Capítulo 3. Dos gatas, una maleta y un atasco
El nueve de agosto, a las siete y media de la mañana, metí mi vida en el maletero de un coche y descubrí que mi vida ocupaba demasiado.
La maleta grande no cabía en horizontal por culpa de dos cajas con libros.
Las cajas no cabían en vertical por culpa de un ventilador que Bea consideraba imprescindible.
El ventilador no podía quedarse en Madrid porque Bea me había obligado a prometer que en la casa habría «circulación de aire real y no esa brisa poética que da neumonía».
Además había comida para las gatas, una bolsa de medicamentos, el archivador médico, tres pares de zapatos que no iba a usar y una cafetera italiana envuelta en un jersey.
—Podrías llevar menos cosas —dijo Elena desde la acera.
—Podrías haber venido solo a despedirte.
—Podrías dejarme conducir.
—Podrías empezar todas tus frases de otra manera.
Mi hermana había llegado antes de las siete, sin que yo se lo pidiera, con botellas de agua, fruta cortada y una lista impresa de áreas de servicio.
No volvió a discutir la marcha, pero se dedicó a combatirla logísticamente.
Para Elena, aceptar una decisión consistía en elaborar un protocolo que demostrara que ella habría podido ejecutarla mejor.
Mi padre apareció cinco minutos después con un manómetro para revisar los neumáticos. No se dijeron que se habían puesto de acuerdo. Tampoco hacía falta: los Valdés éramos una familia capaz de organizar una operación de rescate sin mencionar que alguien estaba en peligro.
Menta entró en su transportín después de contemplarlo con desprecio.
Pimienta se agarró al marco con las cuatro patas, arqueó la espalda y emitió un sonido que no había producido en seis años de convivencia.
Entre Elena, mi padre y yo conseguimos introducirla.
Al cerrar la puerta, nos miró con el rencor tranquilo de quien ya está diseñando una venganza.
—Llámame al llegar —dijo mi padre.
—Pararé cada dos horas —añadió Elena.
—Tú no vas en el coche.
—He dicho que pares.
—Y no cargues peso —dijo mi padre.
—La maleta ya está cargada.
—Al llegar.
—¿Queréis turnaros para recordarme que beba agua o vais a hablar a la vez?
Elena cerró el maletero de un golpe. Mi padre acarició el techo del coche como si bendijera una embarcación. Los abracé deprisa. Si me hubiera detenido un segundo más, habría empezado a llorar y ellos lo habrían interpretado como una señal de que debía quedarme.
Salí de Madrid con Menta quejándose en tono grave, Pimienta golpeando la puerta del transportín y una fila de mensajes de Bea que el teléfono iba leyendo a través del manos libres.
«Lleva una rebeca».
«No conduzcas cansada».
«He mirado las reseñas del centro de salud. Hay una queja de 2023».
«La queja es porque cerraron diez minutos antes».
«Aun así».
Desactivé las notificaciones al incorporarme a la autovía.
Durante la primera hora sentí una ligereza que me avergonzó.
Dejaba atrás a mi familia, mi hospital y el piso donde había aprendido a reconocer el tipo de día por el número de pastillas colocadas junto al desayuno.
No huía de ellos, me repetí. No huía de la enfermedad.
Sin embargo, el alivio se parecía demasiado a una fuga como para no producir culpa.
El tráfico se detuvo antes de que terminara la segunda hora.
Una hilera de coches temblaba bajo el sol, las carrocerías brillantes y los motores al ralentí.
El termómetro exterior marcaba cuarenta grados.
El aire acondicionado mantenía una resistencia heroica, aunque expulsaba un olor levemente húmedo que hacía pensar en una toalla olvidada en un gimnasio.
—Esto lo has organizado tú —le dije a Menta—. Querías que no nos fuéramos.
Menta respondió con un maullido largo.
Pimienta, en cambio, guardaba silencio. Me incliné un poco para verla en el retrovisor. Dos ojos amarillos observaban desde la oscuridad del transportín.
Avanzamos nueve kilómetros en cincuenta minutos.
El dolor empezó como una presión baja, una mano cerrándose por dentro.
Apreté el volante. Mi primera reacción fue calcular cuánto podía aguantar sin parar; la segunda fue escuchar a Laura diciéndome que mi escala era sofisticada.
Tomé la salida siguiente, estacioné en un área de servicio y esperé unos minutos con el motor encendido hasta que la medicación que llevaba pautada empezó a hacer efecto.
Aquella parada no era una derrota, aunque tuve que repetírmelo porque mi cuerpo llevaba tres años convirtiendo cualquier cambio de plan en un examen moral.
Cuando me sentí mejor, aparqué bajo una marquesina y fui a revisar a las gatas. Abrí la puerta trasera solo lo suficiente para introducir una mano. Menta aceptó agua en un cuenco plegable. Pimienta retrocedió hasta el fondo.
—Vamos, pequeña. Solo quiero comprobarte.
Una familia se instaló en el coche contiguo.
Dos niños gritaban por un helado. La madre abrió todas las puertas y una ráfaga de aire caliente levantó una servilleta que cruzó entre mis piernas.
Me agaché instintivamente. En ese mismo segundo, Pimienta golpeó la puerta de su transportín.
El cierre, que yo creía asegurado, saltó.
Vi una sombra negra pasar sobre mi brazo.
—No.
Pimienta cayó al asfalto, se escurrió bajo el coche y desapareció hacia una franja de arbustos secos.
—¡Pimienta!
Los niños dejaron de discutir y me señalaron con los helados. Me arrodillé junto a una rueda, sin importarme el suelo abrasador, pero solo vi grava y una bolsa de plástico. La presión en la pelvis regresó al incorporarme demasiado deprisa.
—¿Se le ha escapado el gato? —preguntó la madre.
—No. Estoy ensayando una búsqueda absurda a cuarenta grados.
La mujer, para su mérito, no se ofendió.
—Niños, mirad por detrás de los setos.
En menos de dos minutos, la operación incluyó a la familia, un camionero con chaleco fluorescente, una pareja francesa y una empleada de la gasolinera que agitaba una lata de atún.
Yo llamaba a Pimienta con una dulzura que no sentía y pensaba que si la perdía allí tendría que regresar a Madrid sin ella, o quedarme a vivir para siempre en aquel área de servicio, o morir de culpa antes de que el cáncer pudiera atribuirse el mérito.
—La he visto —gritó uno de los niños—. ¡Está en la máquina!
—¿Qué máquina?
Señaló una estructura lateral donde había máquinas expendedoras protegidas del sol. Detrás de una de ellas asomaba una cola negra.
Me tumbé en el suelo. Pimienta estaba encajada entre la pared y el aparato, cubierta de polvo, mirándome con una mezcla de pánico y satisfacción.
—Ven aquí.
No se movió.
—Tengo comida.
Parpadeó.
—Tengo tu ratón de tela.
Se lamió una pata.
—Te prometo que si sales no vuelvo a llevarte a ningún sitio en toda tu vida.
El camionero se agachó a mi lado.
—Eso no se lo va a creer.
—No necesito asesoramiento contractual.
La lata de atún resolvió lo que el amor no había conseguido.
Pimienta avanzó unos centímetros, olfateó y, cuando tuvo la cabeza al alcance, la agarré por el pellejo y el cuerpo con una maniobra poco elegante.
Me clavó las uñas en la camiseta. Yo me senté en el suelo abrazándola mientras la pequeña multitud aplaudía.
—Gracias —dije, sin saber a quién.
—Se llama Pimienta —explicó uno de los niños a la pareja francesa, como si él la conociera de antes.
Introduje a la gata en el transportín, reforcé la puerta con dos bridas que encontró el camionero y compré seis latas de atún que no necesitaba. Cuando llamé a Elena para contarle que había parado, omití el incidente. La sinceridad familiar tiene límites razonables.
Antes de llamar, permanecí un rato en una mesa de plástico junto a la gasolinera.
Tenía polvo en las rodillas, un arañazo en el antebrazo y la camiseta pegada a la espalda.
La madre de los niños me trajo una botella fría sin preguntar y dejó que el menor vigilara los transportines desde una distancia que él consideraba profesional.
—Mi hermana dice que una vez se le escapó un gato en una mudanza —me contó—. Apareció tres días después dentro de un armario de la casa vieja.
—No sé si eso pretende tranquilizarme.
—No mucho, la verdad.
Se llamaba Inés y viajaba con sus hijos a ver a sus padres. No le expliqué mi enfermedad ni por qué yo llevaba un archivador médico junto a las latas de atún. Le dije que me mudaba temporalmente a la costa.
—Qué bien —respondió—. Siempre he querido hacer eso.
Estuve a punto de contestar que no era tan envidiable como parecía, que había una masa creciendo dentro de mí y una palabra nueva pegada en la nevera. Me detuve. También era verdad que me mudaba a la costa. No todos los hechos necesitaban cancelar a los demás.
El niño mayor me mostró una fotografía que había hecho durante el rescate. Yo aparecía sentada en el suelo, abrazando a Pimienta, con el pelo deshecho y una expresión salvaje. Le pedí que la borrara. Luego cambié de opinión y se la envié a mi teléfono.
—Para demostrar que fue ella —expliqué.
—Se ve claramente que mandaba el gato —dijo Inés.
Nos despedimos cuando la familia volvió al coche. Guardé la fotografía sin mandársela a Elena. Tener un secreto ridículo y no médico me devolvió una pequeña sensación de normalidad.
—¿Cómo estás de dolor? —preguntó.
—Bien.
—¿Bien normal o bien tuyo?
—He tomado lo pautado y ha cedido.
Hubo un silencio. Aquella respuesta era tan sensata que le había desordenado el discurso.
—Vale —dijo por fin—. Avísame en la siguiente parada.
—Vale.
—Y comprueba el cierre de los transportines.
Miré las dos bridas.
—Elena, a veces das miedo.
Regresé a la carretera. El paisaje fue cambiando sin pedir permiso: la llanura amarilla dejó paso a montes bajos, después a huertos, naves agrícolas y carteles con nombres que recordaba de los veranos de infancia.
Con cada kilómetro, el cielo parecía ensancharse.
Cuando la autovía descendió hacia la costa, vi al fondo una línea brillante.