Los días que todavía son míos Capítulo 6. Decirlo sin pedir permiso
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Capítulo 6. Decirlo sin pedir permiso

Teresa Baeza llegó a las diez de la mañana con una mochila negra, una carpeta y la clase de sandalias sensatas que solo llevan las personas cuyo trabajo consiste en entrar en casas ajenas durante agosto.

—Soy Teresa, la enfermera del equipo de soporte domiciliario —dijo—. ¿Marina Valdés?

—Depende de si viene a venderme algo.

—Vengo a hacer preguntas sobre deposiciones.

—Entonces soy Marina.

Teresa tenía cuarenta y tantos, el pelo recogido y un humor tan seco que habría sobrevivido al clima del pueblo. Entró, se lavó las manos y dejó que Menta olfateara la mochila antes de abrirla. Pimienta apareció al instante.

—La negra roba —le advertí.

—Yo también, pero solo sangre y datos personales.

Me cayó bien antes de que nos sentáramos.

Había esperado que la primera visita paliativa tuviera una gravedad visible, quizá un silencio especial en la calle o una música que nadie más pudiera oír.

En lugar de eso, el camión de reparto de bebidas bloqueó la esquina, Fina gritó desde la tienda que movieran las cajas y Teresa tuvo que repetir su número de teléfono porque una moto arrancó debajo de la ventana.

—Primero quiero saber qué te han explicado —dijo.

Le conté la consulta con Laura, mi decisión y los síntomas de las últimas semanas.

Presenté el dolor como moderado. Teresa me pidió ejemplos concretos: qué dejaba de hacer, cuántas veces me despertaba, si me obligaba a parar al caminar, qué tomaba y cuándo.

Al terminar, mi «moderado» había adquirido una dimensión menos elegante.

—No vamos a quitarte el carnet de independiente —dijo mientras anotaba—. Pero si esperas a que el dolor sea intenso, cuesta más controlarlo. La pauta no es una concesión moral. Úsala como se ha indicado.

—Me lo han dicho.

—Y sigues sin hacerlo siempre.

—Acabamos de conocernos. Es pronto para esta falta de confianza.

Revisó conmigo la medicación, el apetito, las náuseas, el sueño, la orina y el tránsito intestinal.

Explicó que algunos analgésicos podían estreñir y que era mejor prevenir que convertir cada visita al baño en una epopeya.

Me dejó por escrito una pauta sencilla y teléfonos para el horario del equipo y para urgencias. Preguntó quién vivía conmigo.

Antes de continuar, me pidió que le enseñara cómo organizaba las cajas. Yo había distribuido comprimidos en tres cestas rotuladas mañana , noche y por si acaso . Teresa levantó la tercera.

—Esta es demasiado creativa.

—Era directora creativa.

—Ahora necesitas ser directora literal.

Revisamos cada envase, retiramos dos medicamentos antiguos y dejamos las indicaciones en una sola hoja.

Me explicó qué podía tomar según la pauta, qué no debía duplicar y qué cambios justificarían llamar al equipo antes de la visita prevista.

Fiebre, dolor que no cediera con el plan acordado, vómitos persistentes, dificultad para orinar, distensión nueva o no poder evacuar ni expulsar gases no eran pruebas de carácter: eran motivos para pedir ayuda.

—¿Y si llamo y luego no es nada? —pregunté.

—Te diremos que no es nada. Nos pagan igual.

Después me pidió tres objetivos concretos para las semanas siguientes. No aceptó «ser independiente» porque, según ella, no podía medirlo.

—Quiero dormir en mi cama, caminar hasta el paseo y seguir ocupándome de las gatas.

—Eso sí se puede observar. ¿Algo más?

Miré hacia el piso de arriba, donde estaba el escritorio de Aurora.

—Quiero escribir.

—¿Cuánto?

—No abuses de la precisión.

Anotó escribir sin cifra. También preguntó qué síntomas estaba dispuesta a tolerar para mantener claridad mental y cuáles me preocupaban más.

Le dije que no quería pasar el día dormida, pero tampoco quería que el dolor organizara mi horario.

Teresa explicó que ajustar medicación era un proceso, no una elección única entre dolor y conciencia.

—Te preguntaremos a ti —dijo—. La pauta se adapta. No vamos a premiarte por aguantar ni a sedarte porque estés en paliativos.

La naturalidad con que desmontó dos de mis temores me hizo ver cuánto espacio ocupaban sin que yo los hubiera dicho en voz alta.

—Menta y Pimienta.

—¿Algún humano?

—No de forma autorizada.

—¿Familia cerca?

—Mi hermana y mi padre están en Madrid. Tengo una vecina con copia de la llave, aunque oficialmente ya me la ha devuelto.

—Eso no responde del todo.

—Fina entraría por la chimenea si creyera que huelo a gas.

Teresa apuntó su nombre como contacto provisional solo después de pedirme permiso.

Luego explicó que el equipo incluía atención médica y de enfermería, coordinación con el centro de salud y, si lo necesitaba, apoyo social y psicológico.

No sustituían a Laura ni al resto de profesionales.

No venían a sentarse junto a mi cama a esperar un desenlace.

—Los cuidados paliativos son cuidados activos —dijo—. Tratamos síntomas, anticipamos problemas y te ayudamos a mantener la vida que quieres dentro de lo posible. Puedes llamarnos aunque estés caminando, comprando pan y discutiendo con tu familia.

—Sobre todo lo último.

—Suele dar más trabajo que el dolor.

El timbre sonó cuando iba a tomarme la tensión. Esperaba que fuera un paquete. Era Daniel, con dos lamas azules, una bisagra nueva y una bolsa de herramientas.

—Dijiste el sábado —le recordé.

—Hoy es sábado.

Yo había perdido un día entero. Miré a Teresa, después la mochila, la caja de medicación abierta sobre la mesa y el folleto donde se leía Equipo de Cuidados Paliativos Domiciliarios en letras capaces de verse desde el puerto.

—Puedo volver —dijo Daniel.

—No. La bisagra lleva años protestando. Tiene prioridad histórica.

Teresa se presentó sin explicar más. Daniel dejó las lamas junto a la ventana y empezó a desmontar la bisagra de la despensa.

Trabajaba en silencio, pero era imposible fingir que no oía preguntas como «¿has tenido vómitos?

» o «¿el dolor se irradia hacia la espalda?

». Yo respondí mirando a Teresa, consciente de cada movimiento detrás de mí.

Cuando volvió a sonar el timbre, supe que solo podía ser Elena. El universo no desaprovecha una escena cuando tiene presupuesto para todos los personajes.

Mi hermana entró con una carpeta blanca, un bolso enorme y una expresión que habría servido para cerrar un aeropuerto.

—No contestas el teléfono.

—Está en silencio.

—Te he llamado cuatro veces.

—Eso no mejora la cobertura.

Vio a Teresa. Después vio a Daniel arrodillado junto a la puerta de la despensa. Daniel se levantó.

—Elena —dijo él.

Mi hermana tardó unos segundos en reconocerlo.

—¿Daniel Robles?

—El mismo, con piezas nuevas.

—¿Qué haces aquí?

—Una bisagra.

—Claro.

La palabra contenía una investigación completa. Elena miró el folleto de paliativos y se volvió hacia Teresa.

—Soy la hermana de Marina. Necesito saber exactamente cuál es el plan.

Teresa no se movió.

—Necesita preguntárselo a Marina.

—Ella no me cuenta todo.

—Es posible. Sigue siendo ella quien decide qué información comparte.

Admiré a Teresa con una intensidad que quizá no era profesionalmente adecuada.

—Puede quedarse —dije—. Pero no dirigir la reunión.

Elena dejó la carpeta en una silla. Teresa me preguntó si también quería que Daniel permaneciera. La habitación se hizo pequeña. Él ya sabía que algo ocurría, pero no la verdad. Había prometido escucharme después. No quería que la conociera como un dato clínico escuchado desde una escalera.

—Prefiero terminar a solas con mi hermana —dije.

Daniel asintió.

—Voy a por una pieza al taller. Vuelvo luego si te parece.

—Sí.

Menta lo acompañó hasta la puerta, traidora.

Teresa retomó la visita. Elena hizo preguntas sobre nutrición, controles, visitas médicas y qué pasaría si yo empeoraba estando sola. Algunas eran buenas. Me irritó que fueran buenas porque dificultaba reducirla al papel de hermana invasiva.

—De momento Marina es autónoma —respondió Teresa—. Podemos ayudarla a planificar apoyos antes de que los necesite. Y conviene que haya alguien a quien llamar, pero lo hablaremos con ella. No se trata de retirarle decisiones para prevenir todas las posibilidades.

—Tampoco de esperar a una urgencia —dijo Elena.

—Tampoco.

Las dos me miraron. Aquella alianza razonable me pareció una traición.

Elena señaló el folleto.

—¿Esto significa que oncología deja de verla?

—No —respondió Teresa—. La doctora Ferrer seguirá su seguimiento según hayan acordado, y el centro de salud continúa siendo parte de la atención.

Nos coordinamos. Marina ha decidido no iniciar una quimioterapia concreta; no ha renunciado a tratamiento para el dolor, las náuseas, una infección o cualquier otro problema que podamos atender.

—¿Y si cambia de opinión sobre la quimioterapia?

—Hablará con oncología. Esta visita no cierra esa conversación.

Yo apoyé los codos en la mesa.

—No estoy planeando cambiar de opinión.

—No he dicho que lo estés —contestó Elena.

—Lo preguntas delante de mí como si hubiera salido un momento.

Teresa levantó una mano.

—Vamos a acordar algo útil. Las preguntas sobre Marina se hacen a Marina primero.

Las preguntas sobre cómo funciona el equipo me las podéis hacer a mí, siempre que ella quiera que estés presente.

Y si un día Marina no quiere hablar de la enfermedad durante una visita familiar, eso también forma parte del plan.

—Gracias —dije.

—No te emociones. También voy a pedirte que no ocultes un empeoramiento para protegerlas.

Elena casi sonrió. Yo anoté mentalmente que Teresa no pertenecía a ningún bando, lo que probablemente explicaba su eficacia.

—¿Ves? —dijo Elena—. Necesitas que alguien se quede unos días.

—No ha dicho eso.

—Ha dicho que no esperemos.

—He dicho que planifiquemos —intervino Teresa—. Planificar puede significar muchas cosas: llamadas, ayuda doméstica, visitas, adaptar medicación, acordar quién tiene llave. Marina, ¿qué te haría sentir segura sin sentirte invadida?

La pregunta era mejor que todas las órdenes de mi hermana. Pensé en Fina, en Daniel y en la distancia hasta Madrid.