Capítulo 13. El cuaderno de los días vivos #2
Me senté en el suelo con la espalda apoyada en el armario.
No lloré por la vida que no tuvimos. Aquella vida era una invención y competiría de manera desleal con todas las que sí habíamos vivido.
Lloré por una crueldad concreta: haber permitido que Daniel hablara solo durante meses porque yo no sabía escribir una frase incómoda.
Cogí el teléfono.
He encontrado tus cartas , escribí.
Los tres puntos aparecieron enseguida.
Pensaba que las habrías tirado.
También yo.
Eran bastante malas.
La del perro tiene problemas de estructura.
El perro desaparecía en la segunda parte. Fue una decisión narrativa arriesgada.
Me reí, todavía sentada en el suelo. Después escribí:
Lo siento. No por haberme ido. Por no haberte contestado con la verdad.
Esta vez tardó.
Gracias.
Nada más. No dijo que me perdonaba porque yo no se lo había pedido.
No convirtió el pasado en una deuda cancelada por nuestro presente.
Guardé las cartas en el cajón del escritorio, junto a las de Aurora.
Las historias no se reparaban fingiendo que las piezas rotas nunca habían existido.
A veces bastaba con dejar de esconder la unión.
Me preparé una infusión y, al volver, encontré a Menta sobre el asiento. Intenté moverla. Se hizo más pesada, propiedad física exclusiva de los gatos y de algunos remordimientos. Acabé escribiendo en una silla de cocina.
La primera escena que quise contar fue la consulta.
Describí el reloj, la voz de Laura Ferrer, la tarjeta de citas que guardé por costumbre.
Al releerla, descubrí que había vuelto a convertirme en una mujer extraordinariamente serena.
En realidad, aquella tarde había tardado siete minutos en recordar dónde había aparcado y había discutido con la máquina del estacionamiento.
Añadí la máquina.
En la escena de la llegada al pueblo había escrito que el olor a sal me hizo sentir libre. Era verdad, pero incompleta. También había olido los transportines, el polvo de la casa y el sudor pegado a mi espalda. Añadí eso.
Cuando conté el beso con Daniel, mis frases se volvieron suaves y perfectas. Suprimí dos adjetivos y añadí el olor a salmonete muerto. Por fin reconocí la noche.
No quería escribir un manual sobre cómo morir bien.
No sabía hacerlo y sospechaba que esa idea era otra exigencia impuesta a los enfermos: además de soportar el miedo, debíamos ofrecer a los sanos una conclusión.
Quería escribir cómo era seguir discutiendo por croquetas cuando la muerte había entrado en la conversación.
Cómo el alivio podía convivir con el dolor y el deseo con una caja de medicación sobre la repisa.
Escribir la verdad no consistía en contarlo todo. Consistía en no sustituir lo vivido por una versión que quedara mejor.
Escribí eso.
Después escribí que había hecho el amor con Daniel y que por la mañana me había preocupado más el desorden de la cocina que la muerte.
Escribí que a veces el miedo no era profundo, sino administrativo: quién recogería mis cosas, quién cancelaría mis suscripciones, quién sabría que Pimienta solo comía el paté barato después de fingir durante cinco minutos que esperaba otro.
Escribí sobre Elena sin convertirla en villana.
No me salió a la primera. En la primera versión era una mujer invasiva con carpetas.
En la segunda, una santa agotada. En la tercera era mi hermana: podía organizar un entierro, una mudanza y una reclamación de seguros antes de comer, pero no podía escuchar la palabra muerte sin empezar a buscar una puerta lateral.
Taché los eslóganes. Taché luchar , viaje , regalo , cada instante . Dejé que algunos días no significaran nada.
También dejé de imaginar un lector. Al principio veía a Elena corrigiéndome, a mi padre saltándose los párrafos difíciles y a Bea buscando frases para subrayar.
Escribir para ellos me convertía otra vez en directora de su reacción: aquí debían reír, aquí perdonarme, aquí comprender mi decisión.
Cerré esa platea imaginaria. Si el cuaderno llegaba algún día a otras manos, encontraría lo que hubiera, no una visita guiada.
Esa libertad tuvo un efecto poco heroico.
Escribí que una mañana había pasado cuarenta minutos comparando precios de arena para gatos.
Escribí que envidiaba a una mujer que se quejaba de tener que volver al trabajo en noviembre.
Escribí que algunos días estaba agradecida y otros no; que la proximidad de la muerte no me había extirpado la mezquindad, el aburrimiento ni el deseo de tener razón.
Al releerlo sentí pudor. Después alivio. Por fin la mujer de las páginas podía respirar sin comportarse como si ya estuvieran hablando de ella en pasado.
Reconocí mi propia voz cuando dejaba de presentar una campaña ante un jurado invisible.
Al caer la tarde, tenía ocho páginas nuevas. En una de ellas contaba la reunión del club. En otra, el vestido amarillo. En otra solo describía la forma en que Daniel había acercado una botella de agua sin preguntar delante de los demás.
Faltaba un título.
Probé varios en una hoja aparte. Todos parecían prometer una revelación o un llanto garantizado.
Cerré los ojos. Pensé en la frase que más veces había repetido desde la consulta: no sé cuánto.
No sabía cuántos meses, cuántos paseos, cuántos desayunos.
Convertir el tiempo en una cifra siempre lo empequeñecía.
Abrí el cuaderno por la primera página, junto a las huellas de Pimienta, y escribí despacio:
Los días que todavía son míos .
No era una reclamación contra nadie. Tampoco una cuenta atrás. Solo el recordatorio de que un día podía pertenecerme incluso si me levantaba tarde, me dolía el cuerpo y no aprendía nada.
El teléfono estaba boca abajo sobre la cama. Lo tomé antes de tener tiempo de redactar una carta perfecta. Abrí la conversación con Elena. Su último mensaje, de hacía cuatro días, decía: Papá ha hecho otra vez demasiadas croquetas. Dime si quieres que te las mande.
Escribí:
¿Puedes venir el sábado?
No añadí una explicación. Ni un corazón. Ni siquiera un pulgar.
La respuesta llegó un minuto después.
Sí.