Capítulo 3. Dos gatas, una maleta y un atasco #2
La última vez que había recorrido aquella carretera fue el día del entierro de Aurora.
Elena conducía y mi padre repetía que debíamos volver antes de que anocheciera.
Entramos en la casa para recoger documentos, cerramos cajones sin mirarlos y nos llevamos una caja de fotografías que seguía precintada en mi trastero.
Fina preparó café. Daniel asistió al funeral, aunque yo lo vi solo desde lejos, entre dos grupos de vecinos. A las seis ya regresábamos a Madrid.
Durante meses conté que no me había quedado porque tenía una presentación importante. Era cierto. También era cierto que la presentación se aplazó y que pasé aquella noche sola, revisando diapositivas sobre una cadena hotelera mientras las llaves de Aurora descansaban en el bolso.
Ahora llevaba en el asiento trasero medicamentos suficientes para varias semanas y una derivación médica.
La culpa intentó decirme que volvía demasiado tarde, que solo había sabido elegir la casa cuando las demás opciones se estrechaban.
Bajé la ventanilla unos centímetros. Entró aire caliente y olor a tierra regada.
—Llegamos cuando llegamos —dije.
Menta maulló. Decidí tomarlo como una opinión filosófica y no como una protesta por el aire acondicionado.
En la siguiente parada sí llamé a mi padre. Me preguntó por las ruedas y si el coche hacía algún ruido. Después, en una pausa poco habitual, dijo:
—Tu tía estaría contenta.
—Espero que no vea el estado de sus plantas.
—Aurora mataba todas las plantas.
—Eso mejora las expectativas.
No hablamos de por qué me iba. Tampoco hizo falta durante aquel minuto. Al colgar, anoté la hora de la medicación en el cuaderno que me había dado Laura y bebí agua aunque no tenía sed. Cumplir indicaciones por decisión propia se parecía menos a obedecer de lo que yo había temido.
No sentí una revelación. Sentí hambre, cansancio y un pinchazo en la espalda por haber pasado demasiado tiempo al volante. También olí sal antes de ver el pueblo, o creí olerla, porque la memoria tiene buen departamento de marketing.
Puerto de las Salinas no era tan hermoso como en la postal.
A las cuatro de la tarde tenía las persianas bajadas, contenedores llenos y un perro que dormía a la sombra de una motocicleta.
La humedad convirtió el calor en una tela pegada a la piel.
En la calle principal, tres terrazas estaban cerradas y un cartel prometía helados artesanos junto a una fotografía de 1998.
Me gustó de inmediato.
El navegador intentó enviarme por una calle cerrada con bolardos. Di dos vueltas alrededor de la plaza y acabé preguntando a un hombre que regaba la acera con una manguera. Reconoció el apellido Aurora antes que el mío.
—La casa de las persianas azules. Baja hasta El Faro y gira donde estaba la cabina de teléfonos.
—¿Dónde estaba?
—Al lado del banco que quitaron.
Las indicaciones locales exigían conocimientos arqueológicos.
Finalmente vi el rótulo de El Faro, la fachada de la tienda medio oculta por cajas de melones y, detrás, la calle estrecha.
Aparqué demasiado lejos del bordillo y tuve que repetir la maniobra mientras un hombre sentado en una puerta me orientaba con gestos contradictorios.
Antes de apagar el motor llamé a Elena. No contestó. Le mandé un mensaje: Hemos llegado las tres. Sin incidencias importantes .
Pimienta golpeó las bridas del transportín.
—He dicho importantes.
El reloj del coche marcaba cuatro horas más de las que había calculado.
Estaba agotada y la pelvis me dolía de permanecer sentada, pero al fondo de la calle se veía una franja de mar.
Me permití mirarla antes de descargar nada.
No había llegado para empezar una vida nueva.
Había llegado con la vida que tenía, arañazos incluidos.
Apagué el motor. Durante unos segundos, después de tantas horas de carretera, el silencio pareció moverse todavía debajo de mis pies.
La casa de Aurora se encontraba en una calle que bajaba hacia el mar, estrecha y encalada, con macetas secas en algunas ventanas y cables cruzando el cielo. La fachada seguía blanca. Las persianas, azules, habían perdido color hasta parecer pintadas con agua.
Aparqué delante, saqué a las gatas y abrí la puerta. Salió a recibirme un aire que olía a cuatro años sin vida dentro: humedad, polvo, madera y el resto remoto del perfume de mi tía. Dejé los transportines en el recibidor, levanté las cortinas y fui directa al grifo de la cocina.
No salió agua.
Probé el baño. Nada. Abrí y cerré llaves como si la insistencia fuera una técnica de fontanería.
—Perfecto —dije en voz alta—. La libertad empieza con deshidratación.
Menta se negó a salir del transportín. Pimienta, que ya había agotado su cuota de prudencia del año, comenzó a explorar.
Fui al salón y tiré de la cinta de la persiana principal. Al principio no ocurrió nada. Tiré con más fuerza. La persiana subió medio palmo, emitió un crujido y se desplomó torcida dentro del cajón. Una lama quedó colgando hacia la calle con aire de lengua azul.
El golpe hizo eco en la casa y en la acera.
—Eso ha sonado caro —dijo una voz de hombre desde fuera.
Me quedé inmóvil.
A través de la abertura irregular vi unas piernas, unas botas manchadas de serrín y una mano que levantaba la lama con cuidado.
Me agaché para mirar. El hombre dio un paso atrás.
Tenía el pelo gris en las sienes, la piel tostada y unas arrugas que no estaban allí la última vez que lo vi.
Yo tampoco conservaba la cara con la que él podía recordarme.
Nos observamos a través de una persiana rota, que no era el marco que habría elegido para un reencuentro después de treinta años.
—¿Marina? —preguntó Daniel Robles.
Detrás de mí, Pimienta volcó el cuenco vacío del agua.
—Hola, Daniel —dije—. ¿Sabes algo de persianas?