Lo que quedó grabado CAPÍTULO 1 — EL ARMARIO FRÍO #2
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CAPÍTULO 1 — EL ARMARIO FRÍO #2

Siguió leyendo el dossier, ahora con una atención distinta, más lenta, buscando cualquier detalle que hubiera podido pasar por alto en la primera lectura apresurada.

Encontró, hacia el final del documento, un apartado titulado «Riesgos de producción», una sección burocrática que en la mayoría de dossieres se limitaba a enumerar cuestiones de seguros y calendario, pero que en este caso incluía una frase que a Marina, en aquel momento, le pareció simplemente una precaución legal más: «La productora es consciente de que el tratamiento de casos sin resolver en comunidades pequeñas puede generar tensiones con familias o instituciones locales con intereses en mantener el silencio sobre determinados hechos.

Se recomienda discreción en las fases iniciales de contacto con fuentes.

» Nadie, al redactar aquella frase, podía haber sabido lo profética que resultaría con el tiempo, pensó Marina, ni cuánto acabaría costándole a quienes decidieron ignorarla.

Más abajo, en un anexo casi al final del documento, encontró también el presupuesto asignado al proyecto, una cifra que a Marina, sin ser experta en producción audiovisual, le pareció generosa para una plataforma del tamaño de Nébula, sobre todo tratándose de una docuserie de investigación de bajo perfil mediático como aquella.

Alguien, en algún despacho, había apostado fuerte por Últimas Voces.

Y sin embargo, en ningún lugar del archivo aparecía registrada la cancelación oficial de esa apuesta: ni una nota de prensa, ni un comunicado interno, ni siquiera un simple correo electrónico explicando por qué, de un día para otro, un proyecto con tanto presupuesto detrás había dejado de generar cualquier tipo de actividad administrativa.

Reprodujo el segundo archivo.

Era una grabación de cámara fija, sin cortes de montaje, del tipo que se usa para tener un plano de seguridad mientras se rueda con las cámaras principales.

Mostraba el mismo plató improvisado, ahora vacío, con el reloj de producción en la esquina marcando las 23:41.

Durante casi cuatro minutos no pasó nada.

Después, el hombre de la barba —el dossier lo identificaba como Bruno Ostiz, coordinador de investigación y presentador principal— entró en cuadro con el móvil pegado a la oreja, hablando en voz baja pero con una tensión que se notaba en la forma en que caminaba, dando vueltas cortas alrededor del sillón sin llegar a sentarse.

—No, si te digo que no es normal, es que no es normal —decía—. Llevamos dos noches sin poder acceder a las actas del cuartelillo y ahora resulta que el señor Bermejo no quiere ni vernos. Algo se ha movido, Carla. Alguien ha llamado a alguien.

Una pausa. Bruno escuchaba, asentía con movimientos bruscos de cabeza que no podían verse desde el otro lado del teléfono, un gesto reflejo, humano, que a Marina se le clavó en el pecho con una punzada de ternura inesperada por un hombre al que solo conocía desde hacía cuatro minutos.

—Ya lo sé. Ya sé que fue idea mía venir aquí. Pero hay algo en este pueblo que no cuadra, y no me refiero solo al caso de la chica.

Colgó. Se quedó de pie, mirando hacia la cámara fija durante un instante que se prolongó más de lo cómodo, como si pudiera ver a través del objetivo a alguien que, veintidós años después, estaría sentada sola en una oficina vacía observándolo.

Después apagó la luz del plató y el archivo terminó en negro.

Marina se recostó en la silla. El aire acondicionado de la sala de servidores zumbaba con un tono constante que, a esas horas, empezaba a sonar como una respiración. Miró la hora: las diez y cuatro de la noche. Debería haberse ido a casa hacía más de una hora.

En vez de eso, abrió el tercer archivo.

Era una entrevista, esta vez sí con dos cámaras y un primer montaje básico, a una mujer de unos sesenta años sentada en lo que parecía el salón de su propia casa, con una fotografía enmarcada de una adolescente sonriente colocada, quizá demasiado deliberadamente, justo detrás de su hombro izquierdo.

El pie de foto identificaba a la mujer como Remedios Bermejo, madre de Áurea.

—Le dije a la Guardia Civil, en su momento, que había un coche que pasaba por la carretera de las bodegas más de lo normal esas semanas —decía Remedios, con la voz seca de quien ha contado la misma historia demasiadas veces sin que nadie termine de creerla del todo—.

Un coche oscuro. No sé de qué color exactamente, porque de noche todos los coches parecen del mismo color, ¿verdad?

Pero pasaba. Y después de que desapareciera mi hija, dejó de pasar.

—¿Y nadie investigó ese coche? —La voz que preguntaba, fuera de cuadro, era femenina, más joven, con un ligero temblor contenido que sonaba a nerviosismo profesional, el de alguien que lleva su primera gran entrevista y todavía no sabe disimularlo del todo.

—Investigaron lo que quisieron investigar —respondió Remedios, y por primera vez levantó la mirada directamente hacia la cámara, como si el objetivo fuera, en ese instante, la única persona en el mundo dispuesta a escucharla—.

En este pueblo hay gente que no se puede tocar.

Y mi Áurea tuvo la mala suerte de cruzarse con alguien que no se puede tocar.

—¿Puede decirnos quién es esa gente, Remedios?

—insistía la voz fuera de cuadro, con una suavidad calculada que a Marina le pareció, incluso a través de la pantalla, un intento genuino de no forzar más de lo necesario a una mujer que llevaba dos décadas repitiendo el mismo dolor sin obtener nunca ninguna respuesta.

Remedios negó con la cabeza, apretando los labios con una firmeza que parecía menos miedo que resignación, la de alguien que ha aprendido, a base de golpes, que ciertas preguntas solo sirven para hacerse más daño.

—Si se lo dijera, señorita, mañana mismo dejarían de venderme el pan en la panadería del pueblo.

Y pasado mañana, algo peor. Llevo veintidós años viviendo aquí sola, desde que mi marido se fue porque no soportaba seguir esperando, y no tengo a nadie más que me proteja si hablo más de la cuenta.

Pero le voy a decir una cosa que sí puedo decir sin que nadie me pueda reprochar nada, porque es la pura verdad y todo el pueblo la conoce: mi hija estaba enamorada de un chico de buena familia, y esa familia, desde el primer día, dejó bien claro que aquella relación no les convenía.

Eso lo sabe todo Cerezal del Bajo. Lo que pasó después de que Áurea se negara a dejarlo, eso ya es lo que nadie quiere contar en voz alta.

La cámara se mantenía fija en el rostro de Remedios durante un silencio que se prolongaba, incómodo, varios segundos más de lo que cualquier montaje profesional habría permitido, como si quien sostenía la cámara —Marina pensaría más tarde, cuando ya conocía el nombre, que probablemente había sido el propio Onofre Salcedo— hubiera decidido, deliberadamente, no cortar ese silencio, dejar que se sostuviera hasta hacerse insoportable.

—Gracias por su tiempo, Remedios —decía finalmente la voz fuera de cuadro, con un temblor que ya no parecía solo nerviosismo profesional—. Le prometo que vamos a llegar hasta el final de esto.

—Eso mismo me dijo la Guardia Civil hace veintidós años —respondía Remedios, sin ninguna amargura aparente en el tono, solo un cansancio profundo, mineral, de los que ya no esperan nada de las promesas de nadie—.

Pero se lo agradezco de todas formas. Al menos usted ha venido a preguntar.

Eso ya es más de lo que ha hecho nadie en mucho tiempo.

El archivo terminaba ahí, cortado en mitad de un silencio que ninguna edición había llegado a resolver.

Marina no supo cuánto tiempo se quedó mirando la pantalla en negro después de que terminara el vídeo.

Lo que sí supo, con una certeza que no podía justificar del todo racionalmente, fue que aquello no era un simple proyecto cancelado por falta de presupuesto o de audiencia.

Había demasiada insistencia en esas fechas de modificación repartidas durante dos años.

Demasiado silencio administrativo alrededor de tres nombres que, según el contrato, deberían haber cobrado, haber firmado un finiquito, haber desaparecido de los registros de Recursos Humanos de la manera aburrida y burocrática en que desaparece la gente de las empresas.

En vez de eso, habían desaparecido de otra manera.

Guardó los archivos en una unidad externa cifrada —un gesto casi reflejo, el mismo que hacía siempre con material sensible de la Filmoteca, mucho antes de saber si aquello merecía la pena conservarse— y volvió a la carpeta de metadatos.

Buscó los nombres completos de los tres presentadores: Bruno Ostiz Larrañaga, Carla Injuste Ferro y un tercero, Iván Roca Sedano, del que todavía no había visto ni una sola imagen.

Abrió una pestaña nueva del navegador, casi sin pensar, con el gesto automático de cualquiera que quiere confirmar que algo es real antes de creérselo del todo, y escribió el nombre de Bruno Ostiz Larrañaga en el buscador.

Los resultados tardaron menos de un segundo en cargar. Marina los leyó dos veces, y a la segunda sintió que el frío de la sala de servidores, ese frío que llevaba once años sin ser exactamente una cuestión de temperatura, se le metía por fin dentro del cuerpo de verdad.