Capítulo 8. Un vestido amarillo #2
El ruido de una pelota botando y el chillido de una gaviota ocuparon el silencio.
—No tienes derecho a acertar tanto —murmuré.
—Intentaré equivocarme por la tarde.
Continuamos. La confesión había cambiado el aire entre nosotros. Daniel me gustaba. Yo le gustaba. Saberlo no exigía hacer nada, pero volvía muy consciente la distancia entre nuestras manos.
El dolor apareció cerca del faro pequeño, una contracción profunda que me obligó a reducir el paso. Fingí mirar un barco que entraba en el puerto.
—Bonito —dije.
—Es el ferry de suministros.
—Me interesa mucho la logística marítima.
Daniel dejó las bolsas en el suelo. No me tocó.
—¿Qué necesitas?
—Un minuto.
—Vale.
No añadió nada. Esperó conmigo junto a la barandilla mientras yo respiraba y dejaba que el dolor pasara sobre mí sin convertirlo en un secreto. Cuando disminuyó, señalé un banco.
—Ahora sí necesito sentarme.
—Vale.
—Puedes evitar decir «te lo dije».
—No había pensado decirlo.
—Eso demuestra una superioridad moral muy desagradable.
Nos sentamos. Tomé la dosis de rescate que llevaba en el bolso, tal como Teresa me había indicado. Daniel miró el mar. Me concedió la intimidad de no observar cada gesto y la compañía de no marcharse.
—¿Te asusta cuando pasa? —preguntó después de un rato.
La respuesta automática era no. La verdadera dependía del día.
—Me enfada primero. Luego me asusta pensar si esta vez va a ceder. Y después me enfada haberme asustado.
—Parece agotador.
—Lo es. Sobre todo la parte en la que además debo convencerte de que estoy bien.
—No tienes que convencerme.
—Cuando me miras así, sí.
Daniel se frotó la nuca.
—Lucía decía que yo convertía cualquier problema en una lista de reparaciones. Si le dolía la cabeza, cambiaba la bombilla. Si estaba triste, arreglaba un cajón.
—¿Funcionaba?
—Teníamos la casa impecable y seguía triste.
Sonrió sin alegría, pero sin hundirse en el recuerdo.
—No quiero hacerte eso —continuó—. Tampoco sé mirar para otro lado cuando algo te duele.
—Puedes preguntar una vez. Y si te digo qué necesito, creerme.
—Aunque digas que nada.
—Puedes comprobar si «nada» significa que necesito espacio o que estoy siendo idiota.
—¿Cómo lo distingo?
—Yo levantaré la barbilla.
Daniel rio al recordar la conversación del astillero.
—Y tú puedes decirme si empiezo a vigilar —dijo—. Pero no me castigues por ver.
Aquello era más difícil que imponer una regla. Exigía aceptar que él observaba un cuerpo real, con dolor y límites, y que aun así acababa de decir que le gustaba.
—Trato hecho —respondí.
No nos dimos la mano. Un acuerdo así habría resultado ridículo sellado como un contrato. Permanecimos sentados hasta que el medicamento hizo su trabajo y yo pude soltar los hombros.
—Elena tiene razón en una cosa —dije cuando pude hablar sin apretar los dientes—. A veces minimizo.
—No voy a usar eso en mi defensa.
—Bien.
—Pero podrías llamarla.
—Eso sí que no puedes usarlo.
—De acuerdo.
Al levantarnos, cogí una de las bolsas. Daniel tomó las otras dos y la cesta de Fina.
—Puedo llevar más —dije.
—Lo sé.
—Pero no hace falta.
—Eso también lo sé.
Caminamos de regreso más despacio. No adaptó el paso de manera teatral ni me ofreció el brazo. Simplemente dejó de ir medio metro por delante. En un momento, nuestras manos se rozaron. Ninguno buscó la otra.
Al llegar a casa colgué el vestido en el patio para airearlo. Una ráfaga de levante levantó la falda amarilla y desprendió una pinza. Pimienta salió disparada, atrapó el bajo y arrastró el vestido por dos baldosas antes de que Daniel consiguiera rescatarlo.
—Tu gata no aprueba la compra —dijo.
—Mi gata cree que todo lo que se mueve es una presa o un documento confidencial.
El vestido había quedado con una marca de polvo junto al dobladillo. Daniel la sacudió con cuidado y volvió a colgarlo usando tres pinzas.
—¿Tienes una ocasión? —preguntó.
—Ahora tengo un vestido. Ya encontraremos la ocasión.
No dije el año que viene . Él tampoco.
Cuando se marchó, me duché y descansé hasta que el dolor cedió del todo. Al anochecer, el vestido estaba seco. Me lo puse otra vez, añadí el collar azul y me coloqué frente al espejo del dormitorio, el que no deformaba a favor de nadie.
Vi las canas que empezaban a crecer en las sienes, los brazos más delgados, el abdomen distinto y el cansancio alrededor de los ojos.
Vi también el color, la curva de la falda y una expresión que no había tenido durante mucho tiempo: la de una mujer que se gustaba sin esperar la aprobación de un análisis.
Pimienta se sentó detrás de mí, reflejada en una esquina, preparada para atacar el bajo de nuevo.
—Ni se te ocurra.
La gata parpadeó.
En el espejo no había una paciente intentando parecer sana. Había una mujer cansada, viva y un poco presumida dentro de un vestido amarillo.
Cogí el teléfono. Abrí la conversación con Elena y pedí a la cámara diez segundos. Pimienta intentó cazar el dobladillo en el momento exacto del disparo, así que la fotografía me capturó apartándola con una mano y riéndome, desenfocada.
Estuve a punto de borrarla. En cambio, se la envié a mi hermana sin explicación.
El mensaje quedó con una sola marca. Antes de quitarme el vestido y colgarlo en la puerta del armario, regresé al espejo.
La fotografía enviada no solucionaba la pelea con Elena y el vestido no transformaba mi cuerpo.
Tampoco necesitaba que lo hiciera. Me giré una vez más, despacio, mientras la falda amarilla rozaba mis rodillas.
El botón azul del mercadillo seguía en el bolsillo. Lo dejé sobre el tocador, una cosa pequeña e inútil que había decidido conservar.
Apagué la luz y dejé el vestido colgado a la vista.