CAPÍTULO 2 — TRES NOMBRES, NINGÚN CUERPO #2
El montaje continuaba con imágenes de archivo de la búsqueda original —Marina reconoció el estilo granulado de las cintas de hacía dos décadas, un contraste brutal con la nitidez del resto del material—, entrevistas breves a vecinos que hablaban con la cámara con esa mezcla de curiosidad y recelo tan característica de los pueblos pequeños ante cualquier forastero con un micrófono, y finalmente un plano de los tres presentadores caminando juntos por una calle empedrada al atardecer: Bruno en el centro, Carla a su izquierda con una libreta en la mano, e Iván Roca a la derecha, un hombre joven, de constitución atlética, que hasta ese momento Marina solo había visto nombrado y que ahora, por fin, tenía cara: pelo oscuro, gafas de pasta, una sonrisa nerviosa dirigida a la cámara que sugería que aquel era su primer gran proyecto y que todavía no había aprendido a disimular las ganas de que saliera bien.
Los tres reían por algo que la cámara no había captado. Los tres, en ese instante congelado por el montaje, parecían exactamente lo que eran: tres periodistas jóvenes o de mediana edad al principio de lo que creían que sería el proyecto de su carrera.
Marina detuvo el vídeo y se quedó mirando el fotograma congelado durante casi un minuto entero.
Después abrió una carpeta que hasta entonces había pasado por alto, etiquetada simplemente como NOTAS_INTERNAS.
Dentro había un solo documento de texto, sin firmar, sin fecha visible en el propio contenido aunque los metadatos del archivo indicaban una última modificación quince meses después del inicio del rodaje —es decir, varios meses después de la desaparición de Bruno y de Carla, y varios meses antes de la muerte de Iván en Soria—.
El documento tenía el título «Para quien continúe esto» y ocupaba poco más de una página.
Marina lo leyó de pie, sin sentarse, como si sentarse fuera a hacer que aquello resultara más real de lo que ya estaba resultando.
«Si alguien llega a leer esto», empezaba el documento, «es porque decidieron no cerrar el proyecto del todo, o porque alguien, dentro de muchos años, decidió mirar donde nadie más quiso mirar.
No sé quién eres ni en qué año estamos cuando esto se lea.
Solo sé que Bruno tenía razón desde el principio: hay algo en Cerezal del Bajo que no tiene que ver solo con la chica que desapareció hace veintidós años.
Tiene que ver con quién decide, en un pueblo así, qué preguntas se pueden hacer y cuáles no.
Y tiene que ver con una cámara que grabó algo que no debería haber grabado, la noche del catorce, en la carretera de las bodegas.
Ese archivo no está aquí. Lo escondí en otro sitio, porque después de lo de Bruno entendí que este proyecto ya no era solo un documental.
Si alguna vez encuentras el resto, entenderás por qué no pude confiar esto a nadie de la productora.
No confíes tú tampoco. No hasta que sepas de qué lado está la persona con la que hablas. »
El documento no estaba firmado, pero el estilo, la manera de construir las frases, coincidía con la voz en off que Marina acababa de escuchar.
Carla Injuste había escrito aquello. Y lo había escrito, según los metadatos, quince meses después de empezar el rodaje —lo que significaba que había seguido trabajando en el proyecto, sola o casi sola, mucho después de que su compañero desapareciera, y solo unas semanas, quizá solo unos días, antes de desaparecer ella misma.
Marina se sentó por fin, despacio, como si el cuerpo hubiera decidido por ella que ya era momento de asimilar lo que estaba leyendo.
Había una frase que no dejaba de repetírsele en la cabeza: una cámara que grabó algo que no debería haber grabado. Ese archivo no está aquí. Lo escondí en otro sitio.
Volvió a la carpeta principal y revisó, uno por uno, los nombres de los treinta y siete archivos de vídeo.
Ninguno tenía fecha catorce en su nombre ni en sus metadatos de creación que coincidiera con lo que Carla describía.
Buscó también en las carpetas de documentos, en las de audio, incluso en una subcarpeta de imágenes fijas que hasta entonces no había abierto. Nada.
Lo que fuera que Carla hubiera escondido, no estaba en Nébula. O, si lo había estado alguna vez, alguien lo había retirado antes de que aquella carpeta llegara a la fase de archivo muerto que Marina estaba supervisando.
Miró el reloj: las once y cuarenta y dos de la noche.
El edificio, a su alrededor, seguía completamente vacío, y por primera vez desde que había empezado a trabajar allí, ese silencio dejó de parecerle tranquilizador.
Pensó, de nuevo, en escribirle un correo a Ferran, aunque fuera solo para dejar constancia de que había encontrado un material que probablemente necesitaría una revisión legal antes de decidir su destino final.
Abrió el cliente de correo, escribió un asunto —«Carpeta UV_NP: posible contenido sensible, requiere revisión»— y se quedó mirando la pantalla en blanco durante varios minutos, incapaz de encontrar la manera de resumir en un correo profesional lo que acababa de descubrir sin sonar, ella misma, como si hubiera perdido la cabeza.
Cerró el correo sin enviarlo, prometiéndose que lo redactaría con más calma al día siguiente, con la cabeza más despejada, aunque en el fondo ya intuía que aquella promesa no iba a cumplirla, porque una parte de ella, la misma que llevaba once años dedicándose a rescatar archivos, ya había decidido que aquella historia le pertenecía de una manera que no estaba dispuesta a compartir todavía con nadie más de la empresa.
Guardó una copia completa de la carpeta UV_NP en su unidad externa, cerró la sesión con más cuidado del habitual —borrando el historial de búsquedas, algo que nunca hacía normalmente, un gesto casi supersticioso que ni ella misma supo explicarse del todo— y salió del edificio a un Madrid nocturno que, después de tres horas encerrada con las voces de tres muertos, le pareció extrañamente ruidoso, extrañamente vivo.
De camino a casa, en el metro casi vacío, sacó el móvil y volvió a escribir el nombre del pueblo en el buscador: Cerezal del Bajo.
Entre los resultados, junto a la página de turismo rural del ayuntamiento y una entrada de Wikipedia de tres líneas, apareció un enlace a un grupo de Facebook llamado «Cerezal del Bajo — Recuerdos y Noticias», con poco más de seiscientos miembros y una actividad esporádica, casi toda ella fotos de fiestas patronales y quejas sobre el estado de la carretera comarcal.
La última publicación, sin embargo, tenía solo tres días de antigüedad, y consistía en una sola frase, publicada por un usuario sin foto de perfil llamado Vecino Anónimo:
«Otra vez hay una furgoneta de una productora aparcada frente a las bodegas. Que alguien avise a quien tenga que avisar.»
Marina leyó la frase tres veces. Después bloqueó el móvil, se lo guardó en el bolsillo del abrigo, y durante el resto del trayecto no dejó de mirar, sin poder evitarlo, los reflejos oscuros de las ventanillas del vagón, como si esperara encontrar en ellos algo que no debería estar ahí.