Lo que no arde Capítulo 27
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Capítulo 27

El taller a las tres de la madrugada huele a lo de siempre: cola, serrín, la madera que Rubén todavía no ha usado. La falla ya no existe, ha ardido entera en la plaza, y sin embargo esta nave sigue aquí, en pie, con el fluorescente parpadeando y los andamios apilados en un rincón. Lo que no arde.

Rubén me sienta en un taburete bajo la luz, me pone las dos manos boca arriba sobre sus rodillas y saca el botiquín viejo de un cajón. Las quemaduras no son graves, un par de ampollas en los dedos, la piel roja del dorso, pero me duelen a rabiar y no pienso decírselo.

— Esto va a escocer — dice, y me pasa una gasa con algo frío.

— Aguanto.

— Ya. — Me sopla los dedos despacio, y el aire fresco me alivia más que el ungüento—. Mira que meterte en el fuego, Marc. Por un ninot.

— Por ti.

Levanta la vista. En sus ojos parpadea el fluorescente.

— Por mí — repite, bajito, probando el peso de la frase.

— ¿Te acuerdas de la primera vez que me corté aquí con el cúter? — digo—. Y no te dejé curarme. Te dije que estaba controlado, que no era nada, y me manché el plano de sangre.

— Me acuerdo. Eras insufrible.

— Sigo siéndolo. — Le dejo curarme. Me quedo quieto, con las manos abiertas sobre sus rodillas, dejándome cuidar por primera vez en la vida sin querer hacerlo yo—. Pero ya no me da miedo que me veas hecho un desastre.

Es raro estarse quieto. Toda mi vida, cuando algo se rompía, era yo el que corría a arreglarlo: el del botiquín, el que llamaba a quien hiciera falta, el que gestionaba.

La primera vez que me corté en este taller no dejé que Rubén me tocara la mano, porque dejar que te curen es dejar que te vean necesitar algo, y eso no entraba en mi lista.

Y ahora estoy en un taburete, con las manos abiertas sobre sus rodillas, dejándome cuidar, y no se me cae ningún mundo encima.

Al contrario. Por primera vez en semanas respiro entero.

Me venda los dedos con más cuidado del que le pone a nada, uno a uno, sin decir nada, que en él es la mayor declaración posible. Cuando termina, me sostiene las dos manos entre las suyas, callosas y rotas, y las mías vendadas encima, y nos quedamos así un momento, bajo la luz que parpadea.

— Tenemos que hablar del dinero — dice al final.

Se me tensa todo. La Norma 5. El dinero no se menciona jamás. La que lo envenenó todo.

— Rubén, no hace falta que...

— Sí hace falta. — Me suelta las manos y se sienta enfrente, en otro taburete, con los codos en las rodillas. Serio—. Si no lo hablamos ahora como personas adultas, nos explota en la cara dentro de tres meses. Así que lo hablamos. Los mil quinientos euros te los devuelvo.

— Rubén.

— Todos. Me da igual cómo. A plazos si hace falta. Ese dinero no lo quiero, nunca lo quise, lo cogí porque el taller se hundía y me odié por cogerlo. — Me mira, firme—. Eso no se negocia.

— Vale — digo. Y lo digo en serio, porque he entendido que aceptarle que me lo devuelva es respetarle, no dejarle—. Vale. Me los devuelves.

Parpadea. No esperaba que cediera tan rápido.

— ¿Ya está?

— Ya está. No voy a discutirte tu dignidad, Rubén. Bastante te la he pisado.

Asiente, despacio. Y sigue, porque hay más y quiere dejarlo todo dicho de una vez.

— Lo del encargo es distinto. — Se pasa el pulgar por un callo de la palma, ese gesto suyo de cuando piensa—. He estado dándole vueltas. El contrato de tu padre, el del estudio Císcar. Mi padre dice que es un contrato de verdad, buen dinero, trabajo bien pagado. No una limosna.

— Es un contrato. Un buen contrato. Mi padre no regala nada, Rubén, créeme, eso es lo último que hace un Císcar.

Casi sonríe.

— Ya. — Coge aire—. Entonces lo aceptamos.

Pero como negocio. El taller hace el trabajo, cobra lo que vale, y a nadie le debe nada.

Y si en el futuro hay más encargos así, entran por la puerta, con factura, tratando de igual a igual.

No un rico ayudando a un pobre. Un estudio contratando a un taller.

— Me mira—. ¿Lo pillas? La diferencia lo es todo.

— Lo pillo.

Y lo pillo de verdad, no como una concesión para que se calme.

Mi padre me dijo esta misma tarde, con sus palabras de reunión, que un contrato y una limosna no se parecen en nada: el contrato lo firman dos que se necesitan, la limosna la firma solo el que da.

Llevo veintidós años sin ver la diferencia.

Rubén me la acaba de poner delante en un taller a las tres de la mañana, con la barbilla baja.

— Y hay otra cosa. — Aquí baja un poco la barbilla, esa que nunca baja, y sé que le cuesta lo que va a decir—.

Se me ha ocurrido que tú diseñas y yo construyo.

Tú haces cosas que no se queman, yo llevo toda la vida haciendo cosas para que ardan.

Igual entre los dos hacemos que el taller deje de vivir solo de fallas y empiece a hacer cosas que se queden.

Escenografía, decorados, estructuras. No sé. Es una idea. Tú el plano, yo las manos.

Y ahí, en esa frase seca y tímida, dicha mirándose las manos, cabe todo lo de estos dos meses. Nada de caridad, nada de un Císcar salvando a un Sanchis. Dos que juntan lo que sabe hacer cada uno. Iguales.

— Rubén Sanchis — digo—. ¿Me estás proponiendo montar algo juntos?

— Te estoy proponiendo no odiarte más. Lo demás ya se verá.

Me río. Me levanto del taburete, con las manos vendadas, y voy hacia la pared de tablones, hacia el banco de trabajo, donde lleva colgado desde febrero el cartón. Las normas del paripé, con su letra, con el rotulador negro ya un poco descolorido.

Cojo un rotulador del bote de los lápices. Con la mano vendada me sale torcido, pero me da igual.

— Ven — digo.

Rubén se acerca. Lee las normas por encima de mi hombro, todas rotas, todas caídas. Y yo tacho la primera. La Norma 1. Esto no es real. Le paso el rotulador por encima con una línea gruesa, hasta que casi no se lee.

— Ya no vale — digo.

Rubén me quita el rotulador de la mano vendada. Se queda mirando el cartón un segundo. Y debajo de la Norma 1 tachada, con su letra de tallador, apretando fuerte, escribe dos palabras.

Ya cuenta.

Las lee en voz alta, bajito, para los dos.

— Ya cuenta — dice.

Y me besa. Contra el banco de trabajo, entre el serrín y los botes de cola, con el cartón de las normas encima de nosotros y la única que quedaba en pie ya tachada.

Le agarro de la camiseta con las manos vendadas, torpe, y él se ríe contra mi boca y me quita la camisa arrugada de dos días con cuidado de no rozarme los dedos quemados.

— Espera — dice—. Las manos. No las uses. Déjame a mí.

— Rubén...

— Que te dejes, Marc. Por una vez. Déjame cuidarte tú.

Y me dejo.

Me deja llevar hasta el viejo sofá del altillo, el que huele a barniz y a noches de trabajo, y me tumbo, y le dejo hacer.

Rubén me desnuda despacio, con esas manos que curan y tallan y cargan madera, y yo, que llevo toda la vida controlando cada gesto, cada plan, cada segundo, me quedo quieto y le dejo tenerme.

Con las manos inservibles. Sin poder hacer nada. Solo recibir.

Rubén se toma su tiempo. Me besa despacio el cuello, el pecho, una cicatriz vieja de una operación de crío que siempre había tapado sin darme cuenta de que la tapaba, y él la besa igual que el resto, sin preguntar, sin lástima.

Huele a serrín y a humo de la cremà, a la noche entera que hemos sobrevivido, y yo me agarro a sus hombros con los dedos vendados y se me olvida que hubo un tiempo en que este cuerpo me parecía el del enemigo del final del pasillo.

— Te quiero — digo, mirándole. Sin lista. Sin secuencia. Sin haberlo planeado—. Rubén. Te quiero. No era mentira. Nunca fue mentira. Te quiero.

Se para encima de mí. Me mira con los ojos brillantes bajo la luz del altillo.

— Ya lo sé — dice, con la voz ronca—. Ahora ya lo sé.

Me besa el cuello, la clavícula, baja despacio, y yo hundo los dedos vendados en su pelo sin poder apretar, y aun así entiende cada tirón torpe, cada aire que se me escapa.

Cuando me toma me arqueo contra el sofá viejo y digo su nombre, y por primera vez no intento tragármelo, no intento quedar bien, no me contengo. Le dejo oírme entero. Deshecho.

— Así — dice contra mi piel—. Sin control, arquitecto. Suéltate.

Y me suelto. Me dejo hacer, me dejo tener, me dejo querer roto, sin nada que enseñar, sin plan, con las manos quemadas y el corazón por delante.

Rubén me tiene entre los brazos, dentro de mí, encima, y en cada beso suyo no hay factura ni deuda ni letra pequeña, solo esto que no había tenido nunca y llevo veintidós años sin saber que existía. Alguien que se queda gratis.

— Mírame — dice, moviéndose despacio—. No cierres los ojos.

— No los cierro.

— Marc.

— Estoy aquí. Estoy aquí, Rubén. No me voy.

Acabamos juntos, agarrados, con mi nombre en su boca y el suyo en la mía, y luego nos quedamos enredados en el sofá del altillo, sudados, temblando, con el techo de la nave encima y el olor a serrín envolviéndonos.

Rubén me pasa un brazo por encima y me atrae, y yo, que soy alérgico a que me sujeten, apoyo la cabeza en su pecho y le dejo.

— Oye — digo, al cabo de un rato.

— Qué.

— Lo de diseñar yo y construir tú. — Levanto una mano vendada, tonta—. Va a haber que esperar a que se me curen estas.

— Un par de semanas. — Me besa la coronilla—. Mientras, aprendes a lijar con los codos.

— No pienso lijar con los codos.

— Pijo.

— Bruto.

Se ríe bajito, y su risa me retumba en la oreja, y yo cierro los ojos en el altillo del taller que no ha ardido, con el ninot de mi cara de tonto en el suelo a nuestro lado, chamuscado y salvado, y el cartón de las normas colgado abajo con la primera tachada y dos palabras nuevas debajo. Ya cuenta.

Fuera, la ciudad huele a pólvora y a ceniza, a fiesta que se acaba. Aquí dentro, en cambio, no se ha quemado nada. Todo lo que importaba sigue en pie.

— Rubén.

— ¿Mmm?

— Tu padre me ha aceptado. Antes. En la plaza. Ha hecho ese gesto con la cabeza.

— Ya lo he visto.

— ¿Es bueno eso?

— Es lo más bueno que hace mi padre. — Me aprieta contra él—. Duérmete, arquitecto. Mañana desayunamos con él y con Vera y no vas a sobrevivir si no duermes.

— ¿Tu padre sabe que estoy aquí?

— Mi padre sabe todo lo que pasa en este taller antes de que pase. — Me besa la sien—. Hace un mes te habría echado a la calle. Hoy te ha aceptado por las manos. No lo estropees roncando.

— Yo no ronco.

— Roncas un poco. Es entrañable. Duérmete.

Me duermo así, en un sofá que huele a barniz, con las manos rotas y el corazón entero, en el único sitio de esta ciudad donde nunca me hicieron pagar por quedarme.