Lo que quedó grabado CAPÍTULO 11 — EL HOMBRE DE LA CÁMARA
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CAPÍTULO 11 — EL HOMBRE DE LA CÁMARA

Fue Pilar quien, sin pretenderlo, le dio a Marina la pista definitiva.

Después de que Fernando Anzures se marchara aquella noche, los tres —Marina, Bruno Ferreira y la propia Pilar— se habían quedado un buen rato en silencio en el salón de la casa rural, incapaces de procesar del todo la magnitud de lo que acababan de escuchar.

Fue Pilar quien, finalmente, rompió aquel silencio con una practicidad que a Marina, en aquel estado de aturdimiento, le pareció casi milagrosa: puso a hervir agua para una infusión que nadie había pedido, colocó tres tazas sobre la mesa, y solo entonces, mientras servía, retomó el hilo de una conversación menor que había quedado interrumpida antes de la irrupción del patriarca.

—Hay algo que no os he contado, y no sé si tiene alguna importancia —dijo, sentándose por fin junto a ellos con su propia taza entre las manos—.

El cámara que grabó la mayor parte del material de la docuserie, el que se alojó aquí durante el rodaje, sigue viviendo en la comarca.

Ya no en Cerezal, pero cerca, en un pueblo más grande a media hora en coche.

Según tengo entendido, ahora se dedica a grabar vídeos de bodas y comuniones.

Un chico muy discreto, de esos que no hablan mucho pero se enteran de todo lo que pasa a su alrededor, como suele ocurrir con la gente de cámara.

Se llamaba... Onofre, creo. Onofre Salcedo.

Bruno Ferreira, que hasta ese momento había permanecido callado, con la mirada perdida en algún punto de la mesa, levantó la vista de golpe.

—Onofre Salcedo —repitió, como si el nombre le costara reconocerlo después de tantos años—.

Claro. El técnico de cámara local. Llevo dos días dándole vueltas a por qué me sonaba tan familiar sin conseguir ubicarlo del todo, y era exactamente por eso: porque era de aquí, porque conocía este pueblo mejor que cualquiera de nosotros, y porque nunca, ni una sola vez en los cuatro meses que duró el rodaje, nadie de la productora se paró a pensar qué podía significar eso.

Marina volvió esa misma noche a la carpeta UV_NP y buscó el nombre en la ficha de personal técnico del dossier de producción.

Ahí estaba: Onofre Salcedo Buendía, operador de cámara, contratado localmente por recomendación de la propia productora local que había gestionado la logística del rodaje en la zona.

Un dato que, leído ahora con la nueva información que tenían, adquiría un peso completamente distinto: Onofre no era un técnico traído desde Madrid, sino alguien de la propia comarca, alguien que conocía el pueblo, sus secretos y sus silencios, mucho antes de que la cámara de Últimas Voces llegara a grabar el primer plano.

Revisó entonces, con una atención que no había dedicado a ese detalle en sus primeras visualizaciones, las escenas donde aparecía Onofre en cuadro, generalmente en los pocos momentos en que alguna cámara secundaria captaba, sin querer, al propio equipo técnico trabajando.

En una de esas escenas, grabada apenas dos días antes de la desaparición de Bruno Ostiz, se veía a Onofre discutiendo en voz baja, apartado del resto del equipo, con un hombre que Marina no había llegado a identificar en su primer visionado pero que ahora, después de haberlo visto en persona en la carretera de las bodegas, reconoció sin ninguna duda: Teodoro Anzures.

La conversación, captada solo parcialmente por el micrófono ambiental de la cámara, no era del todo audible, pero una frase, pronunciada por Onofre con una vehemencia que contrastaba con la discreción que Pilar recordaba de él, se distinguía con claridad suficiente: «Yo te aviso de todo lo que graban, pero esto ya se me está yendo de las manos, Teodoro. El de la barba no va a parar.»

Marina rebobinó el fragmento tres veces, cada una subiendo un poco más el volumen de sus auriculares, como si esperara que una escucha más atenta pudiera revelarle algo más de lo que las palabras ya dejaban claro por sí solas.

Anotó la marca de tiempo exacta en su cuaderno, calculó la fecha aproximada de grabación a partir de los metadatos del archivo, y la comparó con la cronología que ya tenía construida: apenas cuarenta y ocho horas antes de que Bruno Ostiz saliera del Bar Casino para no volver a aparecer jamás.

Marina sintió que el suelo, metafóricamente, se abría bajo sus pies.

No era Teodoro quien controlaba directamente lo que ocurría durante el rodaje.

Era Onofre, el propio cámara del equipo, contratado localmente, quien había estado informando a los Anzures de cada avance de la investigación desde dentro, desde la posición de máxima confianza que ofrece formar parte del equipo de producción.

Y si Onofre había sido el informante de los Anzures durante el rodaje, ¿qué papel había jugado exactamente en las desapariciones de Bruno y de Carla?

¿Había actuado siempre bajo las órdenes del patriarca, tal como este acababa de negar con una vehemencia que a Marina, en aquel momento, le había parecido sincera?

¿O Onofre, en algún momento del proceso, había decidido tomar sus propias medidas, quizá por iniciativa propia, quizá para proteger algún secreto personal que nada tenía que ver con los Anzures?

Se lo planteó a Bruno Ferreira, que escuchó su razonamiento en silencio, asintiendo despacio, hasta que finalmente habló con la cautela de quien ya ha aprendido, en pocos días, a tomarse en serio cada advertencia.

—Si vamos a verlo, no podemos ir solos. Y no podemos ir de improviso. Si de verdad es él quien está detrás de lo que le pasó a Bruno y a Carla, aparecer sin avisar en su estudio solo le daría la oportunidad de reaccionar de la peor manera posible.

Decidieron, en cambio, concertar una cita profesional falsa —Marina llamó al estudio haciéndose pasar por alguien que necesitaba un vídeo promocional para un pequeño negocio, y consiguió una cita para la mañana siguiente— y avisar, esta vez sí, a la Guardia Civil de la comarca, no la del pueblo sino la de la comandancia provincial, aportando toda la documentación reunida hasta el momento: el vídeo de la cámara de seguridad, la confesión parcial de Fernando Anzures —grabada, sin que el patriarca lo supiera, por el propio móvil de Bruno Ferreira, guardado en su bolsillo durante toda la conversación—, y ahora también el fragmento de audio donde se escuchaba a Onofre Salcedo hablando de «avisar de todo lo que graban».

La reacción de la comandancia provincial, para sorpresa de los tres, fue mucho más rápida y seria que la que habían recibido hasta entonces de la Guardia Civil local: un capitán llamado Aznar los citó esa misma noche en unas oficinas provisionales instaladas en la cabecera de comarca, y tras escuchar toda la grabación de la conversación con Fernando Anzures, con una expresión que iba pasando progresivamente de la incredulidad a una gravedad contenida, les informó de que el caso de Áurea Bermejo iba a reabrirse de inmediato, y que la comandancia provincial tomaría a partir de ese momento el control de cualquier investigación relacionada con las desapariciones de Bruno Ostiz y Carla Injuste, apartando expresamente al puesto local de cualquier intervención.

—Llevamos años sospechando que en esta comarca hay funcionarios comprados por intereses privados —admitió el capitán Aznar, con una franqueza que sorprendió a los tres—, pero nunca habíamos tenido pruebas tan sólidas como las que ustedes acaban de traernos.

Les pido, por su propia seguridad, que no se acerquen ustedes mismos a ese tal Onofre Salcedo.

Nosotros nos encargaremos de él a partir de ahora.

—¿Y qué pasa con el agente que vino a tomar nota anoche, el que apenas nos hizo caso? —preguntó Bruno Ferreira—. ¿Va a investigarse también su papel en todo esto?

El capitán Aznar asintió con gravedad, anotando algo en una libreta que hasta entonces había mantenido cerrada sobre la mesa.

—Todo el puesto local va a pasar por una revisión exhaustiva, se lo garantizo.

Si alguien allí ha estado protegiendo, por acción o por omisión, los intereses de una familia por encima de la ley durante más de dos décadas, va a responder por ello.

Esto ya no es solo el caso de una chica desaparecida hace veintidós años, señores.

Es un patrón de corrupción institucional que, por lo que ustedes me han traído, podría llevarnos mucho más lejos de lo que ninguno de los tres imagina en este momento.

Marina, sin embargo, no pudo evitar preguntar lo que más le atormentaba desde que había atado los últimos cabos.

—Si Onofre trabajaba para los Anzures, informándoles desde dentro del equipo, ¿por qué haría desaparecer él mismo a Bruno y a Carla, en lugar de limitarse a avisar a la familia y dejar que ellos decidieran cómo actuar, tal como parece que hicieron con Restituto Peña, comprando su silencio en lugar de hacerle desaparecer?

El capitán Aznar la miró con una expresión que sugería que aquella pregunta, precisamente, era la que llevaba toda la noche rondándole a él también.

—Esa es la pregunta que vamos a hacerle mañana mismo a Onofre Salcedo, señorita Uceda.

Y por lo que ustedes me han contado sobre el temperamento de ese hombre, y por lo que sabemos ya de su implicación, empiezo a sospechar que la respuesta no va a tener nada que ver con los Anzures, sino con algo mucho más personal, algo que quizá el propio Onofre lleva veintidós años sin poder confesarle a nadie.

De vuelta en la casa rural de Pilar, ya pasada la medianoche, Marina no consiguió dormir.

Dio vueltas en la cama repasando mentalmente cada fotograma de la conversación entre Onofre y Teodoro que había encontrado en el material original, buscando en la memoria algún gesto, alguna palabra que se le hubiera podido escapar y que ahora, con la nueva información, pudiera cobrar un sentido distinto.

Finalmente, incapaz de seguir tumbada sin hacer nada, encendió de nuevo el portátil y decidió aprovechar el insomnio para revisar, una vez más, cada fotograma en el que apareciera Onofre en el material original, esta vez con una atención completamente distinta a la que le había dedicado en sus primeros visionados, semanas atrás, cuando todavía no sabía qué estaba buscando.

Fue entonces cuando encontró el fragmento que terminaría de cambiarlo todo: un plano perdido entre el material descartado, grabado apenas doce horas antes de que Carla Injuste desapareciera camino de Fontanar de Arriba, en el que se veía al propio Onofre, solo, hablando directamente a la cámara que él mismo sostenía, en lo que parecía una confesión grabada para sí mismo, sin intención aparente de que nadie más llegara a verla nunca.

«Si esto se sabe alguna vez», decía Onofre, con la voz quebrada, mirando directamente al objetivo con unos ojos enrojecidos que sugerían que llevaba tiempo llorando antes de empezar a grabar, «quiero que se sepa que Áurea era mi prima.

Mi madre y la suya eran hermanas. Y durante veintidós años he tenido que fingir, delante de todo el pueblo, que no me importaba lo que le pasó, porque los Anzures pagaban el alquiler del local donde trabajaba mi padre, porque mi familia entera dependía de esa gente para sobrevivir en este pueblo donde no hay más trabajo que el que ellos deciden repartir.

Avisé a Teodoro de todo lo que investigaba el equipo porque me lo pidió, sí, pero también porque necesitaba saber, de una vez por todas, qué había pasado realmente con mi prima.

Y ahora que lo sé... ahora que sé lo que hicieron con su cuerpo...

no puedo dejar que esa periodista siga tirando del hilo.

Porque si tira lo suficiente, va a descubrir no solo lo que le pasó a Áurea, sino lo que hice yo para protegerlos a todos estos años, y lo que voy a tener que hacer esta noche para que nadie más vuelva a acercarse a la verdad. »

El vídeo terminaba ahí, cortado abruptamente, como si Onofre hubiera decidido, en ese mismo instante, dejar de grabar y salir a hacer lo que fuera que había decidido hacer esa noche.

Marina se quedó mirando la pantalla en negro con las manos temblando, comprendiendo por fin que la pieza que faltaba en todo aquel rompecabezas no había sido nunca los Anzures, ni el dinero, ni el poder de una familia acostumbrada a comprar silencios.

Había sido, desde el principio, el dolor privado y desesperado de un hombre que llevaba veintidós años cargando con la culpa de haber ayudado a ocultar la muerte de su propia prima, y que había decidido, aquella noche de hacía casi dos décadas, que protegería ese secreto a cualquier precio, incluso al precio de dos vidas más.

Llamó a Bruno Ferreira de madrugada, con la voz todavía temblorosa, y le reprodujo, por teléfono, la confesión completa de Onofre Salcedo. Al otro lado de la línea, Bruno guardó un silencio tan largo que Marina llegó a preguntarle, dos veces, si seguía ahí.

—Estoy aquí —respondió finalmente, con una voz que parecía haber envejecido varios años en el curso de una sola llamada—.

Solo estaba pensando en que contraté a ese chico yo mismo, hace veinte años, confiando en que su conocimiento del terreno sería una ventaja para el proyecto.

Nunca se me ocurrió pensar que ese mismo conocimiento del terreno pudiera convertirse, para él, en una condena.

—No es culpa tuya, Bruno.

—Lo sé. O quiero creerlo. Pero durante veinte años he cargado con la sospecha de haber fallado a Bruno Ostiz y a Carla de alguna manera que nunca terminé de identificar, y ahora que por fin sé la verdad completa, descubro que fallé de una manera todavía peor de la que había imaginado: contraté, sin saberlo, a la única persona capaz de hacer lo que hizo.

Juntos decidieron enviar de inmediato el nuevo hallazgo al capitán Aznar, sin esperar a la cita de la mañana siguiente.

La respuesta del capitán llegó apenas veinte minutos después, escueta pero contundente: una patrulla saldría esa misma noche hacia el domicilio de Onofre Salcedo, para asegurarse, antes que nada, de que el hombre que llevaba veintidós años guardando aquel secreto no decidiera, al saberse descubierto, añadir una última tragedia a la lista.