Capítulo 2. Una decisión sin aplausos
Contárselo a Elena fue más difícil que decidirlo.
La decisión había ocurrido en una consulta refrigerada, frente a datos que cabían en columnas.
Mi hermana, en cambio, no cabía en ninguna columna.
Llegó a mi casa a las nueve y diez de la mañana del día siguiente con una bolsa de cruasanes, dos cafés y la sospecha visible de que yo le ocultaba algo.
—No he dormido —dijo antes de besarme—. Ayer no me llamaste al salir.
—Buenos días a ti también.
—Te mandé seis mensajes.
—Cinco. El sexto era una captura del tiempo.
—Era para que supieras que bajaban las temperaturas.
Fuera había treinta y ocho grados. Elena consideraba la meteorología una forma aceptable de vigilancia.
Menta la recibió desde el aparador con la expresión de una condesa a la que acabaran de presentar a una arrendataria. Pimienta inspeccionó la bolsa de bollería y decidió que Elena merecía una oportunidad.
Nos sentamos en la cocina. Yo había ensayado tres versiones durante la noche.
La breve: La enfermedad ha progresado y he decidido no seguir con quimioterapia .
La pedagógica: cinco minutos sobre riesgos, beneficios y atención paliativa.
La tranquilizadora: una colección de frases que empezaban por no te preocupes y terminaban por convertirme a mí en la encargada de consolarla.
Elegí la breve.
—La masa ha crecido. Queda una quimioterapia, pero la posibilidad de que ayude es muy pequeña y puede dejarme hecha polvo. He decidido no empezarla. Voy a seguir con la oncóloga y me derivan a cuidados paliativos para controlar los síntomas.
Elena no tocó el café. Primero se quedó quieta. Después abrió mucho los ojos y por último se puso en movimiento, que era su manera natural de gestionar el terror.
—¿Qué quimioterapia? ¿Qué porcentaje? ¿Han revisado el estudio molecular? ¿Te habló del ensayo de Barcelona?
—Buenos días, Elena. Sí, yo también me alegro de verte.
—No hagas bromas ahora.
—Si me prohíbes las bromas, tendré que afrontar la realidad y no creo que ninguna de las dos esté preparada.
Sacó el móvil.
—Llamo a la doctora Ferrer.
Puse la mano sobre la pantalla antes de que desbloqueara.
—No.
—Solo quiero que me lo explique.
—Me lo explicó a mí.
—Pero estabas sola.
—Estaba enferma, no incapacitada.
Elena apartó el teléfono. Vi cómo le temblaban dos dedos y odié que eso ablandara mi enfado. Querer a alguien es una forma muy poco práctica de discutir.
Le conté lo que Laura había dicho. Las probabilidades bajas, el riesgo de infecciones, el agotamiento, la posibilidad de que el tiempo obtenido —si lo había— transcurriera alrededor de un hospital.
Aclaré tres veces que no había rechazado toda atención médica y dos que cuidados paliativos no significaba que me mandarían a casa con una campanilla y buenos deseos.
—Hay centros privados —dijo—. Hay segundas opiniones. No puedes tomar una decisión así en una tarde.
—Llevo tres años tomando decisiones así.
—No esta.
—No. Esta es nueva.
—¿Y si funciona?
—¿Y si no?
—Al menos lo habrías intentado.
La frase me golpeó con más fuerza de la que Elena pretendía.
—¿Intentado qué? ¿Demostrar que me esfuerzo lo suficiente? No me dan una medalla por llegar al final sin defensas y sin poder levantarme del sofá.
—Yo no he dicho eso.
—Lo has dicho con mejor tipografía.
Se levantó y caminó hasta la ventana. En el alféizar había una albahaca medio muerta que Bea me había regalado con la afirmación optimista de que era imposible estropearla. Elena pellizcó una hoja seca.
—No quiero perderte porque no hayamos buscado bastante.
—No me vas a perder por no haber abierto suficientes pestañas en Google.
Fue cruel. Lo supe al pronunciarlo. También supe que si pedía perdón en aquel momento, Elena lo utilizaría como una rendija para volver a discutir mi decisión. Me bebí el café ya templado y dejé que el silencio hiciera el trabajo sucio.
Antes de marcharse, mi hermana recogió los informes que yo había dejado sobre el escritorio del salón.
—Quiero copias.
—¿Para qué?
—Para revisar opciones.
Menta saltó desde el aparador, cruzó la habitación con una lentitud ceremonial y se tumbó justo encima de la carpeta.
—La jefa de documentación ha denegado tu solicitud —dije.
Elena no se rio. Acarició a Menta detrás de las orejas y la gata cerró los ojos con la deslealtad propia de su especie.
—Voy a volver esta tarde.
—No hace falta.
—No era una pregunta.
—Pues practica. A partir de ahora vas a necesitar hacerme muchas.
Se marchó con un cruasán intacto y el café vacío. Consideré que, dadas las circunstancias, aquello podía calificarse como una negociación.
Mi padre llegó a las seis con cuatro kilos de melocotones.
No le había llamado yo. Elena había respetado mi derecho a comunicar la noticia durante aproximadamente dos horas y media.
Ernesto Valdés tenía setenta y nueve años, una espalda todavía recta y la convicción de que ninguna desgracia era del todo invencible si uno llevaba suficiente fruta.
Dejó la caja en la encimera, comprobó el cierre de una ventana que no le había pedido que comprobara y me preguntó si el aire acondicionado hacía un ruido raro.
—Papá.
—No digo que esté roto. Digo que convendría limpiar el filtro. Mañana suben dos grados.
—Elena te lo ha contado.
Se quitó las gafas, las limpió con el borde de la camisa y volvió a ponérselas.
—Me ha dicho que esa doctora no quiere darte tratamiento.
—No es eso.
Repetí la explicación. Mi padre escuchó mirando los melocotones, como si uno de ellos fuera a formular la pregunta correcta.
—Podemos ir a una clínica privada —dijo al final—. El dinero no es problema.
—Gracias, pero no se trata de dinero.
—En Navarra hay una muy buena. Y en Houston…
—Papá, no voy a ir a Houston.
—Por preguntar no pasa nada.
—A veces sí. A veces pasa que empleas los días en preguntar en sitios donde te dicen lo mismo con una factura distinta.
Se sentó frente a mí. Parecía más pequeño sin la caja entre los dos.
—Entonces, ¿qué vas a hacer?
—Cuidarme. Tratar el dolor. Estar en casa. Hacer cosas mientras pueda.
—Eso no es un plan.
—Sí lo es.
—Podemos pagar lo que haga falta.
—Ya lo sé.
Volvió a levantarse. Abrió mi frigorífico, distribuyó los melocotones en el cajón de la fruta y retiró un yogur caducado con un gesto acusador. Después lavó dos piezas, las cortó y dejó los trozos en un plato.
—Tienes que comer —dijo.
—Estoy comiendo.
—Eso dice tu hermana que no.
—Mi hermana considera que una comida no existe si no incluye un primer plato, un segundo y una evaluación posterior.
Mi padre empujó el plato hacia mí. Cogí un trozo. El melocotón estaba frío, firme y dulce. Él esperó hasta verme tragar.
—El domingo dan tormentas en la sierra —dijo.
No pronunció cáncer , paliativos ni muerte . Me habló del calor, de un vecino que había cambiado el coche y de la necesidad de revisar la presión de mis ruedas. Antes de salir, dejó doscientos euros debajo del frutero. Los encontré cuando el ascensor ya se había cerrado.
Me apoyé en la puerta y lloré durante exactamente cuarenta segundos. Después guardé el dinero en un sobre con su nombre, porque hay orgullos que una conserva incluso cuando ya no sirven para nada.
Bea eligió la videollamada.
Apareció en la pantalla con unas gafas enormes, un pañuelo estampado y un fondo virtual de palmeras que se recortaba mal alrededor de su pelo.
—Estoy en un taxi —anunció—. Voy a verte, pero necesito que me digas antes si puedo llorar al llegar o prefieres energía positiva.
—Preferiría que quitaras las palmeras. Me están dando mareo.
—No son palmeras, es Tulum.
—Eso lo empeora.
Bea desactivó el fondo y apareció el asiento trasero del taxi.
—He hablado con una mujer cuyo cuñado tenía un cáncer que le dijeron que era intratable y ahora hace triatlones.
—¿El cuñado o el cáncer?
—Marina.
—Bea.
—Solo digo que nunca se sabe.
—Precisamente porque nunca se sabe, no quiero pasar el tiempo que tengo persiguiendo al cuñado de una mujer que no conozco.
—No puedes perder la esperanza.
—Puedo cambiarla de sitio.
La frase la dejó callada. Bea era relaciones públicas y consideraba el silencio un fallo técnico.
—¿De sitio adónde?
No supe responder. Miré alrededor. Mi piso estaba lleno de cosas elegidas para una vida que siempre iba a empezar después del siguiente tratamiento, del siguiente proyecto o del siguiente trimestre.
En el escritorio se acumulaban carpetas médicas.
En la librería había novelas que prometía leer durante unas vacaciones futuras.
Al fondo de un cajón dormía un juego de llaves que no utilizaba desde hacía cuatro años.
—Te llamo luego —dije.
—Estoy llegando.
—Pues dile al taxi que dé una vuelta a la manzana.
—¿Estás sola?
—Estoy con dos gatas y cuatro kilos de melocotones. Técnicamente, no queda sitio para nadie más.
Colgué antes de que pudiera organizarme una intervención emocional.
Bea llamó al timbre seis minutos más tarde.
Había abandonado las gafas de sol, pero traía un ramo de girasoles, una bolsa de una tienda ecológica y los ojos hinchados. Entró sin hablar, dejó todo en el suelo y me abrazó. El abrazo duró tanto que Menta se acercó a investigar si aquello constituía una emergencia doméstica.
—No voy a decirte que luches —murmuró Bea contra mi pelo.
—Gracias.
—Ni que seas fuerte.
—Gracias.
—Ni que todo pasa por algo.
—Si dices eso, te tiro por el balcón.
—Vivimos en un tercero. Me harías daño.
Nos separamos. Bea se secó la cara y abrió la bolsa. Contenía jengibre, galletas, una vela que olía a bosque y un libro titulado El poder radical de elegirte .
—He comprado esto antes de hablar contigo —se justificó—. Podemos quemarlo con la vela.
—El jengibre me lo quedo.
Preparamos té y nos sentamos en el suelo del salón porque Menta continuaba ocupando los informes y Bea no quiso moverla. Le repetí la conversación con Laura. Esta vez no me interrumpió con testimonios de curaciones. Cuando terminé, se abrazó las rodillas.
—Tengo miedo de decir algo mal.
—Vas a decir muchas cosas mal. Yo también.
—¿Y qué hago?
—No conviertas cada día en una campaña para animarme.