Los días que todavía son míos Capítulo 9. El Club de las Cosas Aplazadas #2
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Capítulo 9. El Club de las Cosas Aplazadas #2

—No sé si quiero pedirle perdón —dijo—. A lo mejor sigo pensando que yo tenía razón.

—Pedir perdón y declararse culpable no son siempre lo mismo —dije—. Puedes decirle que lamentas que llevéis once años sin hablar.

—¿Y si me cuelga?

—Entonces la conversación será corta.

Se rio, esta vez mirándome.

—Lo escribiré primero.

Apunté: UNA CARTA SIN ALEGATO .

Fina se había reservado el turno, porque incluso en una asociación sin presidenta conservaba el talento de hablar la última.

—Yo voy a cerrar la tienda el jueves después de comer y me voy a bañar.

—¿Eso es todo? —preguntó Chelo.

—Desde que murió mi marido no he vuelto a bajar a la playa por gusto. Siempre tengo que reponer algo, limpiar algo o vigilar que alguien no me robe los melocotones.

—Nadie te roba los melocotones —dijo Nati.

—Porque vigilo.

Escribí CERRAR DOS HORAS y noté una pequeña presión debajo de las costillas.

No era el dolor que me había doblado durante el paseo del mercadillo, sino una advertencia menor, un nudillo golpeando desde dentro.

Cambié de postura. Daniel lo vio. No preguntó.

Se limitó a acercarme la botella de agua sin interrumpir a Fina, y acepté el gesto sin sentir que acababa de entregar las llaves de mi autonomía.

Tal vez por eso no me opuse cuando las miradas giraron hacia él.

—Yo no he aplazado nada —dijo.

Se levantó un murmullo de incredulidad.

—Tiene una barca en el taller desde hace años —aporté, porque la lealtad tiene límites.

—La estoy restaurando.

—La estás perfeccionando para no tener que acabarla —dijo Fina.

Daniel me miró con expresión de traición.

—¿Ves? —le dije—. Emboscada.

—La madera necesita su tiempo.

—La madera lleva más tiempo que algunos matrimonios —dijo Chelo.

Daniel se pasó una mano por la nuca. Yo conocía aquel gesto de aquel verano: significaba que había perdido la discusión, aunque todavía pretendía revisar las condiciones de la derrota.

—La botaré antes de que termine octubre.

No hubo aplausos. Fina golpeó dos veces la pizarra con el rotulador, como una notaria satisfecha, y escribió LA AURORA AL AGUA .

—Faltas tú —dijo Daniel.

—Yo he venido como personal técnico.

—No hay logística —me recordó Fina.

—Ni presidencia.

—Una cosa pequeña —dijo Nati—. Lo has dicho tú.

Miré la lista. Una taza, una canción, una llamada, dos horas de playa, una carta: pequeñas grietas abiertas en la vida de siempre para que entrara algo de aire.

Podía haber elegido bañarme de madrugada, besar a Daniel o terminar una novela.

Todas eran respuestas demasiado conscientes de que me estaban mirando.

En ese momento pensé en el cuaderno de Aurora, en sus páginas vacías, en mi talento para fabricar frases que hacían comprar cosas y mi cobardía para escribir una sola que no tuviese cliente.

—Una página —dije.

—¿De qué? —preguntó Sara.

—No lo sé. Esa es la parte que llevo aplazando treinta años.

Fina escribió mi nombre.

—Para la próxima reunión.

—Has dicho que no había fechas límite.

—No es un límite. Es una ocasión para presumir.

Abrimos la empanada. Tomás, envalentonado por el pimiento y el atún, cantó cuatro compases antes de detenerse porque Leandro empezó a marcar el ritmo con el pie.

Chelo pidió a Daniel que le enseñara a flotar y luego rechazó tres playas, dos horarios y la posibilidad de usar un churro de espuma.

Nati colocó los vasos de plástico en una fila perfecta y anunció que el sábado la empanada habría sabido mejor en sus platos de flores azules.

No salvamos ninguna vida. A las ocho y veinte, la mitad discutía sobre si una tortilla con cebolla podía considerarse una cena de gala y Roque se había guardado tres servilletas para redactar la carta a su hermano.

Al salir, el aire olía a sal y a aceite de freír. Daniel caminó conmigo hasta la casa. No me tomó del brazo ni me preguntó por el dolor. Ajustó su paso al mío, que era otra forma de atención y, por eso mismo, más difícil de rechazar.

—Has estado bien —dijo.

—He organizado una reunión para que nueve adultos hagan cosas normales. En Madrid cobraba bastante más por poner nombre a ideas igual de evidentes.

—No la has organizado tú.

—Eso es lo que más me preocupa.

En la puerta de casa me devolvió la caja de rotuladores.

Nuestros dedos se rozaron y el gesto duró el tiempo exacto para que ambos lo notáramos y ninguno pudiera llamarlo accidente.

Pensé que iba a besarme. Pensé que quería que lo hiciera.

Pensé tantas cosas en dos segundos que mi cabeza pareció una reunión de agencia.

Daniel retiró la mano.

—Buenas noches, Marina.

—Buenas noches.

Me enfadé con él durante los siete pasos que tardé en llegar al escritorio. Luego me enfadé conmigo por haberme enfadado y, finalmente, con la condición humana en general, que siempre había tenido la mala costumbre de desear lo que temía.

Abrí el cuaderno de Aurora. En la página anterior había una lista suya:

Comprar bombilla pequeña. Llamar a Maribel. No volver a guardar el perejil mojado.

Pasé la hoja.

La primera frase me salió solemne: Cuando el tiempo se vuelve escaso, cada instante adquiere un valor incalculable.

La taché con tanta fuerza que casi rompí el papel.

La segunda parecía el anuncio de una compañía de seguros. La tercera podía acompañar una fotografía de una mujer caminando por una playa al amanecer. La cuarta era tan profunda que ni yo misma entendía qué quería decir.

Menta saltó al escritorio, inspeccionó el cuaderno y se tumbó sobre la página de Aurora. Pimienta apareció detrás, metió una pata en el tapón donde yo había apoyado la pluma y cruzó la hoja en blanco antes de que pudiera detenerla.

Dejó una hilera de huellas negras, pequeñas y decididas.

—Perfecto —dije—. La gata tiene una voz más auténtica que yo.

Pimienta se sentó en el suelo y comenzó a limpiarse la pata con la serenidad de quien ya ha cumplido su parte.

Debajo de la última huella escribí:

Hoy fundé un club que no quería fundar y casi besé a un hombre que no sé si quiero besar.

Me quedé mirando la frase.

No era sabia. No iba a cambiarle la vida a nadie. Ni siquiera era del todo cierta, porque sí sabía si quería besarlo.

Pero era mía.