Lo que quedó grabado CAPÍTULO 3 — LOS ÚLTIMOS DÍAS DE BRUNO OSTIZ
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CAPÍTULO 3 — LOS ÚLTIMOS DÍAS DE BRUNO OSTIZ

Diecinueve años antes de que Marina Uceda encontrara su nombre en una noticia digital archivada, Bruno Ostiz llegó a Cerezal del Bajo con la convicción, forjada en dos décadas de periodismo de sucesos, de que todo pueblo pequeño con un caso sin resolver escondía, tarde o temprano, a alguien dispuesto a hablar si se le preguntaba de la manera correcta y con la paciencia suficiente.

Se instaló en la misma casa rural donde Marina se alojaría casi dos décadas después, aunque entonces regentada por los padres de Pilar, un matrimonio mayor que atendía a los pocos huéspedes con la misma mezcla de amabilidad y recelo que su hija heredaría con el tiempo.

Bruno pidió la habitación más alejada de la calle, «la más silenciosa», había dicho, sin que nadie en aquel momento entendiera que aquella petición respondía menos a una preferencia estética que a la costumbre profesional de un hombre acostumbrado a trabajar de noche, transcribiendo notas y haciendo llamadas que prefería que nadie más escuchara.

Los primeros días del rodaje transcurrieron, según constaba en las notas de producción que Marina encontraría después en la carpeta UV_NP, con una normalidad casi decepcionante: entrevistas protocolarias al alcalde, planos generales del pueblo, una visita guiada a las bodegas Anzures organizada por el propio patriarca, que se mostró, en aquellas primeras jornadas, encantador y colaborativo, orgulloso de mostrar la maquinaria centenaria y las barricas de roble francés como si aquello fuera, de verdad, todo lo que el equipo había ido a buscar allí.

Fue en la cuarta noche, después de una cena regada con el vino de la propia bodega que el patriarca les había hecho llegar como gesto de hospitalidad, cuando Bruno le confesó a Carla, en un aparte que ninguna cámara llegó a grabar pero que ella misma recordaría después en su propio documento, que algo en el comportamiento de los vecinos no terminaba de cuadrarle.

—Demasiada colaboración, Carla —le dijo, según relataría ella misma en una nota manuscrita que Marina encontraría, meses después de leer el documento de despedida, en un cuaderno personal de Carla que la familia de esta entregaría a la comandancia como parte de las pruebas adicionales—.

Cuando un pueblo entero se muestra tan dispuesto a colaborar con un documental sobre una desgracia propia, casi siempre es porque alguien con poder ha decidido que colaborar demasiado poco levantaría más sospechas que colaborar de más.

Es una estrategia clásica: si no puedes impedir que investiguen, controla la narrativa desde dentro.

Bruno empezó entonces a apartarse deliberadamente del guion previsto, dedicando las horas libres del rodaje a conversaciones informales en el Bar Casino, donde los vecinos, relajados por el alcohol y la familiaridad de las tardes sin cámaras delante, se mostraban ligeramente más dispuestos a dejar caer comentarios que jamás habrían repetido ante un micrófono.

Fue así como llegó, en su séptimo día en el pueblo, al nombre de Restituto Peña, mencionado de pasada por un anciano que recordaba, con la memoria selectiva de los borrachos nostálgicos, que «el guarda de las bodegas sabe más de lo que dice, como todos los que llevan toda la vida sirviendo a los mismos amos».

Bruno intentó contactar con Restituto en dos ocasiones durante esa primera semana, ambas sin éxito: la primera vez, el guarda se excusó alegando una urgencia familiar; la segunda, directamente no acudió a la cita acordada en el mismo bar donde Bruno pasaba ya buena parte de sus tardes.

Aquella doble evasión, lejos de desanimarlo, confirmó en Bruno la sospecha de que se estaba acercando a algo que alguien, en algún lugar de aquel pueblo silencioso, tenía mucho interés en mantener enterrado.

La noche en que todo cambió, Bruno había pasado la tarde revisando, junto a Carla, un listado de coches matriculados en la comarca que su contacto en tráfico le había conseguido de manera extraoficial, buscando cualquier vehículo registrado a nombre de la familia Anzures que hubiera podido coincidir con la descripción imprecisa que Remedios Bermejo había dado veintidós años atrás sobre el coche oscuro que merodeaba la carretera de las bodegas.

Encontraron tres coincidencias posibles, todas ellas vehículos ya dados de baja hacía años, sin que ningún registro permitiera determinar con certeza cuál de ellos, si alguno, había sido el que Remedios recordaba.

—Necesitamos las actas del cuartelillo de esa época —le dijo Bruno a Carla, guardando el listado en su mochila con el gesto brusco de quien empieza a sentirse frustrado por la lentitud de una investigación que llevaba ya semanas sin avanzar tanto como esperaba—.

Si existió una denuncia formal sobre ese coche, aunque fuera archivada sin más trámite, tiene que constar en algún registro, aunque sea uno que nadie ha vuelto a mirar en veinte años.

Salió del alojamiento esa noche, ya tarde, con la excusa de tomar el aire, aunque Carla sospecharía después, releyendo sus propias notas, que Bruno había salido en realidad con la intención de intentar, una vez más y por su cuenta, contactar con Restituto Peña de manera informal, sin la presión añadida de una cita formal que el guarda pudiera volver a esquivar.

Se dirigió al Bar Casino, pidió una copa que apenas tocó, y realizó, desde la puerta del local, la llamada telefónica que Marina encontraría, casi dos décadas después, congelada para siempre en la grabación de una cámara de seguridad: la conversación sobre las actas del cuartelillo, la certeza de que «alguien había llamado a alguien», la premonición, formulada en voz baja y sin saber cuánta razón tenía, de que había algo en aquel pueblo que no cuadraba, y que no se refería solo al caso de la chica desaparecida.

Colgó el teléfono, apagó la luz del plató improvisado donde había estado grabando ese vídeo de seguridad casual que ni siquiera recordaría después haber activado, y salió a la calle en dirección, según la reconstrucción final de los investigadores, al mismo cruce donde Onofre Salcedo lo esperaba, no con intención homicida pero sí con el miedo suficiente para que aquel encuentro terminara de la peor manera posible.

Ninguno de los dos, ni Bruno con su instinto periodístico afinado por veinte años de sucesos, ni Onofre con su lealtad familiar retorcida por el dinero y la culpa, podía haber imaginado que aquella noche, en apariencia una más entre muchas de un rodaje ya de por sí tenso, terminaría convirtiéndose en el primer eslabón de una cadena de silencio que tardaría diecinueve años más en romperse, y que necesitaría, para hacerlo, no ya el instinto de un periodista veterano ni la tenacidad de una reportera joven, sino la casualidad improbable de que una restauradora de archivos decidiera, una noche cualquiera de finales de agosto, no dejar para el día siguiente la revisión de una carpeta llamada UV_NP.