Los días que todavía son míos Capítulo 8. Un vestido amarillo
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Capítulo 8. Un vestido amarillo

La primera vez que vi el vestido amarillo estaba colgado entre una túnica con elefantes y un conjunto de lino beige que prometía transformar a cualquier mujer en propietaria de un centro de yoga.

Aquella mañana me había vestido con una camiseta azul y un pantalón ancho sin mirarme de cuerpo entero.

Era un hábito adquirido durante los tratamientos.

En el piso de Madrid había cubierto el espejo del vestidor con una bata después de la segunda operación y tardé meses en reconocer que no era por pudor, sino por rabia.

Mi cuerpo había cambiado sin consultar la versión de mí que yo estaba acostumbrada a mostrar.

Antes del cáncer, vestirme era una forma de puntuación.

Chaqueta estructurada para una presentación; seda para una cena; tacones rojos cuando necesitaba parecer más segura de lo que estaba.

Después, la ropa se convirtió en logística.

Prendas suaves, cinturas que cedieran, mangas que pudieran subirse, bolsillos para tarjetas y medicación.

Una amiga de Bea me regaló un turbante precioso durante la primera quimioterapia y yo lo odié por ser tan considerado.

En la casa de Aurora había colgado diez prendas en un armario enorme.

Ocupaban una esquina y dejaban el resto vacío.

Al cerrar la puerta pensé que no necesitaba más ropa para «el tiempo que iba a estar allí».

La frase me enfadó. No sabía cuánto sería, pero tampoco quería empezar a vivirlo como si todo tuviera que caber en una maleta bien calculada.

Era el primer jueves de septiembre y el mercadillo ocupaba dos calles detrás del puerto.

Había puestos de fruta, ropa, bisutería, quesos, fundas de móvil y utensilios cuya utilidad nadie podía explicar sin una demostración de veinte minutos.

Fina me había convencido para ir con el argumento de que necesitaba tomates.

Daniel se había ofrecido a llevarnos porque, según él, aparcar allí requería una relación previa con la Guardia Civil.

—Estoy perfectamente capacitada para comprar tomates sola —dije cuando apareció en mi puerta.

—No lo dudo.

—Entonces ¿por qué llevas una botella de agua, una gorra y esa expresión?

—¿Qué expresión?

—La de monitor de excursión responsable de una señora propensa a despeñarse.

Fina salió detrás de mí con dos cestas.

—Dejad de cortejaros y vamos, que el buen melón se lo llevan los restaurantes.

—No nos cortejamos —dijimos los dos.

Fina no respondió. A su edad, había aprendido a no discutir con personas que aportaban pruebas en su contra.

La semana anterior había sido difícil. Elena no contestó a mi primer mensaje y yo no envié un segundo.

Mi padre llamó para hablarme de una ola de calor que ya estábamos padeciendo y evitó preguntarme por qué su hija pequeña había regresado a Madrid llorando.

Bea me mandó tres corazones y una frase sobre soltar lo que no podía controlar; le pedí que se la aplicara.

Bea llamó después, ofendida por mi respuesta.

—Era una frase bonita.

—Era una frase colocada sobre una puesta de sol de banco de imágenes.

—Técnicamente era un amanecer.

Le conté la discusión con Elena. Bea no defendió a ninguna de las dos, hazaña que le costó varios silencios audibles.

—Podrías enviarle algo que no requiera contestación —sugirió—. Una foto de las gatas.

—Pimienta ha destruido el marcador que robó de su carpeta. Puede parecer una amenaza.

—Entonces una foto tuya.

No tenía ninguna reciente que quisiera enviarle. La única fuera de un hospital era la del área de servicio, despeinada y abrazada a Pimienta.

—Ya veremos —dije.

La conversación quedó conmigo en el mercadillo. Tal vez por eso, cuando vi el color amarillo, pensé en una fotografía antes de pensar en una ocasión.

Daniel no intentó mediar. Pasó dos tardes reparando unas sillas del patio y cambiando una mosquitera, tomó café conmigo y se marchó cuando dije que estaba cansada. Preguntaba cómo me encontraba de una manera que empezaba a irritarme.

—¿Necesitas sentarte? —preguntó a los siete minutos de llegar al mercadillo.

—Necesito que dejes de preguntarme si necesito sentarme.

—De acuerdo.

—Si necesito sentarme, me sentaré.

—Bien.

—No hace falta que vigiles cuánto camino.

—No lo hago.

—Acabas de mirar mis pies.

—Tienes una sandalia desabrochada.

Miré hacia abajo. La sandalia estaba desabrochada.

—Eso no demuestra nada.

Daniel se agachó antes de que yo pudiera hacerlo, ajustó la hebilla y se levantó sin comentario. Fina fingió un interés feroz por unas aceitunas.

Seguimos andando. El sol se filtraba entre los toldos de colores y el aire olía a fruta madura, cuero y sardinas de un bar cercano.

Me cansé antes de admitirlo. En un puesto de cerámica me entretuve examinando cuencos para ganar tiempo.

Daniel no preguntó nada. Se quedó a mi lado mirando una fuente pintada con peces.

Después nos detuvimos ante una mesa cubierta de bisutería. La vendedora le colocó a Fina un collar tan grande que parecía una pieza defensiva. Daniel encontró una caja de botones antiguos y empezó a clasificarlos por material con una concentración que me hizo reír.

—Has venido al mercadillo a trabajar —dije.

—Es deformación profesional.

—Son botones.

—Uno es de asta.

—Retiro mi crítica.

Me apoyé en el borde del puesto mientras ellos discutían el precio.

El cansancio no era sueño. Era una gravedad extra en los músculos, como si llevara ropa mojada debajo de la ropa seca.

Miré un banco al otro lado de la calle y calculé si podía llegar sin llamar la atención.

Entonces Daniel me tendió un botón azul.

—Para la persiana —dijo.

—Es demasiado pequeño.

—No pensaba arreglarla con él.

Guardé el botón en el bolsillo. Agradecí que me ofreciera una tontería en vez de una silla. Un minuto después fui yo quien propuso tomar una limonada y descansamos bajo un toldo. Elegir la pausa la volvió menos parecida a una rendición.

—Es horrible —dije.

—Iba a comprártela.

—Entonces es preciosa.

—Demasiado tarde.

Llegamos al puesto de ropa. No buscaba un vestido.

Desde la operación y los tratamientos, compraba prendas según tres criterios: que no presionaran el abdomen, que fueran fáciles de quitar en una consulta y que no parecieran un pijama.

El deseo de gustarme había ido descendiendo en la lista, después de la comodidad, la temperatura, el acceso a una vía y la posibilidad de dormir vestida si el día se torcía.

El amarillo me detuvo.

No era un amarillo discreto ni sofisticado. Era el color de una sombrilla infantil, de la pulpa de un limón inventado, de algo que no había pedido permiso a la elegancia. El vestido tenía tirantes anchos, una cintura alta y una falda ligera hasta media pierna.

—Pruébatelo —dijo Fina.

—No.

—Te has quedado mirándolo.

—También miro los accidentes.

La vendedora, una mujer con labios fucsia, descolgó el vestido y me lo puso delante.

—Este favorece muchísimo.

—Esa frase debería estar regulada por ley.

—Puedes probártelo allí.

«Allí» era un cuadrado rodeado por cortinas al fondo del puesto. El espejo se apoyaba contra una caja y tenía una inclinación diseñada para que todas las clientes parecieran siete centímetros más altas y ligeramente sorprendidas.

Entré con el vestido. Al quitarme la camiseta, vi en el espejo el abdomen que evitaba mirar completo.

La cicatriz vertical, las pequeñas marcas de las laparoscopias, la piel menos firme, una zona hinchada que yo sabía interpretar demasiado bien.

Había adelgazado y engordado varias veces durante los tratamientos.

Mi cuerpo no se parecía al de la mujer de veintidós años que Daniel podía recordar ni al de la ejecutiva de cuarenta que compraba trajes sin probarlos.

Durante unos segundos pensé que el vestido era para otra persona. Una mujer sana, despreocupada, con planes para estrenarlo en una cena y guardarlo después para el verano siguiente.

Me lo puse de todos modos.

La tela cayó sin apretar. El amarillo volvió mi piel más cálida. No ocultaba la cicatriz, porque la cicatriz estaba debajo y no necesitaba desaparecer para que el vestido me quedara bien. Giré un poco frente al espejo. Me gustó. La constatación tuvo algo de insolente.

—¿Vas a salir? —preguntó Fina desde fuera.

—Estoy negociando con el espejo.

—No le hagas caso. Miente.

Abrí la cortina. Fina sonrió. Daniel, que se había apartado hacia el puesto vecino, regresó al oírnos. Se quedó quieto.

—Puedes decir algo —le pedí.

—Te queda muy bien.

—Eso ha sonado como si evaluaras una persiana.

—La persiana no me pone nervioso.

Fina carraspeó con una discreción completamente falsa. Yo sentí calor en el cuello y culpé al toldo.

Compré el vestido. También compré tomates para justificar la expedición, un collar de cuentas azules que no necesitaba y una bolsa de rosquillas que Fina declaró medicinales.

Al salir del mercadillo propuse caminar por el paseo. Daniel miró el sol, después mi cara.

—Podemos tomar algo aquí.

—Quiero andar.

—Marina…

—No soy un paquete frágil.

—No he dicho eso.

—Lo dices cada vez que calculas la distancia hasta el siguiente banco.

Daniel ajustó las asas de las bolsas que llevaba. Fina intervino anunciando que debía abrir la tienda y nos abandonó con una rapidez sospechosa.

El paseo marítimo estaba lleno de familias que exprimían los últimos días de vacaciones. Niños en patinete, parejas con sombrillas, jubilados ocupando bancos a la sombra. El mar brillaba detrás de una fila de palmeras castigadas por el viento. Caminamos en silencio.

—No intento vigilarte —dijo Daniel al cabo de un rato.

—Lo haces.

—Intento saber si estás bien.

—Pregúntame una vez. Cree la respuesta.

—A veces tu respuesta no coincide con lo que veo.

—No eres mi enfermero.

—Ya lo sé.

—Ni mi guardián.

—También lo sé.

—Entonces deja de mirarme como si fuera a romperme.

Daniel se detuvo. Yo seguí dos pasos antes de volverme.

—No te miro así —dijo—. Te miro porque me gustas. Y sí, también veo cuándo te duele. Las dos cosas pueden ser verdad.