Los días que todavía son míos
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Capítulo 1. La consulta de las cinco y cuarto
Llevaba por lo menos veinte minutos mirando el reloj de la consulta y todavía me parecía anclado en las cinco y cuarto.
No estaba parado. El segundero seguía avanzando con una disciplina ofensiva, pero mi atención se negaba a abandonar aquella hora, como si también supiera que yo había ido allí a recibir una noticia y considerase de mal gusto precipitarse.
Antes de entrar había pasado cuarenta minutos en la sala de espera, bajo un televisor sin sonido que enseñaba a preparar una ensalada de quinoa.
La enfermera me había pesado, tomado la tensión y preguntado si venía acompañada.
Yo contesté que mi hermana estaba localizable, una fórmula que en realidad significaba que Elena llevaba el móvil en la mano desde las cuatro y media y conocía el número de extensión de la consulta.
Enfrente de mí, una mujer con pañuelo rojo hacía un crucigrama.
A su lado, un hombre sostenía una bolsa con mandarinas y le ofrecía una cada pocos minutos.
Ella las rechazaba sin levantar la vista.
Aquella escena ordinaria me había tranquilizado: si alguien podía discutir sobre fruta mientras esperaba resultados, quizá la vida mantuviera sus costumbres incluso allí.
Yo había abierto la cartera para buscar la tarjeta sanitaria y había rozado la postal de Puerto de las Salinas guardada detrás. No la saqué. Me limité a comprobar el teléfono.
Cuando salgas me llamas , había escrito Elena.
Pase lo que pase , añadió tres minutos después, como si existiera el peligro de que una noticia favorable me hiciera olvidar su número.
Bea había enviado un trébol, dos brazos musculosos y un corazón. Mi padre, una fotografía borrosa de sus tomates. Tres maneras familiares de decir tengo miedo sin utilizar las palabras.
Cuando Laura abrió la puerta y pronunció mi nombre, la mujer del pañuelo rojo escribió una letra en el crucigrama. Me había parecido injusto que alguien conociera una respuesta justo cuando yo iba en busca de la mía.
—¿Estás cómoda, Marina?
La doctora Laura Ferrer lo preguntó con las dos manos apoyadas sobre la mesa. No sobre el teclado, ni sobre el ratón, ni sobre la carpeta azul que contenía las imágenes de mi última tomografía. Sobre la mesa. Aquello fue lo primero que me puso nerviosa.
Los médicos que van a darte una solución miran pantallas.
Buscan valores, comparan fechas, amplían manchas hasta que parecen continentes y pronuncian palabras que terminan en -terapia .
Los médicos que apartan las manos del ordenador van a hablarte de algo para lo que no existe una casilla desplegable.
—La silla tiene vocación de instrumento de tortura, pero yo estoy bien.
Laura sonrió apenas. Llevaba tres años siendo mi oncóloga y ya sabía que, cuando hacía un chiste antes de sentarme, era porque tenía miedo. Aun así, me concedió el derecho a hacerme la graciosa.
—¿Quieres que llamemos a tu hermana? Dijiste que podía estar disponible.
—Mi hermana siempre está disponible para una crisis. Lo lleva en el ADN y en una agenda compartida que yo no he autorizado. Prefiero que hablemos tú y yo.
Asintió. Yo coloqué el bolso sobre mis rodillas y apreté contra ellas el sobre de papel donde guardaba la tarjeta de citas.
Había acudido convencida de que saldría con otra fecha escrita: análisis el lunes, consulta el miércoles, primera sesión el viernes.
Una fila de casillas era un plan; un plan era una barandilla.
No importaba que al otro lado hubiese náuseas, agotamiento o esa sensación metálica que convertía el agua en una cosa que alguien había lavado con monedas.
Si existía una fecha, existía un siguiente paso.
Laura giró la pantalla hacia mí.
—La masa pélvica ha seguido creciendo.
No añadió lo siento de inmediato. Se lo agradecí. Habíamos agotado muchas fórmulas de pésame clínico desde que mi cáncer de ovario decidió reaparecer y convertir la palabra recurrente en una parte estable de mi biografía.
En la pantalla, la imagen parecía una fotografía aérea tomada de noche. Grises, negros, una zona clara que Laura señaló sin dramatismo.
—Aquí. La comparación con la prueba anterior confirma progresión. También explica que notes más presión y que el dolor haya aumentado estas últimas semanas.
—Ha aumentado poco.
Laura me miró por encima de las gafas.
—Según la escala que tú utilizas o según la que utilizamos el resto de los seres humanos.
—Según una escala muy profesional.
—La última vez dijiste «tres soportable» y después reconociste que no habías dormido dos noches.
—Mi tres es sofisticado.
—Tu tres necesita medicación pautada.
Apunté aquello en el cuaderno que había sacado del bolso.
No porque no lo supiera, sino porque escribir me permitía bajar la cabeza.
En la agencia había pasado media vida tomando notas durante reuniones en las que alguien presentaba una catástrofe como una oportunidad de reposicionamiento.
Mi caligrafía era especialmente clara bajo amenaza.
—De acuerdo —dije—. ¿Cuál es la propuesta?
Laura cerró la imagen y abrió una hoja con varias líneas. Reconocí los nombres de tratamientos anteriores. Algunos estaban marcados con fechas; otros, con palabras como respuesta , estabilidad o toxicidad . Mi cuerpo convertido en una memoria de proyecto.
—Nos queda una opción de quimioterapia. Ya hablamos de ella de pasada en la consulta anterior.
—La que dejamos en la recámara.
—Sí. Pero quiero ser muy clara sobre lo que podemos esperar. En tu situación, la probabilidad de que reduzca de forma significativa la enfermedad es muy baja. Podría conseguir una estabilización temporal, pero tampoco tenemos seguridad de eso.
—¿Muy baja cuánto es?
Laura no se refugió en que cada persona era un mundo.
Me dio un intervalo, explicó de dónde procedían los datos y añadió que las estadísticas hablaban de grupos, no de individuos.
Era una probabilidad de una sola cifra o rozándola, según qué criterio se utilizara.
Lo bastante pequeña para que una marca de detergente la escondiera en la letra pequeña, pero no tan pequeña como para fingir que no existía.
—¿Y el coste?
—Puede producir un cansancio importante, náuseas, pérdida de apetito y caída del cabello.
Lo que más me preocupa en tu caso es la toxicidad hematológica: puede bajar tus defensas, aumentar el riesgo de infección, producir anemia y obligarnos a retrasar o suspender ciclos.
Con el estado general que tienes ahora, es posible que el tratamiento te quite mucha autonomía.
Me pasé la lengua por los dientes. De pronto recordé el sabor de las infusiones anteriores con una precisión absurda.
Recordé el sofá de mi salón a las tres de la tarde, las persianas bajadas, Menta acurrucada junto a mis tobillos y yo calculando la distancia hasta el baño como si tuviera que cruzar una frontera.
Recordé a Elena abriendo la nevera y preguntándome qué podía apetecerme mientras yo pensaba que la palabra apetecer pertenecía a otra especie.
—Pero si funciona…
—Si funciona, el objetivo sería frenar la enfermedad durante un tiempo. No curarla.
—Eso ya lo sé.
Lo dije demasiado rápido. Laura dejó que mi mal tono se quedara entre nosotras sin devolvérmelo.
—Lo sé —repitió—. Y también sé que hasta ahora has querido intentar cada opción razonable.
Esta vez, mi valoración es que el beneficio posible es muy pequeño comparado con el daño que puede causarte.
No te diría que es imposible obtener beneficio.
Te digo que yo no te recomendaría empezar esta quimioterapia sin hablar muy seriamente de lo que quieres preservar.
Levanté la vista hacia el reloj. Las cinco y diecinueve. Había logrado escapar de las cinco y cuarto y no me había servido de nada.
—¿Me estás diciendo que no hay nada más que hacer?
—No. —Su respuesta fue inmediata—. Te estoy diciendo que no creo que debamos confundir hacer algo contra el tumor con cuidarte.
Hay mucho que hacer para controlar el dolor, las náuseas, el tránsito intestinal, el sueño, la ansiedad, lo que vaya apareciendo.
Podemos coordinarlo con un equipo de cuidados paliativos y yo seguiré ocupándome de tu seguimiento oncológico.
No desaparecemos porque tú decidas no recibir esta quimioterapia.
La palabra quedó sobre la mesa: paliativos .
Yo la había oído antes. Aparecía en folletos, conversaciones de pasillo y frases pronunciadas en voz más baja. Era una palabra a la que la gente colocaba una sábana encima, como si tuviera la forma exacta de la muerte.
—¿Ahora?
—Ahora es cuando más pueden ayudarte. No son cuidados para los dos últimos días, Marina.
Son atención activa para proteger tu calidad de vida, anticiparnos a síntomas y apoyarte también en casa.
Pueden intervenir mientras sigues siendo autónoma.
De hecho, es mejor que te conozcan antes de que haya una crisis.
—Suena muy sensato cuando lo dices así.
—Es sensato.
—Ya. Qué inoportuno.
Laura sonrió otra vez, esta vez con tristeza. Me ofreció agua. Bebí un sorbo y estaba tibia, pero sabía a agua, lo cual me pareció de pronto un privilegio desproporcionado.
Abrí el cuaderno por una página nueva y tracé una línea vertical. A la izquierda escribí quimio . A la derecha, no quimio . Era una costumbre de mi profesión: si un dilema amenazaba con destrozarte, lo convertías en dos columnas y le dabas un título de diez puntos.
—Quiero preguntarte cosas desagradables.
—Pregunta todas.
—Si la recibo, ¿cuánto tiempo puedo ganar?
—No puedo darte una cifra individual. Incluso entre quienes responden, el beneficio puede ser limitado. Y parte de ese tiempo podría transcurrir entre sesiones, analíticas, efectos secundarios o ingresos si hay complicaciones.
—Si no la recibo, ¿qué pasa?