Capítulo 2. Una decisión sin aplausos #2
—Eso elimina casi todas mis competencias.
—Puedes traer café. Puedes hablarme de otras personas. Puedes quejarte de tu jefe sin añadir que tus problemas no son nada comparados con los míos.
—Mi jefe es un imbécil incluso frente a una catástrofe cósmica.
—Exacto.
Bea miró alrededor y vio las llaves sobre el escritorio.
—¿Son las de Aurora?
Asentí.
—Siempre decías que algún día te quedarías allí a escribir.
—También decía que aprendería italiano.
—Sabes pedir vino y preguntar dónde está el baño. Para una escritora, es suficiente argumento.
No me propuso que me fuera. Solo tomó la llave con la sardina azul, la hizo girar entre los dedos y la dejó otra vez sobre la mesa. Ese gesto hizo que la casa dejara de parecer una idea imposible y se convirtiera en un lugar al que se podía llegar por carretera.
Antes de marcharse, Bea se llevó el libro motivacional. Dejó los girasoles, las galletas y una bolsa de playa antigua que yo había olvidado en su casa hacía años.
—Por si cambias la esperanza de sitio —dijo.
No sabía todavía dónde colocarla, pero la bolsa olía a crema solar y a veranos en los que el futuro no necesitaba formularios.
Abrí el cajón del escritorio. Pimienta apareció al oír deslizarse la madera y metió la cabeza dentro con el entusiasmo de una ladrona profesional.
Aparté recibos, pasaportes caducados y una caja de grapas.
Debajo encontré el llavero de la tía Aurora: una sardina de metal azul, dos llaves grandes y una pequeña que nunca había sabido qué abría.
La casa de Puerto de las Salinas era mía desde hacía cuatro años.
Había pagado impuestos, una reparación de tejado y facturas mínimas de electricidad sin haber pasado allí una sola noche.
Cada primavera decía que iría a ventilarla.
Cada verano surgía algo más urgente. Después llegaron la recaída, los tratamientos y la superstición de que hacer planes para después podía provocar que el después no llegara.
Pimienta atrapó con los dientes un marcador verde y salió corriendo.
La perseguí por el pasillo hasta que el dolor pélvico me obligó a parar.
Me apoyé en la pared, respiré despacio y esperé a que cediera.
La gata regresó por iniciativa propia, dejó el marcador a mis pies y me miró como si acabara de demostrar un principio científico.
Volví al escritorio. Menta seguía tumbada sobre los informes. Debajo de una pata asomaba un folleto de la unidad de paliativos.
Guardé las llaves en el bolso.
Durante los dos días siguientes hice llamadas.
No muchas; las necesarias. La coordinadora del hospital confirmó que podían derivarme al equipo domiciliario que cubría la zona de Puerto de las Salinas y que mi centro de salud de allí participaría en el seguimiento.
La doctora Ferrer me llamó para comprobar cómo estaba y volvió a recordarme que no tenía que decidir nada para siempre.
Yo le dije que no estaba huyendo del hospital, solo cambiando de domicilio.
Me ajustó la pauta para el dolor y me hizo prometer que no esperaría a estar doblada para utilizarla.
Después hice una lista de lo que necesitaba llevar.
Medicación, informes, ropa cómoda, cargadores, comida para las gatas, la postal.
Escribí cuadernos y lo taché porque sonaba pretencioso; luego lo añadí otra vez.
Abrí el armario y pasé la mano por los trajes de trabajo.
Cada chaqueta conservaba la forma de una mujer que creía que mostrarse impecable podía protegerla de casi todo. No guardé ninguna.
Sí metí una camisa de seda que nunca llevaba porque requería plancha, un bañador y unos pendientes demasiado largos. No tenía planes para esas cosas. Precisamente por eso me parecieron importantes.
Bea vino a ayudar y convirtió el salón en un control aeroportuario. Pegó etiquetas a las cajas, preparó un botiquín duplicado y quiso incluir seis velas «para dar ambiente».
—La casa tiene instalación eléctrica —le recordé.
—Las velas no dan luz. Dan intención.
—Mi intención es no incendiar una vivienda antigua.
Nos quedamos con una.
Cuando encontró la postal sobre el escritorio, la colocó en el bolsillo exterior de mi bolso.
—Para que no vuelva a pasar cuatro años escondida en la cartera.
No le dije que yo también llevaba cuatro años escondida. Cerramos la primera caja juntas y, al escribir libros en la tapa, Bea añadió debajo: y otras cosas que por fin vas a abrir .
Elena apareció con una carpeta nueva y descubrió una maleta abierta sobre la cama.
—¿Qué haces?
—Practico la emigración interior.
—No puedes irte ahora al pueblo.
—Parece que sí. Las carreteras siguen operativas.
—Estás reaccionando. Necesitas tiempo.
—He necesitado cuatro años para ir a una casa que es mía.
—¿Y si te encuentras mal?
—Habrá un equipo. Lo he organizado.
—Sin decírmelo.
—No necesitaba tu autorización.
Elena dejó su carpeta sobre la cama. Menta saltó encima de inmediato. Pimienta, quizá animada por el éxito anterior, robó el marcador naranja que sobresalía del bolsillo lateral y desapareció bajo el armario.
—Esto es impulsivo —dijo mi hermana.
Miré las llaves azules en mi mano. Pesaban más de lo que debían.
—No, Elena. Impulsivo habría sido ir hace cuatro años.
Fuera pasó el camión de la basura y Menta levantó una oreja. Incluso una decisión enorme tenía que convivir con el ruido ordinario de un jueves.
Cerré la maleta. Por primera vez desde la consulta, el ruido de una decisión encajando en su sitio se pareció al de una puerta que se abría.