Capítulo 5. El hombre que reparaba barcos
El destornillador de Daniel permaneció dos días sobre mi mesa.
Era de mango rojo, pesado, con una mancha de pintura azul cerca de la punta. Podría haberle enviado un mensaje. Fina tenía su número y también el de su hija, su primo y probablemente el del hombre que le vendía calcetines. En lugar de eso, el catorce de agosto decidí llevarlo al astillero.
Durante esos dos días empecé a comprobar que vivir en el pueblo no consistía únicamente en abrir ventanas y escuchar el mar.
La panadería cerraba cuando se acababa el pan, no cuando lo decía el cartel.
El camión de reparto ocupaba la calle cada mañana a una hora distinta.
La humedad mantenía las toallas mojadas mucho después de que una persona razonable las habría considerado secas.
A la una, las persianas bajaban una detrás de otra y mi calle adquiría el aspecto de haber sido evacuada.
La primera vez que fui a El Faro sola compré leche, café, bolsas de basura y una sola cebolla. Fina miró la cebolla sobre el mostrador.
—¿Solo una?
—No estoy abasteciendo un restaurante.
—Con una cebolla no se hace nada.
—Se hace media tortilla.
—Eso es una tristeza con huevos.
No añadí otra. Al llegar a casa descubrí que no tenía huevos.
Aprendí también qué sillas del patio daban sombra antes de las once y cuál de los escalones crujía aunque se pisara junto a la pared.
Separé la ropa limpia de la que todavía olía al piso de Madrid.
Coloqué tres libros en la mesilla y no abrí ninguno.
Cada vez que pasaba junto al escritorio de Aurora veía el cuaderno verde, pero encontraba una tarea doméstica que justificaba seguir de largo: doblar una sábana, limpiar una taza, comprobar de nuevo el frigorífico.
A media tarde descansaba. Al principio programaba una alarma de veinte minutos y me despertaba cuarenta después, enfadada con un cuerpo que no respetaba la agenda.
El segundo día no puse alarma. Dormí con la ventana abierta y me despertó una conversación en la calle sobre una sombrilla desaparecida.
Permanecí tumbada hasta averiguar, por el volumen de las voces, que la sombrilla había aparecido en el patio equivocado y que nadie pensaba disculparse.
Daniel no vino. Había dicho que regresaría con las lamas, no cuándo. El destornillador seguía junto al frutero. Una vez lo moví al aparador para que no pareciera colocado deliberadamente a la vista. Diez minutos después lo devolví a la mesa porque en el aparador podía olvidarlo.
El catorce por la mañana barrí el patio, puse una lavadora con cuatro prendas y preparé café.
Después me senté frente al cuaderno de Aurora.
Escribí la fecha en una página aparte, la contemplé durante un minuto y la arranqué.
La mañana no quedó herida por mi fracaso.
Pimienta persiguió una pinza, el ciclo de la lavadora terminó y alguien abrió El Faro levantando la persiana con tres golpes metálicos.
Fue entonces cuando cogí el destornillador.
Me dije que devolver una herramienta era una obligación moral. Me puse rímel para cumplirla.
Elegí una blusa blanca que no había usado desde que llegué y tardé más de lo razonable en decidir si dejarla por fuera o meterla dentro del pantalón.
Al final la dejé por fuera porque la presión sobre el abdomen no negociaba con la coquetería.
Guardé la medicación de rescate en el bolso, anoté la hora de la última dosis y salí antes de poder cambiarme.
Fina me interceptó en la esquina.
—El astillero está hacia el puerto —dijo.
—No te he preguntado.
—Llevas el destornillador de Daniel en la mano.
—Podría estar buscando un tornillo.
—Con rímel.
—Hay tornillos muy exigentes.
Me ofreció acercarme en coche. Rechacé la propuesta; quería caminar y comprobar qué distancia separaba la casa del puerto cuando nadie la medía por mí.
El trayecto duró quince minutos. Bajé por calles donde las fachadas devolvían el calor, crucé junto a la pescadería y descansé con disimulo frente a un escaparate de gafas.
Mi cuerpo permitía el paseo, pero exigía pausas que mi orgullo se empeñaba en llamar interés comercial.
Al llegar al muelle, una ráfaga me pegó la blusa a la piel. Olía a algas secas, gasóleo y madera mojada. Sentí algo parecido a anticipación y tuve que reconocer que no estaba allí solo para entregar una herramienta.
El astillero ocupaba el extremo viejo del puerto, después de la lonja y de una explanada donde las redes se secaban al sol.
No era un astillero como los de las películas, lleno de barcos inmensos y hombres atractivos mirando al horizonte.
Había dos naves de chapa, un cobertizo, cabos amontonados, bidones de barniz y un gato naranja que me ignoró con profesionalidad.
El olor a sal se mezclaba con serrín, resina y gasóleo.
Daniel estaba inclinado sobre el casco de una embarcación de madera.
Llevaba protectores en los oídos y no me vio llegar.
Observé durante unos segundos cómo pasaba una lijadora por una tabla, lento, siguiendo la veta.
Había algo íntimo en ver trabajar a una persona que no sabía que estaba siendo observada.
No intentaba parecer paciente ni competente. Simplemente lo era.
Me acerqué y levanté el destornillador. El gato naranja fue el primero en denunciar mi presencia. Maulló; Daniel apagó la máquina y se quitó los protectores.
—Has venido hasta aquí para traerme eso.
—No quería que acusaras a Pimienta de robo industrial.
—¿No lo robó?
—Lo encontré debajo del sofá. Legalmente no puedo demostrar nada.
Daniel cogió la herramienta. Tenía las manos grandes, con cortes pequeños y polvo adherido a las uñas.
Las recordaba jóvenes y suaves sobre mi espalda.
La memoria, siempre dispuesta a introducir material inconveniente, hizo aparecer una noche de agosto y un cobertizo junto a la playa. Me concentré en el barco.
—¿Es tuyo?
—De mi familia. O lo era. Ahora las deudas de cariño son difíciles de repartir.
La embarcación descansaba sobre soportes. Tendría ocho metros, el casco ancho y una cabina baja. Algunas tablas eran nuevas, claras; otras conservaban un tono oscuro y marcas de años. En la popa, bajo varias capas lijadas, se adivinaban letras.
—¿Cómo se llama?
— La Aurora .
Lo miré.
—¿En serio?
—No por tu tía. Mi abuelo decía que la botaron al amanecer. Aunque también decía que había pescado un atún más grande que el campanario.
—Podemos considerar el nombre pendiente de verificación.
—Lleva así desde 1968. Cambiarlo ahora sería darle una crisis de identidad.
Daniel rodeó el casco y pasó la palma por una junta.
Me explicó que había sustituido piezas dañadas, reconstruido parte de la cubierta y recuperado el motor con ayuda de un mecánico.
Hablaba de la madera como Laura hablaba de mi cuerpo: sin promesas falsas, distinguiendo lo reparable de lo que exigía adaptación. La comparación me incomodó y la aparté.
—¿Cuándo vuelve al agua?
—Cuando esté lista.
—Respuesta de hombre que no quiere poner fecha.
—Respuesta de hombre que trabaja con madera vieja.
—¿Cuánto llevas restaurándola?
—Cinco años.
—Daniel.
—He tenido otros encargos.
—Cinco años es una relación estable.
Él apoyó el destornillador en un banco.
—No sabía que venías a auditarme.
—La publicidad me ha dejado secuelas.
Me mostró el interior. Subí por una escalera corta y él mantuvo una mano cerca de mi codo sin tocarme. Lo vi notar mi lentitud. Yo fingí interés extraordinario por una moldura hasta recuperar el aliento.
Dentro había dos bancos estrechos, un timón desmontado y cajas de piezas clasificadas.
En una repisa descansaba una fotografía plastificada.
Daniel, más joven pero ya con canas, abrazaba a una mujer de pelo corto delante del barco.
Entre los dos había una chica adolescente que sonreía enseñando un aparato dental.
En la pared opuesta había marcas de lápiz con fechas. Daniel me explicó que correspondían a reparaciones importantes: una cuaderna sustituida, la cubierta levantada, el motor fuera y el motor dentro otra vez. Algunas fechas estaban separadas por muchos meses.
—¿Por qué la paraste tanto tiempo? —pregunté.
—Después de morir Lucía empecé para tener algo que hacer con las manos. Luego entendí que trabajaba sin querer terminar. Mientras siguiera aquí, nada cambiaba del todo.
No convirtió la confesión en un discurso. Ajustó una caja que se había desplazado y me mostró una pieza curva hecha a medida.
—Alba fue la primera en decírmelo —añadió—. Dijo que restaurar no servía si no pensaba devolverla al agua.
—Tu hija parece agotadoramente razonable.
—No siempre. A los diecisiete perforó el tabique de su habitación porque quería una puerta propia al patio.
—Eso también es razonable a los diecisiete.
—No para el muro de carga.
Reímos. Agradecí que La Aurora no fuera un altar a Lucía ni un símbolo solemne. Era un barco retrasado por trabajo, duelo, facturas y un hombre que había tardado en decidir qué hacer con él.
—Lucía y Alba —dijo Daniel, siguiendo mi mirada.
—Tu hija.
—Tiene veintiocho. Vive en Valencia. Trabaja en gestión ambiental costera y me explica con mucha paciencia por qué algunas cosas que hacíamos aquí son barbaridades.
—Parece útil tener una hija que fiscalice el negocio familiar.
—Tú le caerías bien.
No pregunté por qué. Miré a Lucía. Tenía una sonrisa amplia y una mano apoyada en el hombro de Daniel. Sabía que él se había casado; Aurora me lo había contado en una llamada muchos años atrás, con la cautela de quien informa de un accidente. Yo había cambiado de tema.
—Siento lo de tu mujer —dije—. Fina me contó que murió.
—Hace seis años.
—No lo supe entonces.
—No tenías por qué saberlo.
Aquello podría haber sonado como un reproche. No sonó así. Daniel tomó la fotografía y limpió con el pulgar una mota inexistente.
—Tuvimos veinticuatro años buenos —añadió—. No todos los días, claro. Nadie soportaría veinticuatro años buenos seguidos. Lucía decía que la felicidad continua era señal de poca atención.