizo que a las dos nos costara respirar durante un segundo.

—¿Cómo estás hoy? —preguntó.

—Cansada. El dolor está controlado. Tengo un poco de náusea, pero he tomado lo pautado. Y quiero hacer esta fiesta.

Elena asintió. No abrió el bolso en busca de una solución.

—¿Qué hago?

—Evita que Fina invite a otra calle.

—Eso supera mis competencias.

Nuestro padre entró con una naranja pelada y dividida en gajos dentro de un plato.

—Come —dijo.

—Acabo de desayunar.

—La naranja no cuenta como comida.

—¿Por qué debo comerla entonces?

—Tiene vitaminas.

Elena cogió un gajo. Yo otro. Aquella fue toda la ceremonia de reconciliación que fuimos capaces de soportar antes del mediodía.

Después trasladamos el hielo al fregadero. Elena abrió los cajones uno por uno buscando un paño, pero no reorganizó ninguno. Encontró el armario donde habíamos guardado los platos y me miró antes de sacar una pila.

—Esos sí —dije.

—Solo iba a poner la mesa.

—Lo sé. Estoy practicando dar instrucciones sin sentirme una tirana.

—Tienes experiencia de base.

La frase salió con la naturalidad de antes y las dos nos quedamos quietas, comprobando si podíamos reírnos. Yo fui la primera. Elena dejó los platos sobre la mesa y abrió por fin la mochila. Dentro no había informes. Sacó una camiseta, un neceser, el ordenador del trabajo y un táper con croquetas.

—Papá no confiaba en que trajera suficientes —dijo.

—Ya ha traído albóndigas.

—La variedad es su respuesta a la incertidumbre.

Guardamos la comida juntas. Elena vio la lista de teléfonos pegada en la nevera y no la copió. Vio también la caja de medicación, pero no comprobó los envases. El esfuerzo de pasar junto a ella sin intervenir se notaba en la rigidez de sus hombros.

—Puedes preguntar —dije.

—¿Has tomado lo de las náuseas?

—Sí.

—¿Te ha ayudado?

—Un poco.

—Vale.

Esperé la segunda pregunta. No llegó.

—Puedes hacer otra.

—No voy a gastar todas el primer día.

Daniel bajó de la escalera para buscar más cable. Mi padre salió detrás de él porque había decidido supervisar el destornillador prestado. Elena y yo nos quedamos cortando pan. Ella hacía rebanadas idénticas; las mías tenían formas incompatibles.

—Leí tu mensaje muchas veces —dijo sin mirarme.

—Solo tenía cuatro palabras.

—Precisamente. No sabía si querías hablar, ayuda con la fiesta o que viniera a recoger algo.

—Yo tampoco sabía qué quería cuando lo mandé.

—Estuve a punto de preguntarlo.

—¿Por qué no lo hiciste?

Elena alineó dos rebanadas y recortó un borde demasiado grueso.

—Porque habría intentado prepararme para la respuesta. Metí ropa para varios días, luego la saqué. Guardé el ordenador, lo volví a sacar. Papá me llamó tres veces para preguntar a qué hora salíamos.

—Eso explica la mochila pequeña.

—He dejado otra bolsa en el coche.

—Eso explica mejor a mi hermana.

Seguimos cortando. Al inclinarme sobre la tabla, una oleada de náusea me obligó a apoyar el cuchillo. Elena lo vio y dejó el suyo.

—Siéntate —dijo.

La miré.

—¿Quieres sentarte? —corrigió.

—Sí.

Me llevó un vaso de agua y continuó con el pan mientras yo descansaba.

No me preguntó cada minuto si había pasado.

Habló de su trabajo: un cierre trimestral que había terminado mal, una compañera que imprimía correos para archivarlos y un proveedor que llevaba dos meses enviando facturas al departamento equivocado.

Me permitió opinar, criticar y reírme. Hacía semanas que no manteníamos una conversación en la que mi cuerpo pudiera estar presente sin ser el asunto principal.

Cuando el malestar bajó, me levanté y cogí una fuente. Elena me la quitó de las manos por reflejo. Yo tiré un poco hacia mí. Durante un segundo volvimos a ser las dos mujeres del patio, cada una aferrada a su versión del cuidado.

—Pesa —dijo.

—Está vacía.

La soltó.

—Tienes razón.

—Puedes llevar la sopera con forma de col. Esa sí pesa y además es ofensiva.

—Trato hecho.

Antes de que llegaran los invitados colocamos juntas las copas desparejadas. Elena puso cuatro en una fila y yo añadí una quinta de otro tamaño. Ella estuvo a punto de cambiarla, pero dejó la mano suspendida y terminó colocándola donde yo había señalado.

—¿El cuaderno es lo que estás escribiendo? —preguntó.

—Sí.

—¿Puedo leerlo?

—Todavía no.

—Vale.

Lo dijo mirando las copas, no el cuaderno. Después tomó la guirnalda que Fina había abandonado sobre una silla y empezó a desenredarla desde un extremo. Yo cogí el otro. No resolvimos el nudo central; lo colgamos así y quedó encima de la puerta como una estrella defectuosa.

Ninguna propuso empezar de nuevo.

A las seis menos cuarto llegaron los primeros miembros del club.

Nati traía la sopera de flores azules llena de gazpacho suave, aunque octubre no era mes de gazpacho y nadie se atrevió a decírselo.

Chelo llevaba el pelo mojado porque por fin había flotado aquella mañana, sujeta por un churro de espuma y rodeada de tres testigos que tenían órdenes de no ayudarla demasiado.

—No he flotado —aclaró—. Me he mantenido sin hundirme.

—Esa es la definición —dijo Daniel.

—Pues está mal explicada.

Roque apareció con una carta en el bolsillo. Su hermano le había contestado con cuatro líneas: He recibido esto. La higuera no tenía arreglo. Tú tampoco. Llámame el domingo. Roque enseñaba el papel como si fuera una orden judicial favorable.

Leandro había arreglado su persiana. Sara y Andrés cerraron el bar durante la fiesta, gesto que generó tres quejas y el rumor de que estaban vendiendo el negocio. Tomás cargó un pequeño altavoz y dos micrófonos.

—Solo autorizamos un karaoke de baja intensidad —le advertí.

—Es equipo profesional.

—Eso aumenta el riesgo.

Bea llegó a las seis y media en un coche alquilado, seguida por un repartidor que transportaba una tarta enorme. La colocaron sobre la mesa y abrieron la caja.

En letras rosas decía:

NO ES UNA DESPEDIDA

Nadie habló.

Bea se quitó las gafas de sol.

—En mi defensa, la pastelería me pidió que concretara el tema de la fiesta.

—Podías haber dicho “ninguno” —respondí.