Capítulo 7. La insoportable esperanza de los demás #2
—La enfermedad es mía.
—Pero no te pasa solo a ti.
La frase era cierta, y por eso la rechacé con más fuerza.
—La decisión sí me corresponde solo a mí.
—No he dicho que no.
—Llevas veinte minutos dejando documentos para que firme.
Pimienta aprovechó que las dos mirábamos la hoja y extrajo del estuche un marcador amarillo. Saltó al suelo y atravesó el patio. Menta la siguió con interés intelectual.
—¡Pimienta! —gritó Elena.
La gata se metió bajo un banco. Mi hermana se arrodilló, tendió el brazo y consiguió recuperar el marcador, pero al incorporarse golpeó la mesa. El café cayó sobre el separador de ensayos.
Nos quedamos mirando la mancha.
—Es descafeinado —dije—. No debería afectar a los resultados.
Elena soltó una risa breve, involuntaria. Después se sentó y empezó a secar las hojas con servilletas. Durante unos minutos colaboramos en rescatar el dosier. Me habría gustado que la mañana terminara allí, con un armisticio marrón y ridículo.
—Solo quiero que no cierres puertas —dijo.
—Hay puertas que puedo cerrar.
—¿Por qué tienes tanta prisa por hacerlo?
—Porque llevo años atravesando todas las que me habéis señalado. Algunas daban a habitaciones donde perdí el pelo, el apetito y meses enteros. He vuelto a salir y me habéis enseñado otra puerta. Esta vez puedo decir que no.
—¿Y la esperanza?
—Estoy harta de que la esperanza sea una obligación. De que si no quiero un tratamiento con una posibilidad mínima parezca que deseo morir. No deseo morir, Elena. Quiero desayunar sin que conviertas la tostada en tiempo desperdiciado.
—Yo tampoco quiero que cada conversación sea médica —dijo—. Pero cuando intento hablarte de otra cosa, pienso que estoy perdiendo una oportunidad de encontrar algo.
—Entonces la esperanza te está robando la conversación igual que a mí.
Elena apartó la servilleta empapada. Su alianza de boda dejó una marca de café sobre la mesa.
—A veces pienso que si yo fuera la enferma, tú habrías encontrado una solución —dijo.
—No digas eso.
—Tú cuidaste a mamá. Organizaste a papá.
Cuando recaíste, seguías preguntándome por el colegio de los niños, por mis cierres trimestrales, por todo.
Yo he seguido trabajando, llevando a los chicos de vacaciones, discutiendo con mi marido por tonterías.
Tú estabas en quimio y yo me quejaba del tráfico.
—Eso se llama seguir viviendo. No me debes enfermedad por estar sana.
—Te debo algo.
—No tu vida. Y no mi decisión.
Durante un instante, supe que podría acercarme y abrazarla. Pero también vi el formulario al borde de la carpeta. Elena lo vio al mismo tiempo y lo cubrió con la mano, como si ocultarlo redujera su peso.
—No sé quererte sin hacer —dijo.
—Aprende a estar.
—Tú tampoco sabes.
La frase encontró el lugar exacto donde dolía. Las dos apartamos la mirada.
Mi hermana apretó la servilleta mojada.
—Quiero hablar con el equipo paliativo.
—No sin mí.
—Contigo, entonces.
—Cuando yo lo decida.
—¿Y si te pones peor antes?
—Llamaré.
—Minimizas todo.
—Y tú lo maximizas.
—Al menos una de las dos está prestando atención.
Me levanté. El movimiento rápido despertó la presión pélvica, pero no lo mostré.
—No vuelvas a llamar a mis médicos, a pedir citas ni a solicitar información sin mi consentimiento. No uses informes que te envié para una urgencia. Y no aparezcas con formularios preparados para mi firma.
—¿Me estás prohibiendo ayudar?
—Te estoy diciendo cómo puedes ayudar.
Elena metió los papeles húmedos en la carpeta.
—Tú no quieres ayuda. Quieres público obediente.
La vi marcharse escaleras arriba para dejar el bolso en el dormitorio. Había dicho que pensaba quedarse dos noches. Yo salí antes de que regresara al patio.
El ultramarinos El Faro estaba a menos de cien metros y requería bajar seis escalones que Fina se negaba a arreglar porque, según ella, «llevan así desde antes de la democracia y nadie ha muerto».
Dentro olía a melón, detergente y bacalao salado.
Un ventilador giraba sobre el mostrador sin conseguir mover el aire.
—Tienes cara de necesitar hielo —dijo Fina.
—Tengo cara de necesitar otra familia.
—Eso no lo vendo. Además, todas salen malas en agosto.
Pedí hielo, leche y comida para las gatas.
En una mesa junto a la puerta, tres vecinos bebían refrescos: Tomás Segura, antiguo funcionario municipal y bajo aficionado; Roque, repartidor jubilado, y Chelo Belmonte, que había limpiado pescado durante cuatro décadas y llevaba un bañador debajo del vestido pese a su miedo al agua.
Los conocía de vista y ellos me conocían de nacimiento, que era una desventaja habitual del pueblo.
—¿Problemas con Elena? —preguntó Fina.
—¿Lo pone en el parte meteorológico?
—Ha entrado antes a preguntar dónde podía imprimir un documento. Las hermanas no imprimen nada bueno durante las vacaciones.
Fina colocó una bolsa de hielo sobre el mostrador. Me apoyé en él porque el dolor seguía apretando, pero fingí examinar unas latas.
—Todo el mundo quiere que haga algo que he aplazado —dije—. Otra opinión, otra llamada, otro tratamiento. Y yo llevo aplazando cosas toda la vida para poder hacer precisamente eso.
—¿Qué cosas? —preguntó Chelo.
—No sé. Escribir. Vivir aquí. Usar la vajilla de Aurora. Comprar un vestido que no sirva para parecer seria en una reunión.