Los días que todavía son míos Capítulo 5. El hombre que reparaba barcos #2
21%

Capítulo 5. El hombre que reparaba barcos #2

Sonrió al recordarla. No había una puerta abierta para que yo entrara en el hueco de otra mujer. Había una vida completa que no me incluía y que él no necesitaba empequeñecer para hacerme sitio en el presente.

—Me habría gustado conocerla —dije, y era verdad.

—Os habríais caído bien después de discutir una hora.

—Entonces nos habríamos caído muy bien.

Bajamos de la embarcación. Esta vez acepté su mano en el último peldaño. El contacto duró lo necesario y un segundo más, aunque quizá ese segundo lo añadí yo al recordarlo.

Daniel preparó café en una cafetera colocada sobre una placa eléctrica al fondo de la nave. Me ofreció una silla de plástico y eligió otra a una distancia prudente. Frente a nosotros, el puerto temblaba bajo el calor. Las drizas golpeaban los mástiles con un tintineo irregular.

Un hombre con gorra entró llevando una bisagra oxidada.

Saludó a Daniel, me miró dos veces y anunció que no quería interrumpir «nada personal».

En menos de treinta segundos supe que se llamaba Paco el Largo, aunque era más bajo que yo, que tenía un bote al que le entraba agua por un lugar «imposible» y que su mujer le había prohibido gastar más dinero.

—La bisagra no tiene relación con la entrada de agua —dijo Daniel después de examinarla.

—Ya, pero estaba fea.

—Entonces dile a Carmen que vienes por estética.

Paco me preguntó si era la sobrina de Aurora. Antes de que respondiera, añadió que me recordaba «más morena y más joven», observación difícil de discutir.

—Yo lo recuerdo más alto —le dije.

Daniel ocultó una risa. Paco se marchó con la promesa de volver con una fotografía de la filtración.

—¿Todo el mundo sabe quién soy? —pregunté.

—Los menores de diez años necesitan que Fina les pase una circular.

La interrupción me mostró la vida diaria de Daniel: encargos pequeños, gente entrando sin avisar, conversaciones que mezclaban madera y matrimonios.

No era el muchacho detenido en mi memoria ni solo el viudo de una fotografía.

Tenía facturas, clientes y una hija que llamaba cuando él olvidaba comer.

—¿Y tú? —preguntó—. Fina dice que dejaste la agencia.

—Fina necesita una cláusula de confidencialidad.

—Fina considera que la confidencialidad impide prevenir accidentes.

—Estuve de baja. Después negocié la salida. Cincuenta y dos años, una indemnización y ninguna intención de volver a discutir si una crema hidratante puede empoderar a una generación.

—¿Te gustaba?

—A veces. Me gustaba escribir. Me gustaba encontrar una frase exacta. Después ascendí y pasé a explicarles a otros por qué sus frases no eran exactas.

—Aurora guardaba recortes de tus campañas.

—Pobre mujer.

—Presumía de ti.

Noté una presión detrás del esternón que no tenía relación con la enfermedad.

—También he encontrado su cuaderno —dije—. El de las novelas que nunca escribió.

—Lo llevaba a todas partes. Una vez se le cayó al agua y lo secó página por página con el secador del pelo.

—Este no parece haberse mojado.

—Tuvo varios.

—¿Varios?

Daniel asintió.

—Quizá Fina sepa dónde están. O quizá Aurora los tiró. No le gustaba conservar lo que le salía mal.

Me sorprendió el alivio. Un cuaderno incompleto era una herencia; varios cuadernos fallidos eran una costumbre. Aurora no había esperado una vida perfecta para escribir. Había empezado muchas veces y había comprado calabacines entre medias.

—¿Tú escribiste? —preguntó Daniel.

—Miles de anuncios.

—No me refiero a eso.

—Entonces no.

—¿Por qué?

—Porque trabajaba. Porque estaba casada. Porque me divorcié. Porque había que pagar una hipoteca, dirigir un equipo, cuidar a mi madre cuando enfermó, ocuparme de papá después. Porque luego enfermé yo. Elige una temporada.

—No hace falta que te defiendas.

—No me defiendo.

—Sigues levantando la barbilla igual que cuando te defiendes.

La bajé por puro desafío. Daniel rio. Hacía calor, el café era malo y una mosca insistía en aterrizar sobre el borde de mi taza. Aun así, me sentía bien allí. Peligrosamente bien.

—Tú también conservas cosas —dije, señalando una caja de metal sobre el banco.

La reconocí antes de que él respondiera. En aquel verano guardaba allí anzuelos, tornillos y cigarrillos que fumábamos a escondidas. Daniel la abrió. Dentro había lijas, un lápiz de carpintero y un sobre amarillento doblado por la mitad.

—No me digas que son cartas antiguas.

—Es una factura de 1997.

—Menos mal. Habría sido insoportablemente romántico.

—Tus cartas están en otra caja.

Me quedé inmóvil. Él mantuvo la mirada un instante y después sonrió.

—Es broma, Marina.

—Eres una persona horrible.

—Tú dejaste de contestar. Alguna ventaja tenía que obtener.

Recordé una de aquellas cartas: el sobre esperando en la bandeja de entrada de mi primer piso de Madrid y yo pasando a su lado durante días. No había sido el correo quien había fallado.

—No se perdieron —dije.

Daniel levantó los ojos.

—Lo imaginaba.

—Lo hice mal.

Giró la taza entre las manos.

—Me dolió entonces. Después viví.

Miré la fotografía de Lucía y Alba a través de la puerta de la embarcación. Treinta años de vida no cabían en la disculpa rápida que yo podía ofrecerle aquella tarde. Asentí y dejamos las cartas donde estaban, en una caja que ninguno abrió.

Una sirena sonó en la lonja. Dos hombres comenzaron a arrastrar cajas sobre la explanada. El mundo continuó con una falta de delicadeza útil.

Daniel me preguntó cuánto tiempo pensaba quedarme. Le dije que no lo sabía. Volvió a preguntar si necesitaba ayuda con la casa. Le hablé de una bisagra de la despensa que chirriaba, una respuesta tan doméstica que consiguió hacernos sonreír a los dos.

—Puedo pasar mañana —dijo.

—Mañana tengo una visita en casa.

—¿El fontanero importante?

—Más importante.

—Puedo trabajar sin molestar.

—Eso está por ver.

Me levanté. La atracción había estado allí toda la tarde, no como una llamarada juvenil, sino como calor acumulado en una pared.

Me gustaba su voz, sus manos, la forma en que hablaba de Lucía y la ausencia de urgencia con que me miraba.

También llevaba dos horas permitiéndole creer que yo disponía de una clase de tiempo que quizá no tenía.

Antes de marcharme, Daniel se apoyó en el marco de la nave.

—¿Te apetece tomar un café mañana? Uno de verdad. En el paseo hay un sitio que no lo quema.

—Acabo de decirte que tengo visita.

—Después.

Pensé en rechazarlo. Pensé en aceptar y no contar nada. Las dos opciones eran formas distintas de cobardía.

—Sí —dije—. Pero antes tengo que explicarte por qué he venido.

Daniel dejó de sonreír, aunque no apartó la mirada.

—De acuerdo.

—No digas que estás de acuerdo hasta que lo sepas.

—He dicho que te escucharé.

Salí del astillero con el rímel un poco corrido por el calor y la certeza de que estaba coqueteando con un hombre al que aún no había contado que recibía cuidados paliativos.

Rechacé que me acompañara porque la conversación del día siguiente ya iba a resultar bastante difícil sin añadirle un paseo protector.

A mitad de camino me senté en un banco y bebí agua.

No lo viví como una humillación. Desde allí podía ver La Aurora dentro de la nave, suspendida sobre soportes, demasiado reparada para llamarla ruina y demasiado quieta para llamarla barco.

Por primera vez desde que llegué al pueblo, el miedo no procedía solo de mi cuerpo.