Lo que quedó grabado CAPÍTULO 6 — LA VOZ QUE QUEDÓ GRABADA
53%

CAPÍTULO 6 — LA VOZ QUE QUEDÓ GRABADA

Dieciocho años antes de que Marina Uceda pusiera un pie en Cerezal del Bajo, Carla Injuste llevaba ya tres semanas durmiendo mal, en la misma habitación de la misma casa rural, con un cuaderno de tapas negras siempre a mano en la mesilla de noche, lleno de anotaciones que solo ella sabía interpretar del todo.

Después de la desaparición de Bruno Ostiz, la productora había pausado oficialmente el rodaje, pero Carla nunca llegó a marcharse del todo del pueblo.

Había convencido a Bruno Ferreira, con la insistencia terca que la caracterizaba, de que le permitiera quedarse «unos días más» para «cerrar cabos sueltos», una excusa que ambos sabían que era mentira, o al menos una verdad incompleta: Carla no pensaba cerrar nada.

Pensaba encontrar a Bruno, o al menos encontrar la razón de su desaparición, aunque tuviera que hacerlo completamente sola.

Se despertaba cada mañana a las seis, antes de que el resto del pueblo empezara a moverse, y salía a caminar por las calles vacías de Cerezal del Bajo con una cámara pequeña colgada al cuello, no la profesional del equipo, que se había quedado guardada en un almacén de la productora tras la pausa del rodaje, sino una cámara compacta que había comprado con su propio dinero, decidida a que ningún departamento de contabilidad pudiera decirle qué podía o no podía grabar.

Fue en una de esas caminatas matutinas cuando conoció, por primera vez, a Onofre Salcedo fuera del contexto profesional del rodaje.

Lo encontró sentado en el poyete de piedra frente a la iglesia, con la mirada perdida en un punto indefinido de la plaza, fumando un cigarrillo con la parsimonia de alguien que lleva mucho tiempo sin dormir.

—¿No deberías estar en Madrid con el resto del equipo? —le preguntó Carla, sentándose a su lado sin pedir permiso, con la naturalidad que solo da compartir semanas de trabajo intenso con alguien.

—Este es mi pueblo —respondió Onofre, sin mirarla—. No tengo ningún sitio mejor al que ir mientras esto se resuelve.

—¿Tú crees que se va a resolver?

Onofre tardó en responder, dando una última calada al cigarrillo antes de apagarlo contra la piedra.

—Aquí no se resuelve nada nunca, Carla. Aquí las cosas se olvidan, que es distinto.

Aquella frase, anotada esa misma tarde en el cuaderno de tapas negras con una fecha y una hora precisas, sería, meses después, uno de los pocos indicios que Carla dejaría por escrito de que había empezado a sospechar de Onofre mucho antes de lo que nadie, incluida ella misma, habría llegado a admitir en su momento.

Pero en aquel instante, sentada junto a él en el poyete de piedra, Carla solo vio a un compañero de trabajo agotado, tan afectado como ella por la desaparición de Bruno, y no al hombre que, según descubriría Marina casi dos décadas después, llevaba ya entonces semanas informando en secreto a la familia Anzures de cada paso que daba el equipo.

Los días siguientes, Carla los dedicó a reconstruir, entrevista a entrevista, la última semana de vida de Bruno Ostiz.

Habló con el dueño del Bar Casino, que le confirmó, con la misma reticencia que veintidós años después mostraría ante Marina, que Bruno había estado allí la noche de su desaparición, bebiendo solo, hablando por teléfono en voz baja junto a la puerta.

Habló con dos vecinas que recordaban haber visto, esa misma noche, un coche oscuro aparcado en la plaza durante casi una hora, con el motor encendido, algo que en un pueblo donde nadie dejaba nunca un coche al ralentí por gastar gasolina, había llamado la atención de ambas sin que ninguna se atreviera a comentarlo con la Guardia Civil.

También intentó, sin éxito, entrevistar de nuevo a Remedios Bermejo, que en aquella ocasión, a diferencia de la entrevista formal que había concedido semanas antes ante las cámaras del equipo completo, se negó a recibirla a solas.

«No tengo nada más que añadir a lo que ya dije delante de la cámara», le dijo Remedios a través de la puerta entreabierta, con una voz que a Carla le pareció, en aquel momento, más asustada que reticente.

Carla anotó también aquella negativa en su cuaderno, subrayándola con una pregunta al margen que nunca llegaría a responder: «¿Por qué habla delante de la cámara y no a solas?

¿A quién teme más, a los Anzures o a las consecuencias de decir demasiado sin testigos que lo graben? »

Fue una de esas vecinas, una mujer mayor llamada Asunción, quien le proporcionó a Carla el dato que terminaría de encaminar su investigación hacia Restituto Peña.

—Si quiere saber lo que de verdad pasa en las bodegas de los Anzures —le dijo Asunción, bajando la voz aunque estaban solas en su propia cocina—, hable con Restituto, el guarda.

Lleva cuarenta años allí. Ha visto entrar y salir más secretos de esa finca que cualquier otra persona en este pueblo, y a su edad, cada vez le pesa más callarlos.

Carla anotó el nombre, subrayado, en su cuaderno, junto a una fecha para llamarlo que finalmente cumpliría semanas después, en la llamada que Restituto recordaría, veintidós años más tarde, con un detalle doloroso ante Marina.

Pero antes de esa llamada, Carla dio un paso que nunca llegó a contarle a nadie de la productora, y que solo quedaría registrado en el documento que escribiría poco antes de morir: viajó, sin decírselo a Bruno Ferreira, hasta el registro civil de la comarca, donde consiguió, apelando a su condición de periodista con una insistencia que la funcionaria de turno terminó por ceder, una copia del árbol genealógico parcial de varias familias del pueblo, entre ellas los Salcedo.

Fue así como descubrió, mucho antes que Marina, el parentesco entre Onofre y Áurea Bermejo: primos por parte de madre, una conexión que ningún documento de producción había mencionado nunca, porque a nadie, ni siquiera al propio Onofre en su entrevista de contratación, se le había ocurrido preguntar si tenía algún vínculo personal con el caso que iban a investigar.

Carla no llegó a atar los cabos del todo.

Anotó el dato, subrayado dos veces igual que haría Marina años después con costumbres que ninguna de las dos sabría que compartían, pero no llegó a comprender su verdadero peso, quizá porque en aquel momento su atención estaba puesta, sobre todo, en los Anzures, en Teodoro, en la posibilidad de que la familia más poderosa del pueblo hubiera silenciado no solo la desaparición de Áurea sino también la de su propio compañero de equipo.

La noche antes de su cita con Restituto Peña, Carla grabó, en la soledad de su habitación, un vídeo destinado únicamente a sí misma, un hábito que había desarrollado desde la desaparición de Bruno como una manera de procesar en voz alta lo que no podía compartir con nadie más.

«Si mañana consigo lo que espero conseguir», decía en esa grabación, con la cámara compacta apoyada sobre la mesilla de noche y la voz baja para no despertar a nadie en la casa rural, «voy a tener, por fin, la prueba que necesito para reabrir oficialmente el caso de Áurea Bermejo.

Y si esa prueba existe de verdad, tal como me ha insinuado Asunción, entonces también voy a tener la clave de lo que le pasó a Bruno, porque estoy cada vez más convencida de que ambas cosas están conectadas de una manera que todavía no consigo ver del todo con claridad.

Hay algo en este pueblo, algo más profundo que el simple silencio comprado por dinero, que no termino de entender.

Es como si hubiera dos historias distintas entrelazadas: la de los Anzures protegiendo a Teodoro, y otra historia, más pequeña, más íntima, que corre paralela sin que yo consiga verla del todo. »

Aquel vídeo, encontrado por Marina meses después de la detención de Onofre Salcedo, entre un lote adicional de material personal de Carla que la comandancia provincial terminó entregando a la familia de la periodista, resultaría ser la prueba más clara de lo cerca que había estado Carla Injuste de descubrir la verdad completa dieciocho años antes de que Marina lo consiguiera.

Había intuido la doble naturaleza del secreto de Cerezal del Bajo —el poder de los Anzures por un lado, el dolor privado de Onofre por otro— sin llegar a unir ambos hilos en un solo nudo, quizá porque nadie, sin la distancia de dos décadas y sin la casualidad de encontrar aquella carpeta olvidada en un servidor a punto de borrarse, podría haberlo hecho.

A la mañana siguiente, Carla se despertó temprano, revisó por última vez sus notas, y salió de la casa rural en dirección a Fontanar de Arriba con la misma determinación tranquila con la que había afrontado cada día de aquella investigación.

No llegó a la cita. El camino que debería haberla llevado hasta la puerta de Restituto Peña se convirtió, en algún punto no determinado del tramo de pinares que separaba los dos pueblos, en el último trayecto de su vida, dieciocho años antes de que Marina Uceda, sin saber nada todavía de aquella mujer valiente y meticulosa, sintiera exactamente el mismo escalofrío en el mismo tramo de carretera, y decidiera, sin saber tampoco por qué, acelerar el paso hasta dejar atrás los pinares.