CAPÍTULO 2 — TRES NOMBRES, NINGÚN CUERPO
brUNO OSTIZ LARRAÑAGA, PERIODISTA, DESAPARECIDO DESDE HACE DIECINUEVE AÑOS EN CIRCUNSTANCIAS AÚN NO ESCLARECIDAS.
El titular pertenecía a un periódico digital de tirada local, uno de esos medios que sobreviven a duras penas archivando sucesos que nadie más quiere recordar.
La fotografía que acompañaba la noticia era la misma cara que Marina acababa de ver hablando por teléfono en un plató a oscuras: la barba entrecana, la camisa de cuadros, aunque en la foto de la noticia Bruno sonreía con la seguridad de alguien que todavía no sabe lo que le espera.
La noticia, fechada apenas seis semanas después de la fecha de grabación que Marina había visto en el archivo de vídeo, explicaba que Bruno Ostiz, periodista freelance especializado en sucesos, había viajado a Cerezal del Bajo para «un proyecto documental independiente» y que la última vez que se le había visto con vida fue saliendo de un bar del pueblo, solo, alrededor de la medianoche.
Su coche de alquiler apareció dos días después en un área de descanso de la autovía, a cuarenta kilómetros de distancia, con las llaves puestas y el depósito lleno.
No había señales de violencia. No había testigos.
No había, en definitiva, ninguna pista que la Guardia Civil pudiera seguir más allá de las declaraciones contradictorias de un puñado de vecinos que decían haberlo visto por última vez en lugares distintos y a horas distintas, como si el pueblo entero se hubiera puesto de acuerdo, sin necesidad de hablarlo, en no saber nada.
Marina leyó la noticia una tercera vez, despacio, deteniéndose en cada frase como si esperara encontrar, entre líneas, algo que una primera lectura apresurada pudiera haber pasado por alto.
Había cubierto, durante sus años en la Filmoteca, algún que otro fondo documental relacionado con sucesos reales —cintas de telediarios antiguos, reportajes de investigación de los años noventa que alguna cadena había donado al archivo nacional— y sabía reconocer, incluso en la prosa árida de una noticia local, el patrón de las historias que se cierran demasiado rápido.
Un coche encontrado sin señales de violencia, con las llaves puestas, resultaba casi un cliché dentro de ese patrón: ni robo, ni accidente, ni fuga voluntaria encajaban del todo con esos detalles, y sin embargo la nota de prensa optaba, en su último párrafo, por la hipótesis más cómoda de todas, la que exigía menos preguntas: «Fuentes cercanas a la investigación no descartan que el periodista, atravesando una etapa personal complicada, decidiera desaparecer voluntariamente. »
Marina conocía ya lo suficiente de Bruno Ostiz —apenas cuatro minutos de metraje, una llamada de teléfono grabada por una cámara de seguridad, una discusión en voz baja sobre actas de cuartelillo— para sospechar que aquella «etapa personal complicada» era una invención cómoda, el tipo de frase que sirve para cerrar un expediente sin tener que abrir ninguna puerta incómoda.
Anotó en su cuaderno, subrayándolo una sola vez, el nombre del área de descanso donde había aparecido el coche, y calculó mentalmente la distancia: cuarenta kilómetros en dirección contraria a Madrid, hacia el interior de la provincia, no hacia la salida más lógica si alguien hubiera querido, de verdad, desaparecer sin dejar rastro.
Buscó el segundo nombre con las manos ligeramente frías sobre el teclado.
CARLA INJUSTE FERRO. La búsqueda arrojó menos resultados, pero los suficientes: una nota de prensa de hacía dieciocho años, mucho más breve que la anterior, en la que se informaba de la desaparición de una «reportera de veintiocho años» en la misma comarca, esta vez no en el propio Cerezal del Bajo sino en un pueblo vecino, Fontanar de Arriba, adonde según la nota se había desplazado «para ampliar información sobre un reportaje en curso».
La noticia no mencionaba a Bruno Ostiz ni relacionaba ambos casos, como si en el intervalo de esos meses nadie hubiera atado cabos, o como si alguien se hubiera encargado de que nadie los atara.
El tercer nombre, Iván Roca Sedano, no aparecía en ninguna noticia de desaparición.
Marina probó combinaciones distintas, añadió «periodista», añadió «Últimas Voces» entre comillas, añadió el nombre del pueblo.
Nada. Fue al cabo de la sexta o séptima búsqueda cuando encontró, enterrada en la página once de resultados, una esquela publicada en un periódico de provincias diez meses después de la desaparición de Carla: Iván Roca Sedano, de treinta y un años, fallecido en accidente de tráfico en la provincia de Soria.
La familia agradecía las condolencias recibidas y rogaba discreción.
Buscó un poco más sobre Iván, movida por una curiosidad que ya no tenía tanto que ver con el caso como con el simple deseo de entender quién había sido aquel joven de gafas de pasta y sonrisa nerviosa que aparecía en el cuarto archivo caminando junto a sus dos compañeros.
Encontró un perfil profesional casi vacío, apenas actualizado desde antes del rodaje, y una única entrevista, publicada en un medio universitario dos años antes de Últimas Voces, en la que un Iván mucho más joven hablaba con entusiasmo desbordante sobre su primer trabajo como reportero en una televisión local, prometiendo que algún día haría «periodismo de verdad, de los que remueven las cosas que nadie quiere que se remuevan».
Marina cerró aquella pestaña con una opresión en el pecho que no esperaba, la misma que sentía siempre al catalogar los archivos personales de alguien que ya no podía saber que sus palabras seguirían circulando, años después, delante de una desconocida.
Un accidente de tráfico. En una provincia distinta a la del rodaje, diez meses después, cuando en teoría el proyecto llevaba ya casi un año detenido tras la desaparición de sus dos compañeros.
Marina anotó la fecha en su cuaderno y la subrayó dos veces, no porque supiera todavía qué significaba, sino porque llevaba suficientes años trabajando con archivos como para saber que las fechas subrayadas dos veces siempre terminaban significando algo.
Se levantó de la silla por primera vez en más de dos horas y caminó hasta la máquina de café del pasillo, más por necesidad de moverse que por necesidad real de cafeína.
El edificio de Nébula, a esas horas, tenía la clase de silencio que solo tienen los espacios diseñados para estar llenos de gente: los fluorescentes en modo de ahorro energético, la moqueta gris absorbiendo cualquier eco de pasos, las mesas vacías con sus monitores apagados como una hilera de ojos cerrados.
Mientras esperaba a que la máquina terminara de servir un café que sabía, de antemano, que no iba a tener ningún sabor reconocible, Marina se sorprendió mirando hacia el fondo del pasillo, hacia la puerta acristalada de la sala de servidores donde acababa de dejar, congelada en la pantalla, la imagen de Bruno Ostiz colgando el teléfono.
Era una tontería, lo sabía, la clase de nerviosismo infantil que uno arrastra de las películas de terror vistas en la adolescencia, pero no pudo evitar la sensación de que, si volvía ahora mismo a esa sala, algo en la pantalla habría cambiado sin que nadie lo hubiera tocado.
No volvió de inmediato. Se quedó un par de minutos más en el pasillo, con el vaso de plástico calentándole las manos, repasando mentalmente todo lo que llevaba descubierto esa noche y preguntándose, no por primera vez desde que empezara a trabajar en archivos audiovisuales, si existía alguna diferencia real entre catalogar la memoria de los muertos y convivir con sus fantasmas.
Pensó en llamar a alguien. Pensó, específicamente, en Ferran, su responsable, y en cómo le explicaría lo que acababa de encontrar sin sonar como si hubiera pasado demasiadas horas encerrada leyendo teorías de internet.
«He encontrado un proyecto cancelado en el que los tres presentadores desaparecieron o murieron en los dos años siguientes a la grabación» sonaba, incluso en su propia cabeza, a la sinopsis de uno de esos podcasts de misterio de bajo presupuesto que ella misma escuchaba a veces mientras conducía.
Decidió no llamar a nadie todavía. Decidió, en cambio, volver a la sala de servidores y terminar de ver lo que quedaba.
El cuarto archivo era distinto a los anteriores: no era metraje bruto sino un montaje ya avanzado, con música de ambiente, rótulos definitivos y una narración en off que Marina reconoció, después de unos segundos, como la voz de Carla Injuste, la mujer de la foto del dossier, hablando con el tono grave y pausado que caracteriza a los documentales de true crime desde que el género existe.
«Cerezal del Bajo tiene cuatrocientos doce habitantes y un secreto que todos conocen y nadie nombra», decía la voz de Carla sobre un plano aéreo del pueblo, tejados de pizarra apretados alrededor de una iglesia de piedra, viñedos ordenados en hileras perfectas hasta donde alcanzaba la cámara.
«Hace veintidós años, Áurea Bermejo salió de una fiesta y no volvió a casa.
Su madre sigue esperándola. Y en este pueblo, alguien sigue esperando que dejemos de hacer preguntas. »