CAPÍTULO 4 — EL HOMBRE QUE SE FUE DE LA PRODUCTORA
Bruno Ferreira Casals —ningún parentesco con Bruno Ostiz, una coincidencia de nombres que a Marina le pareció, durante los primeros segundos de la llamada, una broma de mal gusto del destino— había sido el productor ejecutivo de Últimas Voces durante los cuatro meses que el proyecto estuvo activo antes de detenerse para siempre.
Marina lo había localizado a través de LinkedIn, donde su perfil indicaba que ahora trabajaba como responsable de contenidos en una pequeña distribuidora de documentales, muy lejos ya del mundo del true crime.
Tardó cuatro días en responder al mensaje que Marina le había enviado explicando, con la mayor neutralidad posible, que trabajaba en el archivo de Nébula y que había encontrado material sin catalogar de un proyecto en el que él había participado.
No mencionó las desapariciones. No mencionó el documento de Carla.
Solo dijo que tenía preguntas sobre la producción y que agradecería quince minutos de su tiempo.
Durante esos cuatro días, Marina intentó, sin demasiado éxito, mantener las apariencias de una vida normal.
Fue a trabajar, catalogó decenas de archivos sin ningún interés, comió con Yusuf en la cafetería del edificio y sonrió en los momentos adecuados a sus bromas sobre series canceladas, y sin embargo no consiguió, ni una sola vez, dejar de pensar en Cerezal del Bajo.
Por las noches, antes de dormir, releía el documento de Carla Injuste hasta memorizarlo casi palabra por palabra, y llegó a comprar, en un arrebato que después le costó reconocer sin sentirse un poco ridícula, un mapa de carreteras en papel de la provincia donde se encontraba el pueblo, como si tener aquel objeto físico entre las manos fuera a acercarla de alguna manera a entender lo que allí había ocurrido.
También investigó, por su cuenta, a los tres presentadores más allá de lo que ya sabía.
Encontró un perfil antiguo de Carla Injuste en una red social ya casi abandonada, con fotografías de una boda a la que había asistido como invitada apenas un año antes de desaparecer, sonriendo con un vestido azul entre un grupo de amigas que, a juzgar por los comentarios de felicitación en fechas posteriores, nunca dejaron de mencionarla en los aniversarios de esa boda, como si se negaran, colectivamente, a aceptar que no fuera a volver a aparecer en ninguna fotografía más.
Encontró también un artículo antiguo firmado por Bruno Ostiz, publicado años antes de Últimas Voces, sobre una red de corrupción urbanística en un ayuntamiento de provincias, un texto valiente y meticuloso que le hizo entender, mejor que cualquier dossier de producción, por qué aquel hombre había insistido en tirar del hilo de los Anzures a pesar de las advertencias.
El tercer día, incapaz de seguir cargando sola con todo lo que había descubierto, Marina estuvo a punto de contárselo todo a Yusuf durante la comida en la cafetería del edificio.
Empezó a hacerlo, de hecho, con un rodeo cauteloso —«¿te has encontrado alguna vez algo raro catalogando un archivo?
»—, pero se detuvo a media frase al ver la expresión de curiosidad genuina y despreocupada del becario, apenas veintidós años, con toda una vida por delante que Marina no quería, bajo ningún concepto, poner en el mismo riesgo que ella misma estaba empezando a intuir que corría.
Cambió de tema, preguntó por sus planes para el fin de semana, y pasó el resto de la comida escuchándolo hablar de un concierto al que pensaba ir, sintiendo, por primera vez desde que había abierto la carpeta UV_NP, la soledad concreta de quien sabe algo que no puede compartir con nadie de su vida cotidiana.
Cuando por fin accedió a verse, Bruno Ferreira eligió el lugar con un cuidado que a Marina le pareció revelador: una cafetería concurrida en pleno centro, con mesas pegadas unas a otras y un ruido de fondo constante, el tipo de sitio donde nadie puede grabar una conversación sin que se note y donde, si algo sale mal, siempre hay veinte testigos alrededor.
Era un hombre de unos cincuenta años, calvo, con gafas de montura gruesa y la clase de traqueteo nervioso en las manos —un bolígrafo que giraba entre los dedos sin parar— que sugería que llevaba mucho tiempo esperando que alguien le hiciera aquellas preguntas y, al mismo tiempo, mucho tiempo temiendo el momento en que ocurriera.
Vestía una americana que le quedaba ligeramente holgada, como si la hubiera comprado en una época en la que pesaba más, y llevaba en la muñeca un reloj anticuado, de correa de cuero gastada, que consultó dos veces en los primeros minutos de conversación sin que pareciera realmente importarle la hora.
Marina había investigado también su trayectoria antes de la reunión: tras el cierre de Últimas Voces, Bruno Ferreira había encadenado dos proyectos fallidos más en Nébula antes de que la propia plataforma prescindiera de él en una de las primeras rondas de recortes, mucho antes de que se decidiera el cierre definitivo.
Desde entonces había ido descendiendo, peldaño a peldaño, por un mundo audiovisual cada vez más modesto, hasta terminar en la pequeña distribuidora de documentales donde ahora trabajaba, un puesto que, a juzgar por la ropa y el reloj, pagaba bastante menos de lo que él debía de haber ganado en sus mejores años.
Marina se preguntó, mientras lo veía remover el café por tercera o cuarta vez sin llegar a bebérselo, cuánto de aquel declive profesional tenía que ver, directa o indirectamente, con la sombra que Últimas Voces había dejado sobre su carrera, un proyecto que nadie en el sector quería mencionar demasiado y que probablemente lo había convertido, sin que él pudiera hacer nada al respecto, en el productor que había perdido a tres presentadores en un solo rodaje.
—No debería estar hablando contigo —dijo, casi antes de que Marina hubiera terminado de sentarse—.
Firmé cosas. Cláusulas de confidencialidad que probablemente ya no tengan validez legal, la empresa que las redactó ya no existe, pero uno se acostumbra a callar, ¿sabes?
Se convierte en un hábito más que en una obligación.
—Solo quiero entender qué pasó —dijo Marina, procurando que su voz sonara tan neutra como fuera posible—. No para publicarlo. Para el archivo. Necesito saber si ese material debe conservarse o destruirse, y para tomar esa decisión necesito saber qué es.
Bruno Ferreira soltó una risa corta, sin humor.
—Debería destruirse. Debería haberse destruido hace diecinueve años.
—Dio un sorbo a un café que llevaba minutos enfriándose—.
Últimas Voces era mi proyecto. Mi idea, mi dossier, mis contactos.
Convencí a Nébula de financiarlo cuando la plataforma todavía intentaba diferenciarse de las grandes, cuando cualquier producto original con un mínimo de ambición conseguía luz verde.
Elegí a Bruno Ostiz porque llevaba veinte años cubriendo sucesos y sabía moverse en pueblos donde la gente no habla con forasteros.
Elegí a Carla porque tenía un instinto de investigación que yo no había visto en nadie de su edad.
E Iván... Iván lo puse porque necesitaba una cara joven para las redes sociales, y ahora eso me pesa cada día de mi vida, porque si no lo hubiera contratado, ese chico seguiría vivo.
—¿Qué pasó exactamente en Cerezal del Bajo?
Bruno Ferreira tardó en responder. Miró alrededor, un gesto que a Marina le pareció más reflejo que necesidad real, y bajó la voz de todas formas, aunque el ruido de la cafetería ya hacía casi imposible que nadie los escuchara.
—Empezamos a grabar con la idea de un documental de investigación normal y corriente.
El caso de la chica, Áurea Bermejo, llevaba veintidós años sin resolverse y tenía todos los ingredientes: un pueblo pequeño, silencios raros, una familia poderosa de por medio.
Los Anzures, dueños de las bodegas más grandes de la zona, empresa familiar desde hace tres generaciones.
El novio de Áurea en el momento de la desaparición era el hijo mayor de esa familia, Teodoro Anzures.
Nunca fue investigado a fondo. Su coartada la dio su propio padre.
—¿Y Bruno Ostiz empezó a tirar de ese hilo?
—Bruno tiraba de todos los hilos, era su forma de trabajar.
—Bruno Ferreira sonrió con algo parecido a la nostalgia—.
Pero sí, se obsesionó especialmente con los Anzures.
Decía que había un patrón. Que en los últimos treinta años, en esa comarca, había habido al menos otras dos desapariciones de chicas jóvenes que nunca llegaron a los periódicos nacionales porque los pueblos son pequeños y las familias con dinero saben cómo hacer que las cosas no trasciendan.
Empezó a investigar por su cuenta, fuera del guion original, hablando con gente que no estaba en nuestra lista de entrevistados.
Y entonces, una noche, salió del bar del pueblo y no volvió a aparecer.
—¿Y la productora no investigó qué le había pasado a su propio empleado?
Bruno Ferreira dejó el bolígrafo sobre la mesa, como si de pronto pesara demasiado.
—La productora hizo lo que hacen las productoras cuando algo se sale del guion y empieza a costar dinero y a generar problemas legales: contrató abogados, pausó el rodaje, emitió un comunicado hablando de circunstancias personales del presentador, y esperó a que el problema se resolviera solo o a que la prensa perdiera interés.
Ambas cosas ocurrieron, aunque no de la manera que a mí me habría gustado.
—¿Y Carla?