Los días que todavía son míos Capítulo 12. Todo lo que mi hermana no entiende
50%

Capítulo 12. Todo lo que mi hermana no entiende

Elena llegó el último viernes de septiembre con una maleta para cuatro días y la expresión de quien llevaba varias noches sin dormir.

Eran las nueve de la mañana. Daniel estaba descalzo en mi cocina, cortando pan. Yo llevaba su camisa y discutía con la cafetera. No era una escena que admitiese muchas interpretaciones, aunque mi hermana consiguió encontrar la peor.

Se quedó en la puerta con una mano todavía levantada para llamar. Detrás de ella había una maleta azul, una bolsa con recipientes de comida y una carpeta demasiado gruesa.

—Buenos días —dijo Daniel.

—¿Qué haces aquí?

—Elena —advertí.

—Le pregunto a él.

Daniel dejó el cuchillo sobre la tabla.

—Estoy desayunando con Marina.

—Ya veo lo que estás haciendo.

—Pues nos ahorramos la explicación —dije.

Elena me recorrió de arriba abajo. Su mirada se detuvo un instante en mis piernas desnudas y después en la camisa.

No había escándalo moral en su cara. Había desconcierto, miedo y una ofensa más profunda: mientras ella llevaba semanas imaginándome sola frente al mar, yo había seguido viviendo sin emitir informes.

—No contestas a mis mensajes desde hace días.

—Te contesté el martes.

—Pusiste un pulgar.

—Es una respuesta homologada por millones de personas.

—Papá dice que apenas hablas con él.

—Papá me llama dos veces al día para comunicarme el viento previsto.

—Y tú le dices que todo está bien.

—A veces está bien.

Elena entró y dejó la bolsa en la encimera. Daniel me miró. Le bastó un gesto mío para entender que quería hablar a solas.

—Voy al taller —dijo, poniéndose los zapatos.

Mi hermana apartó la vista mientras él se inclinaba para darme un beso. Daniel dudó apenas y yo fui quien cerró la distancia. No era una provocación, aunque Elena lo recibió como tal.

—Nos vemos luego —dijo él.

—No hace falta que te vayas por mí —respondió Elena.

—No me voy por ti. Tengo trabajo.

La puerta se cerró. Menta, que había presenciado la escena desde una silla, saltó al suelo y siguió a Daniel hasta el recibidor. La desertora.

—¿Desde cuándo? —preguntó Elena.

—¿Desde cuándo qué?

—No hagas eso. No me obligues a formular cada palabra para después discutirla.

Me até la camisa un poco más. De pronto me sentía ridícula, como una adolescente sorprendida en casa. Me enfadó que mi hermana tuviera todavía acceso a esa parte de mí.

—Desde la Fiesta de la Sal.

—Dos semanas.

—Sabes contar.

—¿Él lo sabe todo?

—Sabe lo que necesita saber.

—¿Que has dejado el tratamiento? ¿Que la masa sigue creciendo? ¿Que los médicos no saben cuánto…?

—Sí.

Elena se detuvo antes de terminar la pregunta. Ni siquiera enfadada podía pronunciarla.

—¿Y le parece bien?

—No necesito que le parezca bien.

—Claro. No necesitas que a nadie le parezca bien nada. Tomas una decisión, te mudas, nos cierras la puerta, empiezas una relación y el resto debemos demostrar amor no haciendo preguntas.

—No te he cerrado la puerta. Acabas de entrar sin avisar.

—Te escribí anoche.

—Estaba ocupada.

La frase fue deliberada. Vi cómo le daba donde yo quería y sentí una satisfacción inmediata, pequeña y vergonzosa.

Elena abrió la carpeta. Dentro había impresos, correos y una lista de nombres. Mi estómago se contrajo antes de leer una sola línea.

—No he contactado con nadie —dijo deprisa—. Lo prometí. Solo he reunido información. Hay un hospital en Barcelona que lleva un estudio con una combinación distinta y una clínica en Navarra que podría revisar…

—Guárdalo.

—No te estoy diciendo que vayas. Te estoy diciendo que lo mires.

—No.

—¿Por qué te da tanto miedo leerlo?

—No me da miedo. Estoy cansada de convertir mi vida en un expediente abierto.

—Y yo estoy cansada de que llames control a cualquier cosa que no te da la razón.

El tono me sorprendió. Elena no gritaba casi nunca. Trabajaba con números, plazos y personas que perdían papeles importantes; había hecho de la serenidad una herramienta profesional. Pero tenía las mejillas rojas y los dedos apretados sobre la carpeta.

—No he venido a arrastrarte a ningún hospital —continuó—.

He venido porque papá me llamó ayer llorando y no sabía qué decirle.

Porque tú contestas con chistes. Porque no sé cuándo el dolor es soportable y cuándo estás mintiendo.

Porque me echaste de esta casa y desde entonces tengo que enterarme por Fina de si sales a comprar.

—¿Hablas con Fina?

—Me llamó ella.

—Magnífico. Ya solo falta crear un grupo de mensajería: “Supervisión de Marina”.

—Le preocupaba que el martes no hubieras abierto las persianas hasta las doce.

—Estaba durmiendo.

—¿Por qué tanto?

—Porque estoy enferma, Elena. Esto es lo que no entiendes. Estoy enferma cuando bailo, cuando duermo con Daniel, cuando compro tomates y cuando no abro las persianas. No puedes investigar cada gesto hasta encontrar una decisión que lo arregle.

—Sé que estás enferma.

—No. Sabes organizar que estoy enferma.

Elena cerró la carpeta de golpe.

—¿Y tú qué haces? ¿Lo organizas menos porque has elegido un vestido y un novio?

—Daniel no es “un novio”.

—Perdona por no conocer la terminología. No mandaste circular.

—Esto no tiene que ver con él.

—Tiene que ver con todo. Tus decisiones nos afectan, aunque detestes admitirlo. Si no cuentas cuándo estás peor, nos quitas la posibilidad de estar. Si te enamoras de alguien, también lo metes en esto. No eres la única que va a perder algo.

La palabra perder abrió un hueco en la habitación. Elena se llevó una mano a la boca, como si hubiera dicho demasiado. Yo podía haber entrado en ese hueco. Podía haber reconocido que ella también tenía miedo, que yo llevaba semanas administrando la distancia para no contemplarlo.

Elegí herirla.

—Eso es lo que de verdad te preocupa —dije—. Perder y no poder decirte que hiciste todo. Necesitas agotar médicos, hospitales y carpetas para salir de esto con la conciencia limpia.

—No es verdad.

—Has convertido mi enfermedad en una prueba de tu amor. Cuanto más buscas, más me quieres. Y si yo no obedezco, te impido aprobar.

Elena palideció.

—Eres cruel.

—Y tú eres asfixiante.

Nos quedamos mirándonos. En el fregadero, una gota caía del grifo con una regularidad insoportable. Pimienta apareció en el pasillo arrastrando el asa de la maleta con los dientes.

Elena se agachó y se la quitó con suavidad.

—Pensaba quedarme hasta el lunes —dijo.

—No hace falta.

—He traído comida.

—Puedo alimentarme.

—No he dicho que no puedas.

—Está en cada cosa que haces.

Ella asintió una vez. No lloró. Metió la carpeta en la maleta, pero dejó la bolsa de recipientes sobre la encimera.

—Quédate con esto. Lo ha preparado papá.

—Puedes llevártelo.

—No castigues a las croquetas.

Fue una frase que habría pronunciado yo y, por un instante, casi nos salvó. Pero yo seguía demasiado enfadada para aceptar una salida que no hubiera diseñado.

Elena arrastró la maleta hasta la puerta.

—No quiero que me informes de todo —dijo sin volverse—. Quiero que alguna vez no tenga que adivinar si me necesitas.

—Si te necesito, te llamaré.

—Eso es lo que me da miedo.

Cuando se fue, la casa quedó llena de todo lo que yo había dicho y no podía recoger.

Abrí uno de los recipientes. Había croquetas, treinta y seis exactamente, separadas por capas de papel. Mi padre demostraba afecto en unidades congelables. Cerré la tapa y lo guardé.

El teléfono sonó. Era él.

—¿Ha llegado Elena? —preguntó.

—Sí.

—¿Y las croquetas?

—También.

—No las congeles todas juntas.

—Ya vienen congeladas.

—Pues no las descongeles todas juntas.

Oí el informativo de fondo en su salón. Mi padre debió de bajar el volumen porque, de pronto, su voz quedó sola.

—¿Os habéis peleado?

Miré la maleta que ya no estaba y la carpeta que Elena se había llevado.

—No.

La mentira salió sin preparación. Era exactamente el tipo de respuesta que mi hermana acababa de reprocharme: limpia, fácil, diseñada para no provocar ninguna pregunta adicional.

—Me ha llamado desde el coche —dijo él—. No ha dicho nada, pero hablaba rápido.

—Elena siempre habla rápido.

—No conmigo.

Mi padre esperó. Yo podía haberle contado la discusión, pedirle que no tomara partido o reconocer simplemente que habíamos dicho cosas horribles. En cambio, pregunté por las naranjas.

—¿Te queda fruta? —dijo, aliviado por el cambio de terreno—. Mañana puedo mandar otra caja.

—Me queda.

—Come granada. Tiene mucho hierro.

—No sé si eso es cierto.

—Lo ha dicho un médico en la radio.

Nos despedimos después del parte meteorológico.

Al colgar, comprendí que mi talento para tranquilizar no protegía a nadie: solo distribuía la preocupación por canales donde yo no tuviera que verla.

Elena lloraría en el coche, mi padre adivinaría desde su salón y yo conservaría la ficción de no haber pedido nada.

Saqué una croqueta, la dejé sobre un plato para que se descongelara y cerré la puerta del congelador con más fuerza de la necesaria.

Daniel volvió al mediodía. Le conté una versión breve: habíamos discutido, Elena había regresado a Madrid y yo no quería hablar del asunto.

—De acuerdo —dijo.

—No pongas esa cara.

—Es mi cara.

—Tu cara cree que debería llamarla.

—Mi cara piensa que llevas dos horas apretando la mandíbula.

—Espacios propios —le recordé.

Daniel aceptó la frontera. Comimos en silencio y después regresó al taller. No intentó quedarse, aunque antes de salir señaló la caja de medicación sobre la repisa.

—Eso tampoco —dije.

—No he dicho nada.

—Lo has dicho con toda la cara.

—Debe de ser contagioso.

El dolor empezó aquella tarde como una presión baja. Lo conocía. Tenía instrucciones claras: tomar la medicación pautada, observar, llamar al equipo si no cedía o aparecían otros síntomas. Hice lo primero. Luego decidí que cedería porque yo necesitaba que lo hiciera.

A las seis era más intenso. Cancelé por mensaje el paseo con Daniel y añadí un sol para que no pareciera preocupante. Me tumbé en el sofá. Menta se instaló junto a mis piernas y Pimienta encontró algo urgente que golpear debajo de un mueble.