Lo que quedó grabado CAPÍTULO 7 — EL GUARDA DE FONTANAR
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CAPÍTULO 7 — EL GUARDA DE FONTANAR

Fontanar de Arriba resultó ser un pueblo aún más pequeño que Cerezal del Bajo, apenas un puñado de casas dispersas alrededor de una plaza sin iglesia propia, conectado con su vecino por una carretera comarcal de siete kilómetros que serpenteaba entre viñedos y, en algunos tramos, pinares cerrados que oscurecían la calzada incluso a plena luz del día.

Marina hizo el trayecto a pie, sin encontrarse con un solo coche durante todo el camino, con el móvil en la mano marcando una ruta que su aplicación de mapas advertía, en letras pequeñas, como «poco transitada, revisar antes de salir».

Caminó despacio, más de lo estrictamente necesario, deteniéndose de vez en cuando a fotografiar los viñedos que bordeaban la carretera, no tanto por interés paisajístico como por la necesidad, casi física, de tener las manos ocupadas en algo mientras su cabeza seguía dando vueltas a todo lo que había averiguado hasta entonces.

En un tramo donde la carretera se estrechaba entre dos hileras de pinos, se cruzó con un hombre mayor que conducía un pequeño tractor cargado de aperos, y que la saludó levantando dos dedos del volante con la cortesía automática de quien lleva toda la vida saludando a cualquiera que se cruce por aquellos caminos, forastero o no.

Marina le devolvió el saludo, agradecida por aquel gesto pequeño y sin dobleces, el primero desde su llegada a la comarca que no llevaba pegada ninguna sospecha ni ninguna advertencia velada.

El antiguo guarda de las bodegas Anzures, el hombre al que Carla Injuste había ido a visitar la noche de su desaparición, se llamaba Restituto Peña y, según había podido averiguar Marina a través del grupo de Facebook del pueblo y una llamada algo incómoda al ayuntamiento, seguía vivo, aunque ya muy mayor, viviendo con una de sus hijas en una casa a las afueras de Fontanar.

Le costó convencerlo de recibirla. Cuando por fin lo consiguió, después de dos visitas frustradas y una conversación telefónica con la hija de Restituto en la que Marina tuvo que insistir, apelando a la memoria de Carla Injuste como si aquello fuera casi una deuda pendiente con los muertos, el hombre la recibió en el porche de la casa, sentado en una mecedora de madera, con una manta sobre las piernas a pesar de que hacía calor.

La primera de aquellas visitas frustradas había sido, en realidad, la más reveladora, aunque en su momento Marina no supo interpretarla del todo.

La hija de Restituto, una mujer de unos cincuenta años llamada Encarna, la había recibido en la puerta con una brusquedad que no admitía discusión: «Mi padre no está para entrevistas, y menos sobre eso», le había dicho, cerrando la puerta con una firmeza que sugería una orden recibida de antemano más que una decisión espontánea.

Fue solo después de que Marina insistiera, dejando su número de teléfono y una nota escrita a mano en la que mencionaba, deliberadamente, el nombre completo de Carla Injuste Ferro, cuando Encarna volvió a llamarla, dos días después, con una voz mucho más templada, casi de disculpa, explicándole que su padre «llevaba toda la noche sin dormir después de leer esa nota» y que, contra el criterio de la propia Encarna, había decidido que quería hablar con ella después de todo.

El trayecto hasta Fontanar de Arriba, esa misma mañana, había transcurrido bajo un sol ya intenso que hacía brillar los viñedos con un resplandor casi metálico, y Marina había aprovechado la caminata para repasar mentalmente, una vez más, todo lo que ya sabía: la confesión a medias de Bruno Ferreira, el documento de Carla, el hombre que la había abordado junto al altar de Áurea el día anterior.

Cada nuevo dato parecía multiplicar las preguntas en lugar de reducirlas, y a esas alturas Marina había empezado a sospechar que aquella sensación —la de que cada respuesta abría dos preguntas nuevas— era, precisamente, la textura habitual de cualquier investigación que se adentra en un secreto sostenido durante más de dos décadas.

—Ya hablé con la periodista, hace mucho —dijo Restituto, sin mirarla directamente, con los ojos fijos en algún punto de los viñedos que se extendían frente a la casa—.

Nunca llegó a esta casa. La esperé toda la tarde y no vino.

Al día siguiente me enteré de que había desaparecido, y desde entonces me pregunto si fue porque yo hablé demasiado, en la llamada donde quedamos, sobre cosas que debería haber callado.

—¿Qué le dijo por teléfono?

Restituto tardó en responder. Sus manos, nudosas y cubiertas de manchas de la edad, se movían inquietas sobre la manta, como si buscaran algo que sostener.

—Le dije que yo trabajé cuarenta y un años para los Anzures.

Que vi cosas que un guarda no debería ver y que aprendí, con los años, a no ver las que no me convenía ver.

—Hizo una pausa larga—. Le dije que la noche que desapareció la chica Bermejo, hará ya veintidós años, yo estaba de guardia en la bodega, y que vi un coche entrar por la puerta trasera, la que da a la carretera, mucho después de la hora en que se suponía que debía estar cerrada.

Un coche del que solo dos personas en el pueblo tenían llave: el patriarca de los Anzures, que en paz descanse, y su hijo Teodoro.

—¿Vio a Teodoro Anzures esa noche?

—Vi el coche. No puedo jurar quién iba dentro, aunque en aquel momento no tuve dudas.

Y a la mañana siguiente, cuando ya se sabía que la chica Bermejo no había vuelto a su casa, el patriarca en persona vino a verme antes de que abriera la boca ante nadie.

Me dijo que mi familia siempre había vivido bien gracias a las bodegas, que mis hijas tenían trabajo asegurado, que mi nieto podría estudiar donde quisiera si algún día quería salir de aquí.

Y que todo eso dependía de que yo no hubiera visto ningún coche esa noche.

—¿Y usted aceptó?

Restituto Peña levantó por fin los ojos y miró a Marina directamente, con una mezcla de vergüenza y desafío que parecía llevar veintidós años acumulándose sin encontrar la ocasión de salir.

—Tenía cinco hijas, señorita, y un salario que no llegaba a la mitad de lo que ganaba en las bodegas. Acepté. Y me arrepiento cada noche desde entonces, pero acepté, y ese silencio se convirtió con los años en algo que ya no podía deshacer sin destruir todo lo que había construido callando.

—¿Por qué decidió contárselo a Carla, entonces, si llevaba tanto tiempo callado?

—Porque tenía setenta y ocho años cuando ella me llamó, y setenta y ocho años son suficientes para empezar a pensar más en cómo vas a morir que en cómo vas a vivir.

—La voz de Restituto se quebró ligeramente—.

Le dije que sí, que hablaría con ella, que le contaría lo del coche, y le dije también algo más, algo que ahora llevo veinte años arrepintiéndome de haberle dicho por teléfono en lugar de esperar a decírselo en persona, donde nadie pudiera escuchar la llamada.

—¿Qué le dijo?

—Le dije que existía una grabación.

El corazón de Marina se aceleró de una manera que casi le impidió mantener la voz serena.

—¿Qué tipo de grabación?

—Las bodegas tenían, ya en aquella época, cámaras de seguridad en el perímetro exterior, algo poco habitual para un pueblo tan pequeño, pero el patriarca Anzures era desconfiado y previsor.

Una de esas cámaras enfocaba precisamente la puerta trasera y el tramo de carretera donde está el altar que ahora le ponen flores a la chica.

Yo mismo, antes de que el patriarca viniera a comprarme el silencio, había hecho una copia de la cinta de esa noche en un vídeo doméstico, sin saber muy bien por qué lo hacía, quizá porque incluso entonces, en el fondo, sabía que algún día necesitaría tener algo con lo que protegerme si las cosas se torcían.

Escondí esa cinta, y con los años, cuando la tecnología cambió, la pasé a un formato digital que guardé en un disco duro pequeño, de esos que caben en la palma de la mano.

—¿Por qué hizo esa copia, exactamente? Si en aquel momento no sabía todavía que iba a necesitarla.

Restituto se quedó callado un instante, como si la pregunta le obligara a rebuscar en un recuerdo que llevaba mucho tiempo evitando examinar de cerca.

—Porque llevaba semanas viendo cosas raras en esas cámaras, señorita.

Coches que entraban y salían a horas extrañas, gente que no tenía por qué estar allí.

Un guarda de bodega, con el tiempo, aprende a distinguir cuándo algo no cuadra, aunque no sepa todavía el qué.

Empecé a hacer copias de ciertas noches, por si acaso, mucho antes de que desapareciera la chica Bermejo.

Nunca pensé que la que iba a necesitar de verdad sería, precisamente, la de esa noche en concreto.

—¿Y le dio esa grabación a Carla?

Restituto negó despacio con la cabeza, y en ese gesto Marina reconoció, con una punzada de decepción que no pudo evitar, el peso de veintidós años de miedo acumulado.

—Le dije que existía. Le dije dónde la tenía escondida, en esta misma casa, detrás de un ladrillo suelto del muro del corral.

Pero cuando ella no vino a la cita, cuando empezaron a circular rumores de que había desaparecido igual que el periodista antes que ella, entré en pánico.

Saqué el disco duro de su escondite y lo llevé a otro sitio, más lejos, más seguro, un lugar que solo conocemos yo y una persona más en la que confío.

Desde entonces no he vuelto a tocarlo. Y cada vez que pienso en devolverlo a su sitio, en entregarlo a alguien, pienso también en mis nietas, que ahora viven en este pueblo, y en lo que les podría pasar a ellas si los Anzures llegaran a enterarse de que ese disco sigue existiendo.

Marina se inclinó ligeramente hacia adelante, consciente de que estaba a punto de cruzar una línea que no tenía muy claro si debía cruzar.

—Restituto, si todavía existe esa grabación, es la única prueba real que puede demostrar lo que le pasó a Áurea Bermejo, y probablemente también lo que les pasó a Bruno Ostiz y a Carla Injuste.

Sin esa prueba, todo lo demás que yo pueda reunir seguirá siendo sospechas, rumores, coincidencias que un abogado de los Anzures desmontará en cinco minutos.

—Lo sé. —La voz del anciano sonó, por primera vez, genuinamente cansada, la voz de alguien que ha cargado con un peso durante demasiados años—.

Y por eso mismo llevo dos noches sin dormir desde que mi hija me dijo que había venido usted preguntando por Carla Injuste.

Porque sé que en algún momento voy a tener que decidir si me llevo este secreto a la tumba, como he hecho hasta ahora, o si por fin hago lo que debería haber hecho hace veintidós años.

—¿Qué es lo que más le da miedo? —preguntó Marina, con una suavidad que no había planeado, pero que le salió sin esfuerzo al ver el rostro surcado de arrugas del anciano, iluminado por la última luz de la tarde—. ¿Los Anzures, o lo que puedan pensar de usted si por fin habla?

Restituto tardó en responder, con la mirada perdida de nuevo en los viñedos.

—Las dos cosas, señorita. Pero sobre todo lo segundo. Porque si hablo, todo el pueblo sabrá que guardé silencio durante veintidós años a cambio de un buen sueldo y de que mis hijas tuvieran trabajo. Y no sé si voy a soportar que me miren de esa manera en los pocos años que me quedan.

—La gente que de verdad importa entenderá que tuvo miedo, y que al final decidió hacer lo correcto —dijo Marina, sin estar del todo segura de si aquellas palabras eran una promesa razonable o solo un consuelo fácil que ofrecer a un anciano asustado.

—Tengo cinco hijas, señorita Uceda, y once nietos repartidos entre este pueblo y dos ciudades donde han tenido que emigrar para encontrar trabajo —dijo Restituto, con una tristeza que parecía acumulada durante décadas—.

Cada uno de ellos, de una manera u otra, ha vivido a la sombra de lo que yo callé aquella noche.

Mi hija mayor, la que vive en Fontanar y me cuida ahora, ni siquiera sabe la verdad completa; solo sabe que su padre trabajó cuarenta y un años para una familia a la que nunca terminó de coger cariño, y que nunca ha querido explicarle del todo por qué.

—¿Piensa contárselo, si finalmente decide hablar?

—Tendré que hacerlo, antes de que se entere por la prensa o por la policía. Y esa conversación, se lo aseguro, me da más miedo que cualquier cosa que puedan hacerme los Anzures.

No le dio una respuesta esa tarde. Le pidió a Marina que volviera al día siguiente, que le diera tiempo para pensar, para hablar con su hija, para decidir si de verdad estaba dispuesto, a los ochenta años, a poner en riesgo la tranquilidad que tanto le había costado construir a base de silencio.

Antes de irse, Marina le preguntó a Restituto si podía tomarle una fotografía del rostro, con la vaga idea de conservar un registro de cada testimonio tal como había aprendido a hacer en la Filmoteca, donde ninguna fuente oral se consideraba completa sin su correspondiente respaldo visual.

El anciano aceptó, pero le pidió, con una seriedad que sorprendió a Marina, que no la compartiera con nadie salvo que «las cosas llegaran a ponerse tan feas» que necesitara demostrar que había hablado con él en persona, con vida, un día concreto de un mes concreto.

Marina prometió que así lo haría, sin saber todavía cuánto pesaría esa fotografía en los días siguientes.

Marina volvió caminando a Cerezal del Bajo con la luz de la tarde ya cayendo rápidamente sobre los viñedos, repasando mentalmente cada palabra de la conversación, calculando ya en su cabeza cómo plantearle a Bruno Ferreira la posibilidad de convencer a Restituto para que entregara el disco duro antes de que el miedo, una vez más, se impusiera sobre la conciencia del anciano.

Fue en algún punto de ese repaso mental, en el tramo donde la carretera se estrechaba entre los pinares, cuando tuvo la certeza física, incómoda, de que no estaba sola.

No vio a nadie. No escuchó pasos ni motores.

Pero algo en la quietud del pinar, en la forma en que los pájaros habían dejado de cantar de golpe unos minutos antes, le erizó el vello de los brazos con una intensidad que no pudo achacar solo al frío de la tarde.

Aceleró el paso sin llegar a correr, procurando que su respiración sonara tan normal como fuera posible, y no dejó de mirar de reojo hacia los árboles hasta que las primeras casas de Cerezal del Bajo aparecieron, por fin, al final de la carretera, con las luces de las farolas encendiéndose una a una contra el cielo cada vez más oscuro.