Capítulo 11. Besarse sin prometer nada
A la mañana siguiente tenía dolor pélvico, cansancio y una felicidad tan inconveniente que me dieron ganas de devolverla.
Bea estaba en la cocina de Aurora, vestida con el pijama de seda que había comprado para mí y que había decidido estrenar ella porque yo, según dijo, no sabía apreciar los tejidos nobles.
Había preparado café y tostadas. Menta la observaba desde el alféizar con la hostilidad reservada a las visitas que abrían armarios sin autorización.
—Llegaste a las dos y cuarto —dijo Bea.
—Buenos días a ti también.
—Con el pintalabios borrado.
—Hubo humedad.
—Y a las dos y diecisiete sonreíste delante del frigorífico.
—Tenía hambre.
—Marina, te conozco desde que llevabas hombreras de espuma. Tú no sonríes delante de un electrodoméstico.
Me serví café. Había dormido poco, pero no quería decirlo en voz alta porque las palabras convertían enseguida cualquier circunstancia en un síntoma. A veces una mujer de cincuenta y dos años dormía poco porque había besado a un hombre detrás de unas redes. No todo necesitaba una casilla médica.
—Lo besé —admití.
Bea dejó la tostada en el plato con una solemnidad religiosa.
—¿Una vez?
—Qué pregunta tan invasiva.
—¿Con lengua?
—Qué mujer tan vulgar.
—Entonces sí.
Me reí y el movimiento despertó una molestia en el abdomen. Apoyé la mano unos segundos sobre el borde de la mesa hasta que pasó. Bea lo vio. Su cara cambió, pero consiguió no preguntarme si estaba bien. El esfuerzo le produjo un ligero temblor en el párpado.
—Puedes preguntar —dije.
—Estoy intentando respetar tus límites.
—No con tanto entusiasmo. Parece que vayas a sufrir un ictus.
—¿Necesitas algo?
—Que no conviertas un beso en una boda ni un dolor en una ambulancia.
—Puedo ofrecerte un margen intermedio.
—Con eso me basta.
Bea regresaba a Madrid después de comer. Antes de irse inspeccionó la despensa, dejó seis recipientes etiquetados en el congelador y me hizo prometer que no viviría de yogur y aceitunas. En la estación improvisada del taxi me abrazó sin discurso. Luego bajó la ventanilla.
—Me cae bien —dijo.
—No te he preguntado.
—Por eso te doy mi opinión gratis. Si me la pidieras, te cobraría.
El taxi desapareció calle arriba. Daniel estaba al otro extremo, delante del taller, hablando con un hombre que sostenía un cabo.
No me había escrito desde la fiesta. Yo tampoco a él.
Nos habíamos despedido en la puerta de casa con un tercer beso, breve, y la certeza de que todo lo que hasta entonces había sido ambiguo acababa de adquirir bordes.
Regresé a casa. A las cuatro, el teléfono seguía inmóvil. A las cinco, lo puse en silencio para que me resultara menos ofensivo que no sonara. A las cinco y diez recibí un mensaje.
¿Te apetece caminar cuando baje el sol? Si hoy no, otro día.
La última frase me gustó y me irritó a la vez. Contesté que sí antes de poder redactar algo más inteligente.
Nos encontramos junto a la casa de los socorristas.
La playa estaba casi vacía después de las fiestas, cubierta de restos diminutos de papel blanco y azul.
Caminamos por la orilla. Daniel llevaba las sandalias en una mano.
Yo no me quité las mías porque la arena húmeda se metía entre los dedos y tenía derecho a conservar algunas manías poco poéticas.
—¿Cómo estás? —preguntó.
—No vamos a empezar cada cita con un parte médico.
—No sabía que esto fuera una cita.
—Entonces retira la pregunta.
—Imposible. Ya ha sido emitida.
—Estoy cansada, tengo una molestia controlable y me apetece estar aquí. ¿Tú?
—Tengo sueño, me duele la rodilla derecha y me apetece estar aquí.
—Perfecto. Dos organismos deteriorados paseando al atardecer.
—Habla por el tuyo. Mi rodilla tiene días magníficos.
Avanzamos en silencio. Una mujer lanzaba una pelota a un perro que volvía siempre con una rama distinta.
En el horizonte, dos barcos parecían quietos aunque sabíamos que se movían.
Pensé que aquello era lo que más miedo me daba: que desde fuera nuestra historia pudiera parecer detenida en una imagen bonita mientras por dentro el tiempo seguía avanzando.
—Tenemos que hablar —dije.
—Esa frase nunca ha mejorado una tarde.
—Anoche tenías razón.
—Retiro lo dicho. La tarde acaba de mejorar.
Le di un golpe con el hombro.
—No puedo tomar decisiones por ti. Pero sí puedo decidir qué acepto yo.
Daniel clavó el talón en la arena y se volvió hacia mí.
—De acuerdo.
—No quiero promesas absurdas. Nada de “para siempre”, ni “pase lo que pase”, ni “todo irá bien”.
—Iba a prometerte que devolvería las tazas a su sitio.
—Eso sí sería absurdo. No sabes dónde están.
—Puedo aprender.
—Tampoco quiero convertirme en el centro de tu vida. Tienes el taller, a Alba, tus amigos y tus cosas. Si un día tengo una revisión, no significa que debas cancelar todo.
—Dependerá de la revisión y de lo que tú quieras.
—Y habrá días en los que no querré verte.
—Yo también me reservo ese derecho.
Lo miré.
—Qué fácil lo haces.
—No es fácil. Solo estoy de acuerdo con casi todo.
—¿Con qué no?
Daniel hundió los dedos de los pies en la arena.
—Con que ocultes algo importante para evitar preocuparme. No necesito saber cada molestia, pero no quiero descubrir después que te fuiste al baño a doblarte de dolor mientras yo hablaba de barnices en la cocina.
—No pienso ofrecer boletines horarios.
—No te los pido.
—¿Y quién decide qué es importante?
—Tú. Y yo decido si creo que estás haciendo trampas.
—Eso suena a conflicto.
—Es una relación entre dos personas. Sería sospechoso que sonara a otra cosa.
La palabra relación quedó entre nosotros. No noviazgo, no segunda oportunidad, no historia final. Relación. Un puente sencillo que solo necesitaba llegar hasta la orilla siguiente.
—Espacios propios —dije.
—Sí.
—Verdad, aunque no toda la información.
—Sí.
—Nada de lástima.
—Eso no puedes regularlo.
—Puedo echarte de casa.
—Y yo puedo no entrar.
—Vas entendiendo el espíritu.
—¿Hay contrato físico o basta con besarte?
—La asesoría jurídica recomienda el beso.
Fue distinto a la noche anterior. No había música ni fuegos que nos empujaran.
Daniel me besó bajo una luz todavía clara, con una familia recogiendo sombrillas a veinte metros y un perro depositando una rama húmeda junto a mis zapatos.
Por primera vez no sentí que regresábamos a algo.
Estábamos empezando desde cuerpos y vidas que ya habían sucedido sin el otro.
Volvimos por el paseo sin cogernos de la mano.
No por distancia, sino porque todavía no sabíamos si aquel gesto nos pertenecía.
Al llegar a mi calle, Daniel señaló el taller y yo señalé mi casa.
Nos despedimos con naturalidad y cada uno siguió hacia su puerta.
Me gustó que el comienzo no exigiera cambiar de inmediato la forma del día.
Dentro, miré el teléfono. No había mensajes nuevos de Elena.
Estuve a punto de escribirle que estaba con Daniel, como si comunicarlo hiciera la relación más legítima o menos peligrosa.
No lo hice. Transparencia no significaba entregar cada deseo a la asamblea familiar.
Podía contar la verdad cuando estuviera preparada y, mientras tanto, no esconderla de la única persona que tenía derecho a decidir si quería vivirla conmigo: Daniel.
Los días siguientes aprendimos una intimidad pequeña, hecha de hábitos provisionales y fronteras que ninguno necesitaba defender en voz alta.
El primer café apareció a las siete y veinte. Lo encontré detrás de la persiana de la cocina, dentro de un vaso con tapa y acompañado por un papel doblado.
He tenido que usar leche de la buena. La del taller había caducado en junio.
Bajé las dos calles hasta el taller en zapatillas, todavía con el camisón bajo una chaqueta. Daniel estaba abriendo la nave. El puerto olía a madrugada húmeda y a gasóleo, y una franja naranja empezaba a separar los tejados del cielo.
—¿Desde cuándo dejas bebidas en ventanas ajenas? —pregunté.
—Desde que una clienta se quedó con mi destornillador dos días.
—Aquello fue una retención justificada.
—El café también.
Le devolví el papel con una corrección en el margen: La leche no caduca: alcanza una nueva fase de riesgo. Daniel lo leyó, lo dobló otra vez y se lo guardó en el bolsillo de la camisa.
—¿Tienes una caja con mis notas? —pregunté.
—Todavía no.
—Respuesta preocupante.
Me besó antes de que pudiera añadir otra.
Fue un beso corto, con el sabor del primer café y la calle casi vacía detrás.
Después entró a trabajar y yo regresé a casa.
A las nueve nos cruzamos de nuevo; él salía con una tabla sobre el hombro y yo llevaba una bolsa de basura.
Nos saludamos como vecinos. Me gustó más de lo que estaba dispuesta a admitir.
Al mediodía preparé arroz con verduras. Calculé para dos sin preguntarle si vendría, conducta que me pareció incompatible con todas mis declaraciones sobre los espacios propios. Cuando Daniel llamó a la puerta con un recipiente de lentejas, escondí la segunda ración detrás de una jarra.
—He traído comida —dijo.
—Yo también tengo.
—Entonces guardamos una.
—Las lentejas.
—El arroz.
Probamos ambos platos. Mi arroz estaba duro y sus lentejas contenían una cantidad de comino que habría justificado una intervención diplomática.
Comimos pan, queso y cuatro cucharadas de cada cosa por orgullo.
Yo tenía poco apetito y agradecí que el mal resultado culinario permitiera dejar parte sin que Daniel preguntara.
—¿Cocina Alba? —pregunté.
—Mejor que yo. Aprendió para sobrevivir.
—Una infancia formativa.
—Lucía cocinaba. Yo cortaba, fregaba y hacía barbacoas, que es la forma masculina de fingir que se sabe alimentar a una familia.
Me contó que Alba llamaba los domingos, salvo cuando estaba en una campaña de muestreo, y que solía enviarle fotografías de dunas erosionadas con círculos y flechas que él no siempre entendía. Sacó el teléfono y me enseñó una en la que apenas se distinguían arena, vegetación y una cinta métrica.
—Es igual que tus fotos de madera —dije.
—En las mías se ve perfectamente el problema.