El nabo
Así que lo puso en un carro, unció dos bueyes, lo llevó al palacio y se lo presentó al rey.
—¿Qué cosa tan extraña es esta? —dijo el rey—. Muchas maravillas han pasado ante mis ojos, ¡pero nunca un monstruo como este! ¿De qué semilla puede haber salido, o eres tú un hijo de la fortuna que lo has encontrado por azar?
—¡Ah, no! —dijo el labrador—, ningún hijo de la fortuna soy yo.
Soy un pobre soldado que, como ya no podía sostenerse, colgó su casaca de soldado en un clavo y se puso a labrar la tierra.
Tengo un hermano que es rico y bien conocido para usted, señor rey, pero a mí, como nada tengo, todo el mundo me olvida.
Entonces el rey sintió compasión de él, y dijo:
—Serás levantado de tu pobreza, y tendrás de mí tales dones que quedarás a la altura de tu rico hermano.
Y le concedió mucho oro, y tierras, y prados, y rebaños, y lo hizo inmensamente rico, de modo que la riqueza del otro hermano no podía compararse con la suya.
Cuando el hermano rico oyó lo que el pobre había ganado para sí con un solo nabo, lo envidió, y buscó por todos los medios cómo hacerse también él con una fortuna semejante.
Se las quiso ingeniar, sin embargo, de un modo mucho más astuto, y tomó oro y caballos y se los llevó al rey, seguro de que este le daría a cambio un presente mucho mayor.
Si por un nabo su hermano había obtenido tanto, ¿qué no se llevaría él a cambio de cosas tan hermosas como aquellas?
El rey aceptó su presente, y dijo que no tenía nada que darle a cambio más raro y excelente que el gran nabo.
De modo que el rico se vio obligado a poner el nabo de su hermano en un carro y hacerlo llevar a su casa.
Ya allí, no sabía en quién descargar su rabia y su cólera, hasta que le vinieron malos pensamientos, y resolvió matar a su hermano.
Contrató asesinos que debían apostarse al acecho, y luego fue a ver a su hermano y le dijo:
—Querido hermano, sé de un tesoro escondido; lo desenterraremos juntos y lo repartiremos entre los dos.
El otro accedió a ello, y lo acompañó sin sospechar nada.
Mientras iban de camino, sin embargo, los asesinos cayeron sobre él, lo ataron y estaban a punto de colgarlo de un árbol.
Pero, justo cuando lo hacían, se oyeron a lo lejos un canto sonoro y el rumor de los cascos de un caballo.
Ante esto, el terror les llenó el corazón, y metieron a su prisionero de cabeza en el saco, lo colgaron de una rama y echaron a huir.
Él, no obstante, trabajó allá arriba hasta que abrió un agujero en el saco por el que pudo sacar la cabeza.
El hombre que venía por el camino no era otro que un estudiante andariego, un joven que cabalgaba por el bosque cantando alegremente su canción.
Cuando el de arriba vio que alguien pasaba por debajo, gritó:
—¡Buenos días! Has llegado en buena hora.
El estudiante miró a todos lados, pero no sabía de dónde venía la voz. Al fin dijo:
—¿Quién me llama?
Entonces le llegó una respuesta desde lo alto del árbol:
—Alza los ojos; aquí estoy sentado en las alturas, dentro del Saco de la Sabiduría.
En poco tiempo he aprendido grandes cosas; comparadas con esto, todas las escuelas son una burla; en muy poco tiempo lo habré aprendido todo, y bajaré más sabio que todos los demás hombres.
Entiendo las estrellas, y los signos del zodíaco, y las rutas de los vientos, la arena del mar, la curación de las enfermedades y las virtudes de todas las hierbas, las aves y las piedras.
Si una sola vez estuvieras aquí dentro, sentirías qué nobles cosas manan del Saco del Saber.
El estudiante, al oír todo aquello, quedó asombrado, y dijo:
—¡Bendita sea la hora en que te he encontrado! ¿No podría yo también entrar en el saco un rato?
El de arriba respondió como de mala gana:
—Por un breve tiempo te dejaré meterte en él, si me recompensas y me hablas con buenas palabras; pero has de esperar una hora más, pues me queda una cosa por aprender antes de hacerlo.
Cuando el estudiante hubo esperado un poco, se impacientó, y suplicó que lo dejaran entrar de una vez, tan grande era su sed de conocimiento. Así que el de arriba fingió al fin ceder, y dijo:
—Para que yo pueda salir de la casa del saber, tienes que bajarlo con la cuerda, y entonces entrarás tú.
El estudiante bajó, pues, el saco, lo desató y lo dejó libre, y luego gritó:
—¡Ahora súbeme en seguida!
Y se disponía a meterse en el saco.
—¡Alto! —dijo el otro—, así no se hace.
Y lo tomó por la cabeza y lo metió de cabeza en el saco, lo ató y subió al discípulo de la sabiduría árbol arriba con la cuerda. Luego lo meció en el aire y le dijo:
—¿Cómo te va, querido amigo? Mira, ya sientes venir la sabiduría, y estás adquiriendo una experiencia valiosa. Quédate bien quieto hasta que te vuelvas más sabio.
Dicho esto, montó en el caballo del estudiante y se marchó; pero, al cabo de una hora, mandó a alguien a que sacara de nuevo al estudiante.