Lo que quedó grabado CAPÍTULO 12 — LA CONFESIÓN
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CAPÍTULO 12 — LA CONFESIÓN

Detuvieron a Onofre Salcedo a las siete de la mañana siguiente, en su propio estudio de vídeo, sin resistencia y casi con alivio, según le contaría después el capitán Aznar a Marina en una llamada telefónica que ella recibiría ya de vuelta en Madrid, varios días después de que todo aquello terminara.

La patrulla, según el relato del capitán, lo había encontrado sentado frente a sus propios equipos de grabación, con las luces del estudio encendidas a pesar de que aún no había amanecido, como si llevara toda la noche esperando exactamente aquella visita.

No opuso resistencia. No pidió abogado hasta pasadas varias horas.

Confesó en las primeras horas de interrogatorio, con un detalle exhaustivo que a los investigadores les pareció, más que un intento de aliviar su condena, la necesidad genuina de alguien que llevaba demasiados años sin poder contarle a nadie la verdad completa.

El capitán Aznar le describió a Marina, con una franqueza que ella agradeció incluso en la distancia de una llamada telefónica, el momento en que Onofre había roto a llorar durante el interrogatorio, no al ser confrontado con las pruebas, sino al pronunciar por primera vez en voz alta, ante alguien ajeno a su propia familia, el nombre completo de su prima.

«Áurea Remedios Bermejo Salcedo», había dicho, corrigiendo con precisión casi ritual el apellido que la prensa local llevaba veintidós años omitiendo, como si aquel pequeño acto de justicia nominal fuera, en ese momento, lo único que todavía estaba en su mano reparar.

Había seguido a Bruno Ostiz aquella noche, después de escuchar por casualidad una conversación telefónica —la misma que Marina había visto en el primer archivo de vídeo que había abierto en la sala de servidores de Nébula, semanas atrás, sin saber entonces que estaba viendo los últimos minutos de vida pública de aquel hombre— en la que Bruno hablaba de acceder a las actas del cuartelillo y de que «alguien había llamado a alguien».

Onofre, aterrorizado ante la idea de que la investigación llegara a descubrir su propio parentesco con Áurea y, a través de él, la implicación de los Anzures que él mismo llevaba años protegiendo por necesidad económica, lo abordó a la salida del bar, discutieron, y en un forcejeo que según su propia confesión nunca pretendió llegar tan lejos, Bruno Ostiz murió de un golpe en la cabeza contra el bordillo de la acera.

Onofre escondió el cuerpo en una zona de bodegas abandonadas de la propia familia Anzures, un lugar que conocía perfectamente por haber crecido jugando allí de niño, y que la investigación policial nunca había registrado a fondo porque, oficialmente, aquella propiedad llevaba décadas sellada y en desuso.

Con Carla Injuste, la historia había sido distinta y, si cabía, aún más desesperada: Onofre había interceptado su llamada con Restituto Peña —pinchando de manera rudimentaria el teléfono fijo de la casa rural donde ella se alojaba, algo que en un pueblo pequeño y con las herramientas adecuadas resultaba mucho más sencillo de lo que Marina habría imaginado— y, sabiendo que Carla estaba a punto de conseguir la prueba que podía destapar todo lo ocurrido con Áurea, la había interceptado en el camino a Fontanar de Arriba, en el mismo tramo de pinares donde, semanas después, Marina había sentido aquella presencia inconfundible que le había erizado la piel.

Carla nunca llegó a la casa de Restituto.

Su cuerpo, según la confesión de Onofre, descansaba en el mismo lugar que el de Bruno Ostiz, en las bodegas abandonadas, un secreto que había guardado durante dieciocho años con la misma determinación desesperada con la que había guardado durante toda su vida el secreto del asesinato de su prima.

Iván Roca Sedano, el tercer presentador, no había sido asesinado.

Su muerte en la carretera de Soria había sido, tal como constaba en el atestado original, un verdadero accidente de tráfico, sin ninguna relación con el caso, la clase de coincidencia trágica y absurda que a veces la vida se permite el lujo de infligir sobre quienes ya han sufrido más de lo razonable.

Ese detalle, curiosamente, fue el que más pareció aliviar a Marina cuando el capitán Aznar se lo confirmó por teléfono: la certeza de que, al menos en el caso de Iván, no había habido ninguna mano oculta, ningún patrón siniestro más allá del azar cruel que a veces gobierna el mundo sin necesidad de conspiraciones.

Los restos de Áurea Bermejo, de Bruno Ostiz y de Carla Injuste fueron finalmente localizados, tres semanas después de la detención de Onofre Salcedo, en el terreno de las bodegas abandonadas que él mismo señaló a los investigadores sin necesidad de que nadie se lo pidiera dos veces.

Remedios Bermejo pudo, después de veintidós años, enterrar por fin a su hija, y en la ceremonia, según le contaría después Pilar a Marina en una de las llamadas que siguieron manteniendo tras aquellos días, medio pueblo de Cerezal del Bajo acudió a acompañarla, incluida gente que durante dos décadas había preferido mirar hacia otro lado.

Marina no asistió al entierro. Lo pensó, incluso llegó a comprar un billete de autobús que después canceló, decidiendo finalmente que aquel día pertenecía a Remedios y a un pueblo que necesitaba, por fin, cerrar aquella herida sin la presencia de la forastera que había removido todo lo que durante veintidós años había permanecido enterrado.

Pilar le envió, en cambio, una fotografía del altar improvisado en la carretera de las bodegas, ahora sustituido por una pequeña placa de piedra con el nombre completo de Áurea grabado en letras sencillas, sin fechas, solo el nombre, como si el pueblo hubiera decidido, colectivamente, que aquel nombre por sí solo ya contenía toda la historia que necesitaba contarse.

Fernando Anzures fue detenido e imputado por un delito de encubrimiento y obstrucción a la justicia; su hijo Teodoro, por homicidio imprudente y ocultación de cadáver.

Marina no siguió el día a día de aquel proceso judicial, saturada como estaba por su propia declaración ante el juzgado y por la necesidad de recuperar, aunque fuera parcialmente, algo parecido a una rutina normal.

Su parte más directa de la historia, sentía, había terminado en el momento en que los cuerpos por fin volvieron a la superficie; el desenlace completo de los juicios le llegaría meses después, de una manera que en ese momento todavía no podía imaginar.