Capítulo 9. El Club de las Cosas Aplazadas
El ocho de septiembre descubrí que una servilleta de papel podía tener más autoridad que una escritura notarial.
La servilleta estaba pegada con cinta adhesiva en la puerta de El Faro y decía, con la letra inclinada de Fina:
PRIMERA REUNIÓN DEL CLUB DE LAS COSAS APLAZADAS. HOY, A LAS SIETE. SE RUEGA NO APLAZAR LA ASISTENCIA.
Debajo, alguien había añadido: Habrá empanada .
La segunda frase explicaba la afluencia mucho mejor que la primera.
—Esto es una emboscada —le dije a Daniel.
Estábamos al otro lado de la calle. Yo llevaba el vestido amarillo, porque había cometido el error de ponérmelo por la mañana y, desde entonces, me había dado pena quitármelo.
Daniel sostenía una bolsa con dos botellas de agua y una caja de rotuladores que Fina le había encargado comprar en el pueblo de al lado. El muy traidor parecía divertirse.
—Una emboscada con empanada pierde bastante capacidad ofensiva.
—No conoces a Fina.
—La conozco desde que tenía nueve años. Una vez me tuvo una tarde entera ordenando latas porque rompí una maceta con un balón.
—Entonces sabes que deberíamos huir.
—También sé que te ha visto.
Fina nos saludó desde el escaparate con una mano y señaló el reloj con la otra. Luego levantó un dedo, como si acabara de interceptar un intento de fuga internacional.
Entré porque conservar algo de dignidad exigía fingir que aquella había sido siempre mi intención.
Fina había pasado los cuatro días anteriores reclutando miembros con el método comercial de no aceptar una negativa como respuesta completa.
A mí me había enviado mensajes a distintas horas: una fotografía de sillas apiladas, una lista de posibles nombres y, la víspera, la pregunta «¿Puede venir gente que aún no sabe qué ha aplazado?
». Contesté que eso incluía al planeta entero. Interpretó mi respuesta como un sí.
Yo había considerado no presentarme. A las seis incluso me tumbé con la esperanza de que el cansancio decidiera por mí.
Pero el cuerpo, perverso cuando se le utilizaba como coartada, me concedió una tarde razonable.
El dolor era bajo, había descansado y Teresa me había repetido que dosificar no significaba renunciar.
Podía ir una hora, sentarme cerca de la puerta y volver a casa cuando quisiera.
La posibilidad de marcharme fue lo que me permitió entrar.
No había contado a nadie del pueblo cuál era mi pronóstico, entre otras cosas porque no existía una cifra exacta que contar.
Sin embargo, las noticias en Puerto de las Salinas no necesitaban datos para adquirir forma.
Algunos sabían que recibía visitas de una enfermera.
Otros habían visto a Elena llegar con carpetas.
Temía encontrar un círculo de personas reunidas para mirarme con admiración preventiva, esa que se reserva a los enfermos que todavía conservan la capacidad de sonreír.
Por eso llevaba preparada una frase para desactivar cualquier intento de convertirme en ejemplo. Llevaba también una salida de emergencia y la dirección exacta de la empanada.
La trastienda de El Faro olía a cartón, jabón de Marsella y pimentón.
Fina había apartado unas cajas y dispuesto nueve sillas plegables en círculo.
Nueve. No ocho alrededor de una mesa, ni diez en dos filas.
Nueve en círculo, con una libre frente a una pizarra infantil que debía de haber sobrevivido a varias generaciones de sobrinos.
En la pizarra ponía:
MARINA — PRESIDENTA
Cogí el borrador y eliminé las dos palabras.
—Buenas tardes —dije—. Primera norma: no hay presidenta.
—Pues alguien tendrá que llevar el orden —respondió Fina, repartiendo vasos de plástico.
—Segunda norma: si hay orden, me marcho.
La mujer sentada a su lado soltó una carcajada.
Se llamaba Chelo Belmonte, tenía setenta años, un pelo blanco cortado con una precisión geométrica y unos brazos fuertes de haber limpiado pescado durante cuatro décadas.
La conocía de vista desde niña, aunque ella afirmaba haberme cambiado un pañal en la playa.
En los pueblos, siempre había una mujer que decía haberte cambiado un pañal; era su manera de abolir para siempre cualquier pretensión de misterio.
Junto a Chelo estaba Tomás Segura, antiguo funcionario municipal y bajo aficionado, según aclaró él mismo antes incluso de decirme su apellido.
Nati Ferrús, viuda desde hacía tres años, había llevado la empanada y una libreta de tapas verdes.
Roque, el repartidor jubilado, mantenía las manos sobre las rodillas y miraba hacia la puerta como si hubiese venido por error.
Había también una pareja joven, Sara y Andrés, que regentaba el bar del paseo, y un hombre llamado Leandro que reparaba persianas y no pensaba hablar, según anunció nada más sentarse.
—Eso ya cuenta como haber hablado —observé.
—Pues ya he cumplido.
Daniel ocupó una silla junto a la pared, fuera del círculo.
—Tú también —dijo Fina.
—Yo vengo de apoyo logístico.
—Aquí no hay logística. Marina acaba de prohibir el orden.
Fina arrastró la silla de Daniel hasta incorporarla al círculo y la encajó a mi derecha. La geometría dejó de ser perfecta, pero nadie pareció sufrir por ello. La empanada quedó en una caja sobre dos paquetes de detergente, esperando su momento de ejercer el poder.
—Bueno —dijo Fina—. Explícanos.
—No hay nada que explicar.
—Tú dijiste que llevamos media vida dejando las cosas para cuando tengamos tiempo.
—Yo estaba comprando yogures.
—Las grandes ideas pueden surgir junto a los lácteos.
Aquello era incontestable, sobre todo porque todos me miraban con una atención que empezaba a resultarme peligrosa.
Había pasado demasiados años delante de clientes que esperaban de mí una frase capaz de venderles un perfume, una cuenta bancaria o una mayonesa.
Conocía bien esa mirada: alguien había decidido que yo tenía la respuesta y se disponía a enfadarse si no era bonita.
—Antes de empezar —dije—, quiero aclarar una cosa. Yo no sé vivir mejor que nadie.
Fina abrió la boca.
—Y estar enferma no me ha convertido en una especialista —continué—. No he recibido un máster secreto. No veo amaneceres más profundos. Sigo enfadándome cuando el café está frío y sigo mirando el móvil mientras alguien me cuenta algo que ya me ha contado tres veces.
—Eso último va por mí —dijo Fina.
—Va por la humanidad entera.
Roque sonrió sin levantar la cabeza.
—Así que, si esperáis que os enseñe a aprovechar cada minuto, podemos pasar directamente a la empanada.
Hay minutos que no sirven para nada. A veces una se echa una siesta.
A veces ve cuatro episodios malos de una serie.
A veces desperdicia una tarde y no pasa nada.
Lo que dije en la tienda fue que estaba cansada de guardar cosas para una versión futura de mi vida que siempre parecía más despejada, más valiente y con menos correos pendientes.
La trastienda quedó en silencio. No era un silencio solemne; el congelador de los helados zumbaba al otro lado del tabique y alguien dejó caer una botella en la tienda. Me gustó que la vida no respetara mis pausas dramáticas.
Nati alzó su libreta.
—Yo tengo una vajilla que me regaló mi madre cuando me casé. Porcelana de La Cartuja, con flores azules. La he usado tres veces en cuarenta y un años.
—¿Por qué?
—Porque es buena.
—Una lógica impecable —dije.
—Si se rompe una taza, no puedo reemplazarla.
—¿Y si no se rompe?
Nati pensó un momento.
—Entonces se quedará entera hasta que mis hijos la tiren porque ninguno quiere cosas con flores.
—Mi hija no quiere ni la cubertería —dijo Chelo—. Dice que pesa. Cuarenta y ocho piezas de acero inoxidable y ahora resulta que pesan.
—No vamos a hacer inventario de herencias —advirtió Fina—. Una cosa cada uno.
—¿Eso es una norma? —pregunté.
—Es sentido común.
Cogí un rotulador y escribí en la pizarra: UNA COSA PEQUEÑA .
—Nada de subir montañas si os da miedo hacer una llamada —dije—. Y nada de fechas límite que conviertan esto en otra obligación.
Tomás levantó la mano, aunque no estábamos en el colegio.
—Quiero cantar en público.
—Has dicho que eres bajo aficionado a los treinta segundos de conocernos —le recordé—. No parece una vocación oculta.
—Canto en un coro. Eso es esconderse entre voces. Yo quiero cantar una canción solo.
—¿Delante de cuánta gente?
—Al principio había pensado en la Fiesta de la Sal.
—Eso es dentro de cuatro días —dijo Daniel.
Tomás perdió parte del color de la cara.
—También puede ser delante de nosotros —propuse—. El heroísmo está sobrevalorado y la acústica de este almacén parece indulgente.
Apunté su nombre y, al lado, UNA CANCIÓN ENTERA .
Chelo quería aprender a flotar. Había nacido a menos de doscientos metros del mar, había trabajado frente a él y nunca había pasado de mojarse las rodillas.
—No le tengo miedo —aseguró—. Le tengo respeto.
—Llevas setenta años respetándolo desde la orilla —dijo Fina.
—A ti te respeto desde bastante más lejos.
Sara quería llamar a su madre sin esperar a que hubiese una razón práctica.
Andrés quería cerrar el bar una tarde para ir con ella a Cartagena, algo que no hacían desde que lo habían abierto.
Nati usaría la vajilla el sábado, aunque solo fuese para comerse un huevo frito.
Leandro deseaba aprender a bailar un pasodoble sin contar los pasos en voz alta.
—Eso no es una cosa aplazada —protestó—. Es una cosa imposible.
—Las imposibles no entran —dije—. Busque otra.
—Entonces arreglaré la persiana de mi dormitorio. Lleva dos años atascada a media altura.
Todos nos volvimos hacia él.
—¿Tú reparas persianas? —preguntó Daniel.
—Las de los demás.
No encontré una metáfora mejor en toda la tarde.
Roque habló el último. Tenía un hermano en Albacete con quien no se dirigía la palabra desde hacía once años.
La causa original había sido una finca heredada y una higuera cortada; los años habían añadido capas de orgullo hasta que ninguno recordaba qué frase exacta había vuelto imposible la siguiente.