CAPÍTULO 8 — LA VISITA NOCTURNA
No pudo dormir esa noche, ni falta que le hizo, porque poco después de la una de la madrugada un ruido en la planta baja de la casa rural la sacó de la duermevela en la que llevaba horas flotando sin llegar a hundirse del todo en el sueño.
Un crujido de madera, el tipo de sonido que una casa vieja produce constantemente y que en circunstancias normales Marina habría ignorado sin más, pero que esa noche, después de la sensación de ser observada en el pinar de Fontanar, le pareció cargado de una intención que no podía demostrar y tampoco podía ignorar.
Llevaba, desde su regreso de Fontanar de Arriba esa misma tarde, arrastrando una inquietud que no había conseguido sacudirse ni siquiera después de contarle a Pilar, durante la cena, la sensación de ser observada en el pinar.
Pilar la había escuchado con gravedad, sin restarle importancia como quizá habría hecho cualquier otra persona ajena al pueblo, y le había recomendado que atrancara bien la puerta de su habitación esa noche, «por si acaso», una frase que en su momento a Marina le había parecido más una costumbre supersticiosa de la casa que una advertencia real.
Ahora, tumbada a oscuras escuchando el crujido que la había despertado, se arrepentía de no haberle hecho más caso.
Se levantó despacio, sin encender la luz, y se acercó a la puerta de su habitación.
Desde el pasillo llegaba un resplandor tenue, irregular, como el de una linterna moviéndose de un lado a otro, y el sonido inconfundible de unos pasos que intentaban, sin conseguirlo del todo, ser silenciosos sobre las tablas del suelo de madera.
Marina cogió el móvil de la mesilla, no tanto pensando en llamar a nadie —¿a quién iba a llamar, a la Guardia Civil de un pueblo donde ya sospechaba que la Guardia Civil llevaba veintidós años mirando hacia otro lado?
— sino porque necesitaba tener algo en la mano, algo que le diera la sensación, aunque fuera falsa, de tener algún tipo de control sobre lo que estaba a punto de suceder.
Se quedó unos segundos inmóvil, con la mano ya sobre el picaporte, escuchando su propio pulso latiéndole en los oídos con más fuerza de la que había sentido en mucho tiempo, calculando si sería más prudente quedarse encerrada, fingiendo dormir, o averiguar de una vez qué o quién se movía al otro lado de aquella puerta.
Ganó, finalmente, la curiosidad, o quizá simplemente la certeza de que no iba a poder pegar ojo el resto de la noche sin saber qué había interrumpido su sueño.
Abrió la puerta unos centímetros, lo justo para asomarse al pasillo.
La luz venía del salón de la planta baja, donde Pilar guardaba, según le había contado el primer día, un pequeño escritorio con el ordenador que usaba para gestionar las reservas de la casa rural.
Marina bajó las escaleras con el corazón latiéndole en las sienes, pegada a la pared, calculando cada paso para evitar los peldaños que había memorizado como más ruidosos.
Cuando llegó al final de la escalera, la figura ya no estaba en el salón.
La puerta principal de la casa, que Marina recordaba perfectamente haber visto cerrada con llave antes de subir a dormir, estaba entreabierta, dejando entrar el aire frío de la noche y el sonido lejano de un motor arrancando calle abajo.
Sobre el escritorio de Pilar, el ordenador estaba encendido, la pantalla iluminando el salón con un resplandor azulado que no debería haber estado ahí a esas horas.
Marina se acercó, todavía con el pulso desbocado, y vio que alguien había estado revisando el registro de huéspedes: en la pantalla, todavía abierto, estaba su propia reserva, con su nombre completo, su número de teléfono, su fecha de llegada y de salida, y el documento de identidad que había tenido que fotografiar al hacer el check-in, todo ello ampliado en una ventana como si alguien lo hubiera estado fotografiando con otro dispositivo.
Pilar bajó las escaleras pocos segundos después, alertada probablemente por el mismo ruido que había despertado a Marina, con una bata anudada a toda prisa y una expresión de alarma genuina que a Marina no le pareció fingida en absoluto.
—¿Qué ha pasado? ¿Está usted bien?
—Alguien ha entrado —dijo Marina, señalando la puerta entreabierta, el ordenador encendido—. Ha estado mirando mis datos.
Pilar se llevó una mano a la boca, y durante un instante pareció mucho más asustada de lo que la situación, objetivamente, justificaba para alguien que solo estaba viendo el resultado de un robo o un allanamiento menor.
—Esto no había pasado nunca —dijo, aunque a Marina le sonó menos a una afirmación tranquilizadora y más a alguien intentando convencerse a sí misma de algo que no terminaba de creer del todo—. Voy a llamar a la Guardia Civil.
—¿Servirá de algo? —preguntó Marina, sin poder evitar cierta amargura en el tono.
Pilar la miró entonces con una expresión distinta, más cargada, como si aquella pregunta hubiera abierto una puerta que llevaba mucho tiempo cerrada entre ambas.
—Escúcheme —dijo, bajando la voz aunque no había nadie más en la casa que pudiera oírlas—.
Yo tenía dieciséis años cuando desapareció Áurea Bermejo.
Íbamos juntas al colegio, no éramos íntimas pero nos conocíamos de toda la vida, como se conoce todo el mundo en un pueblo de este tamaño.
Recuerdo perfectamente el día que dejó de venir a clase, y recuerdo todavía mejor cómo, en cuestión de semanas, los profesores dejaron de mencionar su nombre en el aula, como si hubiéramos acordado todos, sin decirlo en voz alta, que era mejor no preguntar.
Y le puedo asegurar que en este pueblo hay gente que sabe exactamente qué le pasó aquella noche, y que esa gente lleva veintidós años asegurándose de que nadie más lo averigüe.
Cuando vinieron los de la televisión, hace años, yo tenía este mismo negocio, más pequeño entonces, y también se alojaron aquí, el hombre de la barba y la chica.
Y unas semanas después de que él desapareciera, alguien entró en mi casa de la misma manera que ha entrado esta noche.
No tocaron nada de valor. Solo dejaron claro que podían entrar cuando quisieran.
—¿Por qué sigue viviendo aquí, entonces? ¿Por qué sigue alquilando habitaciones a quien pregunta por esto?
Pilar tardó en responder, y cuando lo hizo, su voz sonó a la de alguien que ha tomado una decisión mucho antes de esa noche y solo esperaba el momento adecuado para ponerla en práctica.
—Porque cada vez que alguien entra en mi casa para asustarme, en lugar de asustarme más, me enfada más.
Y porque tengo sesenta y un años, y una salud que ya no es la de antes, y he decidido que si algo tiene que pasarme por ayudar a que por fin se sepa la verdad sobre Áurea, prefiero que pase de una vez y no seguir viviendo con este nudo en el estómago cada vez que paso por delante de aquel altar de la carretera.
Llamaron a la Guardia Civil, que llegó cuarenta minutos después en la figura de un único agente joven, visiblemente incómodo, que tomó nota del incidente con una desgana que confirmó todas las sospechas que Marina ya llevaba días acumulando, y que se marchó sin ofrecer ni la más mínima esperanza de que aquello fuera a investigarse con algún rigor.
Antes de irse, el agente había hecho una pregunta que a Marina le pareció, en su momento, extrañamente específica para alguien que parecía tan poco interesado en el caso: quiso saber cuántos días más pensaba quedarse en el pueblo y en qué consistía exactamente su «investigación», una pregunta que formuló con un tono neutro pero que Marina no pudo evitar interpretar como un mensaje transmitido a través de un intermediario, más que como simple curiosidad profesional.
Cuando el coche patrulla se alejó calle abajo, Pilar cerró la puerta con dos vueltas de llave y colocó, además, una silla bajo el picaporte, un gesto que hizo con la naturalidad de quien lo ha hecho antes en otras ocasiones y que a Marina le confirmó, sin necesidad de palabras, que aquella no era la primera vez que aquella casa tenía que protegerse de una visita no deseada.
Cuando por fin volvió a quedarse a solas en su habitación, con la puerta atrancada con una silla bajo el picaporte —un gesto casi ridículo, pensó Marina, y sin embargo incapaz de no hacerlo—, sacó el móvil y llamó a Bruno Ferreira, aunque eran las tres de la madrugada y no tenía ninguna certeza de que fuera a responder.
Respondió al tercer tono, con la voz pastosa de quien acaba de ser arrancado del sueño, pero completamente despierto en el instante en que Marina pronunció la palabra Cerezal.
—Te dije que no fueras sola —dijo, y en su voz había más resignación que sorpresa, como si llevara toda la semana esperando aquella llamada—. ¿Estás bien?
—Estoy bien. Pero alguien ha entrado en la casa donde me alojo y ha copiado mis datos. Y creo que Restituto Peña, el antiguo guarda de las bodegas, tiene la grabación de la que hablaba Carla en su documento. Dice que existe. Dice que la escondió cuando Carla desapareció.
Se hizo un silencio largo al otro lado de la línea, tan largo que Marina llegó a pensar que la llamada se había cortado.
—Marina, escúchame con atención —dijo por fin Bruno Ferreira, con una voz que había perdido cualquier resto de somnolencia—.
Voy a coger el primer tren que salga por la mañana.
No hagas nada hasta que llegue. No vuelvas a ver a ese hombre sola, no te acerques más a las bodegas, no le cuentes a nadie del pueblo lo que me acabas de contar a mí.
Si de verdad existe esa grabación, y si de verdad alguien ha entrado esta noche en tu alojamiento para asegurarse de saber quién eres y dónde te alojas, significa que ya saben que estás cerca de algo.
Y la última vez que alguien estuvo cerca de algo en ese pueblo, ya sabes cómo terminó.
—¿Por qué cambias de opinión ahora? Hace unos días me dijiste que no siguiera tirando del hilo, que archivara el material y me olvidara de todo esto.
—Porque hace unos días pensaba que podías elegir olvidarte —respondió Bruno Ferreira, con una honestidad brutal que a Marina le pareció, extrañamente, la cosa más reconfortante que había escuchado en varios días—.
Ahora ya no estoy seguro de que tengas esa opción.
Cuando alguien empieza a vigilarte de esta manera, dejar de investigar no te hace más segura.
Solo te deja sin saber contra quién te estás defendiendo.
—¿Crees que deberíamos avisar a Restituto? Si vinieron a mi habitación, quizá también estén vigilando su casa.
Se hizo un breve silencio al otro lado de la línea, uno de esos silencios que a Marina ya empezaban a resultarle familiares, cargados de un cálculo rápido entre lo prudente y lo necesario.
—Llama a Encarna, su hija, en cuanto amanezca.
No a él, que a su edad lo último que necesita es sobresaltarse en mitad de la noche.
Dile que extremen las precauciones, que cierren bien, y que si ven algo raro llamen directamente a la comandancia provincial, no al puesto local.
Yo llegaré con tiempo de sobra para ir a verlos juntos.
Colgaron poco después, con la promesa de Bruno Ferreira de llegar al pueblo antes del mediodía siguiente.
Marina se quedó despierta el resto de la noche, sentada en la cama con la espalda apoyada contra el cabecero, escuchando cada crujido de la casa vieja con una atención que antes de esa noche nunca había necesitado prestarle a nada, y pensando, una y otra vez, en la expresión de Restituto Peña al decirle que llevaba dos noches sin dormir desde que había sabido que ella estaba en el pueblo.
Se preguntó si esa noche, en su casa de Fontanar de Arriba, el anciano estaría igual de despierto que ella, escuchando los mismos crujidos, temiendo la misma clase de visita.