Lo que quedó grabado CAPÍTULO 5 — CEREZAL DEL BAJO
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CAPÍTULO 5 — CEREZAL DEL BAJO

El autobús que salía de la estación sur tardaba tres horas y cuarenta minutos en llegar a la comarca, con una única parada en un pueblo mediano donde subieron dos ancianas con bolsas de la compra y un adolescente con auriculares que se pasó todo el trayecto mirando el móvil sin levantar la vista ni una sola vez.

Marina había pedido tres días libres alegando un asunto personal, algo que no era del todo mentira, y había reservado una habitación en la única casa rural de Cerezal del Bajo que aparecía en las plataformas de reserva, con dos comentarios en total, ambos de hacía más de un año.

Durante las primeras dos horas del trayecto, Marina intentó, sin demasiado éxito, avanzar en la lectura de una novela que llevaba en el bolso desde hacía semanas sin conseguir pasar del tercer capítulo.

Las palabras se le desdibujaban en la página, sustituidas una y otra vez por fragmentos de la grabación de la cámara de seguridad que todavía no había visto pero que ya imaginaba, por la voz de Restituto Peña al teléfono, cargada de un peso que solo podía intuir.

Guardó el libro cuando el paisaje empezó a cambiar de verdad, decidiendo que prefería mirar por la ventanilla antes que fingir una concentración que no tenía.

El paisaje cambió poco a poco a medida que el autobús se alejaba de Madrid: los campos de cereal dieron paso a colinas suaves cubiertas de viñedos ordenados en hileras que se extendían hasta donde alcanzaba la vista, interrumpidos de vez en cuando por bodegas de piedra con nombres pintados en letras grandes sobre las fachadas.

En una de ellas, mucho antes de que el autobús llegara a su destino, Marina leyó el apellido ANZURES en letras doradas, tan grandes que resultaban visibles desde la carretera, y sintió que el estómago se le encogía de una manera que no tenía nada que ver con el traqueteo del vehículo.

Cerezal del Bajo resultó ser exactamente lo que el dossier de producción y las imágenes de Últimas Voces le habían hecho imaginar: una plaza mayor con soportales de piedra, una iglesia de torre cuadrada, calles estrechas que subían y bajaban siguiendo el relieve del terreno, y un silencio de mediodía entre semana que solo rompían el ladrido ocasional de algún perro y el motor de algún tractor a lo lejos.

Bajó del autobús con la única maleta pequeña que había llevado, y durante unos segundos se quedó de pie en la plaza, orientándose, consciente de que dos o tres pares de ojos, desde los soportales, ya la habían identificado como forastera antes incluso de que ella misma terminara de situarse en el mapa mental que llevaba memorizado desde Madrid.

La casa rural, regentada por una mujer de mediana edad llamada Pilar que la recibió con una amabilidad genuina aunque algo cautelosa, estaba a dos calles de la plaza.

—¿De vacaciones? —preguntó Pilar, mientras le enseñaba la habitación, una estancia pequeña pero luminosa con vigas de madera vista.

—Investigación —respondió Marina, decidiendo que la verdad a medias sería más útil que una mentira completa—. Estoy documentando un proyecto de hace años, sobre el pueblo.

Algo cambió en la expresión de Pilar, un endurecimiento sutil alrededor de los ojos que desapareció casi tan rápido como había aparecido.

—¿Lo de la chica de las bodegas?

—¿Se sigue hablando de eso, después de tanto tiempo?

Pilar dejó las toallas sobre la cama con más cuidado del necesario, como si el gesto le diera tiempo para decidir cuánto quería decir.

—En un pueblo de cuatrocientas personas, todo se sigue hablando siempre, aunque sea en voz baja.

—Se giró hacia la puerta, y antes de salir añadió, sin mirar directamente a Marina—: Hace años vinieron unos de la tele a preguntar lo mismo que usted va a preguntar.

No terminó bien para ellos. Tenga cuidado con a quién le hace las preguntas, y sobre todo, tenga cuidado con delante de quién las hace.

Salió de la habitación antes de que Marina pudiera responder, dejándola con la sensación, ya familiar después de los últimos días, de que en aquel pueblo la información circulaba en susurros y advertencias veladas, nunca en frases completas.

Pasó la tarde caminando por el pueblo con la excusa de conocerlo, aunque en realidad estaba memorizando la disposición de las calles, localizando el bar donde Bruno Ostiz había sido visto por última vez —un local pequeño, con la persiana medio bajada incluso en horario de apertura, llamado simplemente Bar Casino—, y la carretera que, según el mapa que llevaba en el móvil, unía las bodegas Anzures con la salida del pueblo en dirección a Fontanar de Arriba.

Entró en el Bar Casino con la excusa de tomar algo fresco, y el interior resultó ser exactamente lo que su fachada prometía: media docena de mesas de fórmica, una máquina tragaperras parpadeando en un rincón sin que nadie la atendiera, y un mostrador tras el que un hombre de unos sesenta años, con un delantal manchado de café, la observó entrar con la curiosidad discreta pero inconfundible que en los pueblos pequeños reciben siempre los forasteros.

Pidió un refresco y, mientras se lo servía, el hombre —que ella supuso, sin llegar a preguntarlo, que era el mismo dueño desde hacía décadas— comentó, casi como si hablara del tiempo, que hacía mucho que no veían caras nuevas por allí «a estas alturas del verano».

Marina, intentando sonar tan casual como pudo, mencionó que había oído hablar del pueblo por un reportaje antiguo, sin especificar cuál, y observó cómo la expresión del hombre se cerraba de golpe, como una persiana bajando, la misma persiana medio echada que colgaba fuera del local.

Le cobró el refresco, le deseó una buena estancia con una cortesía que ya no tenía nada de espontánea, y se retiró al otro extremo de la barra a fingir que limpiaba unos vasos que ya estaban limpios.

Marina entendió, en ese breve intercambio, algo que ya había empezado a sospechar y que las siguientes horas confirmarían con creces: en Cerezal del Bajo, cualquier mención a lo ocurrido años atrás cerraba las conversaciones tan rápido como las abría un acento forastero.

Fue al final de esa carretera, ya con la luz de la tarde empezando a dorarse sobre los viñedos, donde encontró la primera pista tangible desde que había llegado.

Un pequeño altar improvisado, medio escondido entre la maleza al borde de la carretera: unas flores de plástico descoloridas por el sol, una fotografía plastificada y desvaída de una adolescente sonriente que Marina reconoció al instante por haberla visto ya, mejor conservada, en el salón de Remedios Bermejo en la grabación de Últimas Voces, y una vela apagada dentro de un vaso de cristal medio roto.

Era el lugar donde, según todos los indicios, Áurea Bermejo había sido vista por última vez.

Marina se quedó allí de pie durante varios minutos, con el viento moviendo suavemente las hojas de las vides a su alrededor, y por primera vez desde que había abierto la carpeta UV_NP entendió que aquello no era una historia abstracta contenida en archivos de vídeo, sino un dolor real, sostenido durante veintidós años por una madre que seguía cambiando las flores de plástico en un altar improvisado al borde de una carretera comarcal.

Fue esa misma tarde, al preguntar discretamente a Pilar por la dirección de la familia Bermejo, cuando Marina decidió, contra el consejo prudente de no llamar demasiado la atención, presentarse en la puerta de la casa de Remedios.

La mujer, ya en sus ochenta años, la recibió con una desconfianza inicial que se disolvió en cuanto Marina, en lugar de mencionar Últimas Voces o cualquier proyecto televisivo, le preguntó simplemente cómo estaba, sin más pretensiones, sentada un rato con ella en el patio pequeño donde crecían, en macetas desordenadas, unos geranios que Remedios cuidaba con un esmero que parecía absorber toda la energía que le quedaba en el cuerpo.

—Usted no es de la tele —dijo Remedios, más como constatación que como pregunta, después de observarla un rato en silencio—. Las de la tele llevan otra ropa, otra forma de mirar. Usted mira como si de verdad quisiera entender, no como si quisiera un buen plano.

—Trabajo con archivos —respondió Marina, eligiendo con cuidado cada palabra—.

He encontrado grabaciones antiguas de un proyecto que nunca llegó a emitirse, sobre el caso de su hija.

Y antes de decidir qué hacer con ellas, quería...

no sé, quería que usted lo supiera. Que alguien se lo dijera en persona, en lugar de que se enterara por terceros si esto llega a hacerse público algún día.

Remedios se llevó una mano temblorosa a la boca, y durante un instante Marina temió haber cometido un error irreparable, haber removido un dolor que quizá habría sido más compasivo dejar dormido. Pero cuando la mujer volvió a hablar, su voz sonó, contra todo pronóstico, más firme que antes.

—Llevo veintidós años esperando que alguien vuelva a hacer preguntas, señorita. Empezaba a pensar que ya nadie lo haría nunca. —Hizo una pausa, mirando hacia el altar improvisado que se adivinaba, lejano, al final de la calle—. ¿Cree usted que esta vez sí se sabrá la verdad?

—No se lo puedo prometer —dijo Marina, con una honestidad que le pareció lo único decente que podía ofrecerle—. Pero le prometo que no voy a dejar de intentarlo hasta que se sepa, sea cual sea esa verdad.

Remedios asintió despacio, y antes de que Marina se marchara, la acompañó hasta la puerta y le apretó la mano con una fuerza sorprendente para alguien de su edad.

—Cuídese, señorita. En este pueblo, hacer las preguntas correctas ha costado ya demasiadas vidas.