Los días que todavía son míos Capítulo 4. La casa de las persianas azules #2
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Capítulo 4. La casa de las persianas azules #2

La casa conocía mi versión de veintidós años, la que corría descalza por las escaleras para escapar de Aurora cuando le pedía que pusiera la mesa.

Yo quería demostrarle que seguía siendo aquella mujer.

La casa respondió con humedad en las paredes, peldaños estrechos y una cómoda de madera maciza. Era una discusión desequilibrada.

Me tomé la medicación, bebí agua y llamé a una mujer que Fina recomendó para ayudarme con la limpieza dos mañanas por semana. Hacer aquella llamada me dolió más que subir la caja. Aun así la hice.

Salomé apareció aquella misma tarde con un pañuelo anudado en el pelo, guantes amarillos y una radio pequeña. Recorrió la planta baja, abrió armarios y emitió sonidos de desaprobación ante cada mancha de humedad.

—Esto no se limpia en una mañana —dictaminó.

—Tengo más de una.

La frase me salió antes de pensarla. Salomé me miró un segundo y después señaló el techo de la cocina.

—El moho tampoco tiene prisa, pero hay que quitarlo bien.

No preguntó nada. Acordamos que empezaría por el dormitorio y el baño. Yo intenté ayudar a mover un arcón; ella apartó mis manos.

—Si me pagas para limpiar y después tengo que levantarte del suelo, cobro suplemento.

—Me parece una política comercial agresiva.

—Es el mercado.

Me asignó la tarea de clasificar papeles sentada en la mesa.

Durante dos horas trabajamos con la radio encendida.

Entre canciones, Salomé me contó que había limpiado para Aurora durante su último invierno y que mi tía escondía novelas de misterio detrás de los libros de cocina porque no quería que Fina se las pidiera prestadas.

—¿Hablaba de mí? —pregunté, intentando que sonara casual.

—Claro. Decía que eras lista, mandona y que trabajabas demasiado.

—Un retrato equilibrado.

—También decía que algún día vendrías a vivir aquí.

—Eso ya es menos exacto.

Salomé siguió frotando una balda.

—Has venido.

No añadió al final ni cuando ya era tarde . Se limitó a devolver a su sitio una sopera blanca. Al terminar, el dormitorio olía a jabón y la cama tenía sábanas limpias. Pagué el suplemento que no me había cobrado y le pedí que volviera la semana siguiente.

Esa noche Fina trajo tortilla en una fuente cubierta por un paño. Se quedó de pie mientras yo cenaba un trozo en el patio.

—Daniel ha preguntado si el agua funciona —dijo.

—¿Y qué le has contestado?

—Que sí. No le he contado nada que no se vea desde la calle.

—Desde la calle se ve demasiado.

—Por eso aquí ponemos visillos.

Le expliqué que no quería que el pueblo organizara turnos, comida y una versión colectiva de mi historial clínico. Fina apoyó las manos en el respaldo de una silla.

—No puedo impedir que hablen. Puedo impedir que entren. Y puedo decirles que si traen croquetas, las dejen en mi tienda.

—Eso suena a apropiación indebida.

—Es una tasa de gestión.

Acepté el acuerdo. No era privacidad perfecta, pero tampoco estaba en Madrid. Allí los vecinos podían ignorarte durante diez años y descubrir que habías muerto por una nota en el ascensor. En Puerto de las Salinas tendría que aprender a cerrar algunas persianas sin bajar todas.

Dormí mal la segunda noche, la primera con la casa medio habitable.

El colchón crujía, los mosquitos habían encontrado un hueco en la tela metálica y cada sonido de la calle me parecía una llamada.

A las tres, un grupo regresó de las fiestas de otro pueblo cantando una canción de 1987 con más entusiasmo que afinación.

A las cinco, los camiones de la lonja. A las siete, las campanas.

Me levanté irritada y descubrí el patio cubierto por una luz rosa que no existía en Madrid entre mis edificios.

Preparé café, corté uno de los melocotones de mi padre y comí la mitad con los pies descalzos sobre las baldosas frescas.

Menta observaba una lagartija. Pimienta había encontrado la pequeña llave del llavero de Aurora y la empujaba hacia un desagüe.

—Eso abre algo —le dije, recuperándola.

No sabía qué. La dejé en un cuenco sobre la mesa, otra pregunta doméstica sin urgencia.

La coordinadora del equipo costero llamó esa mañana. Confirmó que Teresa Baeza vendría el día quince y me preguntó si quería que estuviera presente algún familiar. Miré la hora. Elena habría salido ya hacia la oficina.

—De momento, no —contesté.

Anoté la cita en un calendario de Aurora que aún mostraba diciembre de hacía cuatro años.

Cambié la página, escribí Teresa, 10:00 y me sorprendió que una cita médica en aquella cocina no tuviera el mismo peso que en mi piso.

Quizá era porque alrededor había tomates, una gata persiguiendo una llave y el mar sonando al final de la calle.

Daniel llegó a las diez de esa misma mañana con una caja de herramientas.

Llevaba una camiseta gris, pantalones de trabajo y gafas de cerca colgadas del cuello. Menta lo observó desde la mesa. Pimienta metió una pata en la caja en cuanto él la dejó en el suelo.

—Cuidado —dijo Daniel—. Hay tornillos.

—Eso la anima.

Se agachó y cerró la caja. Pimienta se sentó encima.

—¿Cuál es cuál?

—La que te juzga es Menta. La que te roba es Pimienta.

—Buena distribución de funciones.

—Yo me ocupo de decepcionarlas a las dos.

Antes de abrir la caja, Daniel retiró del rellano un cartón lleno de libros y lo dejó junto a la pared del salón.

—Podía moverlo yo.

—Estorbaba en la escalera.

—También puedo decidir qué cosas me estorban.

Daniel miró la caja, después a mí. Durante un instante pareció dispuesto a explicarme que pesaba demasiado. En vez de hacerlo, la devolvió al rellano.

—Entendido —dijo—. Pregunto antes.

—Agradecería que no sonara como una concesión extraordinaria.

—Eso todavía lo estoy aprendiendo.

Daniel inspeccionó la persiana desde dentro y desde la calle. Yo lo seguí con una taza de café, intentando no parecer una mujer que examinaba los hombros de un hombre al que había besado por primera vez en 1996 detrás de una caseta de redes.

—La cinta está pasada y hay dos lamas rotas —dijo—. Hoy la dejo funcionando. Si quieres que quede bien, habrá que cambiar alguna pieza.

—¿Tú puedes hacerlo?

—Sí.

—¿Y cobras o tengo que invitarte a una paella y fingir que compensa?

—Cobro. Las paellas de gratitud suelen salir caras.

—Has aprendido.

—Tú también, supongo.

Nos miramos un instante demasiado largo. Daniel fue el primero en volver a la persiana. No había reproche en su voz, pero yo oí debajo el roce de cartas que no contesté.

Mientras trabajaba, me preguntó por Madrid, por la publicidad y por si seguía escribiendo. Le conté que había dejado la agencia ocho meses atrás, primero por una baja y después porque mi cuerpo no parecía dispuesto a participar en reuniones sobre yogures con propósito. Evité explicar el resto.

—Aurora decía que acabarías publicando novelas —dijo.

—Aurora también decía que aprendería a hacer croquetas sin que explotaran.

—Las suyas explotaban.

—Siempre.

—Pero estaban buenas.

La tía Aurora servía las croquetas abiertas por la mitad y las llamaba «deconstruidas» muchos años antes de que la cocina moderna le diera la razón. Recordarlo con Daniel fue extraño: compartíamos habitaciones del pasado a las que ninguno había entrado durante décadas.

Me agaché para recoger una cinta vieja. El dolor apareció de golpe, más agudo que el día anterior. Me quedé quieta, una mano apoyada en el marco de la ventana.

Daniel dejó el destornillador.

—¿Estás bien?

—Sí.

—No lo parece.

—Es que he envejecido fatal.

No se rio.

—¿Te traigo agua?

—La tengo aquí.

Esperó. Yo odié la atención de su mirada, pero más odié que una parte de mí quisiera apoyarse en ella.

—No tienes que quedarte —dije—. Solo es dolor. Sé qué tomar.

—No he dicho que tenga que quedarme.

Cogió el vaso de la mesa y me lo acercó sin tocarme. Bebí. Cuando la punzada aflojó, me senté.