Los días que todavía son míos Capítulo 7. La insoportable esperanza de los demás #3
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Capítulo 7. La insoportable esperanza de los demás #3

—Eso último es fácil —dijo Chelo—. Tengo una prima que vende ropa en el mercadillo.

—No quiero soluciones. Acabo de escapar de una carpeta de soluciones.

—Entonces te enseñaré vestidos sin resolverte nada.

Tomás pidió a Fina otra gaseosa. Cantaba como bajo en el coro desde hacía años, pero nunca se atrevía a hacerlo solo, según explicó, porque entre otras voces podía fingir que el responsable del desafine era otro.

—Ahora se ríe todo el pueblo —dijo Fina—. No veo el problema.

Chelo llevaba el bañador debajo del vestido porque acompañaba a unas amigas a la playa cada mañana. Se sentaba en la orilla y no avanzaba más allá de los tobillos. Su deseo de flotar produjo una discusión sobre si contaba como cosa aplazada cuando una la había evitado de manera deliberada.

—Todo lo que te da miedo acaba pareciendo que lo has aplazado por agenda —dictaminó Fina.

—Eso no cabe en una servilleta —dije.

—Abrevia.

Yo no quería ser la mujer enferma que inspiraba a los vecinos a vivir. La idea me provocaba una irritación casi física. No había adquirido sabiduría por la localización de un tumor y no estaba dispuesta a repartir lecciones entre los yogures y el bacalao.

—Si hacéis un club —dije—, no voy a dirigirlo. No habrá discursos, ni frases bonitas, ni obligación de aprovechar cada minuto. Habrá días perdidos y gente que no cumpla nada.

—Perfecto —respondió Roque—. Así ya puedo apuntarme sin fracasar.

Fina añadió en la servilleta: sin discursos . Luego dibujó una raya debajo como si acabáramos de aprobar unos estatutos.

—Yo llevo once años sin llamar a mi hermano —dijo Roque—. Pero sigo pensando que lo de la higuera fue culpa suya.

—Puedes llamarlo sin renunciar a tener razón. La humanidad lleva siglos haciendo ambas cosas.

Tomás levantó el vaso.

—Yo quiero volver a cantar en público.

—Tú cantas en misa —dijo Fina.

—Eso no cuenta. Allí nadie puede irse a mitad.

Roque aclaró que todavía no pensaba pedir perdón. Chelo confesó que quería aprender a flotar. Fina arrancó una servilleta del dispensador y buscó un bolígrafo.

—No hagas una lista —le advertí.

—Las cosas que no se escriben se convierten en conversación de bar.

—Estamos en un ultramarinos.

—Por eso hay esperanza.

Escribió los nombres y las tareas. Cuando llegó al mío, puso una página .

—Yo no he aceptado.

—Lo dijiste tú.

—Dije que lo había aplazado, no que fuera a hacerlo.

—Pues lo seguimos aplazando juntos —dijo Roque.

Fina dio una palmada sobre el mostrador.

—Primera reunión del Club de las Cosas Aplazadas, el ocho de septiembre, en la trastienda de El Faro.

—No.

—Mi trastienda tiene sillas.

—También tiene cajas.

—Por eso habrá que apartarlas.

Tomás preguntó si podía llevar partituras. Chelo quiso saber si habría merienda. En menos de tres minutos habían fundado una organización, elegido sede y discutido el menú. Yo observé mi nombre en la servilleta junto a las palabras una página .

—Esto no es un club —dije—. Es una emboscada con refrescos.

—Los clubes buenos empiezan así —respondió Fina.

Cuando regresé a casa, Elena esperaba en el recibidor con la maleta cerrada. La carpeta blanca estaba bajo su brazo.

—Me voy —dijo.

—Pensabas quedarte dos noches.

—No quiero ser público obediente.

—No era eso lo que quería decir.

—Era exactamente eso. Papá me ha llamado esta mañana para preguntarme si te convencía. Le he dicho que no es una negociación. Después he venido con esto. —Levantó la carpeta—. Ni siquiera yo me creo cuando hablo.

—No le pedí a papá que te utilizara.

—No, tú no le pides nada a nadie. Así siempre puedes decir que no debes nada.

—Eso es injusto.

—Lo sé. Estoy cansada.

Yo también lo estaba. Pero el cansancio no nos hizo más sinceras, solo menos cuidadosas.

—Yo no he dicho eso.

—Has dicho cosas peores.

El dolor había bajado, pero estaba cansada. Llevaba la bolsa de hielo en una mano y la de la compra en la otra. Deseé dejar ambas en el suelo y pedirle que se quedara. En vez de eso, vi la carpeta y toda la rabia volvió.

—Pues deja de comportarte como si mi miedo fuera un fallo de gestión.

—¿Tu miedo? No me has dicho ni una sola vez que tienes miedo.

—Porque cada vez que abro la boca tú la llenas de soluciones.

—Y cada vez que intento acercarme, tú conviertes la independencia en una verja.

—Es mi casa.

—Sí, Marina. Es tu casa, tu enfermedad, tu decisión y tu dolor. Te estás asegurando de que todo sea tan tuyo que nadie pueda compartir ni un centímetro.

Subió la maleta al hombro. Yo abrí la puerta.

—Vete, Elena.

Mi hermana se quedó quieta, quizá esperando que retirara las palabras.

—Llámame cuando quieras una hermana y no una empleada que cumpla instrucciones.

Salió. No cerró de un portazo; sostuvo la puerta para que no golpeara la pared. Ese cuidado mínimo fue peor.

Me quedé en el recibidor con las bolsas. Una gota de la bolsa de hielo cayó sobre la baldosa, después otra. Desde la esquina, Pimienta observaba con el marcador amarillo entre las patas.

Había ganado. Nadie pediría mis informes ni llamaría a Laura sin permiso.

La casa quedó tan callada que por primera vez entendí que una puerta cerrada también podía dejarte fuera a ti.