Lo que quedó grabado CAPÍTULO 10 — LA CARTA DEL PATRIARCA
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CAPÍTULO 10 — LA CARTA DEL PATRIARCA

El correo electrónico que Bruno Ferreira envió a su contacto en el periódico nacional, con copia a una dirección personal de Marina y a la propia dirección de Bruno como constancia de fecha y hora, incluía un resumen detallado de todo lo averiguado hasta el momento, un enlace a una copia cifrada del vídeo de la cámara de seguridad y una advertencia explícita: si algo les ocurría a cualquiera de los dos en los siguientes días, aquel correo debía entenderse como el punto de partida de una investigación periodística inmediata.

Fue enviado a las seis y cuarto de la tarde, desde la propia casa rural de Pilar, con los tres —Marina, Bruno y Pilar— reunidos alrededor del portátil como si el simple acto de pulsar «enviar» fuera, en sí mismo, una especie de conjuro protector.

La respuesta de los Anzures llegó mucho más rápido de lo que ninguno de los tres había anticipado.

Las dos horas que transcurrieron entre el envío del correo y la llegada de aquella visita inesperada fueron, para Marina, algunas de las más largas de toda su estancia en Cerezal del Bajo.

Los tres se habían quedado en el salón de la casa rural, incapaces de concentrarse en nada que no fuera comprobar, cada pocos minutos, si el correo había sido leído por su destinatario en Madrid, y especulando en voz baja sobre las distintas formas en que los Anzures podían reaccionar una vez que sus abogados les informaran, como sin duda ocurriría, de que existía una prueba documental capaz de reabrir un caso que llevaban veintidós años dando por cerrado.

Pilar, por su parte, había optado por mantenerse ocupada en la cocina, preparando una cena que nadie tenía verdaderas ganas de comer, en un intento silencioso de dotar de normalidad a una tarde que no tenía nada de normal.

—Puede que no hagan nada —dijo Bruno Ferreira en un momento dado, más para convencerse a sí mismo que para tranquilizar a los demás—. Puede que decidan que la mejor estrategia es callar y dejar que sus abogados se encarguen de todo desde la distancia, sin dar la cara.

Pero cuando, poco antes de las ocho, escucharon el motor de un coche deteniéndose frente a la casa, algo en el silencio expectante que siguió les dijo a los tres, sin necesidad de palabras, que aquella hipótesis no iba a cumplirse.

A las ocho de la tarde, un coche oficial de la bodega —no el todoterreno de Teodoro, sino un vehículo más discreto, conducido por un chófer de uniforme— se detuvo frente a la casa rural, y de él bajó un hombre mayor, de unos setenta y cinco años, apoyado en un bastón de madera oscura, vestido con una elegancia anticuada que contrastaba con la sencillez del entorno rural.

Marina lo reconoció de inmediato por las fotografías que había encontrado en los archivos de la bodega: era Fernando Anzures, el patriarca, padre de Teodoro, el hombre que según Restituto Peña había comprado su silencio veintidós años atrás.

Pidió hablar con ellos, con una cortesía gélida que no dejaba lugar a la negociación, y Pilar, después de un intercambio de miradas con Marina y Bruno, los hizo pasar a los tres al pequeño salón de la casa rural, donde Fernando Anzures se sentó con la parsimonia de alguien acostumbrado a que el mundo espere a que él se acomode antes de empezar a hablar.

Rechazó, con un gesto casi imperceptible de la mano, el café que Pilar le ofreció por pura cortesía profesional, y durante unos segundos se limitó a observar la sala, deteniéndose brevemente en cada uno de los tres rostros que tenía delante, como si estuviera calculando, antes de decir una sola palabra, exactamente cuánto sabían y cuánto podía él permitirse ocultar todavía.

—Sé exactamente lo que han encontrado —dijo, sin preámbulos, apoyando ambas manos sobre el pomo del bastón—. Y sé exactamente a quién se lo han enviado. Mis abogados me han informado hace apenas media hora.

—Entonces sabrá también —respondió Bruno Ferreira, con una firmeza que a Marina le sorprendió viniendo de un hombre que apenas veinticuatro horas antes parecía dispuesto a esconderse el resto de su vida— que esa información ya no depende de nosotros.

Ya está fuera de nuestras manos. Cualquier cosa que le pase a cualquiera de los presentes en esta habitación solo confirmaría lo que ese vídeo sugiere.

El patriarca esbozó una sonrisa fina, casi divertida, que a Marina le pareció más inquietante que cualquier amenaza explícita.

—No he venido a amenazar a nadie, señor Ferreira.

He venido a contarles una historia que llevo veintidós años sin contar a nadie, porque creo que es hora de que alguien más allá de mí sepa la verdad completa, y porque a mis setenta y cinco años, con el corazón que tengo, empiezo a pensar que prefiero decidir yo mismo cómo se cuenta esta historia antes de que la cuenten otros sin conocer todos los detalles.

Hizo una pausa larga, deliberada, del tipo que solo se permiten las personas acostumbradas a que nadie las interrumpa.

—Mi hijo Teodoro y Áurea Bermejo llevaban dos años de relación cuando ella desapareció.

Una relación que yo desaprobaba abiertamente, no por ella, que era una buena chica, sino porque yo tenía otros planes para mi hijo, planes que incluían una fusión con otra bodega de la región a través de un matrimonio con la hija de esa familia.

Se lo dije muchas veces a Teodoro. Él nunca me hizo caso.

La noche en que Áurea desapareció, mi hijo y ella habían discutido en la fiesta de las bodegas, una discusión que varios testigos vieron pero que nunca llegó a los informes oficiales, porque yo me encargué personalmente de que no llegara.

—¿Qué pasó después de esa discusión? —preguntó Marina, con la voz más firme de lo que se sentía por dentro.

—Áurea se marchó sola, furiosa, en dirección a la carretera de las bodegas.

Teodoro, según me contó él mismo esa misma noche, la siguió para intentar arreglar las cosas.

La encontró llorando junto al camino, discutieron de nuevo, y en algún momento de esa discusión, según mi hijo, ella resbaló en el terraplén junto a la carretera y se golpeó la cabeza contra una piedra.

Murió, según sus propias palabras, en cuestión de minutos, sin que él pudiera hacer absolutamente nada.

El silencio que siguió a esa confesión fue distinto a todos los anteriores: más denso, más incrédulo, cargado de una crueldad que ninguno de los tres había llegado a imaginar del todo a pesar de días enteros construyendo hipótesis.

Marina sintió, en ese silencio, una mezcla extraña de alivio y náusea: alivio porque, por fin, después de tantos días de sospechas y silencios ajenos, alguien estaba poniendo en palabras lo que le había ocurrido a Áurea Bermejo; náusea porque la naturalidad con la que Fernando Anzures relataba aquella noche, como si describiera una desgracia meteorológica y no la muerte de una adolescente, resultaba mucho más perturbadora que cualquier mentira que hubiera podido esperar de él.

—Fue un accidente —continuó Fernando Anzures, con una calma que resultaba obscena dadas las circunstancias—.

Un accidente terrible, que cualquier tribunal razonable habría podido entender como tal, si mi hijo hubiera hecho lo correcto: llamar a la Guardia Civil, contar la verdad, asumir las consecuencias legales de no haber pedido ayuda a tiempo.

Pero mi hijo tenía veintitrés años, estaba aterrorizado, y en lugar de llamar a nadie, me llamó a mí.

Y yo, que soy el único responsable moral de lo que ocurrió después, decidí protegerlo.

—Usted le ayudó a esconder el cuerpo —dijo Bruno Ferreira, con una voz que apenas conseguía disimular el asco.

Marina, mientras tanto, sentía que algo dentro de ella se debatía entre la repulsa y una especie de fascinación horrorizada, la misma que la había acompañado durante toda la investigación cada vez que un nuevo testimonio revelaba hasta qué punto el silencio podía convertirse, con el tiempo, en una segunda naturaleza para quienes lo practicaban.

Miró a Fernando Anzures, sentado con la espalda recta y las manos firmes sobre el bastón, y pensó que aquel hombre no parecía sentir vergüenza, sino más bien una especie de alivio, el de quien por fin puede dejar de cargar solo con un peso que llevaba veintidós años sosteniendo en silencio.

—Le ayudé a evitar que su vida se destruyera por un accidente estúpido en el que no hubo ninguna intención de hacer daño.

—La voz del patriarca se endureció por primera vez, como si aquella distinción, en su mente, fuera la única que de verdad importaba—.

Sí, le ayudé. Movimos el cuerpo esa misma noche, lejos de la carretera, a un lugar que nunca ha sido encontrado y que no pienso revelar en esta conversación ni en ninguna otra.

Y cuando ese periodista, años después, empezó a acercarse demasiado a la verdad, gente de mi confianza se encargó de asustarlo lo suficiente para que dejara de investigar.

—¿Asustarlo? —La voz de Marina sonó más aguda de lo que pretendía—. Bruno Ostiz desapareció. Nunca se encontró su cuerpo.

Por primera vez desde que había empezado a hablar, algo parecido a la incertidumbre cruzó el rostro de Fernando Anzures.

—Eso, se lo aseguro, no fue cosa mía ni de mi gente.

Le juro por lo único que me queda de honor en esta vida, que no tuve nada que ver con la desaparición de ese periodista ni con la de la chica, Carla, que vino después.

Asusté a mucha gente en estos veintidós años para proteger a mi hijo, señorita Uceda, amenacé, sobre todo, y compré silencios cuando pude comprarlos.

Pero no maté a nadie más, y no sé quién lo hizo, si es que alguien lo hizo.

Lo que sí sé, y esto es lo que he venido a decirles esta noche, es que hay alguien más en esta comarca con muchísimo que perder si la verdad sobre Áurea llegara a saberse completa, alguien cuyo interés en que este caso nunca se resolviera va mucho más allá de proteger a mi hijo de una acusación de homicidio imprudente.

—¿Quién? —preguntaron Marina y Bruno casi al unísono.

—No voy a darles un nombre, si es lo que esperan —respondió Fernando Anzures, con una firmeza que contrastaba, extrañamente, con la sinceridad casi confesional del resto de la conversación—.

No porque quiera protegerlo, sino porque no tengo pruebas, solo intuiciones acumuladas durante años, y a mi edad ya he aprendido que una acusación sin pruebas puede destruir tanto como la propia verdad que se pretende ocultar.

Pero les diré esto: piensen en quién, en este pueblo, tenía acceso directo al equipo de producción, a sus movimientos, a sus horarios.

Piensen en quién podía saber, antes que nadie, hacia dónde se dirigía la investigación en cada momento.

—¿Alguien de dentro del propio rodaje? —preguntó Bruno Ferreira, con una expresión que sugería que aquella idea ya le rondaba la cabeza desde hacía días sin haberla verbalizado del todo.

Fernando Anzures no respondió directamente, pero el silencio que siguió, cargado de una intención deliberada, resultó, para Marina, una respuesta en sí mismo.

Fernando Anzures se puso en pie, apoyándose pesadamente en el bastón, con el gesto de alguien que ha terminado de decir todo lo que había venido a decir y no tiene ninguna intención de decir una palabra más de la cuenta.

—Eso, señores, van a tener que averiguarlo ustedes mismos.

Yo he confesado esta noche un delito que me llevará, probablemente, a pasar el resto de mis días luchando en los tribunales, y lo he hecho porque prefiero que la verdad sobre mi hijo salga de mi propia boca antes que de la de alguien más.

Pero no pienso proteger a nadie que no sea de mi sangre.

Si alguien más está detrás de lo que le pasó al periodista y a la chica, ese alguien no cuenta con mi protección, y les aconsejo que empiecen a mirar más allá de mi familia si de verdad quieren cerrar este caso del todo.

Salió de la casa con el mismo paso pausado con el que había entrado, dejando tras de sí un silencio que a Marina le pareció el más pesado de todos los que había experimentado en los últimos días, un silencio cargado de una revelación a medias que resolvía una parte del misterio —el destino de Áurea Bermejo, aunque fuera sin cuerpo que enterrar— y abría, al mismo tiempo, una pregunta mucho más inquietante que ninguno de los tres supo, esa noche, cómo empezar a responder: si no habían sido los Anzures quienes habían hecho desaparecer a Bruno Ostiz y a Carla Injuste, ¿quién más, en aquel pueblo de cuatrocientos doce habitantes, tenía tanto que perder como para matar dos veces?

Pilar fue la primera en romper el silencio que siguió a la marcha del patriarca, levantándose para recoger las tazas de infusión que ninguno había llegado a tocar, un gesto mecánico que parecía más una manera de ocupar las manos que una necesidad real de limpieza.

—Voy a tener que vivir en este pueblo cuando todo esto termine, sea cual sea el final —dijo, sin dirigirse a nadie en particular—. Y por primera vez en mucho tiempo, no me da miedo pensarlo.

Bruno Ferreira, por su parte, sacó su teléfono y empezó a redactar, con dedos torpes por el cansancio, un mensaje a su contacto periodístico en Madrid, resumiendo la confesión que acababan de escuchar.

Marina lo observó trabajar durante un rato, y después, incapaz de quedarse quieta, salió al pequeño jardín trasero de la casa rural, donde el aire fresco de la noche le pareció, después de la densidad de la conversación con Fernando Anzures, casi un alivio físico.

Se quedó allí un buen rato, mirando las estrellas que en Madrid nunca lograba distinguir con tanta claridad, pensando en Remedios Bermejo, en la posibilidad, todavía lejana pero ya no imposible, de que aquella mujer pudiera por fin enterrar a su hija.