Los días que todavía son míos Capítulo 10. La noche en que volvimos a bailar #2
42%

Capítulo 10. La noche en que volvimos a bailar #2

Roque se sentó a mi lado. Llevaba un sobre doblado dentro del bolsillo de la camisa; la esquina asomaba cada vez que se inclinaba para coger una aceituna.

—¿La carta? —pregunté.

—La quinta versión.

—¿Sigue siendo un alegato?

—Ahora tiene menos adjetivos.

—Eso suele mejorar casi todo.

Sacó el sobre, lo alisó sobre la mesa y volvió a guardarlo.

—Mañana la echo.

—Bien.

—Podrías decirme que la eche hoy.

—Podría. También podrías no hacerme caso.

—Eso es verdad.

No necesitó que lo empujara. Se quedó con la mano sobre el bolsillo mientras miraba a las parejas que empezaban a ocupar la plaza. Más tarde lo vi dirigirse hacia el buzón de la esquina. No fui detrás para comprobar qué hacía.

Chelo, por su parte, se negó a hablar del bañador. Permaneció sentada con los brazos cruzados hasta que unos niños volcaron un vaso junto a sus pies y ella levantó el dobladillo para que no se mojara. La etiqueta blanca colgaba de la espalda.

—No significa nada —repitió al descubrir que la mirábamos.

—Significa que no lo puedes devolver después de bañarte —dijo Nati.

Chelo arrancó la etiqueta y se la entregó a Fina.

Aquello fue todo. Guardamos el trozo de cartón junto a las servilletas, Roque volvió sin el sobre y Tomás consiguió cantar ocho compases seguidos detrás de Bea. El club avanzaba de maneras que no habrían cabido en ningún logotipo con alas.

Bea escuchaba aquel inventario con desconcierto.

—¿Eso es el club? —me preguntó en voz baja—. ¿Usar platos y cerrar una tienda?

—También hay una barca que quizá toque el agua antes de que se pudra en tierra.

Daniel levantó su vaso hacia mí.

—¿Y tu página?

—Escribí una.

—¿Puedo leerla?

—No.

—Entonces sí debe de ser buena.

Bea me miró a mí, luego a él y después otra vez a mí. Su sonrisa creció con la lentitud de una alarma.

—No —le advertí.

—No he dicho nada.

—Lo estás diciendo con toda la cara.

—¿Por qué nadie me ha informado de esto?

—Porque no hay esto.

—Lo has pronunciado en cursiva.

La orquesta comenzó con un pasodoble y la plaza se llenó de parejas.

Leandro se levantó arrastrado por Chelo, que le gritaba los pasos a pesar de que su propósito consistía precisamente en no contarlos.

Andrés consiguió dejar la barra durante una canción y bailó con Sara entre las mesas.

Nati sacó una taza adicional de su bolso para un desconocido que se había quedado sin vaso.

El club no estaba transformando a nadie.

Solo estaba proporcionando testigos, que a veces era suficiente para que una intención no se evaporara.

A las once, Tomás cantó detrás del puesto de churros. Eligió un bolero antiguo y empezó tan bajo que el ruido de la freidora casi lo cubría. A mitad de la primera estrofa, su voz encontró sitio. No cantaba de forma perfecta, pero sí completa. Cuando terminó, Roque fue el primero en aplaudir.

Yo también aplaudí, apoyada en el hombro de Daniel porque llevaba demasiado tiempo de pie. Él no comentó el gesto. Se quedó donde estaba.

—¿Quieres sentarte? —preguntó después.

—Quiero bailar.

—No era una de las opciones.

—He revisado el contrato.

En el escenario empezaron a tocar Toda una vida .

La habíamos bailado treinta años atrás en la terraza de un hotel donde nos colamos fingiendo ser huéspedes.

Entonces Daniel llevaba una camiseta negra, yo tenía el pelo por la cintura y los dos creíamos que una vida entera era una unidad de tiempo perfectamente comprensible.

—¿Te acuerdas? —preguntó.

—Recuerdo que me pisaste.

—Tú bailabas descalza.

—Eso agrava el delito.

Me llevó hasta un borde de la plaza donde había menos gente.

Apoyé una mano en su hombro y él colocó la suya en mi cintura, alta, cuidadosa, como si me pidiera permiso incluso después de haberlo recibido.

Durante los primeros compases fuimos dos adultos negociando el espacio.

Luego mi cuerpo recordó algo que mi cabeza había archivado sin consultarme: el modo en que él inclinaba un poco la cabeza para escucharme, la presión de sus dedos, la facilidad con que nuestros pasos encontraban un ritmo común.

No éramos los mismos. Su pecho era más ancho; mi cuerpo tenía cicatrices y zonas que dolían sin previo aviso. A nuestro alrededor, unos adolescentes se grababan con el teléfono y un niño lloraba porque había perdido un globo. Aquello no se parecía a un recuerdo. Era mejor: estaba ocurriendo.

La canción terminó y yo seguí abrazada a él un instante más.

—Una entera —dijo Daniel.

—Conservo capacidades sorprendentes.

—Ya lo había observado.

Los primeros fuegos artificiales estallaron sobre el puerto. La gente levantó la cabeza y las pantallas. Yo di un pequeño salto, más por el estruendo que por la sorpresa, y Daniel me sostuvo por la cintura.

Entonces el teléfono volvió a vibrar en mi bolso.

No tuve que mirarlo para imaginar el nombre de Elena.

Su preocupación había adquirido una frecuencia propia, como un electrodoméstico que nadie sabía desenchufar.

De pronto me faltó aire, no por el esfuerzo ni por el dolor, sino por la cantidad de ojos invisibles que parecían medir lo que hacía: si bailaba demasiado, si descansaba poco, si estaba aprovechando bien el tiempo, si era prudente, si era egoísta, si sonreía lo suficiente para tranquilizarlos.

—Necesito salir de aquí —dije.

Daniel no preguntó. Me acompañó por una calle lateral hasta el cobertizo donde los pescadores guardaban redes. Los fuegos seguían iluminando los tejados, pero allí el ruido llegaba amortiguado. Olía a cuerda mojada y gasóleo. Me apoyé en una pared encalada y respiré despacio.

—¿Dolor? —preguntó.

—No. Gente.

—Hay mucha.

—Incluso cuando no está.

Daniel esperó. Yo saqué el teléfono, lo apagué y lo guardé otra vez.

—He pasado años postergando cosas —dije—. Y ahora todo el mundo parece pensar que debo hacerlas deprisa. Bailar, escribir, reconciliarme, enamorarme, contemplar puestas de sol con una intensidad ejemplar. Estoy cansada solo de pensarlo.

—Podemos volver a casa.

—No quiero volver a casa.

—Podemos quedarnos aquí.

—Tampoco quiero quedarme junto a unas redes que huelen a salmonete muerto.

—Eso limita las opciones.

Me reí. Cuando alcé la cara, Daniel estaba muy cerca. Una explosión azul le iluminó un lado del rostro. Vi las líneas junto a sus ojos, una pequeña cicatriz en la barbilla que no recordaba y la prudencia con la que se quedaba quieto.

—No tienes que tratarme como si fuera de cristal —dije.

—No lo hago.

—Llevas semanas esperando a que yo decida cada centímetro.

—Me parece un buen sistema.

—Es agotador.

—Puedo elaborar un formulario.

—Daniel.

—Marina.

Lo besé o me besó. Más tarde intenté establecer el orden exacto y no pude. Tal vez los dos nos inclinamos en el mismo instante. Su boca estaba tibia y sabía a café. El beso fue suave al principio, una pregunta formulada con treinta años de retraso, y después dejó de ser una pregunta.

Le agarré la camisa. Daniel apoyó una mano en mi nuca y la otra en mi cintura. Durante unos segundos no hubo enfermedad, pero tampoco hizo falta fingir que no la había. Estaba en mi cuerpo, igual que estaban el deseo, el cansancio y la mano de él sujetándome sin retenerme.

Fui yo quien se apartó.

—No —dije.

Daniel bajó las manos de inmediato.

—De acuerdo.

Su obediencia me hizo daño de una manera absurda.

—No me refiero a que no quiera.

—Eso lo había entendido.

—No es justo.

—¿Para quién?

—Para ti.

Uno de los fuegos explotó detrás de nosotros y dejó caer una lluvia dorada sobre el puerto. Daniel ni siquiera miró.

—No empieces —dijo.

—No sabes cómo va a ser esto.

—Tú tampoco.

—Sé lo suficiente.

—Yo también sé lo suficiente. Sé que estás enferma. Sé que has decidido no seguir un tratamiento que podía hacerte más daño que bien. Sé que no quieres que te vigile y que mañana puedes cambiar de opinión sobre mí.

—Mereces un futuro.

Daniel retrocedió medio paso. No estaba enfadado todavía. Estaba herido, que era peor.

—Tengo un futuro, Marina. Una hija, un taller, una barca que medio pueblo me obliga ahora a terminar, amigos, una hipoteca pequeña y una rodilla que anuncia la lluvia. No necesito que me concedas uno.

—Sabes lo que quiero decir.

—Sí. Quieres decidir cuánto dolor puedo soportar para no sentirte responsable de él.

Tuve que mirar hacia el agua para no contestarle desde el miedo.

—No quiero ser la historia triste que te ocurra ahora.

—No eres una historia que me ocurre. Eres una mujer que me ha besado detrás de un cobertizo y ahora intenta redactar las condiciones de devolución.

—Esto no es una broma.

—No. Por eso no te estoy prometiendo que no me dolerá. Tampoco te estoy pidiendo que me prometas nada.

—¿Y qué me estás pidiendo?

—Que no uses mi futuro para tomar decisiones en mi presente.

Nos miramos bajo una luz roja que se apagó casi de inmediato. Yo había esperado ternura, quizá una declaración torpe, algo que pudiera rechazar por su bien. Daniel me ofrecía algo mucho más incómodo: responsabilidad sobre mi propio deseo y ninguna autoridad sobre el suyo.

—No puedo darte un calendario —dije.

—No te he pedido uno.

—No sé si dentro de una semana querré esto.

—Entonces me lo dices dentro de una semana.

—Y puede que haya días muy malos.

—También me lo has dicho.

—Eres irritantemente razonable.

—Me dura poco.

La orquesta atacó otra canción. Desde la plaza llegó un aplauso y la voz de Bea llamándome a lo lejos. Los fuegos artificiales terminaban, uno tras otro, gastando en segundos toda la belleza que no podían conservar.

Pensé en mi página, en la huella de Pimienta, en las cosas pequeñas que solo existían si alguien dejaba de esperar el momento correcto.

Agarré a Daniel por la camisa y lo besé de nuevo.

Esta vez supe perfectamente quién había empezado.