Lo que quedó grabado CAPÍTULO 4 — EL HOMBRE QUE SE FUE DE LA PRODUCTORA #2
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CAPÍTULO 4 — EL HOMBRE QUE SE FUE DE LA PRODUCTORA #2

—Carla no aceptó pausar nada. —Por primera vez desde que se habían sentado, la voz de Bruno Ferreira sonó genuinamente afectada—.

Siguió investigando por su cuenta, sin presupuesto, sin equipo, casi sin decírselo a nadie de la productora.

Yo lo sabía porque seguía enviándome facturas de gastos que yo aprobaba sin hacer demasiadas preguntas, porque en el fondo yo también quería saber qué le había pasado a Bruno.

Volvió a Fontanar de Arriba, el pueblo de al lado, buscando a un antiguo guarda de las bodegas Anzures que según ella tenía información.

Nunca llegó a esa reunión. O llegó y algo pasó allí. Nadie lo sabe con certeza.

—Hay un documento suyo —dijo Marina, decidiendo por fin jugar la carta que llevaba guardándose toda la conversación—.

Habla de un archivo, una grabación de una cámara, algo que captó algo importante la noche del catorce en la carretera de las bodegas.

Dice que lo escondió en otro sitio, fuera de la productora.

La reacción de Bruno Ferreira fue instantánea y, a ojos de Marina, completamente sincera: una mezcla de sorpresa y algo muy parecido al miedo.

—Nunca vi ese documento. Nunca supe de ninguna grabación.

—Se pasó una mano por la calva, un gesto de agotamiento repentino—.

Si Carla escondió algo fuera de los servidores de la productora, lo hizo porque dejó de confiar en nosotros.

Y con razón, probablemente. Alguien filtraba información.

Alguien avisaba a los Anzures cada vez que el equipo se acercaba a algo importante.

Yo mismo llegué a sospechar de dos personas del equipo técnico, pero nunca pude probar nada, y después de lo de Carla, con Iván destrozado y sin ganas de seguir, todo se disolvió.

Iván pidió la baja. Se fue a vivir con su familia a Soria.

Diez meses después, un coche se lo llevó por delante en una carretera comarcal a las tres de la madrugada. El conductor nunca fue identificado.

—¿A quiénes sospechaba, exactamente? —preguntó Marina, sacando su cuaderno sin disimular ya demasiado el interés.

Bruno Ferreira negó con la cabeza, con una expresión que mezclaba la vergüenza de no haber llegado a ninguna conclusión firme con el peso de haber convivido, durante meses, con esa sospecha sin poder hacer nada al respecto.

—No quiero darte nombres sin pruebas, después de tantos años, no sería justo.

Pero te diré que había dos personas del equipo técnico que eran de la propia comarca, contratadas localmente porque conocían el terreno mejor que cualquiera que pudiéramos traer de fuera.

En su momento me pareció una ventaja logística.

Con el tiempo empecé a preguntarme si no habría sido, en realidad, la peor decisión de todo el proyecto.

—¿Sigue en contacto con alguna de esas dos personas?

—Con ninguna. Cuando el proyecto se disolvió, cada uno tiró por su lado, y yo, para serte sincero, tampoco he hecho ningún esfuerzo por mantener el contacto.

Hay episodios de la vida de uno que es mejor dejar enterrados, aunque ahora, hablando contigo, empiezo a pensar que «enterrado» es una palabra que ya no puedo usar tan a la ligera después de todo esto.

Se quedaron en silencio un momento, con el ruido de la cafetería llenando el espacio entre ambos como si quisiera absorber lo que acababan de decirse.

—¿Por qué sigues callado después de tantos años? —preguntó Marina, en voz baja—. Si de verdad crees que a esas tres personas les pasó algo relacionado con lo que estaban investigando.

Bruno Ferreira la miró directamente, por primera vez desde que se habían sentado, con una expresión que no era exactamente de miedo pero se le parecía mucho.

—Porque tengo dos hijos, Marina. Y porque llamé una vez, hace muchos años, a un contacto en la Guardia Civil de la zona para preguntar extraoficialmente si había alguna novedad en el caso de Bruno Ostiz.

Al día siguiente recibí una llamada de un número oculto.

Una voz que no reconocí me dijo, textualmente: «Deje de remover cosas que no le incumben, señor Ferreira.

Piense en su familia.» Y colgó. Nunca volví a preguntar nada, ni a nadie, sobre Cerezal del Bajo. Hasta hoy.

Marina sintió que se le secaba la boca.

—¿Crees que deberías haber ido a la policía con eso?

—Fui. —La risa de Bruno Ferreira, esta vez, tuvo un filo amargo—.

Denuncié la amenaza. Me dijeron que sin el número identificado no podían hacer gran cosa, que probablemente fuera «alguien intentando asustarme sin más».

Y quizá tenían razón. O quizá el pueblo entero, y algo de lo que ocurre en él, es más grande y más viejo de lo que tres periodistas de una plataforma de streaming pudieron llegar a imaginar cuando decidieron ir allí a hacer preguntas.

Se levantó, dejó un billete sobre la mesa sin esperar el cambio, y antes de irse se inclinó ligeramente hacia Marina, con una seriedad que contrastaba con el tono casi coloquial que había mantenido durante casi toda la conversación.

—Si de verdad te importa tu trabajo, cataloga ese material como confidencial, archívalo donde nadie pueda encontrarlo, y no vuelvas a tocarlo.

Y si de verdad, contra todo sentido común, decides seguir tirando del hilo...

no lo hagas sola. Bruno lo hizo solo. Carla lo hizo casi sola. Mira cómo terminaron.

Se fue sin despedirse del todo, con el paso rápido de alguien que lleva mucho tiempo queriendo decir algo y ahora, después de haberlo dicho, necesita alejarse cuanto antes del lugar donde lo ha hecho.

Marina se quedó sola en la mesa, con el café frío de Bruno Ferreira todavía humeando ligeramente frente a la silla vacía, y sacó su cuaderno de campo. Escribió tres nombres: Teodoro Anzures. Fontanar de Arriba. La carretera de las bodegas, noche del catorce.

Después escribió una cuarta línea, que subrayó dos veces sin darse cuenta de que era la misma costumbre que llevaba dos días repitiendo: no lo hagas sola.

Esa noche, ya en su piso, mientras la ciudad se apagaba poco a poco al otro lado de la ventana, Marina abrió de nuevo la carpeta UV_NP en su portátil personal —una infracción flagrante del protocolo de confidencialidad de Nébula, algo que sabía perfectamente y que hizo de todas formas— y empezó, por primera vez, a construir un mapa.

En una hoja en blanco dibujó el pueblo de Cerezal del Bajo, las bodegas Anzures, la carretera comarcal, el pueblo vecino de Fontanar de Arriba.

Fue colocando fechas, nombres, círculos que unía con líneas hasta que el papel entero pareció una telaraña.

En el centro de esa telaraña, sin saber todavía por qué, dibujó su propio nombre.

No tenía ninguna conexión personal con Cerezal del Bajo.

No conocía a nadie de allí. Nunca había estado en esa provincia.

Y sin embargo, algo en la insistencia con la que llevaba tres días pensando en aquel pueblo, algo en la manera en que la voz de Carla Injuste parecía dirigirse directamente a ella desde una grabación de hacía casi dos décadas, le decía que aquella historia, por alguna razón que todavía no alcanzaba a entender, ya no era solo un archivo que catalogar.

Se había convertido, sin que ella lo decidiera del todo, en parte de la historia.