CAPÍTULO 5 — CEREZAL DEL BAJO #2
Sacó el móvil e hizo una fotografía del altar, no muy segura de para qué la necesitaría, y al bajar el teléfono se dio cuenta de que un coche había aparecido en el otro extremo de la carretera y avanzaba lentamente hacia ella.
Era un todoterreno oscuro, reluciente, del tipo que en un pueblo pequeño destaca precisamente por no pertenecer al paisaje habitual de tractores y coches viejos.
Se detuvo a pocos metros de donde estaba Marina, y la ventanilla del conductor bajó despacio.
El hombre que la miró desde dentro tenía unos cuarenta y cinco años, rasgos afilados, una camisa de un blanco impecable que contrastaba con el entorno rural, y unas gafas de sol que no se molestó en quitarse a pesar de que el sol ya empezaba a caer.
—No es habitual ver a forasteros parados aquí —dijo, con un tono que pretendía sonar amable y no terminaba de conseguirlo—. ¿Puedo ayudarla en algo?
—Solo estaba paseando —respondió Marina, procurando que su voz sonara tan tranquila como fuera posible—. Es un sitio bonito.
—Es un sitio con historia —dijo el hombre, y algo en la manera de pronunciar esa palabra, historia, hizo que a Marina se le erizara la piel—.
Yo soy Teodoro Anzures. Mi familia tiene las bodegas de ahí detrás.
—Señaló con un gesto vago hacia el edificio de piedra que se veía a lo lejos—.
Si está interesada en la zona, en la producción del vino, estaré encantado de enseñarle las instalaciones. Recibimos visitas concertadas.
—Se lo agradezco. Quizá mañana.
—¿De dónde es usted, si no es indiscreción?
—De Madrid.
—Madrid. —Teodoro repitió la palabra con una media sonrisa que no llegaba a los ojos, ocultos tras las gafas de sol—. Cada pocos años nos visita alguien de Madrid interesado en «la zona». Es curioso cómo cambian las excusas y se repite siempre el mismo interés de fondo.
Marina notó que el corazón le latía un poco más rápido, aunque procuró que no se le notara en la voz.
—No sé a qué se refiere.
—A nada en particular. —Teodoro se ajustó las gafas con un gesto que a Marina le pareció deliberadamente lento, como si quisiera darle tiempo a que asimilara cada palabra—. Solo digo que este es un pueblo pequeño, y que la gente de pueblo pequeño tiene buena memoria para las caras nuevas.
—¿Se aloja en el pueblo?
La pregunta, formulada con la misma cortesía impostada que el resto de la conversación, tenía un filo que Marina no pudo ignorar. Pensó en mentir, en decir que estaba solo de paso, pero algo le dijo que en un pueblo tan pequeño esa mentira tendría las piernas muy cortas.
—En la casa rural de Pilar, cerca de la plaza.
Teodoro Anzures asintió despacio, como si estuviera anotando mentalmente el dato, y por primera vez su sonrisa —hasta entonces cuidadosamente neutra— adquirió un matiz distinto, algo que se parecía demasiado a una advertencia disfrazada de cortesía.
—Este es un pueblo tranquilo, señorita...
—Uceda.
—Señorita Uceda. Un pueblo tranquilo, donde a la gente le gusta que las cosas sigan siendo tranquilas. Que disfrute de su estancia.
Subió la ventanilla y el todoterreno se alejó despacio en dirección a las bodegas, dejando a Marina de pie junto al altar improvisado con la sensación, cada vez más nítida, de que su llegada al pueblo ya no era ningún secreto para nadie que importara.
Durante la cena, servida en un comedor pequeño con solo dos mesas ocupadas —la suya y la de una pareja de ciclistas que hablaban en voz baja en un idioma que Marina no reconoció—, Pilar se acercó un par de veces con la excusa de preguntar si todo estaba a su gusto, y en la segunda de esas visitas se quedó unos segundos más de lo estrictamente necesario, con las manos entrelazadas sobre el delantal, mirando hacia la ventana como si estuviera decidiendo si decir algo más.
—Ha ido a las bodegas hoy, ¿verdad? —preguntó finalmente, con una voz que pretendía sonar despreocupada y no del todo lo conseguía—. Me lo ha dicho mi vecina, que la vio pasar por la carretera esta tarde.
—Solo estaba paseando —repitió Marina, consciente de que la mentira sonaba cada vez más fina cada vez que tenía que repetirla.
Pilar asintió, sin insistir, pero antes de retirarse a la cocina añadió una frase que Marina anotaría esa misma noche en su cuaderno, subrayada, junto a las demás advertencias veladas que llevaba acumulando desde su llegada: «En este pueblo, señorita, hasta las paredes tienen memoria, y algunas personas se aseguran de que esa memoria no hable nunca en voz alta. »
Esa noche, de vuelta en su habitación, mientras cenaba sola en la pequeña cocina que Pilar ponía a disposición de los huéspedes, Marina revisó de nuevo, en su móvil, las imágenes que había reunido hasta entonces: la fotografía del altar improvisado, capturas de pantalla de las noticias sobre las desapariciones, el documento de Carla Injuste que ya se sabía casi de memoria.
Fue entonces cuando reparó en un detalle que hasta ese momento le había pasado desapercibido, quizá porque llevaba días concentrada en los nombres y las fechas y no en las imágenes en sí.
En uno de los fotogramas del cuarto archivo de vídeo —el montaje ya avanzado, con la voz en off de Carla hablando sobre el plano aéreo del pueblo—, en el fondo, apenas visible entre los viñedos, se distinguía la silueta borrosa de una persona de pie, inmóvil, mirando hacia la cámara del dron que grababa el plano.
Marina amplió la imagen todo lo que la resolución le permitía.
No podía distinguir el rostro con claridad, pero sí la postura: alguien alto, de complexión fuerte, con las manos en los bolsillos, en una posición que no sugería curiosidad casual sino algo mucho más parecido a la vigilancia.
Comparó la ropa de esa figura con las fotografías que había podido encontrar de Teodoro Anzures en su perfil de la bodega familiar, tomadas aproximadamente en la misma época.
La coincidencia no era una prueba, ni siquiera se acercaba a serlo, pero era suficiente para que Marina sintiera que el pueblo entero, con su silencio educado y sus advertencias veladas, empezaba a cerrarse a su alrededor como una mano.
Marcó, casi sin pensarlo, el número de Bruno Ferreira, aunque eran ya más de las once de la noche. Él respondió al segundo tono, con una voz que no sonaba en absoluto a alguien recién despertado, como si también él hubiera estado esperando esa llamada.
—He encontrado algo —dijo Marina, sin preámbulos, y le describió la figura borrosa entre los viñedos, la coincidencia con la complexión de Teodoro Anzures, el encuentro de esa misma tarde junto al altar de la carretera.
Bruno Ferreira guardó silencio unos segundos antes de responder.
—Marina, escúchame. Si de verdad crees que te has cruzado hoy con alguien que puede haber estado vigilando el rodaje de Últimas Voces hace veinte años, necesito que tengas mucho cuidado con lo que haces a partir de ahora.
No hables con nadie de esto en el pueblo, ni siquiera con Pilar, hasta que sepamos con quién podemos contar de verdad. ¿Me lo prometes?
—Te lo prometo —dijo Marina, aunque en el fondo ya sabía que aquella promesa, dadas las circunstancias, iba a resultarle mucho más difícil de cumplir de lo que ambos querían creer en ese momento.
Guardó la ampliación de la imagen, apagó la luz de la habitación, y se quedó despierta mucho más tiempo del que le habría gustado, escuchando los sonidos desconocidos de un pueblo que dormía a su alrededor y preguntándose, por primera vez desde que había empezado aquello, si Bruno Ferreira no habría tenido toda la razón del mundo al decirle que no debería estar haciendo aquello sola.