Los días que todavía son míos Capítulo 11. Besarse sin prometer nada #3
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Capítulo 11. Besarse sin prometer nada #3

La frase era peligrosa: podía haberse convertido en una declaración perfecta. Daniel la estropeó a tiempo.

—Además, si rompes la escalera, la necesito.

—Ahí estás tú.

Regresé a casa despacio. No me sentía vigilada. Me sentía vista, una experiencia mucho más comprometida.

El diecisiete de septiembre vino a casa con tomates, pan y una botella de vino.

—Yo apenas puedo beber —dije.

—La botella también sirve para dos copas pequeñas y un guiso mañana.

—Planificación, qué atractivo.

—Traigo además queso.

—Eso mejora mucho tu perfil.

Cenamos en el patio. Pimienta robó una aceituna, descubrió que no le gustaba y la dejó dentro del zapato de Daniel.

Menta se sentó en la silla vacía entre nosotros, como una carabina con bigotes.

La conversación pasó por asuntos que no necesitaban trascendencia: Alba estaba peleándose con un ayuntamiento por unas dunas protegidas; Fina había cerrado otra hora la tienda; La Aurora necesitaba una vela nueva; yo había escrito seis páginas y detestaba cinco y media.

Cuando Daniel recogió los platos, apoyé la mano sobre la suya.

—Puedes quedarte.

No fingió no entender.

—¿Estás segura?

—Ahora mismo, sí.

El deseo a los cincuenta y dos no se parecía al de los veintidós.

Entonces yo creía que el cuerpo era un lugar transparente: una puerta se abría y bastaba con entrar.

Ahora llevaba dentro una cartografía de intervenciones, pérdidas y precauciones.

Bajo la ropa estaban la cicatriz vertical del abdomen, otras marcas pequeñas, la piel que ya no reconocía como antes y una zona cerca de la pelvis que a veces no toleraba presión.

En el dormitorio, Daniel me desabrochó la blusa despacio. No con el cuidado reverencial que se tiene ante algo roto, sino con atención. Había una diferencia y mi cuerpo la entendió antes que yo.

—Aquí no —dije, guiando su mano.

—Aquí no.

—Y quizá tenga que parar.

—Entonces paramos.

—No repitas todo lo que digo. Parece una terapia de pareja.

—Todavía estamos a tiempo de discutir por la temperatura.

—Hace calor.

—Yo tengo frío.

—Perfecto.

Nos reímos y la risa me desnudó más que sus manos. Cuando vio la cicatriz no apartó la mirada ni la fijó en ella. La recorrió con los dedos solo después de que yo tomara su mano y la colocara allí.

—No es bonita —dije.

—No tiene que serlo.

—Podrías haber dicho que sí.

—Me has prohibido las frases absurdas.

Él también había cambiado. Tenía una cicatriz en el hombro, una mancha clara sobre el pecho y el vientre de un hombre que comía pan sin pedir perdón. Lo miré sin comparar aquel cuerpo con el del muchacho que recordaba. Daniel no era una restauración. Yo tampoco.

Nos tocamos con curiosidad y con memoria, aunque la memoria se equivocaba a menudo. Hubo ternura, deseo, un momento de torpeza al enredarnos con la sábana y una pausa cuando un tirón interno me obligó a respirar. Daniel se quedó quieto.

—No te vayas —le dije.

—No me muevo.

—No es lo mismo.

Me rodeó con los brazos hasta que la molestia cedió. Después fui yo quien volvió a besarlo. No necesitábamos demostrar que el cuerpo enfermo seguía siendo un cuerpo deseable. Lo era. El deseo no borraba nada; sencillamente ocupaba su lugar entre todas las demás cosas.

Pimienta abrió la puerta de un salto en el peor momento posible. Entró con una horquilla en la boca, cruzó la habitación y desapareció debajo de la cama.

—¿Eso era importante? —preguntó Daniel.

—Para ella, mucho.

Menta apareció después y se instaló sobre la ropa de Daniel, que había quedado en el suelo.

—Creo que no puedes vestirte —dije.

—Habrá que aceptar el dictamen.

Más tarde, cuando la casa quedó en silencio, tuve la tentación de decirle que podía irse. Era un reflejo antiguo: despedir antes de ser abandonada, cerrar una escena mientras aún conservaba el control sobre su final.

Daniel estaba tumbado de lado, sin dormir. No me vigilaba. Miraba la franja de luz de la calle bajo la persiana.

—Quédate hasta mañana —dije.

—Eso pensaba hacer.

—Podrías mostrar un poco de gratitud.

—Gracias por permitirme recuperar los pantalones al amanecer.

Desperté con Menta entre los dos y Pimienta sobre mis pies. Daniel ocupaba demasiado espacio, roncaba apenas y había dejado un vaso de agua en mi mesilla. El cuadro era doméstico de una forma alarmante.

En la cocina preparó café sin preguntarme dónde estaba nada. Había observado. Abrió el cajón correcto, encontró las cucharillas y tostó el pan sin quemarlo. Yo me senté con el camisón de Aurora que usaba para dormir y el pelo levantado en direcciones incompatibles.

—Esto es excesivo —dije.

—¿El café?

—El desayuno. El sexo puede considerarse una decisión impulsiva. Saber cómo tomo el café es compromiso.

Daniel dejó mi taza delante de mí: corta, con un poco de leche y sin azúcar.

—Puedes echarme.

Miré el café. Miré su camisa arrugada, los platos de flores marrones, la luz entrando por las persianas azules y las dos gatas esperando que alguno de nosotros cometiera una negligencia alimentaria.

—Después de la tostada —dije.

Y él sonrió como si le hubiera ofrecido exactamente todo lo que necesitaba aquella mañana.