Los días que todavía son míos Capítulo 11. Besarse sin prometer nada #2
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Capítulo 11. Besarse sin prometer nada #2

—En esta también, si eres hija tuya.

Después de comer se fue al taller. Yo guardé las dos comidas fallidas en recipientes separados.

Por la noche cené una mezcla de ambas y descubrí que juntas resultaban aceptables.

Estuve a punto de mandarle una fotografía, pero el aspecto era delictivo.

Le escribí solo: La colaboración mejora productos mediocres.

Contestó: Eso parece un eslogan.

No trabajamos gratis.

El día siguiente amaneció cubierto. Me senté en el escritorio de Aurora con la intención de escribir.

Desde la ventana oía la lijadora de Daniel arrancar, detenerse y arrancar de nuevo.

Al principio el ruido me desconcentró. Después empezó a ordenar la mañana mejor que cualquier alarma.

Escribí una página sobre la mujer del pañuelo rojo en la sala de espera, la leí y la cerré antes de decidir si era buena.

Llevé el cuaderno al taller, pero no se lo enseñé. Me instalé en una silla cerca de la puerta, donde corría aire. Daniel trabajaba en una pieza curva. Cada cierto tiempo la colocaba sobre la cubierta, marcaba un punto con lápiz y volvía al banco.

—¿Cuántas veces vas a hacer eso? —pregunté.

—Hasta que encaje.

—Podrías escribir. Es el mismo sistema con menos serrín.

—¿Has escrito?

—Una página.

—¿Puedo leerla?

—No.

—Entonces no puedo verificar el encaje.

—Esa es una de las ventajas.

Permanecimos casi una hora sin hablar. Yo corregía una frase y él lijaba. Un cliente dejó una pieza en la entrada y se marchó después de saludar; Daniel apuntó algo en una libreta; desde la lonja llegó el aviso de una carretilla. Nadie trató nuestra compañía como una escena.

Cuando el cansancio empezó a volver pesadas mis manos, cerré el cuaderno.

Daniel levantó la vista, pero no detuvo la máquina.

Me tumbé un poco en la silla y apoyé los pies sobre otra.

Al despertar tenía una manta sobre las piernas y una marca de espiral del cuaderno en la mejilla. Daniel seguía trabajando.

—Podrías haberme despertado.

—Podría.

—He babeado.

—No sobre la madera.

Enrollé la manta y la dejé en el respaldo. Antes de salir me acerqué al banco y lo besé detrás de la oreja, donde no tenía serrín.

—Eso ha sido un agradecimiento —dijo.

—Ha sido una distracción laboral.

Volví a casa para dormir otra media hora en una cama de verdad.

Aquella noche cenamos separados. Yo hablé con mi padre sobre una avería en su televisión; Daniel llamó a Alba.

A las diez nos vimos al final de la calle: él regresaba del taller y yo cerraba las contraventanas del patio.

Levantó una mano. Yo señalé el vaso vacío del café, que seguía en mi alféizar.

No vino a recogerlo.

El tercer día pusimos a prueba el acuerdo. Daniel quería enseñarme una pieza que había terminado para la cubierta. Yo había dormido mal y llevaba toda la mañana intentando convencerme de que el cansancio desaparecería si lo ignoraba con suficiente elegancia. Crucé hasta el taller sin decir nada.

Dentro olía a madera recién lijada, resina y café. La Aurora ocupaba el centro sobre sus apoyos, con el casco ya cubierto por una primera capa de imprimación blanca y el nombre todavía protegido por papel. Daniel había restaurado una pequeña escotilla. La abrió y cerró para mostrarme el encaje.

—No roza —dijo.

—Una proeza que el público general no sabrá valorar.

—El público general no ha pasado seis horas ajustándola.

Subí los dos peldaños de una escalera para verla de cerca. En el primero me faltó fuerza; en el segundo, la visión se me llenó de puntos breves. Me agarré a la borda.

Daniel dejó la herramienta.

—Baja.

—Solo ha sido un mareo.

—Marina.

—No me hables como Teresa.

—Entonces no me obligues a fingir que no lo he visto.

Su tono no era autoritario, pero mi cuerpo ya había decidido sentirse avergonzado. Bajé. Él acercó una silla y yo la rechacé con la mirada.

—Hoy estoy cansada —admití—. Más de lo que te he dicho.

—Gracias.

—No me des las gracias como si hubiera confesado un delito.

—Estoy agradeciendo que cumplas una de tus propias condiciones.

Me senté. Daniel me alcanzó agua y luego volvió a la mesa de trabajo. No se quedó delante esperando a que recuperara color. Esa normalidad me ayudó más que el vaso.

—¿Qué quieres que haga cuando ocurra algo así? —preguntó mientras recogía virutas con la mano.

—No sé.

—Podemos decidirlo cuando no esté ocurriendo.

La propuesta tenía sentido, lo cual me predisuso en su contra.

—Primero preguntas —dije—. No me agarras, no llamas a nadie y no suspendes el día sin que yo lo diga.

—Si pierdes el conocimiento, voy a saltarme parte de eso.

—Concedido.

—Si dices que estás bien con esa voz que significa lo contrario, insistiré una vez.

—¿Qué voz?

—Esa misma.

—Insoportable.

—Una vez —repitió—. Después decides tú, salvo que vea algo urgente.

—Y si te digo que quiero irme, me acompañas sin hacer de la retirada un fracaso.

—De acuerdo.

—Pero no me sigues hasta casa si quiero estar sola.

—Dependerá de cómo te encuentres.

—Eso no es un acuerdo.

—Es el conflicto que anunciamos en la playa.

Me quedé sentada diez minutos. El mareo pasó, pero el cansancio no. Daniel siguió trabajando. El sonido de la lija llenó el espacio sin exigir conversación. Cuando me levanté para marcharme, no intentó detenerme.

—La escotilla es muy bonita —dije.

—No roza.

—Eso es lo más bonito.

En la puerta me llamó.

—Marina.

—¿Sí?

—No me interesa la versión de ti que puede subir siempre los dos peldaños.