Capítulo 12. Todo lo que mi hermana no entiende #2
El dolor avanzó con la paciencia de una marea. No era una línea continua; venía en oleadas que me obligaban a quedarme quieta. Intenté respirar como Teresa me había enseñado, no porque la respiración fuese a resolverlo, sino porque el miedo tensaba músculos que no necesitaban más trabajo.
A las siete sentí náuseas. Fui al baño y cerré la puerta, aunque estaba sola. La costumbre de ocultarse no necesita público.
Me senté en el suelo frío, apoyada en la bañera. El teléfono estaba en la cocina. Podía haber gritado a una casa vacía, pero aquello habría sido demasiado sincero.
Pensé en Elena: Si te necesito, te llamaré.
La frase sonaba ahora como una fanfarronada.
Esperé veinte minutos. Quizá cuarenta. El reloj del baño llevaba meses parado y yo había decidido no arreglarlo porque un reloj inmóvil parecía decorativo. Cuando intenté levantarme, una punzada me dobló y tuve que volver a sentarme.
No quería llamar a Daniel. Habíamos acordado no ocultar lo importante, pero después de la discusión con Elena pedir ayuda parecía concederle la razón a toda una forma de quererme que yo rechazaba.
La lógica era absurda: estaba dispuesta a soportar dolor para demostrar una independencia que nadie podía ver.
Llegué hasta la cocina despacio. Marqué el teléfono del equipo paliativo, lo borré, marqué otra vez.
Teresa contestó al tercer tono.
—Soy Marina.
—Ya lo veo. Dime.
La ausencia de alarma en su voz me permitió hablar.
—Tengo más dolor. He tomado lo que estaba indicado y no está cediendo. También tengo náuseas.
Me hizo preguntas concretas: cuándo había empezado, dónde dolía, qué había tomado, si había vomitado, si podía beber, cuándo había ido al baño, si tenía fiebre o algún síntoma nuevo.
No me felicitó por llamar ni me riñó por haber tardado.
Me dijo qué medida prevista podía usar mientras ella consultaba y venía a verme.
—¿Estás sola?
—Sí.
—¿Quieres que avisemos a alguien?
—No.
Hubo una pausa breve.
—Te lo volveré a preguntar cuando llegue.
Teresa apareció poco después con el pelo recogido, una mochila y la clase de calma que no necesitaba fingir que todo estaba bien.
Me exploró, revisó las pautas y habló por teléfono con el médico del equipo para ajustar el tratamiento del dolor y las náuseas.
Explicó cada cambio antes de hacerlo. También me recordó que algunos medicamentos podían empeorar el estreñimiento y que debíamos adelantarnos a ese problema, no descubrirlo cuando fuera urgente.
La medicación no convirtió la noche en una postal. El dolor tardó en bajar y yo seguí agotada. Pero dejó de ocupar toda la habitación.
—Podrías haber llamado antes —dijo Teresa cuando mi respiración recuperó un ritmo normal.
—Ya lo sé.
—¿Por qué no lo hiciste?
—Había discutido con mi hermana sobre mi capacidad para estar sola.
—¿Y querías ganar la discusión en ausencia de tu hermana?
—Dicho así parece poco inteligente.
—Lo era también antes de decirlo.
Se sentó en la silla frente al sofá. No había reproche en su cara, solo cansancio profesional ante una maniobra que probablemente había visto demasiadas veces.
—Elegir quién entra en tu casa es autonomía —dijo—. Decidir qué ayuda aceptas, también. Fingir que no necesitas nada cuando sí lo necesitas no es autonomía. Es abandono de ti misma con mejor publicidad.
—Trabajé en publicidad. Aprecio el matiz.
—Se nota. Hasta tus excusas tienen eslogan.
Miré el teléfono sobre la mesa.
—No quiero que mi hermana crea que puede dirigirlo todo.
—Entonces no dejes que lo dirija. Puedes darle una tarea concreta, o ninguna. Puedes pedirle que venga y decirle a qué. Lo que no puedes es usar el dolor como argumento.
Me preguntó de nuevo si quería que avisara a alguien.
Esta vez consentí que llamara a Daniel y le explicara solo que necesitaba compañía aquella noche.
Cuando llegó, Teresa le dio instrucciones prácticas con mi permiso y se marchó después de asegurarse de que yo sabía a qué teléfono llamar si algo cambiaba.
Daniel no dijo «te lo dije». Tampoco me preguntó por Elena. Se sentó en el suelo, junto al sofá, y apoyó la cabeza contra el cojín.
—Puedes subir —murmuré.
—Aquí estoy bien.
—Tu rodilla opina otra cosa.
—Mi rodilla es alarmista.
Le puse la mano en el pelo. No me sentía menos autónoma. Me sentía cansada, atendida y todavía al mando de algunas decisiones pequeñas: la lámpara encendida, el vaso a la derecha, la mano de Daniel bajo la mía.
A la mañana siguiente el dolor estaba mejor controlado. Daniel se fue al taller después de prepararme café. No convirtió una noche difícil en permiso para ocupar el día siguiente.
En el teléfono había un mensaje de Elena enviado la tarde anterior: He llegado.
No hace falta que contestes. Debajo, una hora más tarde, había escrito: Las croquetas se calientan mejor en sartén.
Era su manera de seguir junto a mí sin cruzar la puerta que yo había cerrado.
Puse un pulgar sobre el segundo mensaje y lo borré antes de enviarlo. Aquel símbolo ya no alcanzaba.
Podía llamarla, pero aún no sabía hablar sin intentar ganar. Necesitaba encontrar una frase donde cupieran dos verdades: ella me había invadido y yo la había excluido; su insistencia dolía y mi silencio también. No estaba preparada para pronunciarla en voz alta.
Abrí el cuaderno. Las huellas de Pimienta seguían junto a la primera página, secas y negras. En una hoja nueva escribí:
Elena: tenías razón en una cosa y yo en otras, que es la forma más incómoda de tener que pedir perdón.
Leí la frase varias veces.
Después añadí:
Lo que no entiendo es cómo dejarte estar sin desaparecer yo.
No supe continuar. Dejé la pluma sobre el papel, sin punto final.