Capítulo 6. Decirlo sin pedir permiso #2
—Una llamada diaria con Elena —dije—. Una, no seis. Que Fina sepa cuándo estoy en casa. Y que vosotros vengáis según acordemos.
—¿Y si no contestas? —preguntó Elena.
—Me llamas otra vez. Si sigo sin contestar, llamas a Fina. No convocas a la Guardia Civil, al ejército y a Bea.
—Bea se convoca sola.
Teresa escribió el acuerdo. Nos dejó una próxima visita, la indicación de registrar el dolor y el teléfono del equipo pegado en la nevera. Antes de salir, me dijo en la puerta:
—Aceptar ayuda no te quita autoridad. Pero ocultar síntomas puede quitártela si acabas en una crisis evitable.
—¿Todos los enfermeros paliativos amenazan con tanta amabilidad?
—Tenemos formación específica.
Elena esperó a que el coche se alejara para abrir su carpeta.
—He conseguido una consulta telefónica con una clínica de Barcelona para el martes.
—No voy a hacerla.
—Solo es escuchar.
—Ya he escuchado.
—Marina, una segunda opinión no te obliga a tratarte.
—Y mi negativa tampoco te obliga a seguir buscando.
—Sí me obliga. Eres mi hermana.
—Eso no es un poder notarial.
Se quedó callada. Yo cerré la carpeta sin mirar el contenido.
—Hoy no —dije—. Por favor.
Elena recogió el bolso.
—Me quedaré en un hostal esta noche.
—No hace falta.
—No voy a conducir ahora.
—Eso sí es sensato.
—Y cenaremos juntas.
—Eso ya veremos.
Se marchó con la carpeta bajo el brazo. No habíamos resuelto nada, pero habíamos conseguido posponer la guerra hasta después de la siesta.
Daniel regresó a las seis. Para entonces Teresa ya se había ido, Elena estaba en el hostal y la persiana esperaba abierta como una boca a medio arreglar.
—¿Quieres que termine esto primero? —preguntó.
—No. Quiero contártelo.
Nos sentamos en el patio. El calor empezaba a ceder y alguien regaba geranios al otro lado del muro. Pimienta perseguía una sombra entre las macetas. Le ofrecí café; Daniel pidió agua.
No utilicé la versión breve que había empleado con Elena.
Tampoco la pedagógica. Le dije que tenía cáncer de ovario, que había vuelto después de varios tratamientos y que una masa seguía creciendo en la pelvis.
Le expliqué que existía otra quimioterapia, pero que el beneficio posible era mínimo y el coste podía ser muy alto.
Le dije que había elegido no empezarla y que Teresa formaba parte del equipo que iba a tratar el dolor y los demás síntomas.
—No he venido aquí a curarme —terminé—. Y no sé cuánto tiempo voy a estar bien ni cuánto tiempo tengo. Nadie me ha dado una fecha. No la he pedido.
Daniel mantenía las manos alrededor del vaso. Miró el agua, no para evitarme, sino como si necesitara un lugar donde apoyar lo que acababa de oír.
—¿Desde cuándo lo sabes?
—El diagnóstico, tres años. Esta progresión y la decisión, desde hace dos semanas. Lo definitivo de la conversación, desde el tres de agosto.
—Y viniste sola.
—Conduje con dos gatas. No cuenta como sola.
—Sabes a qué me refiero.
—Sí.
Daniel respiró hondo. Yo me preparé para todo saldrá bien , hay que ser fuerte o conozco a alguien . No dijo ninguna.
—¿Qué necesitas de mí?
La pregunta me desarmó más que una promesa.
—No lo sé.
—Eso también vale.
Daniel preguntó si podía saber quién más conocía la situación. Le hablé de Elena, mi padre y Bea. No le conté cada reacción; aun así, debió de ver algo en mi cara.
—¿Te están dejando decidir? —preguntó.
—Laura sí. Mi familia considera que decidir es una actividad que debe hacerse en grupo y con Excel.
—¿Y tú estás dejando que te quieran?
—Esa pregunta supera el nivel de intimidad autorizado para un hombre con una bisagra pendiente.
—Retiro la pregunta.
—No la retires del todo.
Daniel se reclinó en la silla. Dijo que necesitaba tiempo no para valorar si mi decisión le parecía correcta, sino para colocar la noticia dentro de la mujer que tenía delante. Aquella precisión importó.
—No voy a pedirte informes —añadió—. Tampoco voy a fingir que esto no me afecta.
—Nos hemos visto cuatro veces.
—Y te conocí antes.
—Hace una vida.
—No digo que sepa quién eres ahora. Digo que quiero averiguarlo, si tú quieres.
Miré sus manos alrededor del vaso. Una parte de mí deseaba ofrecerle una salida limpia: decirle que era mejor no complicarse, que él ya había perdido a Lucía, que yo no podía prometer nada. Otra parte sabía que esa generosidad sería una forma elegante de controlarlo.
—No sé comportarme con esto —admití.
—Yo tampoco.
—Creía que los hombres de cincuenta y cinco años recibían un manual.
—Solo para revisar la próstata y comparar seguros.
Nos reímos. No borró el miedo, pero lo hizo caber en el patio sin ocupar todas las sillas.
—No quiero que me mires como si ya no estuviera.
—Estás aquí.
—Ni que conviertas cada café en una escena importante.
—El de ayer era bastante malo. Difícil convertirlo en nada.
Sonreí pese a mí misma.
—No quiero que pienses que tienes que… —Busqué una palabra que no sonara ridícula—. Acompañarme. No porque nos conociéramos hace treinta años, no porque Aurora te caía bien ni porque sepas arreglar cosas.
Daniel apoyó el vaso en la mesa.
—No pienso que tenga que hacer nada. Y tampoco sé qué quiero hacer todavía. Me acabas de contar algo enorme, Marina. Necesito entenderlo.
Su honestidad dolió y alivió al mismo tiempo.
—Bien.
—¿Puedo preguntarte si tienes dolor ahora?
—Puedes preguntar. No significa que vaya a responder bien.
—¿Tienes dolor?
—Un poco. Está controlado.
—¿Y estás cansada?
—Sí.
—Entonces termino la persiana otro día.
—Podría dejar que la terminaras.
—Podrías. Pero llevas toda la tarde explicando cosas y yo puedo volver.
Se levantó. Yo sentí el impulso de detenerlo, no por la persiana, sino porque su marcha se parecía demasiado a la consecuencia que había temido. Me obligué a permanecer sentada.
Daniel recogió las herramientas. En la puerta de la despensa, la bisagra chirrió.
—También tienes esto —dijo.
—La casa ha decidido desintegrarse por orden alfabético.
—Mañana puedo volver a terminar la bisagra. Si mañana quieres.
La palabra no era una promesa de años, ni de meses, ni siquiera de una semana. Era una unidad pequeña, soportable.
—Sí —dije—. Mañana quiero.