Lo que quedó grabado CAPÍTULO 9 — LO QUE HABÍA EN EL DISCO DURO
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CAPÍTULO 9 — LO QUE HABÍA EN EL DISCO DURO

Bruno Ferreira llegó a Cerezal del Bajo a las once y media de la mañana, con el traje del día anterior arrugado por el viaje y una expresión de agotamiento que sugería que tampoco él había dormido gran cosa esa noche.

Se encontraron en la casa rural, donde Pilar, después de la noche anterior, había insistido en prepararles un desayuno tardío que ninguno de los dos tenía verdaderas ganas de comer, y donde los tres —Marina, Bruno y Pilar— terminaron sentados alrededor de la mesa de la cocina como una improvisada célula de guerra.

—He estado pensando en el trayecto —dijo Bruno Ferreira, removiendo un café que no había tocado—.

Si Restituto de verdad tiene esa grabación, necesitamos una copia digital lo antes posible, distribuida en varios sitios seguros, antes de decidir qué hacer con ella.

Mientras exista en un único disco duro, en una única casa, sigue siendo vulnerable.

En el momento en que exista en diez sitios distintos, ya no tiene sentido que nadie intente silenciarla, porque silenciarla ya no serviría de nada.

—Es lo mismo que debió de pensar Carla —dijo Marina—, y aun así no llegó a conseguirlo.

—Carla estaba sola, con un móvil prepago y sin nadie a quien avisar si algo le pasaba.

Nosotros no estamos en esa situación. —Bruno Ferreira la miró con una determinación que hasta entonces Marina no le había visto—.

Voy a llamar a un antiguo compañero de la universidad que ahora trabaja en un periódico de tirada nacional.

No para publicar nada todavía, solo para que sepa, por escrito, en un correo con fecha y hora, que estamos aquí, investigando esto, y que si algo nos pasa a cualquiera de los dos, tiene toda la información necesaria para tirar del hilo.

Antes de emprender el camino, Bruno Ferreira insistió en que Marina le mostrara, uno por uno, todos los archivos de la carpeta UV_NP que ella llevaba consigo en la unidad cifrada, revisándolos con la atención minuciosa de quien busca, entre el material que él mismo había supervisado años atrás, cualquier detalle que en su momento hubiera pasado por alto.

Se detuvo especialmente en las escenas donde aparecía el equipo técnico completo, señalando nombres y caras que Marina todavía no había identificado del todo, hasta que finalmente, con el gesto de quien encuentra algo que llevaba tiempo buscando sin saberlo, apuntó con el dedo a una figura que aparecía siempre al margen del encuadre, cargando cables o ajustando trípodes.

—Ese es Onofre, el técnico de cámara —dijo, sin darle en ese momento ninguna importancia especial al comentario, una frase que solo días después, con el resto de la historia ya revelada, adquiriría todo su peso retrospectivo—.

Un chico de la zona, muy bueno con la técnica, algo callado.

Lo contratamos porque conocía el terreno mejor que cualquiera que hubiéramos podido traer de Madrid.

Fue Pilar quien se ofreció, después de un silencio incómodo, a acompañarlos hasta Fontanar de Arriba, aduciendo que conocía un camino alternativo a la carretera comarcal, más largo pero mucho menos expuesto, que discurría por un sendero rural utilizado principalmente por los tractores durante la vendimia.

Aceptaron sin dudarlo, y a mediodía los tres emprendieron el camino en el pequeño utilitario de Pilar, sorteando baches y viñedos, con una tensión compartida que ninguno de los tres necesitó verbalizar.

Durante el trayecto, Pilar les habló, sin que nadie se lo hubiera pedido, de su propia relación con las bodegas Anzures: su padre había trabajado allí de temporero durante la vendimia, todos los años, desde que ella tenía memoria, y recordaba haber crecido escuchando en casa comentarios en voz baja sobre «la familia» que nunca terminaban de explicarse del todo, frases a medias que los adultos cambiaban de tema en cuanto los niños entraban en la habitación.

«Era como vivir al lado de un volcán que todo el mundo sabía que existía», dijo, con la vista fija en la carretera de tierra, «pero del que nadie hablaba en voz alta, por si acaso despertaba».

—¿Y usted nunca sospechó nada, antes de todo esto? —preguntó Marina desde el asiento trasero.

—Sospechar, siempre se sospecha algo en un pueblo así —respondió Pilar—.

Lo que nunca imaginé fue la magnitud. Uno piensa que los secretos de los pueblos pequeños son secretos pequeños: quién engañó a quién, qué familia se peleó con cuál por una herencia.

No se imagina que puedan llegar a este extremo.

Encontraron a Restituto Peña en el mismo porche donde Marina lo había dejado el día anterior, pero algo en su postura había cambiado: estaba más erguido, con una carpeta de plástico sobre el regazo en lugar de la manta del día anterior, y en cuanto los vio llegar hizo un gesto a su hija, que esperaba junto a la puerta, para que trajera algo del interior de la casa.

—He decidido que ya es suficiente —dijo, sin necesidad de que nadie le preguntara nada, en cuanto los tres se sentaron frente a él—.

Anoche mi hija me dijo que había visto un coche parado frente a esta casa durante casi una hora, sin que nadie bajara de él, y esta mañana ese mismo coche ha vuelto a pasar dos veces.

No sé si es casualidad o si es una advertencia, pero después de veintidós años he decidido que prefiero arriesgarme a que me hagan algo por hablar, antes que seguir viviendo con la certeza de que mi silencio protegió a quien le hizo daño a esa niña.

La hija de Restituto, Encarna, se quedó de pie junto a la puerta durante toda la conversación, con los brazos cruzados y una expresión que oscilaba entre el miedo y un alivio que parecía no atreverse todavía a sentir del todo.

Cuando su padre terminó de hablar, fue ella quien tomó la palabra por primera vez desde que Marina la había conocido, días atrás, en aquella primera visita frustrada.

—Llevo toda la noche diciéndole que no lo haga —dijo, con la voz quebrada—.

Que a su edad, con su corazón, no necesita meterse en líos con gente que ya ha demostrado de lo que es capaz.

Pero también lo he visto estos días, desde que apareció usted preguntando, más despierto, más él mismo, de lo que lo había visto en años.

Así que si esto es lo que necesita hacer para irse en paz, no voy a ser yo quien se lo impida, aunque me aterre pensar en lo que pueda pasar después.

—Le prometo que haremos todo lo posible por protegerlos a los dos —dijo Bruno Ferreira, con una convicción que a Marina, en aquel momento, le pareció genuina y no solo una fórmula de cortesía.

Encarna asintió, sin palabras, y entró por fin en la casa a buscar lo que su padre le había pedido.

La hija de Restituto volvió con un disco duro externo pequeño, de color negro, con las esquinas desgastadas por el paso del tiempo, y lo depositó con cuidado en las manos de su padre, que a su vez lo entregó a Bruno Ferreira con una solemnidad que parecía la de alguien entregando, por fin, una carga que llevaba demasiado tiempo cargando solo.

—Está sin abrir desde que lo saqué de su escondite, hace ya casi dos años, cuando la periodista desapareció. No he vuelto a mirarlo, porque no he tenido valor. Pero está ahí, exactamente como lo dejé el día que hice la copia hace veintidós años.

Bruno Ferreira conectó el disco duro a su portátil con manos que, a pesar de su experiencia, temblaban ligeramente.

Tardó unos minutos en localizar el archivo entre una estructura de carpetas anticuada, con nombres de formato antiguo, hasta que por fin encontró un vídeo etiquetado simplemente como CAM4_141022.

Lo reprodujeron los cuatro juntos, apretados alrededor de la pequeña mesa del porche, en un silencio que se hizo cada vez más denso a medida que avanzaba el contador de tiempo en la esquina de la pantalla.

La grabación, en blanco y negro, granulada, con el timestamp corriendo en la esquina superior, mostraba la puerta trasera de las bodegas Anzures y el tramo de carretera contiguo, iluminado apenas por una farola solitaria.

Durante los primeros minutos no ocurría nada, solo el paso ocasional de algún vehículo lejano cuyos faros aparecían y desaparecían en el borde del encuadre.

A las 23:52, según marcaba el timestamp, un coche entraba en plano y se detenía junto a la puerta trasera.

Un hombre bajaba del vehículo —la calidad de la imagen no permitía distinguir el rostro con claridad, pero la complexión, la forma de moverse, resultaban inconfundiblemente jóvenes, mucho más jóvenes que el actual Teodoro Anzures de cincuenta años, exactamente lo que cabría esperar de alguien que entonces tendría poco más de veinte—. El hombre abría el maletero del coche.

Lo que sacaba de ahí, envuelto en lo que parecía una manta o una lona, no se distinguía con claridad suficiente para servir como prueba definitiva ante un tribunal, pero la forma, el tamaño, la manera en que el hombre lo cargaba sobre el hombro con un esfuerzo evidente, no dejaban demasiado espacio para la duda razonable de nadie que estuviera viendo aquella grabación con la información que los cuatro tenían delante.

El hombre desaparecía del encuadre, internándose entre los viñedos en dirección opuesta a la carretera, y no volvía a aparecer durante los siguientes once minutos que duraba el resto de la grabación, hasta que finalmente regresaba, ya sin la carga, entraba de nuevo en el coche, y se marchaba en dirección contraria a la que había llegado.

Nadie habló durante casi un minuto después de que terminara el vídeo.

—Esto no demuestra quién era el hombre —dijo por fin Bruno Ferreira, con la voz ronca—.

Un buen abogado lo destrozaría en cuestión de minutos.

Pero demuestra que algo ocurrió esa noche, en ese lugar, exactamente donde luego se colocó el altar de Áurea.

Y combinado con el testimonio de Restituto sobre el coche, y con la coartada del padre que nunca fue verificada de forma independiente...

—Es suficiente para reabrir el caso —terminó Marina—. O al menos, es suficiente para que un periódico serio empiece a hacer las preguntas que la Guardia Civil de la zona lleva veintidós años sin hacer.

Restituto Peña, que había estado observando la reacción de los tres con una mezcla de alivio y aprensión, se aclaró la garganta.

—Hay algo más que debo decirles, y que no le conté a la periodista porque en aquel momento no le di importancia, aunque ahora, después de todo lo que ha pasado, no dejo de pensar en ello.

La semana anterior a que la chica desapareciera, oí una discusión entre el patriarca Anzures y su hijo Teodoro, en el despacho de la bodega, con la puerta entreabierta.

El padre le decía al hijo que tenía que «solucionar el problema de la chica» antes de que «se le fuera de las manos».

No sé qué problema era ese. Pero siempre pensé que tenía que ver con un embarazo, o con algún tipo de chantaje, algo que hiciera que aquella relación entre los dos jóvenes se hubiera convertido, para la familia, en algo más peligroso que un simple noviazgo adolescente.

El silencio que siguió a esa revelación fue todavía más pesado que el anterior.

Marina sintió que las piezas, hasta entonces dispersas, empezaban a encajar en un patrón que resultaba tan doloroso como coherente: una familia poderosa protegiendo, generación tras generación, un secreto que había costado ya al menos cuatro vidas, contando la de Áurea, y que estaba dispuesta a proteger a cualquier precio, incluso veintidós años después, incluso frente a una restauradora de archivos que solo pretendía catalogar un proyecto cancelado.

Guardaron tres copias del vídeo esa misma tarde, en tres discos duros distintos que Bruno Ferreira había comprado esa mañana en una gasolinera de la carretera antes de llegar al pueblo, y las distribuyeron entre los cuatro: una para Marina, una para Bruno Ferreira, una para el contacto periodístico de Bruno en Madrid, y la original, de vuelta, para Restituto, que insistió en conservarla a pesar del riesgo, «porque después de veintidós años», dijo, «tengo derecho a decidir yo mismo qué hago con lo único que me queda de valentía».

Bruno Ferreira insistió también en subir una copia cifrada a un servicio de almacenamiento en la nube, con las credenciales de acceso compartidas exclusivamente entre él, Marina y su contacto periodístico, «por si alguna vez los discos físicos dejaran de ser suficiente garantía».

Fue un gesto casi paranoico, reconoció él mismo mientras completaba la subida con la conexión lenta e intermitente que ofrecía el único punto de wifi decente de la casa de Restituto, pero después de todo lo que llevaban descubierto en los últimos días, ninguno de los presentes consideró que fuera una precaución excesiva.

—Carla debería haber hecho esto —dijo Marina, en voz baja, mientras observaba la barra de progreso avanzar despacio en la pantalla del portátil—.

Si hubiera tenido a alguien más en quien confiar, si hubiera podido repartir lo que sabía entre varias personas en lugar de guardarlo todo ella sola en un escondite físico, quizá las cosas habrían salido de otra manera.

—O quizá habría acabado igual —respondió Bruno Ferreira, sin apartar la vista de la pantalla—, pero al menos la verdad no habría tenido que esperar veinte años para salir a la luz. Eso es lo único que podemos intentar hacer distinto esta vez.

Fue al salir de la casa de Restituto, ya con la tarde cayendo sobre los viñedos, cuando Marina vio de nuevo, aparcado en el cruce de la carretera principal, el mismo todoterreno oscuro y reluciente que había visto el primer día junto al altar de Áurea Bermejo, con Teodoro Anzures al volante, inmóvil, observándolos salir de la casa con una expresión que, incluso a esa distancia, resultaba inconfundiblemente hostil.

Nadie dijo nada durante los primeros segundos.

Pilar aceleró discretamente el paso hacia el coche, Bruno Ferreira se colocó, quizá sin pensarlo del todo, entre Marina y la carretera, y Restituto, que los había acompañado hasta la puerta apoyado en su bastón, se quedó mirando el todoterreno con una expresión que ya no tenía nada de miedo, solo un cansancio antiguo, casi digno, el de alguien que por fin ha decidido dejar de temer a un fantasma que lleva veintidós años vigilándolo.

—Que nos vea —dijo el anciano, en voz baja pero firme, sin apartar la mirada del coche—. Que sepa que esta vez no vamos a callarnos.

Subieron al utilitario de Pilar en silencio, y mientras se alejaban por el camino rural que evitaba la carretera principal, Marina no pudo evitar mirar por el retrovisor lateral hasta que el todoterreno de Teodoro Anzures desapareció, por fin, tras la última curva.