Capítulo 4. La casa de las persianas azules #3
—No has venido de vacaciones —dijo.
No era una pregunta.
—No exactamente.
Daniel miró el archivador, la bolsa de medicación y la forma en que yo mantenía una mano sobre el vientre. Suspiró por la nariz, muy despacio.
—De acuerdo.
—¿De acuerdo qué?
—Que no exactamente.
Retomó el trabajo. No intentó completar mi frase ni pidió la información que yo no estaba preparada para dar. Una hora después, la persiana subía y bajaba con cierta resistencia, pero sin amenazar a los peatones.
—Provisional —dijo—. Volveré con las lamas.
—Todo en esta casa es provisional.
—Lleva cien años en pie.
—Eso demuestra que lo provisional puede tener mucha resistencia.
Antes de guardar las herramientas, Daniel quiso comprobar la ventana del dormitorio que se atascaba con levante. Subimos. Él iba delante y yo protesté cuando redujo el paso en los últimos escalones.
—No voy despacio por ti —dijo—. La escalera cruje.
—Lleva cien años en pie.
—Eso no significa que debamos ponerla a prueba los dos a la vez.
La ventana cedió después de dos golpes secos. Entró una corriente que levantó la sábana del escritorio y dejó al descubierto la madera oscura. Daniel apoyó la mano en el tablero.
—Tu tía escribía aquí.
—Eso decía.
—Escribía. Otra cosa es que terminara.
—¿Leíste algo?
—Una historia sobre una mujer que asesinaba al alcalde con una lubina congelada.
—¿Era una novela o un plan?
—Nunca lo aclaró.
Abrimos el armario. Había tres vestidos de Aurora cubiertos por fundas, una caja de sombreros y un olor persistente a lavanda. Daniel mantuvo la mirada en los objetos sin tocarlos.
—Fina y yo guardamos lo importante después del funeral —dijo—. No sabíamos qué querías hacer.
—Yo tampoco.
—No tienes que decidirlo ahora.
Me sorprendió que no añadiera ninguna pregunta. La gente solía tratar las casas heredadas igual que las enfermedades: pedía un plan para tranquilizarse. Daniel se limitó a ajustar el pestillo y a enseñarme cómo levantar un poco la hoja para cerrarla.
Al bajar, el esfuerzo me dejó sin aire. Él fingió revisar una grieta de la pared mientras yo descansaba en el rellano. Fue una cortesía y una forma de reconocer lo evidente a la vez.
Cuando se fue, Menta caminó hasta el lugar donde él había estado arrodillado y olfateó el suelo. Después se tumbó sobre una viruta de madera.
—No te encariñes —le advertí.
Menta cerró los ojos.
Pasé el resto del día y la mañana siguiente haciendo habitable una habitación cada vez.
La mujer recomendada por Fina, Salomé, había declarado la guerra a los armarios y ganado.
Yo lavé la vajilla de diario, organicé la medicación en la cocina y reservé un cajón para papeles médicos.
No quería que la enfermedad ocupara el aparador entero.
Ya se había apropiado de suficiente espacio.
En el antiguo dormitorio de Aurora encontré su escritorio bajo una sábana.
Era pequeño, de madera oscura, con una pata calzada por un ejemplar de una revista de decoración de 2006.
Los cajones olían a lápiz y lavanda seca.
El último estaba cerrado. La llave pequeña del llavero encajó y, después de hacerla girar con cuidado, encontré facturas, recetas recortadas y un cuaderno de tapas verdes.
Me senté en el suelo para abrirlo.
La primera página decía: Posibles títulos .
Debajo había escrito:
El verano en que arreglé la cisterna.
Memorias de una mujer que compra calabacines y luego no sabe qué hacer con ellos.
Novela seria del mar (cambiar título).
En las páginas siguientes se mezclaban listas de compra, descripciones de vecinos y principios de historias que terminaban a mitad de frase.
Había una mancha circular de café, pétalos prensados y una nota que decía: No guardar la vajilla buena para gente que no ha venido todavía . Después, más de cien páginas en blanco.
Me quedé acariciando el papel con el pulgar.
Aurora había hablado de escribir desde que yo tenía memoria.
La imaginaba llenando cuadernos, no abandonando frases entre una receta de pisto y el teléfono del fontanero.
Sentí ternura y una irritación injusta. Ella había tenido años. Yo no sabía qué tenía.
Dejé el cuaderno sobre el escritorio.
La noche del doce de agosto abrí todas las ventanas.
Las persianas azules quedaron a distintas alturas porque ninguna obedecía del todo.
Entró olor a sal, el ruido de platos de un restaurante cercano, una discusión sobre dónde aparcar y el zumbido de los mosquitos gigantes anunciados por Fina.
La casa no era un refugio silencioso. Era una casa metida dentro de un pueblo vivo e indiscreto.
Me acosté con Menta a los pies y Pimienta recorriendo el pasillo. Desde la cama oía el mar detrás de los tejados. No sonaba como en las grabaciones para dormir; sonaba irregular, mezclado con motores y una persiana ajena que golpeaba en algún balcón.
Por primera vez en meses no me dormí calculando los días que faltaban para una analítica.
En el escritorio de Aurora, las páginas en blanco esperaron toda la noche sin exigirme nada.