Los días que todavía son míos Capítulo 13. El cuaderno de los días vivos
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Capítulo 13. El cuaderno de los días vivos

Durante los primeros días de octubre escribí diecisiete principios de novela y no conseguí creerme ninguno.

El primero empezaba con el mar. El segundo, con la consulta de la doctora Ferrer. En el tercero yo abría una ventana y comprendía algo esencial sobre la existencia, lo que demostraba que treinta años de publicidad podían estropear incluso el acto de ventilar una habitación.

Taché la frase.

Menta estaba tumbada sobre el alféizar, con la cabeza apoyada en una maceta vacía.

Pimienta perseguía la cinta que salía del lomo del cuaderno.

Había aprendido a trabajar con ellas como se trabaja en una oficina mal gestionada: aceptando interrupciones, protegiendo el café y ocultando los objetos pequeños.

—No sé escribir —les dije.

Menta abrió un ojo y lo cerró otra vez.

—He escrito anuncios durante media vida. Campañas enteras. Una vez conseguí que la gente asociara una cuenta corriente con la libertad de correr por un campo de trigo.

Pimienta atrapó la cinta y tiró del cuaderno.

—Tienes razón. Aquello fue más difícil.

El problema no era la falta de palabras.

Me sobraban. Sabía levantar una frase, darle ritmo y colocar al final una emoción que pareciera inevitable.

Lo que no sabía era escribir sin intentar dirigir la respuesta de quien leyera.

Cada vez que hablaba de la enfermedad, fabricaba un significado.

Cada vez que describía un día bueno, lo convertía en lección.

Cada vez que aparecía Daniel, el muchacho de hacía treinta años entraba en la habitación antes que el hombre real.

Había prometido una página y ya llevaba veinticuatro. La mayoría parecían redactadas por una mujer sabia, luminosa y muerta. Las odiaba especialmente por ese orden.

Arranqué una hoja. Luego recordé que era el cuaderno de Aurora y me sentí culpable.

En una página suya, mi tía había escrito:

Martes: discusión con Manuela por las macetas. Creo que tengo razón, pero no tanta como ayer.

Debajo había una mancha de aceite y el número de un fontanero.

Aurora no había intentado dejar sabiduría. Había intentado recordar un martes.

Llamaron a la puerta. Era Daniel, inclinado bajo el peso de un escritorio.

—No cabe —dije.

—Buenos días.

—Buenos días. No cabe.

—Lo he medido.

—La casa o tu optimismo.

El escritorio había estado en la habitación pequeña, cubierto por una manta y con una pata carcomida. Daniel se lo había llevado la semana anterior con mi permiso, aunque yo había supuesto que tardaría meses. Restaurar era, en su caso, una unidad de tiempo flexible.

—Aparta la silla —dijo.

—Teresa opina que debo evitar esfuerzos.

—Mover una silla no es un esfuerzo.

—No conoces esta silla.

Entre los dos lo colocamos bajo la ventana del cuarto de Aurora. Daniel había limpiado la madera sin borrar los arañazos. La pata nueva tenía un tono ligeramente distinto a las otras y el cajón superior conservaba una marca redonda de taza.

—No has disimulado el arreglo —dije.

—No era necesario. Ahora se sostiene.

Pasé los dedos por la unión. Había hecho una pieza nueva, encajada con precisión, pero no fingía que siempre hubiera estado allí.

—Cuidado —dijo—. Estás a punto de convertirlo en una metáfora.

—Es culpa tuya por traer muebles simbólicos.

Pimienta saltó al asiento, después al escritorio y metió la cabeza en el cajón abierto. Daniel sacó de él dos postales, una cinta métrica de costura y un sobre amarillento.

—Hay más —dijo.

Eran cuentas antiguas y notas de Aurora.

En el fondo había tres cartas dobladas. Reconocí mi letra antes de abrirlas.

Las había enviado desde Madrid a los veintitrés años: noticias sobre la agencia, un piso compartido, un jefe que pronunciaba brainstorming como si invocara una tormenta. En ninguna aparecía Daniel. Ni una vez.

—Yo tampoco te nombraba cuando dolías —dije.

Daniel dejó el sobre en la mesa.

—¿Dolía?

—Durante un tiempo.

—No lo parecía.

—Esa era la idea.

Se sentó en el borde de la cama. Yo permanecí junto al escritorio, con una carta en la mano.

No habíamos hablado de las que él me mandó después de aquel verano, más allá de una mención en el taller.

Yo las había leído hasta aprenderme partes de memoria y luego las había guardado en una caja durante tres mudanzas.

Dejé de contestar primero. Más tarde empecé a dejarlas cerradas durante días, como si retrasar la lectura pudiera convertirme en una persona distinta.

—No dejé de responder porque no te quisiera —dije.

Daniel miró por la ventana.

—Lo sé ahora.

—Me ofrecieron el contrato en Madrid y pensé que si seguía escribiéndote acabaría volviendo. No porque me lo pidieras. Tú nunca me pediste nada. Ese era el problema: podía imaginarme eligiéndolo.

—El pueblo, dices.

—El pueblo. Tú. Una vida que a los veintidós me parecía demasiado pequeña antes de haberla vivido. Quería entrar en habitaciones donde nadie me conociera desde los pañales. Quería tener prisa. Quería que mi trabajo sonara importante cuando lo explicara.

—Y lo conseguiste.

—Sí.

No había ironía en mi respuesta. No quería corregir mi juventud desde la seguridad de los cincuenta y dos.

Me había gustado Madrid. Había hecho trabajos de los que estaba orgullosa, amado a otras personas, viajado, reído y construido una vida que no era un error.

Daniel tampoco había permanecido detenido en el muelle esperando mi arrepentimiento.

—Después de la quinta carta entendí que el silencio también era una respuesta —dijo—. No una respuesta amable, pero bastante clara.

—Fui cobarde.

—Sí.

Esperaba consuelo. Su acuerdo me hizo sonreír.

—Gracias por suavizarlo.

—Me enfadé mucho. Luego conocí a Lucía. No enseguida, si eso te tranquiliza. Hubo una temporada en la que fui insoportable en general, no solo por ti.

Daniel cogió la cinta métrica del cajón y la enrolló entre los dedos.

—¿Te molesta que hable de ella?

—Me molestaría que no pudieras.

—A veces la gente se pone rara. Cree que nombrar a una persona muerta delante de alguien nuevo es una comparación.

—¿Lo es?

—No. Lucía está en mi vida. Tú estás en mi vida. No ocupáis una silla que haya que disputarse.

Me senté a su lado.

—¿Cómo fue después?

Daniel tardó en responder. Oímos un motor pasar por la calle y el grito de Fina a alguien que había aparcado delante de sus cajas de fruta.

—Ruidoso —dijo al fin—. Aunque todo el mundo hablaba bajo.

Había personas en casa a todas horas, cacharros de comida, llamadas, cosas que resolver.

Cuando dejaron de venir, pensé que el silencio sería lo peor.

Pero fue la cantidad de cosas normales. Comprar un pan y no tener que preguntarle cuál.

Encontrar un pendiente debajo del sofá. Recibir una factura a su nombre seis meses después.

No intenté tocarlo. Daniel tenía las manos ocupadas con la cinta y la mirada fija en el suelo.

—Durante mucho tiempo solo sabía hacer cosas —continuó—. Arreglé la habitación de Alba, pinté la casa, acepté todos los trabajos. Empecé La Aurora . Si algo estaba roto y tenía madera, yo sabía estar delante. Con las personas era distinto.

—¿Y ahora?

—Ahora sigo sin saber muchas veces.

—Lo disimulas bien.

—Me callo más.

—Eso suele confundirse con sabiduría.

Me miró. Había dolor en sus ojos, pero no una herida abierta que yo tuviera que curar.

Lucía no era el precio que Daniel había pagado para estar preparado para mí.

Había sido su mujer, la madre de Alba, alguien que elegía un tipo de pan y perdía pendientes.

Su historia no nos enseñaba nada. Nos acompañaba.

—No quiero que vuelvas a pasar por eso —dije.

—Lo sé.

—Y no es una razón suficiente para alejarte.

—También lo sabes.

—Empiezo a cansarme de que tengas razón con tanta calma.

—Puedo levantar la voz.

—No mejoraría el contenido.

Daniel me besó en la frente y se levantó.

—El escritorio está listo. No lo llenes de tazas.

—Aurora dejó una marca. Debo respetar el estilo original.

Cuando se fue, coloqué el cuaderno en el centro de la madera restaurada.

Afuera, el mar era solo una franja entre dos tejados.

No había amanecer ni gaviota solitaria ni música capaz de mejorar la escena.

Era casi mediodía, tenía náuseas leves, no había contestado a Elena y debía pedir más arena para las gatas.

Antes de escribir abrí el armario de mi dormitorio. En el fondo de la maleta con la que había llegado al pueblo había una carpeta gris. La había metido entre informes médicos y documentos de la casa sin admitir que sabía lo que contenía.

Las cartas de Daniel seguían allí.

Eran seis, no cinco. La última no había pasado por correo porque no llevaba sello ni marca postal.

Debía de haberla dejado él mismo bajo la puerta de Aurora durante uno de mis pocos regresos al pueblo, o quizá mi tía me la había entregado años después.

Durante décadas, mi memoria había reducido aquella correspondencia a una imagen cómoda: un joven enamorado escribiendo frases hermosas a una mujer que huía.

La realidad olía a papel viejo y era mucho menos cinematográfica.

Daniel hablaba del motor de una barca, de una tormenta que había tirado dos macetas y de un perro que aparecía cada mañana en el taller.

En una carta se quejaba de que yo tardara en responder; en otra fingía que no le importaba.

Había una frase enfadada, dos chistes malos y una descripción muy precisa de cómo Fina había discutido con un proveedor de conservas.

El muchacho no era un símbolo de la vida que rechacé.

Era una persona intentando contarme sus martes.

Leí la última. No decía adiós. Decía que dejaría de escribir porque empezaba a sentirse ridículo y que, si yo quería hablar, sabía dónde encontrarlo. Terminaba preguntando si en Madrid seguían vendiendo castañas en una esquina junto a mi trabajo.

Yo no respondí ni siquiera eso.