Los días que todavía son míos Capítulo 7. La insoportable esperanza de los demás
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Capítulo 7. La insoportable esperanza de los demás

Elena regresó a finales de agosto con una carpeta que tenía separadores de colores.

Para entonces yo había construido una rutina que parecía pequeña desde fuera y enorme desde dentro.

Desayunaba en el patio antes de que el calor apretara, registraba el dolor sin rebajar la cifra por pudor, caminaba hasta el paseo al atardecer y hablaba con Elena una vez al día.

La llamada acordada casi siempre se convertía en dos porque ella inventaba una consulta sobre recibos o sobre el seguro de la casa, pero respetaba el límite suficiente para que yo no lo rompiera.

Teresa había vuelto una vez. Ajustamos el tratamiento para las náuseas y celebró, sin entusiasmo excesivo, que el dolor nocturno estuviera mejor controlado. También descubrió que yo había escrito paseo completo en el registro cuando en realidad había descansado dos veces.

—Sentarse no invalida un paseo —dijo.

—Depende del jurado.

—Eres el jurado y haces trampas.

Daniel pasaba por la casa cada dos o tres días.

Terminó la persiana, arregló la bisagra y dejó de buscar desperfectos cuando le señalé que, a ese ritmo, iba a desmontar una vivienda centenaria para evitar conversar.

Tomábamos café. A veces hablábamos de Aurora; otras, de Alba, de campañas publicitarias vergonzosas o de los vecinos.

No volvimos a mencionar directamente que nos gustábamos.

La atracción se instaló entre nosotros con la educación de una visita que no abre armarios, pero que tampoco se va.

Menta lo había adoptado sin consultarme. Al oír sus pasos, bajaba del alféizar y se tumbaba cerca de la caja de herramientas. Pimienta le robó dos tornillos y una cinta métrica. Él recuperó uno de los tornillos.

Entre una visita y otra yo aprendía a llenar las horas sin convertirlas en una lista de experiencias memorables.

Algunas mañanas llegaba hasta la panadería antes de que el sol cayera vertical sobre la calle.

Otras me quedaba en el patio con el camisón hasta mediodía.

Lavaba una taza, contestaba un correo de la compañía eléctrica, barría la arena que las gatas sacaban del cajón y leía tres páginas antes de quedarme dormida.

El pueblo continuaba al otro lado de las persianas aunque yo no participara en él.

Un miércoles, Daniel llegó para terminar la persiana justo cuando yo salía hacia El Faro por café.

Lo dejé trabajando y fui a la tienda. Allí acabé comprando medio melón y una bombilla, y me enteré de que el marido de una mujer a la que no conocía se había comprado una bicicleta demasiado cara.

Fina me explicó el asunto mientras pesaba el melón, sin facilitar ningún nombre hasta el final.

—¿Y por qué necesito saberlo?

—Para que cuando lo veas con el casco no le preguntes si compite.

—¿Compite?

—Contra la edad, como todos.

Me senté cinco minutos en una silla junto a las cajas de agua.

Fina siguió atendiendo sin convertir mi descanso en una consulta.

Una clienta dejó las monedas sobre el mostrador, otra pidió fiado y alguien llamó desde la puerta para preguntar si habían llegado pilas.

Yo escuché. Había echado de menos estar en lugares donde las conversaciones no bajaban de volumen al verme.

Al volver, encontré a Daniel en el salón con la alfombra de Aurora enrollada bajo un brazo.

—¿Qué haces?

—Esta esquina se levanta. Puedes tropezar.

—Lleva levantada desde 1996.

—Eso no la vuelve segura.

Detrás de él, la mesa auxiliar había cambiado de pared. Las dos sillas del recibidor estaban alineadas junto al aparador y una cesta donde Aurora guardaba revistas descansaba encima de un armario. El pasillo parecía más ancho y también menos mío.

—¿Has reorganizado la casa?

—He despejado el paso. Me dijiste que podía terminar la persiana mientras estabas fuera.

—La persiana está en la ventana.

—He tardado diez minutos.

Dejé la bolsa sobre la mesa. El melón rodó hasta chocar con la bombilla.

—¿Dónde está la silla azul?

—En el comedor.

—La uso para ponerme los zapatos.

—La otra es más alta.

—Precisamente. En la azul llego mejor a los pies.

Daniel bajó la alfombra. Su expresión cambió de la eficacia a una irritación que hasta entonces me había enseñado poco.

—Intentaba evitar que te caigas.

—Podías haberme preguntado.

—No estabas.

—Podías haber esperado.

—Marina, hay una esquina doblada y dos muebles en mitad del paso. No estaba tomando decisiones médicas por ti.

—Estabas decidiendo cómo debo moverme por mi casa.

—Porque te he visto quedarte sin fuerzas en la escalera.

El comentario me encendió la cara. Daniel también supo que había ido demasiado lejos, pero no retiró enseguida las palabras. Apoyó la alfombra contra la pared y se cruzó de brazos.

—No pienso fingir que no lo veo —dijo.

—Y yo no pienso agradecer cada cosa que hagas solo porque esté bien intencionada.

La puerta del patio golpeó con el viento. Ninguno fue a sujetarla. Desde El Faro llegó la voz de Fina preguntando a alguien si pensaba pagar aquella semana.

Daniel desenrolló la alfombra en el suelo. La esquina volvió a levantarse.

—Dime dónde estaba cada cosa.

—La mesa, junto a la ventana. La cesta, en el suelo. Las sillas, donde estaban.

—La alfombra sigue siendo peligrosa.

—Podemos ponerle una cinta debajo.

—Eso iba a hacer antes de enrollarla.

—Pues hazlo después de preguntarme.

Buscó cinta de doble cara en la caja de herramientas.

Trabajamos en silencio. Él pegó la esquina; yo devolví las revistas a la cesta.

Cuando intentó levantar la mesa auxiliar, le indiqué el sitio con el dedo y no colaboré.

Daniel la dejó exactamente allí, aunque tuvo que apartarla dos centímetros para que la pata no quedara sobre una junta.

—Dos centímetros —dijo.

—Autorizados.

La silla azul regresó al recibidor. Me senté para comprobarlo y me abroché una sandalia, más por insistencia que por necesidad. Daniel guardó la cinta.

—Me resulta difícil verte cansada y no hacer nada —dijo.

—Preguntar no es no hacer nada.

—A veces tardas mucho en contestar.

—Tendrás que soportar la espera.

—Y tú tendrás que soportar que alguna vez me equivoque.

—Eso parece probable.

No nos reconciliamos con un beso ni con una frase memorable. Daniel terminó la persiana. Yo corté el melón y le di la mitad en un plato de Aurora. Comimos en el patio hablando de si la bombilla servía para la lámpara del pasillo. No servía.

Al día siguiente la silla azul seguía donde yo la había puesto y la esquina de la alfombra permanecía pegada. Cada vez que pasaba sobre ella comprobaba con la punta del pie que no se levantaba. No se lo dije a Daniel.

Aquellos diez días no habían curado nada.

La masa seguía allí, el cansancio aparecía sin avisar y yo despertaba algunas madrugadas con un miedo que no cabía en ningún registro.

Sin embargo, había vida alrededor de los síntomas.

Por eso la carpeta de Elena me pareció más grande cuando la dejó sobre la mesa: traía consigo la versión de mí que existía solo como un problema pendiente.

El azul correspondía a ensayos clínicos. El verde, a segundas opiniones. El amarillo, a «tratamientos complementarios con evidencia», una categoría que mi hermana pronunció deprisa porque sabía que yo iba a atacar la palabra complementarios . El rojo contenía informes míos ordenados por fecha.

—¿De dónde has sacado copias de mis informes?

—Me los enviaste el año pasado.

—Para que los tuvieras si ocurría una urgencia.

—Esto es una urgencia.

—¿Has pasado las noches haciendo esto?

—He pasado las noches leyendo.

—No es lo mismo que saber.

—También he hablado con una asociación de pacientes. Y con una oncóloga que conoce una compañera del trabajo.

—¿Le has enviado mis informes?

—No. Le expliqué el caso sin datos identificativos.

—Mi cáncer no es una adivinanza para especialistas durante su tiempo libre.

—No he dado tu nombre.

—No es solo el nombre. Es mi historia.

Elena apretó los labios. Vi en el separador azul notas tomadas con su letra pequeña, ordenada. Había invertido horas, quizá días. Agradecer el esfuerzo habría parecido aceptar su propósito; rechazarlo entero era negar el miedo que lo sostenía.

—Sé que lo has hecho porque me quieres —dije—. Eso no te da permiso para hacerlo.

—¿Qué hago entonces con las horas en las que no sé si estás peor y no me lo dices?

—Vives tu vida.

—Qué fácil.

No lo era. Precisamente por eso se lo pedía.

—No. Esto es mi desayuno.

Estábamos en el patio. Había preparado tostadas con tomate y café.

Menta ocupaba la silla a mi derecha; Pimienta inspeccionaba la cremallera de la carpeta.

Yo llevaba una semana durmiendo razonablemente bien gracias al ajuste de medicación y había conseguido caminar cada tarde hasta el final del paseo.

La llegada de Elena convertía esos pequeños avances en pruebas de cargo: si estaba fuerte, debía tratarme; si estaba cansada, necesitaba que ella tomara el mando.

—He hablado con la secretaria de la doctora Ferrer —dijo.

Dejé la taza.

—¿Qué has hecho?

—Solo pedí una cita para comentar el caso.

—Mi caso.

—No me dieron información. Ya sé que necesitan tu autorización.

—Y no la tienes.

—Por eso te traigo el documento.

Sacó una hoja del separador verde. Había marcado con una flecha el lugar de mi firma.

—No voy a firmarlo.

—Marina, por favor. Hay un ensayo que quizá admita pacientes con tu perfil. Necesitan revisar biomarcadores, tratamientos previos y estado general. No significa que vayas a entrar. Solo que lo valoren.

—Laura ya revisó ensayos.

—En su hospital.

—Y consultó opciones fuera.

—Los médicos también se equivocan.

—Claro. Pero yo no voy a organizar mi vida alrededor de la posibilidad de que todos se hayan equivocado menos tú y una carpeta.

Elena cerró los ojos. Se había recogido el pelo de cualquier manera y tenía ojeras. Durante un segundo no vi a una gestora invasiva, sino a mi hermana pequeña, la niña que entraba en mi cama cuando había tormenta y fingía que venía porque yo tenía miedo.

—No puedo quedarme quieta —dijo.

—Ese es tu problema.

—Es nuestro problema.