Capítulo 1. La consulta de las cinco y cuarto #2
—La enfermedad seguirá su curso. No sé a qué velocidad.
Podemos vigilar y tratar los síntomas. Es posible que aumenten la presión y el dolor pélvicos, el cansancio o las molestias digestivas y urinarias.
Te explicaremos qué señales requieren que nos llames y cuáles necesitan una valoración urgente.
Ajustaremos medicación y apoyo según lo necesites.
—¿Voy a sufrir?
La pregunta salió más baja que las anteriores. Laura inclinó un poco el cuerpo hacia delante.
—Puede haber síntomas difíciles, y no te prometo que todo sea sencillo.
Sí te prometo que nuestro trabajo será aliviarlos y que no tendrás que manejarlos sola.
Hay muchas medidas para controlar el dolor y otros problemas.
Si algo no funciona, se cambia. Si en casa no puede controlarse bien una crisis, se valora un ingreso.
Paliativos no significa que tengas que aguantar.
Anoté: no aguantar . Rodeé las palabras dos veces.
—¿Y si dentro de una semana me arrepiento?
—Podemos volver a hablar. Elegir no empezar hoy no te obliga a pensar igual para siempre, aunque la posibilidad de recibir tratamiento depende también de cómo estés físicamente. Quiero que decidas con información, no bajo presión. Puedes tomarte unos días.
—¿Tú qué harías?
Era una pregunta injusta y lo sabía. Laura se quitó las gafas.
—No puedo ocupar tu lugar. Puedo decirte que, como oncóloga, creo que es razonable no iniciar esta quimioterapia y priorizar control de síntomas y calidad de vida. Y puedo preguntarte qué significa para ti calidad de vida ahora.
Miré mis dos columnas. En la izquierda había escrito posibilidad baja , defensas , infección , agotamiento , sesiones . En la derecha: síntomas , incertidumbre , paliativos . Ninguna de las dos parecía una buena campaña. No había versión premium de aquello.
Metí la mano en el bolso buscando un pañuelo y saqué la cartera.
Al abrirla cayó una postal antigua. Mostraba el paseo marítimo de Puerto de las Salinas bajo una luz excesivamente azul.
La había comprado cuatro veranos atrás, cuando fui al entierro de la tía Aurora y regresé a Madrid el mismo día. En el reverso no había escrito nada.
Laura esperó.
Pensé en mi pelo. Había vuelto a crecer distinto, más ondulado, como si el cuerpo hubiera aprovechado el desastre para probar un cambio de imagen.
Pensé en el café de la mañana, en el peso caliente de Pimienta sobre el pecho, en el mar que no veía desde el funeral de Aurora.
Pensé en Elena diciéndome que un ciclo más merecía la pena si daba resultado y en mí respondiendo que sí antes de saber qué quería decir exactamente merecer la pena .
—Si empiezo —dije—, puedo pasar semanas sintiéndome peor por una posibilidad muy pequeña de frenar esto.
—Sí.
—Y si no empiezo, no me abandonáis.
—No.
—Seguiré teniendo oncóloga.
—Seguirás teniéndome. Programaremos revisiones según tengan sentido y puedes contactar si cambias de idea o surge un problema.
—Y tendré un equipo para los síntomas.
—Sí.
Cogí la postal y la puse sobre el cuaderno, tapando las dos columnas.
—No quiero empezar esa quimioterapia.
No sonó como yo había imaginado que sonaban las grandes decisiones. No hubo alivio inmediato, ni música, ni una claridad luminosa atravesando las persianas. Sentí miedo. También sentí una pequeña corriente de aire en un cuarto que llevaba demasiado tiempo cerrado.
Laura me preguntó si estaba segura de querer decidirlo ese día.
Le dije que sí, pero acepté que dejara registrada la posibilidad de revisarlo.
Hablamos de la derivación al equipo paliativo, de ajustar el analgésico para no esperar a que el dolor me doblara y de a quién llamar si aparecían vómitos persistentes, fiebre, dificultad para orinar o un empeoramiento brusco.
Me entregó un documento con teléfonos y otro con instrucciones.
Nada tenía aspecto de final. Eran papeles administrativos impresos a doble cara y, por algún motivo, eso me tranquilizó.
—¿Quieres que llamemos ahora a Elena? —preguntó al terminar.
—Todavía no.
—¿Vas a conducir?
—He venido en taxi.
—Bien. No te quedes sola con esto más tiempo del que necesites para entenderlo.
—Soy redactora. Puedo tardar muchísimo en decidir qué versión contar.
—Esta vez prueba con la verdadera.
Nos levantamos. Laura me abrazó solo después de que yo abriera los brazos. Fue un abrazo breve, sin esa presión desesperada con la que algunas personas intentaban transmitirme por contacto todo lo que no sabían decir.
En recepción, la administrativa me pidió la tarjeta de citas. La saqué del sobre. Tenía tachones de meses anteriores, sellos, flechas y una pegatina con mi número de historia. Ella consultó el ordenador.
—La llamarán para coordinar la siguiente revisión y la derivación —dijo—. Hoy no hace falta que reserve sesión.
Me devolvió la tarjeta sin añadir una fecha.
Fuera, Madrid ardía con la indiferencia competente de una tarde de agosto.
Había gente comprando helados, un repartidor discutiendo por teléfono y una mujer que arrastraba a un niño empeñado en saltar todas las líneas de la acera.
Nadie sabía que yo acababa de salir de una consulta sin próxima infusión programada.
Nadie se apartó para dejar pasar mi decisión.
Me senté en un banco a la sombra antes de pedir el taxi. El teléfono vibró dentro del bolso. Elena. Después Bea. Luego otra vez Elena. No contesté. Necesitaba unos minutos en los que la noticia no tuviera que adaptarse al dolor de nadie más.
Saqué los documentos. En uno figuraba la modificación de la pauta analgésica; en otro, la solicitud de valoración por paliativos.
Había un espacio para mi domicilio y otro para el teléfono de una persona de contacto.
Dejé este último en blanco. No porque no tuviera a quién poner, sino porque elegir un nombre convertía la decisión en algo que ya existía fuera de mí.
Una ráfaga levantó la esquina de los papeles.
Los sujeté con la tarjeta de citas, esa colección de fechas que hasta entonces había organizado mi vida.
Durante años había odiado las sesiones y, a la vez, había descansado en la certeza de que alguien me diría cuándo volver.
Ahora la libertad tenía el aspecto poco glamuroso de un formulario incompleto.
Fui a la farmacia del hospital antes de marcharme. La farmacéutica revisó la nueva prescripción, explicó las tomas y me pidió que repitiera cómo iba a utilizarlas. Lo hice sin ironía. Luego guardó los envases en una bolsa blanca, junto a un vasito medidor y una hoja de advertencias.
—Si tiene dudas, llame —dijo.
Era la cuarta persona que me ofrecía un teléfono aquella tarde. Empecé a comprender que dejar una quimioterapia no significaba caer fuera del sistema, aunque el miedo siguiera susurrando lo contrario.
Guardé la tarjeta y sostuve la postal del mar entre los dedos.
Tenía por delante una tarde entera y ningún lugar al que me hubieran ordenado ir.