Los días que todavía son míos Capítulo 10. La noche en que volvimos a bailar
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Capítulo 10. La noche en que volvimos a bailar

Bea llegó a Puerto de las Salinas el doce de septiembre con una maleta de ruedas, unas gafas de sol capaces de ocultar una crisis diplomática y una bolsa donde había impreso la frase ELEGIR LA VIDA en letras doradas.

—No digas nada —me advirtió nada más bajar del taxi—. La hice antes de que me explicaras que no querías convertirte en un mensaje inspirador.

—¿Y has pensado en no usarla?

—Me costó treinta y nueve euros.

El abrazo me pilló riéndome. Bea olía a perfume caro, tren y ese aire acondicionado excesivo que en Madrid convierte agosto en una enfermedad respiratoria.

Me estrechó con cuidado durante el primer segundo y con fuerza durante el segundo, como si hubiera decidido que mi cuerpo seguía siendo abrazable.

—Estás preciosa —dijo al separarse.

—Llevo una camiseta vieja y tengo una mancha de café.

—Estás preciosa debajo de la mancha.

—No hace falta que me subas la moral cada tres frases.

—No te estoy subiendo la moral. La mancha te queda fatal.

Aquello se parecía más a nosotras.

La Fiesta de la Sal empezaba esa tarde. Habían colgado guirnaldas blancas y azules entre los balcones, y en la plaza montaban un escenario que parecía diseñado para resistir un concierto o una tormenta, pero difícilmente las dos cosas.

Fina había colocado frente a El Faro una pirámide de paquetes de sal con un cartel de oferta.

Según ella, durante las fiestas la gente experimentaba un deseo irracional de comprar productos temáticos.

Bea recorrió la calle con la mirada de quien evalúa una localización para una campaña.

—Es mucho más bonito de lo que imaginaba.

—¿Qué imaginabas?

—Polvo, un bar con cuatro viejos y tú envuelta en una manta mirando el mar.

—Hay dos bares, los viejos son siete y la manta no la saco hasta octubre.

En casa abrió la maleta y empezó a colocar regalos sobre la cama: cremas, una vela con olor a higo, dos novelas, un pijama de seda, un antifaz para dormir y una caja de infusiones que prometía armonía celular.

—Esta no —dijo, retirándola antes de que yo pudiera leer los ingredientes—. Me la dio una clienta. A veces mi trabajo consiste en trasladar objetos inútiles de una casa a otra.

También sacó un neceser lleno de productos de maquillaje.

—He pensado algunas cosas para el club —dijo.

La reconocí por el tono. Era el que utilizaba cuando una idea ya tenía presentación, presupuesto y una tipografía principal.

—No.

—Todavía no sabes qué son.

—Lo sé por el brillo de tus ojos.

Bea abrió una carpeta en su tableta. Había un logotipo: un reloj con las agujas convertidas en alas, debajo del nombre del club en letras manuscritas.

También había propuesto una cuenta en redes, un lema y una «activación colectiva» en la que los vecinos escribirían sus deseos pendientes sobre papeles de colores.

—No necesitamos identidad visual —dije.

—Todo tiene una identidad visual. Incluso no tenerla.

—La nuestra es una pizarra infantil y una mancha de grasa de empanada.

—Puedo trabajar con eso.

—No quiero que trabajes. Quiero que vengas a la fiesta.

—Puedo hacer ambas cosas.

En ese momento Fina entró por la puerta abierta, cargada con dos bolsas de hielo.

—Tú debes de ser la amiga de Madrid —dijo—. Necesito que sostengas esto.

Le entregó una bolsa a Bea, le pidió que fuera a buscar vasos al bar y desapareció antes de escuchar una respuesta. Bea se quedó con el hielo goteándole sobre los zapatos y la tableta abierta en la mano.

—¿Sabe a qué me dedico?

—No. Por eso te ha asignado una tarea útil.

Una hora después, Bea había guardado el logotipo.

Estaba en el patio contando sillas con Fina, había llamado a Andrés para confirmar cuántas mesas reservaban y discutía sobre si cuarenta kilos de hielo eran suficientes.

El pueblo no necesitaba una campaña. Ya tenía una mujer con llaves de todos los almacenes y una opinión sobre la temperatura de las bebidas.

Cuando regresó al dormitorio, se miró la mancha húmeda de los zapatos.

—No pienso rendirme con el reloj alado —dijo.

—Aplázalo.

—Muy graciosa.

—No necesito que me prepares para una sesión de fotos.

—Vas a una verbena. La purpurina no es medicina; es decoración.

Mientras me pintaba los labios delante del espejo de Aurora, mi teléfono vibró tres veces sobre la cómoda.

Elena: Papá dice que esta mañana estabas cansada.

Elena: ¿Te ha visto Teresa esta semana?

Elena: Solo quiero saber que estás bien atendida.

La última frase era razonable. Por eso molestaba más.

Dejé el móvil boca abajo.

—Podrías contestarle —dijo Bea, sin dejar de aplicar máscara en mis pestañas.

—Podrías no leer mis mensajes en el espejo.

—Podrías configurar la vista previa para que no aparezcan.

—Podrías recordar que has venido a apoyarme de manera no invasiva.

—Eso no estaba en el billete.

Me tendió el vestido amarillo. Había dudado si ponérmelo.

Vestirse para una fiesta cuando una se cansaba después de ducharse parecía una mala inversión de recursos, pero precisamente por eso lo había elegido.

No quería conservar energía para una vida mejor situada en el calendario.

Quería gastarla en aquella noche, aunque con sensatez, zapatos planos y la medicación de rescate en el bolso.

Bea cerró la cremallera y nuestras miradas se encontraron en el espejo.

—Ahora sí estás preciosa —dijo.

—Eso es la purpurina.

—No. La purpurina se te ha caído casi toda en el pecho.

Daniel esperaba en la puerta con una camisa blanca remangada y el pelo todavía húmedo.

Se quedó quieto al verme. No abrió mucho los ojos, ni silbó, ni pronunció ninguna de esas frases que los hombres de las películas utilizan para informar a una mujer de que el departamento de vestuario ha hecho bien su trabajo.

Sonrió.

—Amarillo —dijo.

—Es el color del vestido, sí. Tus capacidades de observación no han disminuido con la edad.

—Me alegra saberlo. Tú también estás…

—Cuidado —intervino Bea, apareciendo detrás de mí—. Esta noche tiene prohibidos los cumplidos médicos, las metáforas guerreras y la palabra valiente.

Daniel la miró con seriedad.

—Iba a decir que está bloqueando la puerta.

Bea lo estudió durante dos segundos y decidió que le gustaba. Yo la conocía lo bastante para saberlo por el modo en que dejó de interrogarlo.

La plaza estaba llena antes de que encendieran las luces.

Había niños corriendo con espadas luminosas, abuelos que habían ocupado las mejores mesas a las seis y una fila ante la barra donde Andrés servía cerveza con la velocidad de un hombre arrepentido de haber abierto un negocio.

El escenario olía a cable caliente. Una orquesta probaba sonido mientras un hombre repetía «uno, dos, sí» con una fe que nadie compartía.

El club se había apropiado de dos mesas. Nati llevó café en cuatro tazas de flores azules y las colocó con cuidado sobre un mantel de papel.

—Primera misión cumplida —anunció.

—Eso no cuenta —dijo Fina—. Dijiste que ibas a comer en la vajilla.

—He desayunado, comido y merendado en ella. Hasta he metido un plato en el microondas.

Todos guardamos un segundo de silencio.

—¿Y qué ha pasado? —preguntó Leandro.

—Nada.

La noticia produjo una alegría desproporcionada. Nati sirvió el café como si repartiera una sustancia prohibida. Una de las tazas tenía una grieta fina junto al asa.

—Se me ha roto un platito —confesó—. Se me cayó al fregadero.

—Lo siento —dije.

—Yo no. Por fin sé qué ruido hace.

Tomás llegó con una carpeta de partituras bajo el brazo.

Había decidido cantar aquella noche, aunque solo ante el club, detrás del puesto de churros.

Chelo llevaba un bañador nuevo debajo del vestido y afirmaba que no significaba nada.

Fina había cerrado la tienda dos horas el jueves, pero pasó la primera de ellas dando vueltas por la playa y comprobando desde lejos que nadie forzaba la persiana.

En los cuatro días transcurridos desde la reunión, el club había invadido nuestros teléfonos.

Fina abrió un grupo de mensajes a las seis y doce de la mañana del miércoles.

Lo llamó COSAS , porque el nombre completo no le cabía o no tuvo paciencia.

A las seis y catorce envió una fotografía de la persiana cerrada de El Faro como prueba de que pensaba cumplir.

A las seis y dieciséis, Leandro contestó que aquella persiana necesitaba engrase.

La conversación se desvió durante treinta y siete mensajes hacia tipos de lubricante.

Roque había mandado una fotografía de la primera línea de su carta y luego la borró.

Tomás pidió opinión sobre cinco canciones, rechazó todas las respuestas y eligió la primera.

Nati fotografió la mesa puesta para desayunar sola en sus platos de flores.

En una esquina aparecía el bote de café soluble y nadie se atrevió a comentar que la solemnidad de la vajilla no había mejorado el contenido.

Yo había silenciado el grupo la primera noche.

Aun así lo abría varias veces al día. Me tranquilizaba comprobar que las cosas aplazadas seguían siendo difíciles después de apuntarlas en una pizarra.

Roque continuaba sin enviar la carta. Chelo había comprado el bañador y lo había dejado con la etiqueta puesta.

Sara llamó a su madre, pero colgó cuando saltó el buzón de voz.

Nadie se estaba transformando a la velocidad de una campaña publicitaria.

—He preparado una hoja para registrar avances —dijo Bea cuando le enseñé el grupo.

—No hay avances.

—Acabas de enumerar siete.

—Hay intentos, retrocesos y una discusión sobre aceite para persianas.

—Eso se puede registrar.

Fina le puso en las manos la carpeta de Tomás antes de que abriera de nuevo la tableta.

—Sujétale las partituras —ordenó—. Con el viento se le vuelan.

Bea terminó detrás del puesto de churros, haciendo de atril humano mientras Tomás probaba el primer compás. Cada vez que él se detenía, ella levantaba una ceja y señalaba la página.

—Desde el principio —decía.

—No eres directora musical —protestó Tomás.

—No. Por eso solo te pido que llegues al final.